Fueron tiempos signados por la efervescencia social, pero también por la crisis económica y la violencia. La izquierda legal se convirtió en la segunda fuerza política del país, al mismo tiempo que Sendero Luminoso y el MRTA desataban una ola de violencia incontrolable. La guerra interna cobró más de sesenta mil víctimas. ¿Cómo se vivieron los ochenta en la PUCP?  Tres décadas después, siete exalumnos recuerdan una época en la que hacer política no era un ejercicio esporádico en las ánforas, sino  un imperativo tan cotidiano como ineludible.

¡Oe, ya cállense!, gritó Ricardo Caro, estudiante de sociología, a un grupo de exaltados que comenzó a abuchear a Rolando Ames, entonces senador de Izquierda Unida, mientras hacía una exposición en el auditorio de Ciencias Sociales. Entre gritos y patadas, Caro y sus compañeros lograron expulsar del recinto al grupo de jóvenes que intentaba boicotear la conferencia. Era la primera irrupción violenta de Sendero Luminoso en un acto público dentro de la PUCP.

Estamos a mediados de 1988, dos años han transcurrido desde la matanza de los penales. Se presenta en la universidad el informe final de la comisión parlamentaria que investigó los excesos de los militares que develaron los motines el 18 y 19 de junio de 1986. Muchos de los que insultan al senador Ames, quien presidía dicha comisión, son estudiantes a los que Caro conoce, compañeros con los que no hace mucho compartió aulas en Estudios Generales Letras.

A inicios de los ochenta la presencia de Sendero y el MRTA dentro de la PUCP no era explícita, recuerda Johnny Zas Friz, expresidente de la Fepuc en 1983. Con él coincide Mariano Castro, también exdirigente: “En esos años había una preocupación por la violencia política que se extendía por medio país, pero en eventos que realizamos durante mi presidencia, en 1982, Sendero no se atrevía a sabotearlos”. Así fue al principio, pero a medida que avanzaba esa década Sendero se terminó infiltrando en muchas universidades públicas y en algunas privadas. La PUCP fue una de ellas. Hubo aquí una intemperante y agresiva célula senderista.

Alumnos de Estudios Generales Letras. A final de la década la vida académica se vio crispada el secuestro de varios estudiantes. Foto: Archivo PUCP.

La militancia estudiantil

Los jóvenes que llegaron a las aulas a principios de los ochenta iniciaron su vida universitaria en democracia y conocieron al mismo tiempo la experiencia del voto. No ocurrió lo mismo con la generación anterior, la de los setenta, la que estudió en dictadura. Ricardo Caro, sociólogo e historiador, comenta al respecto. “Entre el año 1968  y el 1980 hubo una generación de universitarios privada del derecho a elegir, votaron en todo caso después, cuando ya eran profesionales. Mi generación llegó a la PUCP a principios de los ochenta. Yo ingresé en 1983 y ese año voté por primera vez; elegimos alcalde de Lima a Alfonso Barrantes”.

A inicios de los ochenta, la izquierda en el Perú representaba el 30% del electorado. El activismo político en las aulas era intenso. Estudiantes y docentes militaban en partidos políticos marxistas de las tendencias más diversas: trotskistas, maoístas, guevaristas prosoviéticos, cristianos de izquierda, velasquistas, etc. La política atravesaba la vida académica y cotidiana de al menos la mitad de los universitarios. La izquierda era muy fuerte entonces, recuerda Ricardo Torres, más conocido como Dino, quien presidió la Fepuc en 1985.

Eduardo Villanueva, exalumno y docente de la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación, explica que el escenario universitario reflejaba con nitidez lo que ocurría en el Perú: “Se podría decir que había tres grandes bloques en la izquierda: uno era el reformista, que insistía en la dimensión electoral y democrática y veía a Alfonso Barrantes como una suerte de líder natural; otro tenía una visión más radical (y programática) de la política y estaba alineado a los partidos marxistas leninistas, y en el tercer grupo estaban los simpatizantes y militantes de los movimientos subversivos, Sendero Luminoso y el MRTA”.

La formación académica e ideológica era muy importante para la izquierda de aquel entonces. Caro recuerda los círculos de estudios que se formaban para discutir las tesis de Marx, Lenin, Mao y Trotsky. La incorporación de un estudiante a estos espacios era a menudo la antesala de la militancia partidaria. Cierto aire furtivo, clandestino o conspirativo reinaba en las relaciones cotidianas de esa izquierda radical. Los militantes utilizaban seudónimos para identificarse y pertenecían a estructuras compartimentadas; es decir solo conocían a los miembros de su célula o colectivo. No creían en la ‘democracia formal’.

Esta solo era un instrumento para la acumulación de fuerzas que permitiría la conquista del poder. Miraban con admiración las experiencias de grupos guerrilleros, en países como Cuba o Nicaragua, cuyas insurrecciones armadas derrocaron dictaduras nefastas y desarrollaron procesos revolucionarios que (entonces) generaban expectativas. Muchos hacían cálculos sobre cuándo se registraría un desenlace similar en el Perú. Se preguntaban si, llegado el momento, serían capaces de tomar las armas, si en realidad estaban dispuestos a sacrificar sus vidas.

Los reformistas creían en una vía pacífica al socialismo; reivindicaban a Salvador Allende, el socialista chileno que llegó al gobierno por votación popular. No creían en la lucha armada. Veían con simpatía experiencias de gobiernos socialdemócratas, como el de Felipe González, en España, o Francois Mitterrand, en Francia. A reformistas y revolucionarios, sin embargo, los unían los poemas de Neruda y Cardenal, las canciones de protesta, cierta música ‘andina’, la Nueva Trova Cubana y el cine independiente o de autor que entonces se exhibía en salas que ya desaparecieron.

Ricardo Caro Cárdenas, sociólogo e historiador, fue testigo de una década violenta. Foto: Andrés Alviar Zevallos.

 

Estudios Generales de la izquierda

Los motivos por los que muchos estudiantes de la PUCP se hicieron militantes o activistas de izquierda fueron diversos; el punto en común fue el compromiso personal con un país que a lo largo de los ochenta alcanzó los niveles más extremos de pobreza, decadencia y crisis institucional.

Mariano Castro recuerda su experiencia en el Taller de Derecho, donde se ofrecía asistencia legal gratuita a personas y familias de escasos recursos económicos. “Yo estuve interesado por la política desde que estaba en el colegio. Mi padre era el presidente de la Federación de Periodistas y luchó por la libertad de expresión durante el gobierno militar, eso determinaba una preocupación y un diálogo en casa respecto a temas políticos, pero definitivamente la universidad abre perspectivas”. Castro era entonces un estudiante de la Facultad de Derecho y luego, durante su último año de carrera, fue presidente de la Federación de Estudiantes de la PUCP.

Johnny Zas Friz era secretario de cultura de la mesa directiva de Mariano Castro. Sentía que los partidos de izquierda utilizaban la universidad para reclutar militantes, pero no vinculaban a los universitarios con la sociedad. Opuesto a este propósito instrumentalista, Zas Friz pensaba en otros caminos para conectar las aulas con la realidad. En 1983 formó una lista de izquierda independiente (no vinculada a un partido) y ganó las elecciones a la Fepuc. Como presidente propició vínculos con otras universidades, con gremios sindicales y estableció nexos con dirigentes políticos y autoridades de gobierno.

“Nos reuníamos con políticos tradicionales; íbamos a la Comisión de Educación del Congreso, presentábamos propuestas, también hablamos con Henry Pease, que era teniente alcalde de Lima en la gestión de Alfonso Barrantes, para darle apoyo mediante acciones concretas”.

En 1983 Martín Tanaka ingresó a la universidad a estudiar derecho. Durante su segundo semestre en Estudios Generales una publicación en un periódico mural provocaría una sanción disciplinaria: lo suspendieron por un semestre. Cuando se reincorporó, en 1984, se vinculó al comité editor de ConNotas, una revista de vida breve pero recordada con emoción por quienes alguna vez la tuvieron en sus manos. Allí conoció a otros estudiantes con ideas de izquierda; todos eran de Estudios Generales Letras y estaban buscando armar una lista para postular al centro federado. Tanaka y otros miembros de la revista se lanzaron como candidatos y esa lista ganó el CF de Letras.

“Todo el mundo pensaba que iban a perder, pero finalmente le ganaron las elecciones a la derecha, recuerda Gustavo Guerra García, quien venía de un colegio parroquial dirigido por el Sodalicio de Vida Cristiana. Gustavo quería estudiar arqueología, pero cuando conoció al profesor de economía Javier Iguiñiz, entonces jefe del Plan de Gobierno de Izquierda Unida, decidió trasladarse a otra especialidad. “Fue un cambio fantástico; Iguíñiz me convenció de que la economía era el instrumento para cambiar la sociedad”, recuerda emocionado. Al final de su primer semestre terminó jugando en la selección de fútbol de la PUCP. Pero esa no fue la única novedad de los primeros pasos de su vida universitaria: su amigo Nicanor Domínguez lo convenció de apoyar la lista de izquierda al CF y lo lanzó como sub-secretario de deportes.

Dino Torres se recuerda como un irregular alumno de Letras y culpa a su fascinación por la política de los altibajos en su desempeño académico. No tenía claro qué estudiar. Pasó por derecho, economía y sociología. Escribió una monografía sobre un tema jurídico y se desanimó por el derecho, carrera a la que ingresó. Era bueno en matemáticas y pensó que lo suyo podía ser la economía. Luego de zigzaguear por distintas carreras finalmente eligió sociología. Cuando trae al presente sus fervores políticos del pasado, atribuye su filiación izquierdista al carisma de un líder que fue muy polémico pero también entrañable: Alfonso Barrantes Lingán. “Yo, la verdad…  si me hice de izquierda fue luego de escuchar a Barrantes, quedé fascinado”. En 1985 Dino fue elegido presidente de la Fepuc.

 

Paros, marchas y tomas

A mediados de 1984 la izquierda universitaria organizó una serie de actos de protesta debido a la suspensión del financiamiento estatal que la PUCP recibía como universidad sin fines de lucro. Los recortes presupuestales elevaron las pensiones y también afectaron los ingreso de los trabajadores. Estos convocaron a una huelga indefinida. La Fepuc apoyó esta medida de fuerza y organizó dos marchas y una toma de local, algo impensable en estos tiempos.

En una de las marchas, cuando los estudiantes de la PUCP llegaron al cruce de Paseo Colón con Wilson (hoy Garcilaso de la Vega), la policía los reprimió con inusitada violencia. Gustavo Guerra García recuerda que los agarraron a palos y los llevaron a la Prefectura de Lima.

Al día siguiente las portadas de La República y El Nacional mostraban la imagen de Guerra García en el preciso momento en el que era golpeado y zarandeado por los guardias de asalto. Las protestas que organizó la Fepuc y otros gremios estudiantiles lograron finalmente un aumento de las rentas para las universidades públicas y privadas al año siguiente.

“Recuerdo que hubo un gran mitin en el centro de Lima. Había estudiantes de todas las universidades de Lima. Sus dirigentes hablaron, por la Fepuc intervino Roberto Forms. En medio del mitin alguien hizo estallar un petardo de dinamita y fue terrible, hubo una estampida, todo salimos corriendo”, cuenta Johnny Zas Friz.

Años más tarde, en 1988, hubo una segunda toma del campus del Fundo Pando. Los fines detrás de esta medida de fuerza trascendían lo universitario. Según el profesor Eduardo Villanueva, es posible que haya respondido a un paro nacional convocado por la CGTP y que recibió el apoyo de la izquierda nacional y universitaria.

Expresidentes de la Fepuc en los ochenta Mariano Castro, Johnny Zas Friz y Dino Torres. Foto: Andrés Alviar Zevallos.

 

El fin del debate y los grupos proviolentistas

Si a principios de los ochenta la izquierda intentaba unirse, a fines de la misma década se fragmentaba y daba pasos seguros para su autodestrucción. Sometida a la dicotomía: reformistas versus revolucionarios, los partidos se dividían en facciones. Unos creían que la dinámica de la guerra interna envolvería pronto a todo el país y que era indispensable crear ‘brazos armados’ para sobrevivir como alternativas políticas. Otros rechazaban cualquier opción violenta y seguían apostando por los procedimientos formales para acceder al poder. Algunos fueron ganados por la vorágine y rápidamente se radicalizaron. Decepcionados de  la izquierda legal, miraban con cierta curiosidad el accionar de Sendero Luminoso y el MRTA.

El activismo de SL y el MRTA en la universidad casi siempre fue soterrado, muy poco visible, recuerda Villanueva. Había rumores alrededor de ciertos nombres, y cuando esas versiones finalmente se confirmaban los aludidos desaparecían, “se iban a hacer política a otro lado”.

Caro asegura que en 1988 el clima político en la universidad se había crispado y enrarecido mucho. Se decía que agentes de inteligencia operaban dentro del campus para identificar a los simpatizantes de los grupos armados. El 27 de julio de 1989 los cuerpos de los alumnos Abel Malpartida Páez y Luis Alberto Álvarez Aguilar, aparecieron despedazados  en un arenal de San Bartolo. Poco más de un año después, en octubre de 1990, Ernesto Castillo Páez, estudiante de sociología, fue detenido y desaparecido.

Los secuestros y asesinatos de estos tres universitarios son atribuidos a grupos paramilitares, según el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Guerra García afirma que no hay pruebas del vínculo de estos jóvenes con la subversión. Fue una clara violación de los derechos humanos de tres estudiantes, una muestra de cómo el horror de la guerra interna irrumpía en los pasillos de la universidad.

El epílogo de esta historia podría situarse en enero de 1989, cuando la izquierda legal organiza su primer y único congreso en Huampaní. Jaloneados de un lado por la vorágine de la violencia, vinculados al poder político por el otro, los partidos deciden romper el frente que durante casi una década convirtió a la izquierda en la segunda fuerza política del país.

Entre los miles de asistentes a ese evento de rupturas y excomuniones estaban Ricardo Caro, Eduardo Villanueva, Martín Tanaka, Gustavo Guerra García y muchos otros estudiantes de la PUCP.  Todos vieron de pronto como sus sueños colectivos se eclipsaron al final de una década que marcó sus vidas.

Sobre El Autor

Andrés Alviar
Colaborador

Séptimo ciclo. El periodismo es para él un camino clave para lograr una sociedad más justa, libre y de convivencia democrática. Los temas que le interesan son la política, los conflictos sociales y la cultura.

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