Tres veces por semana una mujer cruza la ciudad y llega hasta Los Olivos para iluminar la vida de doce estudiantes. ¿Qué tienen de especial estos chicos que han logrado despertar tanto afecto y comprensión?

Por Patrick V. Torres

Amanda Urrutia es profesora de la escuela Rayitos de Sol. Los lunes, miércoles y viernes ella dedica sus mañanas a estimular el desarrollo cognitivo de 12 personas con autismo o síndrome de Down. Aunque sus alumnos tienen entre 7 y 37 años, nunca dejarán de ser chicos. La edad mental de cada uno de ellos siempre será la de un niño. Sin embargo, a pesar de su condición, el Estado parece darles la espalda. A unos por haber superado la edad permitida (20 años) para estudiar en un Centro de Educación Básica Especial (CEBE), y a otros por carecer de recursos para ser trasladados a estos colegios.

Los alumnos de Amanda la esperan sentados y ansiosos en un salón de apenas 30 metros cuadrados. El aula está dentro de la Capilla Jesús en Los Olivos, en un asentamiento humano que tiene el mismo nombre del distrito. Desde hace más de quince años Amanda atraviesa medio Lima para llegar ahí. Su travesía es todo un acto de amor.

A las 10 a.m. un perro con rasgos de sarna duerme en la entrada. La reja gris de la capilla no ha sido asegurada con llave por las religiosas. Cualquiera puede entrar. El patio está cubierto de piedra chancada. Del salón situado al fondo brotan risotadas y voces festivas que por unos segundos se confunden con el ruido de bocinas y motores. Provienen de los camiones que se desplazan por la avenida Canta Callao. La puerta está entreabierta y al asomar en el aula queda muy claro que no todo es gris en el cono norte de Lima un lunes por la mañana.

Un día en Rayitos de Sol

Sussy (36), Armando (32), Guillermo (28), Raúl (28), Frank (27),  Betsy (22), Christian (21), Kimberly (21), Percy (19), Eduardo (16), Juan (15) y Pedro (7).  Solo 12. Este grupo es todo el alumnado de la escuela Rayitos de Sol. Más de la mitad de ellos ya no pueden ser admitidos en el sistema de Educación Básica Especial. Superan el límite de edad.  Según Carito Zorozabal, responsable de Educación Especial de la UGEL 02, cuando cumplen 20 años, las personas con habilidades diferentes ya no son responsabilidad del Ministerio de Educación y  no pueden continuar en un CEBE. ¿Y qué pasa con ellos? Carito dice que el objetivo del CEBE “es que desarrollen capacidades funcionales para que puedan insertarse en un proceso de inclusión familiar”. Surge entonces la pregunta: ¿Qué le espera a un chico de 20, pero con una edad mental de 4, que no ha logrado desarrollar estas capacidades?

Rayitos de Sol es el tipo de programa que no busca adherirse a una reforma educativa, tampoco seguir objetivos que incluyan un tiempo límite de aprendizaje. Esta pequeña familia, porque en eso se ha convertido, procura ofrecer calidad de vida a quienes provienen de hogares disfuncionales, como le ocurre a cualquier persona sin discapacidad.

Amanda (al centro) con sus alumnos. FOTO: Patrick V. Torres.

Este es el caso de Armando, quien asiste con puntualidad a sus clases. Su madre lo abandonó cuando él era un niño y le diagnosticaron autismo. Su anciano padre y su madrastra todavía muestran interés por él, aunque en ocasiones se olvidan por completo de Armando. El papá está ahora en la escuela; ha venido para conversar con la profesora Amanda. La maestra está molesta, le reprocha su ausencia y la indiferencia que ha mostrado. Le dice que Armando llega triste a clases, el chico ya no sonríe y tampoco canta, algo que antes hacía con frecuencia. El padre asiente, se apena, se avergüenza y baja la cabeza, parece un niño. La profesora llama a Armando, quien sale del salón un tanto temeroso, y le dice mirando fijamente al padre: “Mira, tu papá ha venido a verte, él se preocupa por ti”. Algo pasa en el rostro de Armando, sus pómulos se hinchan, su boca se abre bruscamente, sus dientes sobresalen en una sonrisa algo chueca pero angelical, sus ojos se achinan, su metro ochenta de estatura rodea el cuerpo de su padre que se ve mucho más pequeño a su lado. “Papito, papi”, grita Armando mientras besa y abraza a su padre. Este sonríe y se deja llevar.

Su tamaño la hace pasar desapercibida por un momento. De repente alguien pega un grito y vemos que Sussy se acerca cojeando. Su intención es mostrar las fotos que cuelgan de una pared del salón. Allí está ella, sonriendo a sus 37 años. Hoy celebra su cumpleaños. Celebra su cumpleaños todos los días. Aunque su dentadura no está completa, Sussy siempre ofrecerá una sonrisa y un beso volado. Le ganaría en coquetería a cualquier reina de belleza. Ella tiene síndrome de Down, también una lesión en la pierna que no le permite moverse con facilidad y constantes dolores en la garganta que le impiden hablar.

El reloj indica que son las 11:30 a.m y Frank reclama la merienda. La madre Doris entra con una bandeja repleta de porciones de panetón y una jarra enorme con jugo de plátano. Cada uno recibe una buena tajada y todos se sientan a comer mientras Kimberly coloca algo de música en su celular. Eduardo, un adolescente con Síndrome de Down, nos ofrece una silla y nos pide sentarnos. Una pequeña fiesta se arma en el salón. Como siempre, están celebrando el cumpleaños de Sussy.

Eduardo (16) forma parte de la escuela ‘Rayitos de Sol’. FOTO: Patrick V. Torres.

Es mediodía, las clases han terminado y los chicos ayudan a ordenar y limpiar el salón que será usado el fin de semana por otros grupos de la capilla. Ha llegado la hora de la salida. Solo Pedro, Christian, Betsy y Kimberly esperan que los recojan. El resto forma dos grupos de cuatro. El primero tiene a Percy a la cabeza. Le preguntamos qué haría si un extraño se le acerca amenazante. Él se saca el gorro y responde: “¿Qué pasa? Yo soy de Collique, conchatum…”. Amanda lo resondra, él se avergüenza y luego ríe. Armando, Eduardo y Raúl van tras él.

El segundo grupo es liderado por Guillermo, quien tiene una válvula en la cabeza, la cual sus padres adoptivos cambian periódicamente. Hoy, él reemplazará a Juan, quien sí está de cumpleaños. Guillermo será el encargado de controlar a mi primo Carlitos, quien tiene 18 años, mide 1.78 de estatura, pesa 70 kilos, ama a los gatos y le teme a los perros y a las tareas. Carlitos, Sussy y Frank obedecerán los mandatos de Guille, como lo llaman en el salón. Los chicos caminan y desaparecen.

A solas con Amanda en el  paradero, le preguntamos: “¿Qué ganas haciendo esto?”. Ella responde: “Para mí esto es mi vida. No te puedes imaginar lo que yo siento”.