Cada vez que anota un gol, vuelve a estar en la boca de los hinchas peruanos. Gianluca Lapadula, jugador italiano de ascendencia peruana, genera sentimientos encontrados no solo en el público, sino también en la prensa y hasta en los propios futbolistas. Su posible convocatoria a la selección peruana es un tema que se debate desde hace muchos años y que, ante el inminente fin del ciclo de Paolo Guerrero con la blanquirroja, es preciso analizar más allá de lo estrictamente futbolístico. 

Por Alonso Pahuacho Portella (*), docente e investigador PUCP

Era marzo de 2016 cuando Johan Fano, exdelantero de la selección peruana, soltó una frase lapidaria: “La Federación no le puede estar rogando tanto a un jugador para que juegue por la selección peruana”. Fano, recordado por aquel gol in extremis anotado a Argentina en las eliminatorias mundialistas para Sudáfrica 2010, no se guardó nada y disparó sin anestesia contra un entonces recién “descubierto” Gianluca Lapadula, habilidoso delantero que inflaba las redes de las porterías rivales en el ascenso del Pescara, de la Serie B italiana.

Perú se encontraba a punto de retomar la competencia en las eliminatorias para Rusia 2018 y el panorama era desolador: apenas había acumulado tres puntos de doce en disputa. Ante las dudas, el nombre de Lapadula había surgido como posibilidad entre una de las tantas alternativas a Paolo Guerrero (Ruidiaz aún no era el goleador que es en la actualidad). Ricardo Gareca, entrenador de la selección peruana, viajó hasta Italia para conversar con el delantero y pedirle que juegue por Perú. “He tomado la decisión de esperar hasta junio (de 2016) porque quiero concentrarme en el campeonato de la serie B, aquí en Italia», le dijo Lapadula en aquella oportunidad. No obstante, la respuesta final del futbolista ítaloperuano nunca llegó. O, en todo caso, nunca se conoció de forma oficial. 

La reacción de los jugadores de la selección fue frontal. Pocos días antes de enfrentar a Venezuela, se difundieron declaraciones de algunos de los integrantes del equipo peruano en contra de la convocatoria de Lapadula: “No me gusta que Gianluca Lapadula vea a la selección como opción B. Los que estamos aquí, morimos por estar en la selección”, afirmó Luis Advíncula. A él se sumó Carlos Zambrano, quien fue más duro en sus expresiones: “¿De qué nos sirven personas que tienen dudas y no están seguros de defender los colores con amor, pasión y huevos?”. Tras revisar estas ya lejanas declaraciones, queda clara una cosa: la selección no es un simple equipo de fútbol. Involucra cuestiones emocionales vinculadas directamente a lo nacional. Ya lo decía el reconocido Eric Hobsbawn, la comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyos nombres conocemos.

Fútbol, selección y nación 

El fútbol cumple un rol muy importante en la conformación de la cultura nacional a través diversos procesos mediáticos, como la construcción y representación de identidades asociadas a la nación. En efecto, la posible convocatoria de Lapadula a la selección se inscribe dentro de esta compleja relación entre la pasión peruana, el amor al fútbol, y la ideología nacionalista que subyace detrás de toda construcción sociocultural, como es el caso del balompié. 

Un claro ejemplo de este nacionalismo lo podemos ver en The English Game, una serie recientemente estrenada en Netflix que cuenta los orígenes y la reglamentación del fútbol profesional en Gran Bretaña. Uno de los temas más álgidos que aborda la serie, escenificada a fines del siglo XIX, es el traspaso de los jugadores y sus repercusiones: un enorme rechazo en los equipos y en gran parte de la población. Primero, porque entonces no se podía fichar jugadores ni pagar sueldos, pero también porque existía una clara sensación de que los foráneos no tendrían el mismo compromiso con la comunidad a la que representaban.

Al respecto, la socióloga Noelia Chávez sostiene que ambos argumentos se siguen usando hoy en día para rechazar que jugadores que no han nacido en el país, jueguen en la selección, como el caso de Lapadula en Perú. Existen casos emblemáticos, como el del arquero argentino Humberto Horacio Ballesteros, quien durante las eliminatorias para el mundial de Alemania 1974 fue impedido de nacionalizarse por el presidente de facto Juan Velasco Alvarado, argumentando que “la selección peruana era para los peruanos”. 

Chávez pone en foco dos formas de pensar, ambas perniciosas según mi punto vista. La primera, a pesar de que Lapadula está habilitado para jugar por la selección peruana, según las normas de la FIFA, las reglas son tan enredadas y poco conocidas por los aficionados, que la confusión sirve como caldo de cultivo para fomentar el rechazo. La segunda idea alude a la percepción de que, si el jugador no nació en el Perú, no pertenece a nuestra comunidad, y por lo tanto no dejará todo en la cancha, solo vendría por el dinero. En otras palabras, se lo construye discursivamente como una antítesis de Paolo Guerrero, nuestro jugador bandera. Y, qué coincidencia, es precisamente al jugador que Lapadula tendría que reemplazar.

Lo curioso es que, como resalta la socióloga Noelia Chávez, ambos argumentos son rápidamente desmontables: la normativa FIFA existe y no incluye como requisito la existencia de un “gen territorial” que, supuestamente, garantice el compromiso con el país o con una camiseta. Este compromiso es más bien una construcción cultural y parte de nuestras experiencias personales. Chávez lo explica así: “Nacer o vivir en un determinado país no te hace devoto de dicho lugar; de hecho, mucha gente rechaza sus raíces y otros las extrañan a morir”. Entonces, ¿por qué Lapadula sigue generando tantos sentimientos encontrados en los hinchas de la selección peruana?

¿Elegible o convocable?: un futuro incierto

“En Europa es frecuente que un futbolista pueda representar a más de una selección. Y no le preguntan si quiere jugar o no. Le dicen que lo necesitan y le explican los beneficios del plan. Si dice no, le dan un tiempo y vuelven a llamarlo para saber si cambió de opinión”, explica el periodista Víctor Zaferson, quien es quizá el que más conoce la carrera de Lapadula. Suele tuitear seguido sobre el tema, y debido a ello ha sido acusado de todo, hasta de recibir alguna “comisión” por promocionar al futbolista ítaloperuano. Pero él lo niega. Su objetivo, sostiene, es abrir el abanico de posibilidades para la selección. “En la Federación Peruana de Fútbol se resisten a llamarlo porque les dijo ‘no’ la primera vez. En otras federaciones hay seguimiento y le reiteran la propuesta deportiva/comercial a los jugadores hace años. Así funciona esto”, añade. 

Lo cierto es que, en agosto de 2020, Gianluca Lapadula es ‘elegible’ por Perú, pero hoy no puede ser convocado. Una serie de tecnicismos hacen difícil la cabal comprensión de su situación para el hincha de a pie. ‘Elegible’ y ‘convocable’ son dos cosas diferentes. Zaferson explica que, en teoría, Lapadula tendría que proceder de la misma forma que Jean Pierre Rhyner -otro jugador europeo de ascendencia peruana voceado para integrar la selección- y tramitar el DNI en Italia o en Lima. Luego, con esa documentación, ir a la FIFA a pedir el cambio de asociación: de la Federazione Italiana Giuoco Calcio a la Federación Peruana de Fútbol. En ese sentido, el jugador debe presentar una carta de su nuevo compromiso con Perú, una carta de renuncia a Italia, un documento que demuestre que su madre es peruana (la prueba de su arraigo) y un documento en el cual explique por qué quiere jugar por Perú. El periodista asegura que, si entrega todos los documentos juntos, la respuesta no debería demorar ni un mes.

Lapadula juega actualmente en el US Lecce de la Serie B de Italia. Con la camiseta de este equipo ha anotado 11 goles en 25 partidos. FOTO: Instagram personal.

¿Amor a la camiseta?

“Es elegible, pero nunca será elegido. Es convocable, pero nunca será llamado. Él encarna todo lo que es ajeno a nuestra huachafería sentimental, como el amar y sudar la camiseta”, reflexiona el comentarista deportivo Carlos Univazo. Y razón no le falta. En una reciente entrevista para el diario Líbero, el gerente deportivo de la selección, Juan Carlos Oblitas, fue tajante al señalar que Lapadula era italiano y no era elegible para jugar por Perú. 

Vivimos una época en la que fútbol y globalización van de la mano. Por eso resulta extraño seguir encontrando este tipo discursos que apelan a los sentimientos más primarios de identidad nacional, reflejados en una supuesta carencia “amor a la camiseta” por parte de Lapadula porque este “habría preferido jugar por Italia”. Sin embargo, muchos de esos hinchas y periodistas que critican al delantero omiten decir que, dentro de la selección peruana, ese aparente amor incondicional es demostrado solo simbólicamente. A lo que me refiero es que ningún jugador de la selección peruana termina, en la práctica, jugando “gratis”. Llegan al Perú con pasajes pagados por la FPF (en primera clase), todos cobran premios por partido (ya sea empatado o ganado) y mucho más si es que se logran objetivos (como podios en Copa América o clasificación a un mundial). 

“Hay cierta hipocresía cuando se dice que a tal o cual jugador no le interesa nuestra camiseta y nos sentimos heridos u ofendidos. Es parte de nuestra ridiculez; medimos la potencialidad de un jugador en la selección por la forma cómo canta el himno nacional. Si lo hace con los ojos cerrados o si llora”, afirma el periodista Carlos Univazo. Jugadores como El Chorri Palacios o Paolo Guerrero se han convertido en símbolos de la peruanidad justamente por encarnar valores como el sacrificio en la cancha y el amor a la patria. ¿Que El Cóndor Mendoza optara por no cantar el Himno Nacional en los partidos de Perú lo hace acaso menos peruano? Otro periodista deportivo, Coki Gonzales, apunta aún más lejos sobre el caso Lapadula: “La selección exacerba los sentimientos nacionalistas y convierte a muchos aficionados en chauvinistas patrioteros. Sería lindo ver ese sentimiento respetando las leyes, dando preferencia al peatón, al ciclista, usando mascarilla todo el tiempo en lugares públicos o evitando reuniones”.

La Patria es (siempre) una camiseta 

Retomemos la pregunta que planteamos algunos párrafos atrás: ¿por qué se incendian las redes sociales cada vez que Lapadula anota un gol y lo piden para la selección peruana? El tema es complejo y va más allá de si es ‘elegible’ -que lo es- o ‘convocable’ -que no lo es-. 

Al respecto, Noelia Chávez propone una interesante reflexión. La académica cree que, si los que consideramos como los «otros» empiezan a entrar a «nuestro» espacio, se advierte una invasión, vulneración o ataque, básicamente porque la frontera de lo identitario se diluye, pierde fuerza en nuestro grupo de referencia y estabilidad. Ello resulta interesante puesto que, en una época como la actual, en donde el poder del Estado-Nación se encuentra disminuido y uno de los pocos elementos de cohesión social en nuestro país es el fútbol, ese espacio empieza a ser permeable a nuevos actores (como Lapadula) producto de la globalización del deporte. Sin embargo, muchos de esos actores de la sociedad deportiva (hinchas, periodistas, dirigentes) aún se resisten a aceptarlo. 

Ahora bien, es menester entonces conjugar estas dos posiciones que parecen divergentes: que la selección nacional de fútbol es, efectivamente, una representación simbólica de la nación; y, por el otro lado, que la construcción de una identidad nacional (deportiva en este caso) debe pasar necesariamente por el tamiz de la heterogeneidad, como ha sido siempre y ocurre como en otros objetos culturales, como nuestra gastronomía (acaso el único sobre el cual permitimos “fusionar” elementos extranjeros). 

Chávez apunta también en esa dirección. La socióloga considera que, para este caso específico, primero el jugador debe querer venir a jugar por la selección (si no quiere, no existe posibilidad de compromiso), y demostrarlo en la cancha a fin de ganarse el afecto de la hinchada. Pero, sobre todo, es necesario que, desde la FIFA, la CONMEBOL y la FPF, expliquen claramente el tema de los traspasos y migraciones, y no le tengan miedo a entablar campañas de comunicación sobre la construcción de la identidad nacional y la identidad de los equipos, que incluya la heterogeneidad, la interculturalidad y el respeto como elementos que enriquecen lo propio. Esto es algo que también se ha extrañado desde la propia prensa deportiva peruana, la cual se agazapa, lamentablemente, detrás de los discursos nacionalistas en vez de informar al público. Chávez añade que, de esa manera, “se disminuye el miedo, la violencia, la discriminación y los extremismos, y fomentamos la construcción de una identidad saludable y diversa”. Ello es una práctica común en otros países, como la Francia campeona del mundo 1998 y su lema Black-Blanc-Beur.

En suma, parece ser que el sentimiento de unidad nacional que se reactiva con el fútbol se muestra aún incipiente, con profundos clivajes (divisiones) que permean nuestra siempre difícil y heterogénea identidad peruana. Los recelos al “otro” encarnado hoy en Lapadula (mañana podrá ser cualquiera, ¿porque no un futbolista venezolano con DNI peruano?) testimonian también las fisuras del sentimiento nacional. A Lapadula no lo sienten como peruano. Y quizá esa sea su gran virtud. 

(*) Magíster en Estudios Culturales y Licenciado en Periodismo, en ambos casos por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Actualmente cursa un doctorado en Medios, Comunicación y Cultura en la Universidad Autónoma de Barcelona y se desempeña como docente en las facultades de Estudios Generales Letras y Ciencias y Artes de la Comunicación en la PUCP. Ha publicado Fútbol, Cultura y Sociedad. Ensayos críticos sobre deporte peruano (Hipocampo, 2019).