Luna Wascher Vargas (18) es una artista gráfica que ha logrado hacerse conocida no solo por su talento para la ilustración, sino también por su facilidad para entablar relaciones sociales con todo tipo de personas. Su carisma y buena vibra son fundamentales. Ella no discrimina género, edad, nacionalidad ni estrato social, de la misma forma en que le da lo mismo plasmar su arte en una hoja de papel o en la pantalla de una computadora. Esta es su historia, o al menos, un retrato de su vida.

Por: Juan Ignacio Reinaga Tapia

Me inclino para ver la hora y escucho que alguien grita su nombre. Luna ha llegado y no soy el primero en notarlo. Veo un grupo jugando cartas a mi derecha. Se aproxima un hombre que escucha música a todo volumen y otro pasa serpenteando en un skate. Una mujer vende brownies junto a su abuelo. A la izquierda pasa una chica con pelo rojo y piercings. Y a unos metros unos jóvenes practican un baile moderno. Otros fuman al fondo, sentados mientras el humo asciende y se mezcla con la ligera brisa miraflorina. A unos se les nota el acento venezolano. Otros hablan en inglés o simplemente dejan escapar sus peruanismos…Son diferentes, pero tienen algo en común: todos conocen a Luna.

Ya sea porque pasa mucho tiempo en las tardes y noches de ocio en el parque Kennedy, por conocer al amigo de un amigo o por hacer match en Tinder, Luna ha formado una intrincada red de amistades que usualmente se reúnen en Miraflores, el lugar donde nació. Su delgado cabello castaño claro ondea ligeramente al igual que su cartera azul con bordes gastados, mientras se acerca con unas desteñidas converse rojas que generan pasos firmes, un jean con agujeros casi simétricos y un polo a rayas verde y blanco. Audífonos en mano, posa mostrando los tatuajes de sus brazos. Un skate resalta en el antebrazo derecho y dos perros caricaturescos en el izquierdo; Luna diseñó uno de ellos. En el tobillo oculta otro tatuaje, una carita sonriente. Hay algo más que la distingue: siempre lleva una libreta consigo.

Luna mostrando sus tatuajes mientras camina por la calle Tarata.

“Es la gringa más achorada que conozco”. Así la define uno de sus amigos del parque Kennedy, lugar que ella frecuenta por la cercanía al estudio de animación donde trabaja. Se mueve entre los heterogéneos grupos que para mí son desconocidos, y para ella, todo lo contrario. Finalmente llega al cubo de cemento en el que estoy sentado (después de haber saludado a medio parque) y comenzamos nuestra charla.

Apenas comienza a hablar saca una cajetilla de puchos, ve que está vacía y la hace pedacitos con la misma facilidad con la que traza figuras en su inseparable libreta de dibujos. Lo que ella es hoy en día fue indudablemente gracias a la cantidad de cómics y series animadas que consumió durante sus 18 años. Sus referentes profesionales son Tyler the Creator y Vewn, a quienes admira por su originalidad y creatividad.

“Me he dado cuenta de que soy buena organizando los proyectos de otras personas, pero no soy buena organizando mi propia vida”, confiesa. Se refiere a lo que ahora la tiene ocupada: coordinar un evento llamado “La Vizcacha Peligrosa”. Quiere asegurarse que sus amigos hagan su parte del trabajo. Es consciente de que todos tienen una vida muy ocupada. Ella lo define como un flashday, un evento donde abunda la espontaneidad, el arte y la realización de tatuajes, además dice que habrá venta de stickers, libretas y polos con diseños originales. Uno ofrece un polo y ellos te ponen una frase con aerosol.

La conversación nos llevó del parque a una tienda, donde Luna compra una barra energética de la sección fitness. A pesar de que ella no encaja en el estereotipo de chica-delicada-femenina, Luna parece preocuparse por su figura. Eso queda en evidencia cuando me habla de su cabello y me pregunta si debería cortárselo como capitana Marvel (semanas después cumpliría su deseo), seguido de comentarios sobre su peso y su necesidad de renovar el closet. «Soy un fratboy con cuerpo de chica«, dice risueña.

«Soy un fratboy con cuerpo de chica».

Luna Wascher dice que, en cuanto a su arte, ha recibido un  feedback positivo de sus padres. Su entorno familiar la estimuló a desarrollarse con la suficiente confianza como para plantear su futuro inmerso en lo que a ella le gusta y apasiona.

Luna no tuvo un pasado convencional. Nació en Miraflores, Lima, pero la primera mitad de su vida transcurrió en Estados Unidos, país de donde proviene su padre, Michael Wascher. Su primer idioma fue el inglés, paralelamente su madre le enseñaba castellano en casa. Esta etapa de su vida fue muy interesante, en palabras de María Teresa Vargas, su madre, ya que viajó, conoció y estuvo expuesta a distintos ambientes y culturas. Su educación no estuvo a cargo del sistema tradicional. Eso le dio la oportunidad de identificar sus intereses rápidamente y enfocarse en lo que le gustaba. De allí proviene su pasión por la ilustración. Su madre asegura: “No recuerdo un día que no dibujara. A los seis años colaboraba con sus dibujos en algún evento de la comunidad. Vivíamos en Santa Fe, (Nuevo México, Estados Unidos). La ciudad tenía mucha vida cultural, solíamos pasear por una larga y hermosa calle donde solo había galerías de arte. Podría decirse que Luna estuvo expuesta a las manifestaciones artísticas desde muy niña. Y no solo al arte gráfico, también escuchaba música y consumía literatura. Creo que eso se refleja en lo que ella muestra ahora en sus trabajos. No descuida la construcción narrativa, aunque el peso sea lo visual, siempre se percibe su estética particular”.

Cuando era niña a Luna le encantaban los lobos y todo lo que tuviera que ver con ellos (novelas, cuentos, películas, mitología, estudios, etc.). Una vez, cuando tenía seis años, su madre la llevó a un evento donde  se exhibía al «Embajador» de los lobos (un lobo domesticado que fue rescatado cuando era un bebé y luego fue soltado en un parque nacional bajo observación). Cuando llegó el momento de las fotos, Luna se acercó sin miedo, le estiró la mano y el lobo se la lamió. Ella recuerda ese momento como uno de los más felices de su infancia.

En su escuela de Santa Fe todos los meses se organizaba un concurso. Consistía en leer cierta cantidad de libros. Luna siempre triplicaba el número de libros que exigía la competencia. Leía tanto que le pidieron no seguir participando en el concurso del colegio. La campeona invicta de lectura debía dejar paso a otros. Dos años después sus dibujos fueron parte del arte mural que se exhibía en la biblioteca de su escuela.

Tatuaje que ella misma diseñó

En 2009 volvió al Perú y siguió desarrollando su interés por el arte. «¡Estaba de regreso a Lima y a mis 9 años podía ver toda la televisión que quería! ¡Internet estaba al alcance de mis manos! ¡Todo era ilimitado!”, recuerda Luna. Vivió un tiempo en Los Órganos, Piura, antes de mudarse al Cusco en 2014, donde estudió en el Colegio Montessori. Ese año ganó un concurso nacional de cómics sobre medio ambiente que organizaba el Icpna. Allí conoció al estadounidense Matt Dembicki, un reconocido artista y escritor de novelas gráficas que vino como jurado del concurso.

En 2015 se trasladó a otro colegio del Cusco: Pukllasunchis. Ese fue el lugar donde la conocí y donde ella pudo explotar mucho más su talento. Pasó del papel a la pantalla, publicó sus dibujos en diversas redes sociales y plataformas, y los compartió en foros con otros artistas. Además participó en un concurso de cómics que exigía hacer cuarenta páginas de dibujos en un mes y una animación en línea.  Luego Luna donó algunas de sus ilustraciones para un festival pro-fondos de la Casa Mantay, un lugar de acogida para personas vulnerables.

La música es otro elemento que impulsa su vida. Recuerda con alegría la adrenalina de su primer pogo. “Fue en el bar Hensley. Tocaron Baby Steps y Killamigo, ese día rompí mi mochila, salí sudada, media picada, golpeada y más feliz que la mierda”. Luna recuerda que formó parte de una banda de amigos llamada Profiterol y admite que era una “mala tecladista”.

Aunque constantemente es halagada por su talento, ella no se la cree. Sus comentarios denotan que subestima su potencial. “La gente piensa que soy supercreativa, pero lo que usualmente hago es improvisar en el camino. Arruino mis dibujos y los intento arreglar de cualquier forma. Entonces salen cosas bien raras. Y a veces a la gente le gusta”, dice con una sonrisa nerviosa.

Desde pequeña recuerda haber sentido temor a estar sola en la oscuridad,  tenía miedo de abrir los ojos y estar rodeada de algo que no podía reconocer. «Tener una imaginación hiperactiva solo daba pie a una paranoia de que tu soledad era compartida por algo desagradable”.

Fracasar es ahora uno de sus mayores miedos. “Es difícil saber que la has cagado, que has desperdiciado tiempo que podías haber usado en cosas más importantes o, peor aún, comprobar que has caído en la procrastinación crónica. Creo que para ser una buena persona tienes que aceptar tus faltas y aspirar a ser la mejor versión posible de ti».

Luna es perfeccionista en su trabajo. Esa obsesión la lleva a frustrarse constantemente. Siente que necesita volver al psicólogo. Se diagnostica ella misma y dice que tiene déficit de atención. Siente que en una conversación  salta de un tema a otro, algo así como hacer parkour temático.

Cuenta que lloró mientras veía Avengers: Endgame. Pero antes del broche cinematográfico de 22 películas de Marvel Studios, que a muchos conmovió, Luna vivió un momento especial que la quebró por dentro: descubrió que se había enamorado, pero que ya era demasiado tarde… Preguntarle si era chico o chica es irrelevante cuando ella prosigue relatando cómo pasó: “Recuerdo que escuché una canción que me había cantado y me puse a llorar por horas. No hablábamos hace tiempo y escuchar esa canción solo me había abierto una puerta temporal al pasado. No me había dado cuenta que llevaba tantos sentimientos reprimidos”. A partir del dolor de ese momento surgió la inspiración de una de sus obras y el boceto de una canción que luego se convertiría en Malboro Canela, un tema que saldrá en su próximo proyecto musical.

Su madre y su mejor amiga, Luciana, coinciden en que tiene la capacidad de ver y reconocer más allá de lo aparente, es decir, notar «algo» que escapa al ojo común, ya sea en el plano estético o en lo cotidiano.

Luna viendo su reflejo en una exposición de arte conceptual.

Esta chica no solo es versátil y creativa, también es empática, trata de ver las cosas desde varias perspectivas hasta entender a los demás. Le molesta la falta de ética en el mundo cotidiano. “Es muy realista y consciente porque siempre tiene los pies en la tierra o por lo menos uno”, agrega Luciana con ironía.  La facilidad que exhibe para entablar relaciones sociales se materializa en la cantidad de amistades que tiene, ya sea en Estados Unidos, Cusco o Lima. Su carisma se resume en su sentido de humor, su forma de hablar y la confianza que ofrece a quienes trata.  Detrás, sin embargo, se agazapa su inseguridad y sus contradicciones. Si por un lado le enfurece la injusticia y la falta de racionalidad de la gente, confiesa que tiene dificultad para controlar sus emociones y le cuesta mucho organizar sus pensamientos.

Los pensamientos que rondan su cabeza últimamente tienen que ver con su futuro como artista, los proyectos que prepara y los que ya está realizando. Ha pasado más de un año desde que salió del colegio y pronto se mudará a Los Ángeles, Estados Unidos, para estudiar animación: “Mi mayor sueño de momento es acabar mi primer corto animado, es algo que no puedo quitarme de la mente”.