A principios de los sesenta la universidad empezó el traslado de sus facultades a una húmeda explanada situada en el límite de Lima y Callao. Medio siglo de clases en el centro de la ciudad quedaban atrás. Una nueva sede se levantaba entre muros prehispánicos y chacras cuyo verdor duraría poco en medio de la expansión urbana. Este es testimonio de uno de los alumnos que pisó las primeras aulas del Fundo Pando, cuando todo lo que habitamos ahora solo estaba en los terrenos de la imaginación.

Llegué al Fundo Pando en 1967. Tenía veinte años cumplidos. Los dos maravillosos años de Letras se habían marchado para siempre, y con ellos mis amigos y el ambiente de ciertos estudios sin una finalidad precisa: literatura, filosofía, cosmología… Pasaba de la Plaza Francia, ubicada en el centro de la ciudad, a una zona que conservaba aún una arraigada atmósfera rural, en el distrito de San Miguel.

Para llegar desde mi casa, tomaba dos colectivos: uno en la avenida Arequipa y el otro cuando hacía un trasbordo en la avenida Cuba, que, después de internarse en Jesús María, culminaba su recorrido en la Bolívar. No había muro ni cerco ni nada que nos dijera que nos encontrábamos en el Fundo Pando. Caminaba un trecho, por lo general con algún compañero de clase, y me encontraba, de pronto, en las aulas prefabricadas de la Facultad de Ciencias Sociales.

Para mí, el Fundo Pando representa el lugar de las grandes decisiones vocacionales, porque definitivamente la mayoría de mis amigos se fue a estudiar Derecho y, por cierto, se quedaron cómodamente instalados en un territorio ya conocido: Camaná, Quilca, la Plaza San Martín y el jirón de la Unión. En el centro de la ciudad los estudiantes de Derecho usaban saco y corbata, y practicaban en los bufetes que se distribuían en ese mismo lugar.

El Fundo Pando, en cambio, estaba conformado solamente por cuatro facultades: Ingeniería (siempre distante, casi al otro lado, cuyo sólido edificio andaba pintado de verde claro), Agronomía, Arte y la recién fundada Facultad de Ciencias Sociales. El resto era campiña, espacios abiertos, huacas y terrales.

Ciencias Sociales se instaló, desde un inicio, como un lugar de gente inquieta políticamente, varios de ellos provenían de la Democracia Cristiana, como fue el caso de sus más representativos líderes: Rafael Roncagliolo, Enrique Bernales o Henry Pease. Las aulas prefabricadas insinuaban que todo estaba por hacerse, que nada era definitivo, que todo era cuestionable.

Lo único contundente fue la presencia de unos profesores holandeses encargados de enseñarnos unas ciencias sociales, según los entendidos, científicas, bien inclinadas a los números y a los gráficos, a las matemáticas, las estadísticas y la economía. Pero en esas aulas prefabricadas se gestó el primer movimiento de izquierda llamado el FRES (Frente Revolucionario de Estudiantes Socialistas) que tuvo, entre sus líderes más visibles, a Javier Diez Canseco y Manuel Piqueras. A ellos se plegaron, desde Derecho, Diego García Sayán y, desde Literatura, Mirko Lauer.

Entre tanto holandés asustado y desconcertado, las discusiones políticas iban en aumento, las polémicas, las riñas, incluso un tristemente famoso escupitajo (todos sabemos quién fue, pero nadie lo menciona por su nombre) a José María Salcedo, gran persona, gran amigo, que se encontraba cercano a las posturas de la Democracia Cristiana.

Yo, en verdad, me encontraba, más bien, perdido en medio de una terrible crisis vocacional. Lo único que sabía era que deseaba ser poeta, quizá escritor, e imaginar mundos de ficción, aunque lo mío se nutría de mis propias experiencias y se plasmaba en poemas crispados. La política nunca me interesó como una actividad central en mi vida.

Recuerdo una oportunidad cuando me invitaron a participar en un taller organizado por el FRES sobre la noción marxista de superestructura (suponían que me interesaría por aquello de poeta), y justo cuando empezaba a aburrirme o a concentrarme, apareció de pronto César ‘El Diablo’ Zamalloa, vestido de corto, para gritarme ante todo el mundo que me dejara de cosas y saliera a jugar un importantísimo partido de fútbol.

Primeras casetas construidas en el Fundo Pando. Inicialmente funcionaron como aulas de la Facultad de Ciencias Sociales. Foto: Archivo PUCP.

El partido de fútbol era lo más vital en el Fundo Pando. Descubrí que, con alguna otra excepción, a los del FRES sí les gustaba el fútbol y a los de la Democracia Cristiana (excepto por Chema Salcedo) no tanto. Pero el clásico de los clásicos era el partido entre Sociales y Agronomía. Los de Arte no jugaban al fútbol, eran artistas y estaban rodeados de chicas sensibles y bellísimas, y los de Ingeniería estaban siempre tan lejos, en su paraíso de números, que no recuerdo haber jugado contra ellos.

Las chicas de Arte, aún no entiendo por qué, estaban atraídas más por los rudos y simplones estudiantes de Agronomía, toditos hijos de papá, es decir, de hacendados o gamonales, y no llegaban a entender tanto a los muchachones de Sociales, tan colorados, extraños, complejos, muchos de ellos intentando modificar el destino social de su vida y adoptar otro, más pobre y marginal.

Este clásico del fútbol en el Fundo Pando duró hasta que a Velasco se le ocurrió ejecutar la Reforma Agraria y confiscar la mayoría de las haciendas, inmensas, grandes, medianas e incluso pequeñas, dejando a estos alumnos en el desamparo más terrible. La Reforma Agraria no terminó solamente con los hacendados, sino con sus hijos e, incluso, nietos, quienes jamás pudieron recuperarse anímica y económicamente de esa tremenda decisión.

La casita o caseta de Agronomía (no tenía nada, pero nada que ver con el edificio verde claro de Ingeniería, siempre sólido y distante como un castillo kafkiano) desapareció del paisaje del Fundo Pando y con ello los partidos más ardorosos por ganarse una miradita, al menos, de las bellísimas chicas de Arte que siempre le iban a los de Agronomía. Quizá eran brutos, pero eran, sin duda, adinerados. Quizá eran más viriles. Todos sabemos que los polos opuestos se atraen. Y los de Sociales aún no habíamos definido nuestro perfil, los politiqueros de Vanguardia Revolucionaria se habían metido con todo a las casetas, habían tomado la Facultad, y las chicas, incluso las nuestras, también se radicalizaron y empezaron a enamorarse con gente que sus padres jamás hubieran imaginado.

El pabellón de la Facultad de Ingeniería en plena construcción, a principios de los sesenta. Foto: Archivo PUCP.
Alumnos de la Facultad de Agronomía realizan una práctica calificada de ganado lechero. Foto: Archivo PUCP
La alumna de la Escuela de Artes Plásticas Johanna Hamann (quien falleció este año) trabaja al aire libre durante una clase de Escultura. Abelardo Sánchez León, el autor de este testimonio, fue su profesor. Foto: Archivo de la Facultad de Arte y Diseño.
Foto: Archivo PUCP

No teníamos modelos precisos de profesionales de las ciencias sociales. Aníbal Quijano vivía en Santiago de Chile y cuenta la leyenda que manejaba un autazo para desconcertar al enemigo; Matos Mar todavía no había publicado el desborde hacia la ciudad y Julio Cotler no era aún tan reconocido como lo fue años después. Mi época en el Fundo Pando es, por lo tanto,  la de los profesores holandeses. Nadie podrá olvidar al profesor Vermont, el ser más entrañable y al mismo tiempo un profesor adusto y exigente de estadísticas, mi verdadera cruz. Vermont tocaba el violín con Willy Rochabrún, el más emblemático de nuestra generación por su amor a la sociología, incluso en su veta marxista. A pesar de no haber militado nunca ni haber participado en una manifestación pública, se convirtió en el teórico marxista más respetado. En aquel entonces, el buen Willy era un excelente alumno, leía todo el día y tocaba el violín, a la hora de almuerzo, con Vermont. Había unas desafinadas tristísimas, pero ese violín de Willy me enseñó que las ciencias sociales y el arte no tenían que ser mundos distantes y separados.

Actualmente hay un apogeo de los estudios culturales en Sociales y la presencia de Gonzalo Portocarrero, Víctor Vich y Marcel Valcárcel dan muestra de ese interés. Pero en mi época, como lo señala siempre Luis Peirano, era impensable: las ciencias sociales eran el estudio de lo duro, de la base material, de la infraestructura, de lo económico, de las clases sociales, del marxismo y, justo por eso, ni siquiera Sendero Luminoso (los chinos jamás tuvieron arraigo en el Fundo Pando, los apristas tampoco), doce años más tarde abordó los matices culturales andinos o temas como la identidad y lo popular en el arte.

Volante del FRES, el primer grupo estudiantil de izquierda marxista de la universidad. Foto: Archivo Familia Diez Canseco.

Lucho Peirano fue mi gran amigo en la Facultad de Ciencias Sociales. Carlos Calderón Fajardo también. Y Pepe Valderrama. Lucho Peirano y yo combinábamos el interés artístico con la sociología y para muchos de nuestros colegas no éramos ni lo uno ni lo otro: o éramos una fusión poco feliz, o unos embusteros metidos allí con el propósito de hacer otra cosa ya que no nos atrevíamos a hacer lo que verdaderamente queríamos hacer. Y es verdad: así fue. Y los dos lo hemos manejado lo mejor que hemos podido hasta el día de hoy: un pie en la sociología o las comunicaciones y el otro en el teatro y la poesía. Carlos Calderón Fajardo quería ser como yo, un escritor, pero no un poeta; su ambición era convertirse en un narrador, en un intelectual, en alguien interesado por pulir la voz personal, la técnica y también preocuparse por la sociedad, no tanto para integrarse al grupo Narración, por ejemplo, pero lo suficiente para no ser un poeta puro extraviado en el limbo del Fundo Pando. Pepe Valderrama sí sabía por qué estaba: le fascinaban los números y quería ser economista.

Los tres años que estuve en el Fundo Pando no fueron tan sosegados por culpa exclusivamente mía. Vivía una angustia vocacional verdaderamente absurda porque pensaba que debía optar y lo había hecho por la sociología para poder llevar adelante mi camino literario. El terreno del fundo era tan extenso que podía perderme, cavilar y pasear con personas que tenían, en alguna medida, las mismas preocupaciones.

Volante de otro de los grupos que hacían política en la universidad y que se postulaban a la Fepuc. Foto: Archivo Familia Diez Canseco.

Las chicas se dividían entre aquellas que se radicalizaron políticamente a través del FRES y las otras que encontraron la rebeldía en los inicios de la marihuana, un viaje más personal, digamos, introvertido y solitario. Yo estaba cerca del FRES no por la superestructura, sino porque a la mayoría de sus bases les gustaba frecuentar las cantinas y jugar fútbol. Y a mí también. Las cantinas eran lugares abiertos, colmados de parroquianos, de ambientes populares, donde se escuchaba la música sentimental y llorona de la rocola.

La vida quiso, sin embargo, que nunca me alejara del Fundo Pando; a principios de los años setenta enseñé en la Facultad de Arte, gracias a la generosidad del maestro Adolfo Winternitz; a finales de los ochenta lo hice en Estudios Generales Ciencias y, por un ratito, tuve un curso en Sociales. Desde el año 2000 vengo casi todos los días y cuando ando despreocupado por el campus (ya no es un fundo) tropiezo con aquel muchacho de antaño que buscaba su destino en aquel territorio hoy construido y muy concurrido. Se calcula que recibe al día un poco más de 25, 000 personas.

Sobre El Autor

Abelardo Sánchez León

Docente principal del Departamento de Comunicaciones. Sociólogo por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Tiene una Maestría en Sociología por la Universidad de Paris X-Nanterre en Francia. Ha sido Investigador en DESCO (Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo) desde 1977, siendo también Director de su revista institucional Quehacer desde 1999. Ha colaborado con artículos periodísticos y de opinión en las revistas Oiga, Caretas, Somos y en el diario El Comercio.

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