La Universidad Central de Venezuela, la más ilustre del país, atraviesa una de las crisis más álgidas de su historia. Anderson y Ayrton forman parte del movimiento estudiantil que hace frente al abandono presupuestario y la vulneración de la autonomía  de la que es víctima su casa de estudios a manos del régimen de Nicolás Maduro. Esta es su búsqueda por la ansiada libertad de su universidad y, sobre todo, su país.

Día a día, estudiantes, trabajadores y maestros transitan la calle principal de la Universidad Central de Venezuela (UCV), el basto pasillo –cubierto por unos imponentes techos de hormigón– los recibe al ingresar a la casa de estudios. Espacios como este componen una emblemática Ciudad Universitaria, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 2001. Esta casa de estudios resulta un símbolo arquitectónico no solo para Caracas, sino también para Venezuela. 

Lamentablemente, el pasado 17 de junio, un techo de hormigón colapsó y dejó den evidencia el estado de abandono en el que se encuentra la infraestructura de esta universidad pública. No es el único percance que sufre esta institución. Durante años su autonomía ha sido vulnerada sistemáticamente por el régimen de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. La universidad tiene al movimiento estudiantil como único bastión: firme a los embates de la tiranía. 

“La mejor de Venezuela”

La Universidad Central de Venezuela es una casa de estudios con profunda historia y mística. Desde la educación secundaria, muchos alumnos la ven como la universidad principal del país llanero: resulta una tradición. En 298 años de creación formó a figuras como José Gregorio Hernández, médico beatificado por el Vaticano y Francisco de Miranda, profesor de Simón Bolívar. “El libertador de América”, resalta Ayrton Medina, estudiante y representante estudiantil de la UCV, en la conversación por Zoom.

El acercamiento de Ayrton al movimiento estudiantil se dio en su primer año en la universidad. Decidió realizar una actividad de integración con sus compañeros de estudios para poder conocerlos. El presidente del Centro de Estudiantes de la Escuela de Bibliotecología y Archivología –carrera que cursa Ayrton– se le acercó a decirle que tenía «madera» para realizar actividades y convocar personas, y lo invitó a pertenecer al Movimiento Independiente de su facultad. Decidió asesorarse, saber en qué consistía todo ese mundo desconocido para él. Le interesó por completo. “Siempre he estado muy presto a trabajar por mi escuela, por mi universidad y mi país”, afirma.

En sus primeras semanas, Ayrton notó la representación estudiantil como un espacio de incidencia para generar cambios dentro de su escuela, universidad y sobre todo, su país. Forma parte del Movimiento UCV, el movimiento estudiantil más grande de su universidad y ostenta el cargo de Secretario de Asuntos Académicos del Centro de Estudiantes de la Escuela de Bibliotecología y Archivología.

Más allá de diferencias de pensamiento que puedan existir, los representantes estudiantiles a nivel nacional se encuentran cohesionados, saben que el objetivo es uno solo: la libertad de Venezuela. En conjunto, desde su radio de acción, trabajan por esa gran meta. “El desconocimiento a la tiranía de Nicolás Maduro resulta la máxima de todos nosotros”, sentencia Ayrton. 

Ayrton en la última movilización nacional. FOTO: Archivo personal.

La sociedad venezolana constantemente exige demandas que pocas veces son escuchadas por el régimen de Nicolás Maduro. Es ahí cuando los movimientos estudiantiles catalizan esos reclamos y les otorgan una voz a aquellos que son invisibilizados, así conlleve ser perseguidos y estigmatizados. “Siempre hemos alzado nuestra voz ante los atropellos e injusticias, y siempre lo haremos”, cuenta un enérgico Ayrton.

Parte de ese estigma ha sido instalar una narrativa política de desprestigio hacía el movimiento estudiantil, y los estudiantes universitarios en general, tildándolos en varias ocasiones de violentos y terroristas. “Así se justifica la represión, persecución y detenciones arbitrarias hacia los alumnos que ejercen su derecho a la protesta”, afirma Anderson Ayala, estudiante y representante estudiantil de la UCV.

A diferencia de Ayrton, Anderson no estaba interesado en pertenecer a la política universitaria. Pasó el primer año de universidad alejado de todo tipo de convocatoria. Hasta que un día, luego de ver la situación social que atraviesa su país en las noticias internacionales, cambió de opinión y decidió ser parte del movimiento. En el camino observó que no solo su país atravesaba injusticias, su universidad también era víctima de atropellos, eso motivó más su lucha. 

En mayo de 2016 lo buscaron sus compañeros de la Escuela de Comunicación Social para ofrecerle un puesto en el equipo de trabajo. Dos años después, postuló al Consejo de Facultad de Humanidades, un cargo importante en su universidad, y salió elegido. “Ganas algunos enemigos, pero muchos amigos. Fui tomando parte de a poco y crecí en todo sentido”, cuenta con orgullo.

Anderson percibe como amigos a los ciudadanos venezolanos opositores al régimen chavista, sabe que apoyan al movimiento estudiantil a pesar de las etiquetas que reciben por la mayoría de medios de comunicación. “Ellos son conscientes de quiénes son los verdaderos violentos”, dice, desafiante. Las campañas narrativas de la “tiranía” han fracasado: el movimiento estudiantil venezolano es sinónimo de lucha en pro de la libertad de Venezuela.

Anderson iza la bandera durante la semana del estudiante. FOTO: Archivo personal.

Las protestas son un vehículo para exigir el cumplimiento de sus demandas y, sobre todo, la tan ansiada libertad. Durante años se normalizó el lanzamiento de bombas lacrimógenas por parte de los efectivos de seguridad del Estado, la utilización del gas pimienta y el disparo a quemarropa de perdigones para dispersar a los protestantes. “La detención arbitraria, el abuso de poder y las violaciones de derechos humanos por parte de quienes supuestamente deberían cuidarnos es constante”, cuenta un indignado Ayrton.

Las desapariciones en días de protestas son un riesgo real. Un ciudadano que sale a protestar, sabe que puede salir y no regresar; es consciente de que puede terminar detenido o asesinado por los esbirros de la “tiranía”. Ayrton y Anderson lo saben. Nunca fueron detenidos ni retenidos contra su voluntad en carceletas, pero algunos amigos y conocidos suyos sí. “Amigos son obligados a emigrar por la persecución de la tiranía. Conozco varios casos”, afirma Anderson con cierta amargura. “Pero es un riesgo que vale la pena asumir por la libertad de nuestro país”, completa Ayrton.

Autonomía vulnerada

“En la Universidad Central de Venezuela se vulnera la autonomía universitaria todos los santos días”, denuncia Ayrton. La Operación Canguro es un ejemplo de las tantas violaciones que las universidades venezolanas, incluida la UCV, han sufrido a lo largo de la historia. El 31 de octubre de 1969 se autorizó el ingreso al campus universitario de tres mil efectivos de las fuerzas de seguridad; la versión oficial del Gobierno calificaba el allanamiento como una “toma preventiva” con el objetivo de capturar a francotiradores que se hallaban apostados en ese lugar.

Un tanque M-8 fue apostado en la Plaza del Rectorado de la UCV y otro en las afueras de la antigua Escuela de Periodismo. Simultáneamente, batallones del cuerpo de cazadores del ejército tomaron los alrededores de las facultades de Medicina e Ingeniería de la Universidad de los Andes (ULA) y el rectorado de la Universidad del Zulia (LUZ). La intervención y allanamiento militar dejó un saldo de diez estudiantes muertos y cientos de heridos y detenidos. 

En los últimos años, la violación de la autonomía universitaria a la UCV todavía se mantiene y se reproduce de manera sistemática. La universidad no maneja la nómina de empleados. El Estado decidió hacer la transferencia directa a los administrativos y los obreros; con el objetivo de quitar el control a las autoridades de lo que sucede internamente dentro de la casa de estudios. “El objetivo es hacer quedar a las universidades opositoras como ‘escuálidas’. Muchos obreros se sienten identificados con el chavismo”, señala Anderson.

La dirección de las universidades nacionales es considerada un bastión de oposición al chavismo, esto justifica la intromisión de Nicolás Maduro en escuelas públicas para debilitar la soberanía de estas, usando a obreros y administrativos. 

El 28 de agosto de 2019 el Tribunal Supremo de Justicia, controlado por Nicolás Maduro, ordenó a la universidad realizar elecciones en tiempos y condiciones que no se encuentran estipuladas en la Ley de Universidades. Se advirtió también, que de no cumplir con el señalamiento, se anunciarían nuevas autoridades para la UCV. “Saben que las universidades son la mayor esperanza que tiene el país. Sin universidad no hay país”, sentencia Anderson.

La UCV tenía un plazo de seis meses –desde el día que se emitió la sentencia– antes de que el Estado interviniera y el movimiento estudiantil sabía que no podía permanecer indiferente. Ayrton y Anderson, junto a sus compañeros, decidieron hacer frente a las medidas tomadas por el TSJ: se elevaron las voces, se convocaron ruedas de prensa, marchas por sectores y protestas. El trabajo interno para concientizar a los estudiantes fue fundamental. “Tuvimos que hacerles entender la agenda de defensa”, cuenta Ayrton. 

No es casualidad que días después de las protestas, el chavismo anuncie un candidato para el rectorado a inicios de diciembre. “Todas las imposiciones que intentan hacer son claramente favorecedoras hacia su sector”, denuncia Anderson.

Ante esta amenaza, el movimiento estudiantil de la UCV organizó más asambleas e intentó unir al grupo “olvidado” por la universidad: los obreros y administrativos. Se les explicó que era mejor integrarse, para representar a toda la universidad como un grupo sólido. En noviembre de 2019, la Universidad Católica Andrés Bello se unió a la UCV en un acto de solidaridad. El régimen de Nicolás Maduro respondió con represión a los movimientos estudiantiles: fueron acosados y fotografiados en todas las protestas que hicieron. “Eso ya es algo normal entre nosotros”, relata Anderson. Se mantuvieron firmes seis meses ante las difamaciones en medios de comunicación: que los etiquetaron como “pichones de la ultraderecha”. Ante la presión, el 27 de febrero de 2020, la sentencia se suspendió y no se pusieron autoridades interinas.

El chavismo no se dio por vencido y redujo los presupuestos anuales de la UCV, este año sólo fue aprobado el 1% del 100% solicitado por la rectora de la universidad. Los edificios del campus universitario se encuentran en decadencia. Ante esto, Nicolás Maduro anunció el 17 de junio, en cadena nacional que en base a la Misión Venezuela Bella –plan arquitectónico para recuperar y reconstruir espacios públicos– el Ejecutivo iba a remodelar la infraestructura de la casa de estudios, acto que fue rechazado por los representantes estudiantiles y autoridades universitarias. 

“Son planes de maquillaje, limpieza, pintura, no de ingeniería y arquitectura de alta factura. El patrimonio de la UCV no puede ser parte de un programa político. Esperábamos algo como ‘venimos a dar recursos para recuperar a la universidad’, no queremos ser dañados como otras universidades”, reclama Ayrton. La Universidad de Carabobo y la Universidad Simón Bolívar ya fueron intervenidas por el chavismo y ambos estudiantes esperan no correr el mismo infortunio. 

No solo las universidades se ven amenazadas, la educación secundaria sufre un adoctrinamiento de manera progresiva. Las asignaturas o evaluaciones tienen un sesgo muy marcado, Hugo Chávez es enaltecido como “defensor de la patria». A todas estas penurias, se suma la pandemia.

Los representación estudiantil en la pandemia

La UCV trata de avanzar con los ínfimos recursos que posee. La educación virtual parece una utopía pues la conectividad en Venezuela es mala. “Estoy conectado a un internet con 1.8 mb. Es imposible para profesores y estudiantes, requiere tener un equipo tecnológico que pueda servirte, algo de lo que carece mucha gente”, denuncia Anderson.

La representación estudiantil sufre un duro revés. El no poder agruparse de manera presencial o virtual debilita su incidencia en favor de la comunidad universitaria. La falta de conectividad limita sus reuniones. Integrantes del movimiento estudiantil intentaron, mediante todos los medios, que se dicten clases virtuales en todas las facultades; sin embargo, escuelas como de Comunicación Social –escuela a la que Anderson pertenece– se mantienen cerradas indefinidamente. Anderson no estudia, pero se siente tranquilo por el resto de compañeros que sí puede. “No se hizo mucho, pero algunos pueden cursar materias”, cuenta con orgullo. 

La mitad de la universidad está parada. Las escuela de Ingeniería continúa con clases a distancia, pero las de Humanidades, Sociales y Odontología no tienen un retorno definido.La UCV no parece tener un futuro alentador: la infraestructura se deteriora, los profesores migran más y la deserción estudiantil es más fuerte. 

Ayrton y Anderson se mantienen firmes. Saben que las formas de gobierno de las últimas décadas han sido dictatoriales y que se extrapolan a todas las instituciones sociales, incluyendo las universidades. Las actitudes inmaduras y antidemocráticas en dirigentes estudiantiles y autoridades aumentan cada día más. La generación de ambos representantes estudiantiles no conoce la democracia, pero sí se permite imaginarla. “Esa es la mayor ambición”, afirma un optimista Anderson esbozando una sonrisa. Sonrisa que representa esa lucha por la libertad que alguna vez una generación anterior conoció y lamentablemente perdió.