En 1964, el Estadio Nacional fue el escenario del enfrentamiento entre Perú y Argentina. Ambos buscaban un cupo para los Juegos Olímpicos en Tokio, evento que se realizaría en octubre del mismo año. La blanquirroja debía ganar o conseguir un empate para asegurar su pase. El segundo tiempo fue el decisivo: los albicelestes ganaban y el equipo local consiguió igualar el marcador a los 35 minutos. Sin embargo, el árbitro anuló el gol. Una de las tribunas se descontroló por el resultado, causando la violenta reacción de la policía. Niños, jóvenes y adultos de la Tribuna Norte murieron ese día.

Por Jennifer Valqui

 

Un recinto ovalado con cuatro tribunas de madera y cemento, y un gramado protegido por mallas de metal eran el punto de reunión de los amantes del fútbol para los enfrentamientos clasificatorios de la selección peruana para el campeonato olímpico de Tokio en 1964. Este escenario, ubicado en la calle José Díaz, nombre usado para el local también, fue remodelado en 1951 durante el gobierno de Manuel Odría. Los hinchas peruanos estaban ansiosos por ver a Perú en su segunda olimpiada. Sin embargo, había un detalle que el presidente advirtió preocupado durante la inauguración del nuevo Estadio Nacional y que era imposible de ignorar: “No tiene capacidad para 60 mil personas…”. Y efectivamente, eso trajo consecuencias.

El 10 de octubre de 1964 fue la fecha programada para el inicio de los Juegos Olímpicos de Tokio. Era la oportunidad de competir con grandes equipos del mundo, como Italia y Alemania. Países de todos los continentes estaban seleccionando a sus mejores jugadores, pues se trataba de un gran evento. Solo catorce equipos serían aceptados. Sudamérica tuvo la  situación más complicada, pues solo había dos cupos en su categoría.

Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Uruguay se disputarían los pases para el campeonato. Todos los partidos clasificatorios de la selección blanquirroja iban a realizarse en el Estadio Nacional. Cada encuentro se vivía con emoción y adrenalina, pero también se sentía frustración. ¿Por qué? Los hinchas catalogaban al equipo albiceleste como tramposo, pero quienes se llevaban el desprecio absoluto eran los árbitros. Por eso, el comentarista del diario Última Hora, Oswaldo Cuadros Lazo, decía que “el punto débil, flaco, o neurálgico del torneo preolímpico de fútbol era incuestionablemente el arbitraje”. Uno de los partidos más seguidos fue el clásico entre Argentina y Uruguay.

“Ganó el primero 3 a 1, llevó al clímax la violencia en el gramado. Desde el primer minuto, los charrúas fueron a buscar la pierna de sus adversarios, que no se quedaron atrás. Fue tal el concierto de patadas que el diario Correo tituló: ‘Y el partido, felizmente, terminó sin ningún muerto’ […] Ellos decían que el arbitraje había sido un robo”, cuenta el periodista Efraín Rúa. Los argentinos eran mal vistos por todo ello y así se vivía cada uno de sus partidos en la primera fase.

Para la segunda parte de la clasificación, Perú, Brasil y Argentina tenían más posibilidades de triunfar. El primero había ganado dos partidos y empatado uno, por lo que los hinchas estaban casi seguros de su pase a los Juegos Olímpicos. No obstante, temían por el arbitraje, pues tenían como referencia al clásico anterior: Cada partido terminaba con un enfrentamiento entre hinchas y policías. Además, Perú había vivido recientemente un caso similar contra Uruguay. Ese día, las mallas de metal que circundaban el gramado fueron coronadas con púas, ya que en el Sudamericano de 1957 los hinchas peruanos desataron un gran caos tras los gestos obscenos que hizo el uruguayo Javier Ambrois.

El Estadio Nacional estuvo resguardado por más de 300 oficiales. Fuente: El Comercio

Domingo 24 de mayo. Se avecinaba el partido entre las selecciones blanquirroja y albiceleste. Los hinchas verían al equipo más criticado por su incumplimiento de reglas contra un país apasionado por clasificar y ser reconocidos por todos. Los resultados eran inciertos, pues eran dos grandes equipos de la época. Iba a ser un día histórico y recordado por todos.

A las 3:00 de la tarde, el estadio estaba extremadamente lleno. Recordando lo señalado por Odría, debido a la insuficiente capacidad, más de 10 mil personas se quedaron en las afueras del coloso gritando ¡Perú! ¡Perú! ¡Perú! Ese día, la cancha vibraba ante la extrema energía de los hinchas. Tras el caos creado, se ordenó el cierre de las puertas media hora antes de empezar el partido.

Al ingresar, cada persona se ubicaba en sus asientos respectivos dependiendo del ticket que habían comprado. Sin embargo, se notaba cierta diferencia social en cada espacio. En las tribunas preferenciales de Oriente y Occidente estaban personas de posiciones económicas más acomodadas, mientras que en las tribunas populares se veían a los morenos, mestizos e indígenas, o como Rua llamaría “la nacionalidad inexistente”. A pesar de las desigualdades, el coro era cantado por todos.

Cumplido el tiempo de espera, los equipos ingresaron al gramado para cantar sus respectivos himnos nacionales. La selección peruana estaba conformada por Juan Barrantes, Angel Guerrero, Javier Castillo, Héctor Chumpitaz, Armando Lara, Sánchez, Enrique Rodriguez, Luis Zavala, Enrique Casaretto, Inocencio La Rosa y Víctor “Kilo” Lobatón. En aquella época, todos ellos eran ídolos por su excelente desempeño en la cancha; sin embargo, el partido dependía también del árbitro. ¿Quién sería este?

Ingresó a la cancha el uruguayo Ángel Eduardo Pazos. “Este árbitro de tez clara, talla mediana y prominentes sienes, da el pitazo inicial. De inmediato los argentinos toman el control del balón, mientras los peruanos se repliegan para estudiar el juego rival. Los primeros minutos se hacen dilatados para los aficionados que reclaman ataques en busca de gol”, narra Rua.

 

Fue un partido dominado por el equipo albiceleste desde el primer minuto. Fuente: El Comercio

A los primeros quince minutos, los peruanos Casaretto y La Rosa atacaban sin parar, pues la defensa albiceleste no dejaba de hacer jugadas que provocaba el miedo de los hinchas rivales. Javier Castillo y Héctor Chumpitaz cuidaban la área defensiva y lograron impedir anotaciones argentinas. El único objetivo de los peruanos era atacar, hasta ese momento.

A los treinta minutos, llegaría la primera posibilidad de gol para el equipo local. Casaretto corrió y logró dejar atrás a la estrella argentina Bertolotti. Pateó sin pensarlo más, dando un gran disparo al arco. La Rosa también lo hizo minutos después. Ambos fueron un fracaso. Así acabó el primer tiempo: No habían goles, pero ambos equipos seguían con posibilidades de ir a Tokio. 

Los siguientes 45 minutos

La habilidad gaucha en el manejo del balón asustaba a la hinchada peruana que no dejaba de gritar ¡Perú! ¡Perú! ¡Perú! Los asistentes argentinos, por su lado, cantaban e insultaban a los rivales. Las tribunas sabían que los siguientes 45 minutos serían decisivos. Los jugadores argentinos se miraban muy sonrientes entre ellos, mientras que los peruanos lo hacían hacia el público. Todo estaba listo. Sin embargo, no imaginaban que lo peor se avecinaba.

El partido inició nuevamente con dominio rioplatense. La defensa seguía demostrando fuerza en la cancha durante quince minutos. A los 16′, llega el primer intento de gol de Manfredi, otro de los reconocidos jugadores de Argentina, pero lo envía fuera del área. Dos minutos después se escucharía ¡Goooooool! El argentino Manfredi estaba acabando con las esperanzas de los hinchas locales. Perú tenía que anotar solo un gol para ir a Tokio, pues estaba empatado con Brasil con cinco puntos en la tabla de posiciones. La tensión crecía de improviso.

5:14 de la tarde, a los 35 minutos del segundo tiempo, ‘Kilo’ Lobatón anotó un gol que le devolvía al Perú las posibilidades de ir al campeonato olímpico, pero el árbitro lo impidió. En medio de la celebración, él anuló el gol y lo señaló como “jugada peligrosa”, a pesar de haber estado a 25 metros de la jugada. Para Pazos, se trataba de un foul. Uno de los jugadores argentinos se acercó a insistir en que cobre la falta. La mente del árbitro se cruzaba con una serie de ecuaciones sin resolver.  Al final solo optó por anular el gol. Faltaban diez minutos para el fin, así que los peruanos decidieron continuar; sin embargo, una infracción argentina volvió a detener el partido. Se creó nuevamente una protesta.

El árbitro no espero más de 30 segundos para anular el gol. Fuente: Efraín Rua

“La bomba estalló” y el hincha Víctor Vásquez corrió desde la tribuna Norte en una frenética carrera en busca de Pazos para atacarlo. El público aplaudió hasta que el ‘Negro Bomba’, como lo conocían en la tribuna, fue retenido por la policía y golpeado hasta quedar casi muerto. “A la gente no le gustó la manera en que estaban sacando al aficionado de la cancha. Los volvió locos”, recuerda Chumpitaz, cincuenta años después. Pero, ¿quién era este hincha?

“Era atrevido, libre y con poca paciencia. En las tribunas se hizo conocido cuando luego de unos tragos de más desataba escándalos que lo sacaban del anonimato”, así lo recuerda el periodista Efraín Rua. Asimismo, en las calles, en los bares y en otros lugares se mostraba cómo era. De esos arranques explosivos, Vásquez siempre gritaba “ahorita reviento como una bomba”: Ahí apareció su sobrenombre, el cual fue recordado nuevamente en la escena del 24 de mayo.

Aquel caos creció cuando el árbitro tomó una decisión. “No hay garantías. El partido terminó”, señaló Pazos, quien fue rodeado por policías y periodistas. Teófilo Salinas, presidente de la Federación Peruana de Fútbol estaba sorprendido por la respuesta. La situación peruana se complicó. Brasil, un fuerte rival, sería el siguiente contrincante.

Eran las 5:25 de la tarde y la Tribuna Norte seguía descontrolada. Ante esto, un perro policía corre y alcanza a un espectador local, destrozándole el pantalón. Los demás enardecieron de cólera, tiraron botellas y encendieron fogatas, motivo para que los policías lanzaran bombas lacrimógenas contra ellos por orden del comandante Jorge De Azambuja, aunque este lo negó constantemente cuando fue acusado.

“La gente se arrastraba, lloraba, gritaba y se iba hasta la puerta de escape. Para mala suerte de la gente que quería salir de la tragedia, las puertas estaban cerradas y eso hizo que se pisotearan uno tras otro, y en realidad se produjo una matanza fatal”, narró el reportero gráfico, Rolando Ángeles, que fotografió desde el gramado todas las escenas del post partido.

Las puertas del sector norte de la 10 a la 17 habían sido cerradas como una medida de protección y control, pues no había muros perimetrales alrededor que puedan cubrir el Estadio Nacional. Pero nunca imaginaron que las consecuencias serían fatales. Una nube de gases complicó más la situación, pues las personas se estaban asfixiando. Los ojos de los hinchas se volvían cada vez más rojos y no podían ver bien lo que pasaba a su alrededor. El aire era irrespirable, y desgraciadamente “las olas humanas” crecían cada vez más. Cada uno buscaba como sea el modo de salvarse.

Los hinchas se pisoteaban entre sí sin importar si había niños o personas mayores. Fuente: Efraín Rua

“Yo estaba en la parte céntrica de la tribuna Norte. Cuando los gases se hicieron insoportables, empujado por la gente, ingresé a un túnel de salida; cuando quise retroceder, ya era tarde. Todos querían salir por la única puerta abierta que logré ver. Unos caían sobre otros. Yo también pisé blando hasta que caí y fui pisoteado. Antes de perder el conocimiento, escuché gritos desgarradores, de mujeres y niños”, le contó Jorge Rojas, un niño de 11 años que terminó con las costillas rotas, a Rúa.

Otro caso que se recuerda con dolor es el de Hernando Díaz, quien a sus 13 años recibió un regalo de cumpleaños por parte de sus padres: Una entrada al estadio para ver a sus ídolos; sin embargo, fue el único y último, pues ahí murió. Realmente, se vivió una pesadilla en la tribuna Norte.

Todas estas tragedias ocurrieron en aquella tribuna, mientras que en la parte preferencial fue lo contrario. A pesar de que algunos hinchas arrojaron las sillas del palco contra el árbitro, no fueron atacados brutalmente por la policía. Incluso, este espacio fue considerado “más seguro” para las personas que decidieron no atacar o unirse al caos, y también para los fotógrafos quienes captaban cada momento.

Los jugadores escuchaban los gritos, los llantos y las súplicas de los hinchas desde los camerinos. No podían evitar sentirse destrozados emocionalmente, porque no podían ayudar. Era responsabilidad de la policía, la Guardia Civil, pero sobre todo, de un comandante que fue asignado para controlar el partido en todo momento.

Alarmado por los ruidos y gritos, el comandante Jorge De Azambuja decide salir a ver qué ocurre. Vio a varios muertos en el piso. Él se dirigió a la Tribuna Norte, porque ahí estaba el descontrol total. En el camino, se encontró con un grupo de hinchas que lo culparon. Por años, De Azambuja cargó con el peso de las acusaciones por esos hechos, pues se trata de la mayor tragedia ocurrida en un estadio peruano.

Siete años después, en 1971, aquel comandante fue encarcelado por no controlar el caos y complicarlo más. Él fue quien ordenó el uso de las bombas lacrimógenas. “Soy el primero que lo lamenta y que me ha costado mucho sinsabores, y que incluso truncó mi carrera”, dice Azambuja.

En las afueras del Estadio

Ante la desesperación de los hinchas, en el interior del coloso, algunas puertas colapsaron. “Cuando la puerta se rompió, pude ganar la calle. Me sentía casi asfixiado. En ese momento choqué con un guardia, éste me golpeó en la frente. Yo caí al suelo y otro policía me siguió golpeando, pero yo casi no lo sentía”, relató Gilberto Huambachano, un joven de 21 años, a Rua.

El caos continuó en los exteriores del Estadio Nacional. Fuente: El Comercio

Cerca de la avenida 28 de Julio, se escuchaba las sirenas de las camionetas policiales y de los bomberos, y sonidos de balas. Las personas gritaban “¡Asesinos, asesinos!”. Otros prefirieron destruir hasta 100 vehículos, saquear mercados y hasta llegaron a quemar a un perro policía. El ómnibus de la selección argentina también fue incendiado por la muchedumbre. Asimismo, usaron las piedras de la construcción de la Vía Expresa, allí donde estaban los rieles del tranvía a Chorrillos, para atacar a los uniformados. Esta batalla duró varias horas y todo fue registrado por los medios

Los canales de televisión y radios no dejaban de repetir las mismas imágenes y relatos cuando se hablaba de la tragedia, mientras esperaban la cifra exacta de la cantidad de muertos en el estadio. “En Occidente no había ningún muerto, en Oriente lo mismo y en Sur tampoco, pero en tribuna Norte ocurren las más de 300 muertes”, concreta De Azambuja.

Otros periodistas estaban en los hospitales transmitiendo “en vivo”. Uno de los casos más vistos fue en el Hospital Obrero, donde un padre abrazaba a su hijo fallecido mientras gritaba de dolor. Él lamentaba haber llevado a su hijo al Estadio, cuando este no quería. Pero nunca imaginó que ocurriera aquella desgracia. Y en verdad, no se esperaba el resultado fatal por una derrota en la cancha.

“Cuando salí, en realidad, parecían sacos de papas la gente que estaba muerta. […] Lamentable es el número de muertos y solo por un partido”, finalizó Ángeles. El anuncio de 328 fallecidos fue el pitazo final de la peor tragedia ocurrida en el Estadio Nacional. Aunque para el juez del Sexto Juzgado de Instrucción, Benjamín Castañeda Pilopais hubo más muertos, pero las autoridades prefirieron ocultarlo, porque eso los condenarían por haber usado armas.

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