Impresión me pide un testimonio de mi trayectoria periodística y accedo a narrarla tomando en cuenta que mi relación con esta narrativa del presente y nuestra cotidianidad me fue elusiva, por momentos compleja e inalcanzable, y siempre tensa a la vez que placentera.

Empecé en un diario que se llamaba El Observador, allá por los ochentas gracias a Juan José Vega, mi compañero de carpeta en las aulas universitarias. Entonces dirigía ese diario Luis Jaime Cisneros. Fueron los años de los Mártires de Uchuraccay y de la pena por la muerte del joven Jorge Luis Mendívil, compañero de diálogos y de barrio.

Redacté una nota sobre el carnaval de Cajamarca que me hicieron escribir muchas veces y que a los ojos de mi editor quedó redonda mientras yo quedaba cuadrado en torno a los mandatos del periodismo y sus cierres de edición. Tuve la oportunidad y la suerte de ver salir mi artículo de las fauces de la rotativa ubicada lejos de todos pero cerca de mis expectativas. Primer amor: ver tus palabras impresas saliendo frescas de una máquina que imprime el presente.

Ese proceso seductor de acercarte a los hechos y luego redactar una visión estético-informativa para convertir en texto lo que era observación, lectura, imaginación y estudio es lo que hace del periodismo un asunto a la vez retórico, moral, productivo y finalmente hermoso (por lo hedonista).

Por entonces yo estudiaba Comunicación Audiovisual en la Universidad de Lima y escribía poemas que alguna vez premiaron los Juegos Florales Universitarios. Empezaba a sentirme autor.

Intenté volver a las aulas a tiempo completo pero una vez más el periodismo tocó mi ego y terminé en Jaque, una revista dirigida por Fernando Ampuero donde laboraban tigresas y tigres del periodismo nacional y amigos ahora entrañables que empezaban su carrera de reporteros gráficos (Toño Martínez por ejemplo, en un equipo que dirigía Herman Schwarz, nada menos). Prensa creativa, talentosa y analítica que competía con Oiga y Caretas en justa lid. Mi jefe era Raúl Gonzales, por entonces senderólogo reputado, que escribía también para Quehacer, la revista que hasta hace poquísimo dirigió Abelardo Sánchez León. Era esa sección un espacio para hacer algo así como socioperiodismo, por la matriz académica de Gonzales y la visión cultural de Ampuero.

Llegué allí porque antes había trabajado en Caretas, a la que nunca le pesqué el estilo irónico y donde tuve como maestro a Gustavo Gorriti, Jorge Salazar y mi compañero de escritorio José González.

Gorriti había desarrollado la brillante y premiada investigación sobre el caso Lamberg, un narcotraficante vinculado al Partido Aprista (¿suena familiar?), y era como lo fue por mucho tiempo una pieza clave de la revista y su relación con la actualidad política y policial. Se ha dicho todo sobre Caretas, sus personajes, su estilo, su épica conducción de la mano de Enrique Zileri. Todo eso me tocó experimentar, y en el corto tiempo que estuve allí aprendí de la vida tanto como del periodismo, del país tanto como de la retórica adecuada para narrarlo, de la complejidad que cotidianamente enfrenta el periodista en el ejercicio de su función.

Gorriti empuñaba el plumón cuando uno entraba a la oficina con su texto e iniciaba un rito con el que todavía sueño convertido ocasionalmente en pesadilla… o viceversa. De esa época persiste la manía de escribir de madrugada. La tesis de maestría la hice escribiendo a diario entre las 9 de la noche y las 6 de la mañana hasta que la acabé y extrañé el plumón de Gustavo para que su decisiva edición le dé la forma final a mis pensamientos.

Después de Jaque pasé a El Comercio, diez años de redactor en la sección Cultural dentro del cuerpo que entonces se llamaba Crónicas y que estaba a cargo del ‘Pato’ Almandoz, otra marca vital que, convertida en tatuaje, me acompaña como un emblema de ese tiempo y esas circunstancias.

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Caretas, 1982: Juvenil redactor en la oficina conocida como “Muertos y heridos”. Foto: Caretas.

La época de El Comercio fue de puro placer y re-enamoramiento del periodismo. Trabajaba con Elvira de Gálvez y Pilar Flores Dioses, dos visiones y escrituras distintas que congeniaron perfectamente con mi “yo poético periodístico” de entonces. Mi trabajo tenía por momentos una rutina marcada por la cotidiana elaboración de la agenda cultural y una constante disrupción, pues esa rutina se rompía cuando era comisionado para cubrir una actividad cultural o entrevistar a un creador o creadora en su espacio propio. Este fue un tiempo envidiable que me permitió tener toda la bibliografía literaria y poética de una década y dialogar con sus autores en vivo y en directo.

Después, mi esposa me propuso hacer una maestría en comunicaciones fuera del país, justo cuando el periodismo me estaba ofreciendo una carrera en la que me estaba sintiendo cómodo, feliz y visible. Y así fue como dejé de ser periodista para convertirme en el académico que soy hoy día (al menos eso creo).

Varias cosas me quedan como experiencia que quiero compartir con ustedes apreciadas y apreciados lectores. He visto periodistas formados en las mejores universidades -donde ocuparon los primeros puestos en el cuadro de honor- detenidos frente a la página o pantalla en blanco intentando salir del aletargamiento que produce la incapacidad para narrar o la ignorancia de los elementos que componen los hechos.

Hacer periodismo requiere de un conjunto de conocimientos alejados de las técnicas narrativas, y próximos al funcionamiento factual de los hechos y la realidad. No se puede escribir sobre un caso policial si se ignoran las competencias e implicancias criminales, psicológicas, jurídicas e institucionales relacionadas con el asunto.

Me interesa comentar que la formación profesional del periodista debe pasar por el currículum visible y el oculto. Necesitamos el orden canónico de la formación académica y no podemos prescindir del valioso aporte de la experiencia directa, del conocimiento de los hechos, de la práctica cotidiana de la conversación y la sospecha.

La universidad nos provee de un conjunto de conocimientos entre generales, multidisciplinarios y técnicos fundamentales. Y estos deben hibridarse con la experiencia cotidiana de reportear, escribir, corregir y publicar. Lo mismo es válido para los periodistas audiovisuales que deben empeñarse en desarrollar una redacción adecuada a la estética del medio. Su narración y caligrafía es como amalgamar dos idiomas, el lenguaje textual y la imagen visible. Hacerlo requiere de habilidades entre cultivadas e intuitivas. Claro, siempre tendremos al frente a alguien que dice que la formación académica es imprescindible… y tienen en parte razón (pero no del todo).

Desde la base, o sea, desde la mirada estudiantil, lo que ofrecemos en las escuelas y aulas universitarias siempre es insuficiente, siempre carece de practicidad, siempre es muy teórico. Los egresados tienen un discurso común que se resume en: “Nada de lo que me enseñaron en la universidad me sirve ahora que estoy trabajando”.

Yo mismo espeté esa afirmación en mis noches de cierre en Caretas. Hoy entiendo claramente que mi pasado académico todavía no había entrado en línea con mí entonces presente periodístico.

Lo real es que siempre hay un momento de nuestra trayectoria en el que nuestros estudios convergen con la práctica profesional y se alimentan mejorando nuestro desempeño. ¿Demora en darse? Depende siempre de nosotros mismos y de cómo emprendamos nuestra carrera periodística que, a decir verdad, nunca para de ser una loca persecución de hechos y conocimientos.

Gracias Mario y apreciados lectores por hacer posible que me sienta otra vez PERIODISTA.