La intensidad con la que entona cada interpretación es lo que ha definido el éxito de Bartola, considerada una de las cantantes más influyentes del criollismo nacional. Con casi cincuenta años de trayectoria artística, continúa haciendo lo que más le apasiona: cantar. Hoy sus motivaciones son inculcar la música peruana a los jóvenes y descubrir nuevos talentos.

Por Lorena Jurupe

Basta nombrarla para oír el timbre de su voz emergiendo de las profundidades de nuestra memoria. Adriana Esther Dávila Cossio o, como todo el Perú la conoce, Bartola es un referente fundamental de la escena musical contemporánea. Escucharla interpretar canciones criollas, valses y boleros con su fuerza característica sorprende a muchos, sobre todo cuando lo hace sin micrófono. Grandes éxitos como Color noche, Cariño bueno o Cuando llora mi guitarra forman parte de un repertorio que deja satisfecho a su público, siempre agradecido con el espectáculo que monta sobre el escenario.

Todo inició a principios de los setenta, cuando, de casualidad, Esther y un grupo de amigas del colegio se subieron al escenario de un concurso callejero, la Caravana Cultural Túpac Amaru que patrocinaba el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS), del gobierno de Juan Velasco. Vestidas con uniforme escolar, las doce jovencitas habían caminado desde Barranco hasta Surco viejo, donde se encontraron con el espectáculo.Fue entonces que Martha Chávez ‘La Peruanísima’ y don Ernesto Vicuña la invitaron a participar.

La cantante a los 18 años. FOTO: Cortesía de Bartola

Ya arriba, interpretó Como una rosa roja, de Lucha Reyes. Al terminar, el público la aplaudió tanto que tuvo que cantar otra: escogió El último brindis, de Augusto Polo Campos. Con estas dos canciones, ganó el primer puesto y el premio de diez mil soles, que hoy equivaldría a unos cien mil. “A los 15 años, me di cuenta de que cantaba. Subí de broma y salí cantante”, recuerda la criolla. Había obtenido una suma inimaginable en un santiamén. No lo podía creer. ¿Qué haría con tanto dinero? La cantante decidió darle una parte de lo ganado a su madre. Otro porcentaje lo utilizó para hacer compras personales y de algunos objetos necesarios en su hogar. Lo restante lo ahorró.

Pero, al inicio, la señora María Luz Cossio, su madre, estuvo en contra de que Esther fuera cantante. La mala fama de los músicos, de vida desordenada y llena de excesos, había formado una idea negativa en su cabeza. Pero sobre todo pensaba que la noche era peligrosa y más para una criatura, como se solía llamar en ese tiempo a los jóvenes.

—El comienzo fue doloroso, como en toda carrera, creo. Una vez, mi mamá cogió un cucharón de madera y me lo rompió en las rodillas. Primero, me puso el pie y, por eso, me tropecé —suelta unas carcajadas—. Después, me pegó y ahí empezó el dolor. “Esther, ¿de dónde has venido?”, me dijo. “Del colegio”, le respondí. Eso era mentira. Ella me replicó: “dime la verdad, sabes que no me gustan las mentiras”, y yo nuevamente le respondí que del colegio. Luego de eso, mi mamá gritó: “prefiero una colocada a cien amarillas”.

Esta era la típica frase que su madre usaba cuando estaba enojada. Quería decir que prefería que le diga la verdad, así sea desagradable, en vez de una mentira. Y si bien toda su familia apoyaba su carrera artística, doña María Luz no. Pero llegó un día en el que ‘La Peruanísima’, que luego se convirtió en su madrina de confirmación, y su abuela materna conversaron con ella y la convencieron del talento de su joven hija. “¡Ay, María Luz Cossio! ¡Qué terca era, diosito lindo! Pero al final aceptó. Todo fue cuestión de tiempo”, cuenta.

EN CONCIERTO. Bartola ofrece jaranas y conciertos a salla llena. FOTO: Andina

Luego de su presentación en la Caravana Cultural, Esther comenzó a trabajar en distintas peñas, como Poggi y El Plebeyo. Una vez, en esta última, ‘El Carreta’ Jorge Pérez la vio cantar y le recomendó ir a Danzas y Canciones del Perú, el mejor programa criollo de la época. Así fue que la cantante conoció a quien la bautizaría como Bartola: Augusto Polo Campos, quien conducía el espacio.

Allí, cantó un vals de Amparo Baluarte y Francisco Reyes Pinglo, titulado Secreto. Augusto, al ver que ella había ensayado, le pidió otro y ella eligió Celos, de Felipe Pinglo. El compositor quedó fascinado, pero le volvió a pedir que interprete otra canción, esta vez una marinera. Lo que él no sabía era que la joven artista dominaba este género: su padrino Amador Bocanegra, quien la apodó Esthercita Dávila, ‘La Estrellita del Sur’, le había enseñado a cantarlo.

Al finalizar el programa, Augusto le hizo un contrato y le dijo: “tu nombre artístico será ‘Bartola’”. El compositor lo eligió en honor a la gran folclorista Bartola Sancho Dávila, recordada por bailar la marinera con gran ímpetu.

—¡Uy, mi madre! Casi me muero. Yo renegando decía “no me quiero llamar Bartola, yo quiero ser ‘Esthercita Dávila, la Estrellita del Sur’”. ¡Imagínate que a los 15 años te pongan ese nombre! ¡Qué horrible!

Con el tiempo, Esther aprendió a llevar ese nombre con orgullo. Alude a la fuerza de su voz que la caracteriza y, de alguna manera, también influyó en su carácter. Hasta el día de hoy, ello se refleja en cada concierto y cada interpretación. De los siete discos que tiene en su haber, seis son de oro y uno de platino. El primero, titulado Bartola, lo grabó en 1974 con Rafael Amaranto. Los siguientes los realizó junto con Patricia Dajes, su productora. Y, como parte de sus próximos proyectos, tiene uno exclusivamente de boleros en camino.

Actualmente, es conductora del programa Una y Mil Voces, que se transmite por TV Perú y ya va por la séptima temporada. Allí su misión es descubrir talentos de la música criolla: “Estamos rescatando las voces de los jóvenes y difundiendo el nuevo criollismo”. A través de su canto, también quiere revitalizar este género que, asegura, no ha muerto, pero necesita más artistas que ayuden a renovarlo.

—La música criolla no se escucha, porque la misma radio nos ha hecho una mala jugada poniendo discos de cantantes que ya no están vigentes ni en vida. Y se ha dejado de promocionar a los jóvenes. Cuando yo empecé a grabar mis discos, estos se iban a un promotor y se difundían en todo el Perú. Ahora no es así: los chicos graban y tienen que cantar en presentaciones. Las radios ya no los aceptan y ese es el gran problema que tiene el criollismo ahora.

Debido a su labor callada y alejada de escándalos, Esther Dávila es una artista muy querida por el público. Cuando la gente se la encuentra en las calles, la saluda y no duda en sacarse una foto con ella o pedirle un autógrafo. Ella amablemente atiende a sus seguidores. Pero no solo es reconocida aquí, también en el extranjero. Ha compartido escenario con grandes artistas, como Andy Montañez o Dyango.

Y si bien sigue cosechando éxitos, no olvida que los premios y reconocimientos son solo la consecuencia de ser coherente consigo misma.  Lo esencial es su pasión por la música: “Creo que si no hubiera cantado, no habría podido sobrellevar las grandes pruebas y dolores que me ha puesto Dios en la vida”, concluye.