Pasé por las aulas del Pabellón Z cuando el fujimorismo se desplomaba. Hoy encuentro en ellas a una generación de estudiantes que, estoy seguro, sabrán sortear los nuevos desafíos que el periodismo enfrenta.

Por Gerardo Caballero*

Volver a las aulas donde me formé como periodista ha sido una experiencia profundamente enriquecedora; me ha permitido reencontrarme con aquellos ideales a los que, cuando éramos estudiantes, mis compañeros y yo nos aferramos en una cruzada principista y acaso quijotesca por un mejor periodismo.

Eran los años que siguieron a la caída del régimen fujimorista: los diarios chicha, la televisión basura y los vladivideos nos mostraban el lado más vil de una profesión a la que, sin embargo, amábamos.

Aquello que nos motivaba entonces es lo mismo que hoy sigue inspirando a los alumnos de nuestra carrera: es el entendimiento del periodismo como una noble herramienta para desafiar a quienes tienen poder y, al mismo tiempo, para dar voz a aquellos a los que les ha sido arrebatada toda posibilidad de expresión en la sociedad.

El periodista, pensamos los estudiantes de entonces y los de ahora, no debe transar con el poder político ni económico. Nuestro compromiso no es con la estabilidad ni con el crecimiento económico, sino únicamente con la verdad.

Hace poco vi circular en redes sociales una especie de ránking sobre las universidades que tienen a los egresados de comunicaciones mejor remunerados. Ni siquiera me animé a revisarlo ¿Acaso importa? A quienes decidimos estudiar periodismo no nos mueve la ambición, sino una imperiosa necesidad de contar historias. Sorprendentes, increíbles, pero sobre todo verdaderas. Eso es lo que nos mueve.

Pero los últimos años han traído nuevos desafíos para el periodismo. En primer lugar, encontramos los cambios que Internet y las nuevas tecnologías de la información representan para los medios tradicionales, que se han visto ante la disyuntiva de transformarse o desaparecer.

En segundo lugar, es fácil corroborar ahora que hay quienes –desde otros campos profesionales– se acercan al periodismo únicamente para sentirse influyentes o para utilizarlo como un trampolín que les permita acercarse al poder.

Tal perspectiva sobre el periodismo era impensable para mis compañeros y yo. Y los estudiantes de hoy –lo compruebo ahora– no han perdido de vista el horizonte teleológico de esta profesión: el periodista está para enfrentar al poder, no para ser parte de él. Hay quienes piensan que la formación universitaria del periodismo es una etapa prescindible. Yo, por el contrario, estoy convencido de que son las aulas el foro más adecuado para que los universitarios discutan las implicancias éticas y académicas de esta profesión, pues permiten un debate mucho más sincero, profundo y sin los sesgos que introducen la pertenencia a una organización periodística.

El tercer reto que afrontamos en estos tiempos es una profunda campaña de descrédito dirigida contra la prensa, la cual busca justificar una injerencia en las líneas editoriales de los medios. Lo paradójico en este caso es que quienes pretenden enlodar a los periodistas con ese sambenito de ‘mermeleros’ pertenecen, precisamente, a la fuerza política a la que vimos caer hace unos años, el fujimorismo: la fuerza política que desvió fondos públicos para crear los diarios chicha, que sobornó a empresarios de televisión para que subordinen sus líneas editoriales, la fuerza política de los ‘talk shows’ que denigraban a las personas, es la misma que ahora busca asestarle un golpe a la prensa que le es crítica.

Por fortuna –creo yo–, en las aulas del Pabellón Z se sigue inculcando la memoria como un instrumento de la verdad. Entendamos: es labor de los periodistas no solo entregar al público la versión más fidedigna de los hechos que ocurren día a día, sino también recurrir a la historia para entender mejor el presente. Y eso es precisamente la historia, al fin y al cabo: una herramienta que las sociedades utilizan para defenderse de aquellos que pretenden embaucarlas.

Y esta permanente interpretación del pasado y del presente tiene en su centro la discusión de la agenda pública. Esta especie de lucha por la definición de la situación se nutre de las opiniones. Y en la era del Internet y los programas de tertulia política la llamada ‘opinología’ ha empezado a ganar un amplio espacio en los medios de comunicación.

Esto también representa un nuevo reto para el periodismo, pues el verdadero periodista no debe acudir a este debate armado únicamente con la opinión ocurrente, fácil y simplista que esconde un afán de figurar y ganar seguidores en Twitter. Quien realmente siente esta profesión más bien se esfuerza por entregar al público la mejor información para que esta pueda hacerse un mejor juicio sobre el presente y el pasado.

No sé cuán exitosos fuimos los egresados de mi generación respecto a lo que pensábamos hacer con el periodismo. Pero estoy seguro de que quienes están por dejar las aulas del Pabellón Z serán mucho mejores. Y eso me entusiasma.


Gerardo Caballero. Periodista. Jefe de práctica del curso Periodismo y Coyuntura.

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