Una mañana de octubre de 2012 cinco periodistas peruanos ingresaron a la sede de Mediapart, en un barrio próximo a la Plaza de la Bastilla. Su austera sala de redacción contrastaba con las instalaciones solemnes de Le Figaro y Le Monde, los dos paquidermos de la prensa francesa, que los visitantes habían recorrido en la víspera.

Thomas Cantaloube, uno de los editores de Mediapart, les contó la historia de este periódico digital. A fines de 2007, Edwy Plenel, exjefe de redacción de Le Monde, autor de libros de ensayo, crónica y testimonio, convocó a colegas de su generación y a estudiantes de periodismo para fundar un diario online enfocado en temas de relevancia pública. Vamos a escribir, les propuso, sobre todo aquello que los grandes medios ya no quieren informar. Haremos esa clase de periodismo que nos gustaría leer con el café de cada mañana.

El proyecto sonaba seductor y sobre todo idealista. Muchos admitieron sentirse profundamente insatisfechos con lo que hacían en sus redacciones, pero no parecían dispuestos a renunciar a la seguridad económica que (por ahora) les garantizaba la industria de los medios impresos.

Plenel, acostumbrado a navegar contra la corriente, no detuvo su prédica. Mientras los expertos aseguraban que una cultura de la gratuidad se apoderaba del mundo virtual y pronto nadie aceptaría pagar por contenidos digitales, él sostenía lo contrario: la información de calidad no debe ser gratuita. Busquemos un nicho de lectores dispuesto a pagar por ella. Frente a los directores que proponían aferrarse a la chequera de los anunciantes para sostenerse en el mercado, él recordaba: cuanto más depende un medio de la publicidad, menos independencia editorial exhiben sus noticias. Podemos vivir únicamente de nuestros lectores; esta era su temeraria propuesta.

Ante el dogma de este tiempo que ordena compartir la dirección de los medios con los expertos en marketing, Plenel afirmaba: ningún vendedor de avisos nos dará indicaciones sobre los contenidos. Nuestra agenda informativa no estará subordinada al resultado de focus group o a los reportes de tráfico online.

La última convicción contra el statu quo mediático aludía a los textos: el contenido de calidad siempre estará por encima del diseño. No vamos a escribir píldoras informativas. Mediapart no sacrificará la profundidad de un reportaje para satisfacer aspectos cosméticos. Publicaremos textos largos y muy bien escritos. Plenel y sus socios finalmente convencieron a treinta periodistas. La redacción combinaba la veteranía de editores con oficio y el ímpetu de reporteros que aún se desvelaban para aprobar exámenes en las escuelas de periodismo.

Dos años después Mediapart era seguido por veinte mil suscriptores. Si bien cada uno pagaba nueve euros mensuales, los ingresos no cubrían la inversión en sueldos y coberturas informativas. Fueron dos años de periodismo de investigación, de denuncias certeras que alcanzaron al propio Nicolas Sarkozy, fueron también dos años con las cuentas en rojo. Plenel y su equipo necesitaban cuarenta mil usuarios para mantenerse a flote. ¿Los captarían a tiempo? Diez reporteros abandonaron el barco antes de la Navidad de 2010. ¿Se iría a pique aquel proyecto independiente y participativo que se atrevió a cuestionar el sentido común hegemónico de la industria de los medios? Políticos con mucho que ocultar y lobistas aviesos se frotaban las manos.

La ilusión les duró poco. En 2011 la lectoría de pago empezó a trepar a ritmo incesante. De pronto registró cincuenta mil suscripciones. Fue el primer año con utilidades. En octubre de 2012, cuando los periodistas peruanos visitaron la redacción, Thomas Cantaloube les mostró el último reporte: setenta y cinco mil lectores. Hoy, en diciembre de 2014, más de cien mil personas en todo el mundo financian con sus aportes un medio cuya existencia parecía utópica o, en el mejor de los casos, efímera. Mediapart no era, como muchos escépticos sostenían, la quimera trasnochada de una banda de soñadores. Hoy es uno de los referentes más sólidos del periodismo de calidad en Europa.

“Cuidado, estamos en Francia, esta experiencia quizás no se pueda replicar en América Latina”, advirtió el buen Thomas Cantaloube, ni bien percibió el entusiasmo que la historia de Mediapart desató en esos cinco peruanos, editores de revistas, periódicos y páginas web, que lo visitaron una mañana de otoño. Llevaban una semana en Francia escuchando a locuaces voceros de antiguos diarios de referencia. Ninguna exposición, sin embargo, logró motivarlos tanto como el testimonio que estaba a punto de terminar.

Ciertamente, no existen fórmulas matemáticas para el éxito de los emprendimientos periodísticos en el siglo XXI. Unos apuntan a la suscripción online; otros se inclinan por el crowdfunding. Hay quienes subsisten con el apoyo económico de la cooperación internacional o buscan anunciantes que no condicionen la línea editorial.

Creemos que no se trata de imitar el modelo de negocio de Mediapart, pero sí de emular su espíritu pionero y su apuesta por la innovación.

Por eso sostenemos que esta experiencia sí puede y debe ser replicada. Nuestra convicción es mucho más que un buen deseo, se nutre de la realidad. Decenas de nuevos medios digitales o de papel, surgidos en los últimos quince años en América Latina, nos llevan a concluir que otro periodismo es posible.

Esa es justamente la idea central del número 34 de Impresión. Presentamos once experiencias de emprendimientos a través de los perfiles y testimonios de un puñado de periodistas y comunicadores que decidieron navegar río arriba.

Nos motiva una convicción lozana y vigorosa: en esta revista apostamos por un periodismo que —en medio del huracán de la inmediatez informativa—luche por ser indeleble.

Nota: El título de este texto ha sido tomado del ensayo publicado por los periodistas Laurent Beccaria y Patrick de Saint-Exupéry en la revista francesa XXI.