Luego de aplicar durante décadas un sistema tradicional de tratamiento de enfermedades mentales, hoy una nueva propuesta intenta obtener mejores resultados. Sin embargo, esta iniciativa deja fuera a un sector importante de los pacientes.

Por Isabel Jave, Sandra Cardenas e Ivelis Farfán.

A sus tres años de edad, Thiago no pronuncia palabras, solo gemidos, vocales sostenidas y, cada vez más seguido, lanza gritos. De acuerdo a los especialistas, un niño debe empezar a decir sus primeras palabras al año de edad. Thiago no habla, pero sí pega y destruye. Su madre, Doris Castillo, relata que los problemas de obstrucción de habla y agresividad comenzaron cuando tuvo conflictos con su esposo. “Hubo gritos, insultos, y hasta nos fuimos a las manos. Como nos molestábamos, también nos la agarrábamos con él”.

La madre buscó ayuda en una posta cercana a su casa, donde le dijeron que su hijo había sufrido un trauma pero que aún no lo podían tratar, debido a su corta edad. Intentó luego en el Hospital del Niño; solo tenían citas disponibles para después de un mes y medio.

Para los especialistas que ahora tratan a Thiago él está traumado por los eventos vividos desde muy pequeño. Hoy reacciona con violencia cada vez que no le hacen caso. Golpea a su madre, a sus familiares e incluso a sí mismo. “Él empezó rompiendo el celular, luego fue la tablet y, ahora último, el televisor. Siempre que no se le hace caso actúa con violencia”, contó la madre.  Esa experiencia afectó el desarrollo de su lenguaje y, probablemente, activó su problema de TDH (hiperactividad).

Lo que no se quiere aceptar

Las enfermedades mentales son más comunes de lo que la sociedad quiere aceptar. Según el Minsa, se estima que el 20% de las personas adultas sufre algún tipo de trastorno mental en el Perú, pero que solo 1 de cada 10 lleva tratamiento, porque se evita reconocer  la enfermedad y por el difícil acceso al servicio.

La creencia de que un trastorno mental se relaciona con castigos divinos, posesiones demoníacas y hasta brujería son algunas de las razones de la falta de aceptación. Otra razón es que estas enfermedades no se reconocen como tal socialmente. Frente a estos casos las personas aíslan y discriminan.

Yuri Cutipé es el actual director de Salud Mental del Minsa y dirige una reforma en el sector. Desde 2015 implementa una red de Centros de Salud Mental Comunitarios (en adelante C.C.) a nivel nacional. Hasta hoy se han inaugurado 23 centros pero se necesita alrededor de 310 en todo el país para contar con una cobertura adecuada, según el modelo propuesto.

Yuri Cutipé, director ejecutivo de Salud Mental del Minsa. FOTO: Andina.

La médico María del Pilar Rodríguez, directora del C.C. de Zárate, sostiene que el modelo comunitario ofrece herramientas diferentes a las de un hospital pues busca darle un tratamiento más individualizado al paciente. “Conversamos no solo con él sino también con la familia, entonces el tiempo de la consulta ya no es de 10 minutos sino mayor, media hora, dependiendo del caso”.

Aquí la clave es la participación de la familia en el tratamiento. No hay opción de hospitalización. Su método de tratamiento implica un proceso inverso al internamiento. Los especialistas se acercan a la vivienda de los pacientes. Las visitas son muy importantes para conocer el entorno familiar y su interacción. Thiago fue atendido en el C.C. de Zárate.

“El plan de acompañamiento indica qué casos son priorizados para tener un seguimiento semanal o mensual. Es toda una dinámica en la que interviene la asistenta social, la enfermera y el terapéuta. Se articula más la familia y nos damos cuenta de cómo interactúan la mamá, el papá y los hijos. Allí se puede observar todo sin necesidad de ir a consulta”, explica la directora del C.C. de Zárate.

La terapia ocupacional es también una opción en estos centros. Los pacientes con síntomas estables suelen ser llevados a CEPROS (Centros de Estudios y Promoción Social), allí invierten su tiempo en manualidades, por ejemplo. Al tenerlos ocupados, el objetivo es que los síntomas disminuyan.

11 de la mañana. Frontis de Centro de Salud Mental Comunitario de Zárate. FOTO: Isabel Jave.

Al otro lado de la ciudad, en Magdalena del Mar, se encuentra el único hospital cuyo nombre casi todo limeño conoce: Víctor Larco Herrera. Mientras que el C.C. de Zárate tiene un año y medio de existencia, el hospital suma 98 años de servicio.

Sin hogar

El Larco Herrera sí ofrece hospitalización y experimenta un problema que los centros comunitarios no tienen: los enfermos son abandonados por sus familias. Alrededor del 50% de los pacientes hospitalizados están en situación de abandono.

El hospital, ubicado en la avenida El Ejército, en Magdalena, cuenta con una imponente aunque antigua infraestructura. El espacio, de similar extensión al de la PUCP, alberga pabellones con distintas especialidades en el área de hospitalización: la Unidad de Cuidados Especiales (UCE), Retardo Mental, Esquizofrenia, Adicciones (separados por género), etc. Muchos pabellones han sido cerrados paulatinamente por recortes presupuestales o por la reorganización del nosocomio.

La enfermera Belagia Meneses, quien ingresó a trabajar al hospital hace 30 años,  recuerda que los pacientes a su cuidado ya estaban internados en el hospital cuando ella llegó a trabajar.

“A muchos los encontraron en la calle; otros, han pasado del orfanato aquí. Los niños recogidos de la calle pasan acá cuando su desarrollo mental no es el normal. Varios de ellos, de 13 a 14 años en su mayoría, no desarrollan sus capacidades mentales. Entonces cruzan la pista desde el puericultorio (Pérez Araníbar) para tratarse en el Larco Herrera”.

Meneses se encarga del pabellón 8 que alberga a pacientes con retardo mental. Es difícil imaginar a un bebé de 3 meses atrapado en el cuerpo de un hombre de 50 años. No poder caminar, no poder hablar, hasta no poder masticar y solo comunicarse a través del llanto con su entorno es uno de los dramas humanos que se presentan en este pabellón. “Sus cuidados consisten en hacerlos comer, limpiarlos, cambiarles el pañal porque no tienen la capacidad de cuidarse solos”, explica la enfermera.

La capacidad del pabellón es de 40 pacientes y ya tiene a 38 en sus instalaciones. “Estos pacientes son de larga permanencia. Ellos no se rehabilitan. Muchos de ellos son abandonados y el Estado los mantiene. Aquí solo tienen familia 2 o 3 pacientes, como no pueden convivir con ellos en casa, los tienen acá”.

El pabellón 8 de retardo mental, Hospital Víctor Larco Herrera. FOTO: Isabel Jave.

 

Los NN

Julia Chávez, trabajadora social del Hospital Larco Herrera desde hace 34 años, hace el seguimiento a los pacientes y su relación con sus familiares. Cuenta que antes no disponían de instrumentos necesarios para lograr contactar a los familiares, pero que ahora pueden cruzar información con la Reniec. “Anteriormente no había ni teléfonos, se confiaba en la palabra del familiar”, recuerda.

Para los casos de NN (pacientes sin identidad) que llegan a emergencia, la Reniec suele ahora acudir al hospital. Les toma la huella y los reconoce si es que en algún momento contaron con un documento de identidad. Aun así, hay quienes nunca han estado registrados, ellos continúan como NN hasta que puedan dar pistas sobre su identidad.

A pesar de las intenciones de la reforma, la falta de cabida para este grupo en el sistema de centros comunitarios es visible. Una atención como la que se busca depende mucho del entorno y de la disponibilidad de los familiares para colaborar en el tratamiento. ¿Qué pasa con aquellos que no tienen ese apoyo? ¿Cómo encajaría un abandonado en el nuevo sistema?

 

Enfermedades más recurrentes

En el 2015 se atendió por problemas de salud mental a alrededor de 900 mil personas en los centros de atención del Minsa, según el director del sector. La enfermedad más reiterativa fue la depresión, seguida por la esquizofrenia.

Según María del Pilar Rodríguez, jefa del C.C. de Zárate, la depresión es también la enfermedad más recurrente en el centro. “En el distrito mayormente hay más pacientes ansiosos depresivos y el 1% son los F20 (esquizofrénicos)”, indica.

Noemí Collado, directora del hospital Larco Herrera, coincidió en señalar la misma tendencia. En su nosocomio la depresión representa un 30% de los casos.

A partir del 2015 el SIS comenzó a cubrir la atención para trastornos mentales.  “Todas las enfermedades están cubiertas al 100%, pero 100% entre comillas”, explica Julia Chávez, trabajadora social del Larco Herrera. Si un paciente requiere de una placa de rayos x  o algún otro análisis y el centro no cuenta con los equipos, el paciente tendría que cubrirlo por su cuenta.

 

En la balanza

Con la reforma de salud mental, los pacientes pueden escoger entre el tradicional internamiento hospitalario y el nuevo modelo comunitario centrado en el entorno del individuo.  Sin embargo, aún quedan aristas por analizar.

Yuri Cutipé, director de Salud Mental del Minsa, resalta que el presupuesto del Larco Herrera en 2015 (alrededor de 60 millones de soles) significó una porción sustancial del presupuesto total destinado a salud mental (240 millones  de soles). Según Cutipé, centralizar la atención de salud mental en un solo espacio solo genera dificultad de acceso, hacinamiento y desigualdad de oportunidades.

Por su parte, Belagia Meneses, enfermera encargada del pabellón 8 (retardo mental) del Larco Herrera, recalca que la hospitalización es necesaria.

“Ahora no quieren que haya hospitalización. Tienen que pensar en estos pacientes. ¿A dónde van a ir?”. “Muchos de ellos están falleciendo”, afirmó la enfermera.

El modelo de los centros comunitarios apareció en los noventa, en Ayacucho, con el propósito de tratar los daños psicosociales que padecían las víctimas del conflicto armado. El objetivo era que puedan retomar su rutina diaria en base a una terapia de salud mental comunitaria.

Una de las ventajas de los centros comunitarios es la rapidez con que se atiende a los pacientes. Esto contrasta con el sistema hospitalario que puede llegar a demorar varios meses (en consulta externa). Por eso la reforma de salud busca que los hospitales puedan derivar algunos casos a los centros comunitarios, de manera que la carga ya no se asuma en un solo lugar.

El primer centro comunitario de Lima se instaló en Carabayllo, luego se abrió el de Zárate, pero todavía se necesitan mejoras en la infraestructura. María del Pilar Rodríguez, del C.C. de Zárate, señala que se necesita espacios más grandes para evitar filtraciones de ruido y para tener ambientes donde realizar los tratamientos conjuntos de los pacientes con sus familiares.

Belagia Meneses, del Larco Herrera, evidencia otro ángulo de esta realidad: “Muchas de las enfermeras que hemos ingresado en el 86 se han trasladado de hospital. Fuimos 30 enfermeras, de las cuales solamente quedamos 8. Las que tenemos vocación. La mayoría se va. No les gusta. No aguantan psiquiatría”.

“Hay que ser más humano porque lo que se necesita es calidad humana y tener bastante paciencia”, agrega Meneses. Y en este punto hay coincidencia con la reciente reforma: el buen trato del personal de salud y de los propios familiares es vital para la recuperación del paciente.

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