La ceremonia del adiós: nuevos rituales para compartir la pérdida y el dolor

Ilustración: Gerald Espinoza

La ceremonia del adiós: nuevos rituales para compartir la pérdida y el dolor

Desde que los velatorios públicos, las misas y otras ceremonias fúnebres presenciales fueron excluidas de los protocolos sanitarios de la pandemia, los deudos experimentan el duelo de una manera distinta: más íntima, más solitaria y quizás por eso más dolorosa. ¿Cómo nos despedimos ahora de nuestros muertos? ¿Cómo se comparte el dolor y el recuerdo si no es recomendable ese último encuentro entre un familiar fallecido y todos aquellos que lo quisieron y disfrutaron en vida? Esta crónica recoge cuatro historias signadas por la desgracia y por un terco e indispensable ejercicio de memoria.  

María Alejandra Gonzales

mgonzalesb@pucp.edu.pe

David Bernal (39) labora en el Fondo del Servicio Funerario de los Trabajadores y Familiares del Ministerio de Salud (Fonserfuts). Cuando uno de los afiliados fallece, la institución dispone de los aportes que la víctima hizo para cubrir los gastos de su sepelio. Desde que el Covid-19 se propagó por todo el Perú, para David no solo fue complicado cumplir con sus funciones, también fue testigo de lo traumático que resulta para los familiares no poder despedirse de sus muertos de manera tradicional.

 

“Antes de la pandemia, brindábamos diez servicios funerarios en una semana. Desde abril pasado el promedio ha oscilado entre seis y ocho servicios funerarios por día”, precisa Bernal. La funeraria tuvo que realizar compras adicionales de ataúdes. En los veinte años que lleva trabajando en este fondo funerario, Bernal nunca había presenciado algo así. “En el reglamento hay una cláusula que indica que estamos exonerados de brindar los servicios en caso de epidemias. Sin embargo, nosotros no hemos acatado esta disposición”, agrega.  

David Bernal con la indumentaria que debe utilizar todos los días para organizar los sepelios de los trabajadores de salud víctimas de Covid-19. Foto: Archivo personal.

“Nosotros somos una asociación sin fines de lucro”, remarca este trabajador de Fonserfuts buscando tomar distancia de las quejas por los excesivos costos de cremación que algunas empresas pedían a los adoloridos deudos. Bernal precisa que para los casos de coronavirus se decidió dar el servicio funerario y el ataúd, pero sin incluir el nicho en un cementerio. “Lo hicimos para evitar el sufrimiento de los familiares, con sus fallecidos metidos en bolsas negras, esperando contactar con una funeraria”.

Finales de abril: En la funeraria Fonserfuts, comenzaron a llegar los primeros fallecidos por Covid-19. Foto: Archivo personal.

En tiempos normales, la funeraria ofrecía un servicio de movilidad hasta el cementerio para doce familiares. Este servicio también fue suspendido porque los protocolos limitan el ingreso al camposanto de solo cinco personas. “Es muy duro informar a las familias de estas restricciones porque todos quieren estar presentes en la ceremonia previa a la cremación”, explica Bernal.  Además, las salas para los velatorios están cerradas. Bernal confiesa que es terrible ver cómo las familias exigen algo que la funeraria ya no puede brindar debido al Estado de Emergencia. “La frustración de las personas es visible en sus rostros. Muchas creían que estaban siendo engañadas”, agrega.

 
Afuera de la funeraria, ubicada en Jesús María, trabajadores con sus trajes de bioseguridad descartables. Foto: Archivo personal.

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El 15 de junio Manuel Bezzolo perdió a su hermano a causa del Covid-19. Carlos Bezzolo (57), comerciante en Gamarra, recibía tratamiento de diálisis en el Hospital Guillermo Almenara dos veces por semana. A pesar de que lo trasladaron a una clínica en Barrios Altos que aseguraba estar “libre de casos covid”, lo más probable es que se haya contagiado allí, señala su hermano.

“Su muerte fue muy rápida y violenta”, relata Bezzolo.  Él cuenta que el lunes 13 de junio Carlos se sintió mal y se desvaneció mientras viajaba en el Metro de Lima. “Mi cuñada lo llevó al hospital de emergencia en Villa El Salvador, era el que estaba más cerca de su casa”, precisa. Allí le hicieron la prueba rápida de descarte y Carlos resultó negativo al Covid-19. Sin embargo, su estado empeoró minutos después y decidieron trasladarlo al hospital Guillermo Almenara, donde le hacían las diálisis debido a su insuficiencia renal. 

No había camas ni sillas de ruedas, recuerda Bezzolo. Horas después salió una doctora a darle la noticia que tanto temía: luego de analizar la tomografía que tomaron de los pulmones de su hermano concluyeron que sí tenía el virus y estaba muy enfermo. “Nos pidieron llevar ropa y utensilios de aseo porque mi hermano se iba a quedar internado. Dos días después Carlos falleció”. Bezzolo no creía lo que estaba pasando. Su hermano se había ido de un momento a otro.

Al día siguiente, se comunicó con el personal de la funeraria y ellos le indicaron el proceso a seguir.  “Había escuchado que era algo tedioso y triste porque no iba a poder ver los restos de mi hermano”, explica Bezzolo. Sin embargo, afirma que recibió un trato justo y humano. Su hermana y él pudieron ingresar al mortuorio del Hospital Guillermo Almenara para verificar que era el cuerpo de Carlos y rezar por unos breves minutos antes de que el encargado cierre y selle el ataúd. 

Cuando él, sus sobrinos, su cuñada y su hermana se dirigían al cementerio Parque del Recuerdo Bezzolo, le pidió a la conductora del carro funerario que diera unas vueltas por el barrio donde vivía su difunto hermano, en Villa El Salvador, en símbolo de despedida.

“Nosotros estamos acostumbrados a velar a nuestros muertos, estar con ellos en esos últimos momentos, pero esta pandemia lo ha cambiado todo”, afirma Bezzolo. Agrega que tuvo suerte al recibir una buena atención. Sostiene, sin embargo, que es un derecho que todos debemos exigir: el derecho a decir adiós.

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“Es bastante irreal lo que ha sucedido con mi papá”, dice V. Álvarez (20), estudiante de Periodismo, al referirse a la muerte de su padre Florentino Álvarez (70), médico del Hospital Alfredo Callo Rodríguez, del Cusco.  

Ella señala que su padre no les avisó que había salido positivo a la prueba del Covid-19 porque no quería preocuparlos. “Un día llegó a casa con un montón de medicamentos, ese día nos enteramos”, recuerda. Era extraño verlo en casa, descansando, enfermo y con un humor terrible. “Para mí siempre había sido un hombre fuerte y sano, él era el papá que siempre está trabajando y solo ves en las noches cuando regresa callado”, agrega. 

El día que Florentino Álvarez murió, su hijo mayor salió en busca de oxígeno. En casa estaban su hija, su mamá y su tía, quienes presenciaron cómo Florentino comenzó a agitarse, tenía dificultades para respirar. “Estaba en medio de una crisis y yo vi cómo mi papá de pronto dejó de respirar. Mi mente lo procesó muy rápido, fue como un balazo y grité de dolor”, recuerda V. Álvarez.

“Había que iniciar los trámites, no lo podíamos tener en casa para velarlo. No se puede”, refiere. A la familia Álvarez le explicaron las dos opciones que cubre el seguro de salud: incinerar el cuerpo u optar por enterrarlo en una fosa común. “Después de conversar entre nosotros, decimos cremar los restos de papá. No es algo que se acostumbre en mi familia porque cuando alguien fallece lo velamos y enterramos, pero era lo más adecuado en un momento así”, explica V. Álvarez. Tal vez era la demanda de los crematorios lo que obligó a que el cuerpo de Florentino Álvarez permaneciera en la morgue durante una semana. Entre tanto, sus familiares realizaban los trámites correspondientes, y procesaban el duelo. “El velorio te permite comprobar que esa persona realmente se ha ido porque todos están allí para compartir sus recuerdos”, apunta Álvarez.

“Los primeros días nadie podía dormir en casa”, precisa. Para ella también fue doloroso comprobar que Essalud no tomó en consideración que su papá fue un médico que se contagió mientras prestaba sus servicios al Estado. “Él daba mucho por sus pacientes”, asegura.

El 19 de agosto ella fue al centro tanatológico a recoger las cenizas de su padre. No le permitieron ver el cuerpo antes de la cremación. Solo pudo verificar que bolsa tenía en una cinta el nombre de su padre: Florentino Uldarico Álvarez Mamani. Luego de una semana, la familia llevó las cenizas al cementerio general de La Almudena del Cusco para dejarlo en el columbario (nichos donde se depositan las urnas con las cenizas de los fallecidos). Los protocolos sanitarios solo permiten el ingreso de ocho personas; sin embargo, el guardián accedió a que ingresaran los diez miembros de la familia. “Siempre hay músicos en los sepelios, pero esta vez no se podía”, reconoce V. Álvarez.

 
Florentino Álvarez era un médico entregado a sus pacientes: casi nunca descansaba y realizaba cirugías a diario. Fuente: Archivo personal.

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“Todo ha sido muy diferente, muy raro”, dice Edith Monteagudo, a quien el coronavirus le quitó a dos familiares: su primo David y luego su tío Martín. Su primera pérdida fue la más dolorosa. David Monteagudo Rojas (55), primo hermano de Edith y suboficial de la PNP, falleció el 15 de mayo. 

“En los últimos días en que me comuniqué con él hablaba agitado, me decía que ya no iba salir de ahí y me pedía que dejará de llamarlo”, recuerda Edith. El suboficial se encontraba en el Hospital PNP Augusto B. Leguía. Luego fue trasladado a la Unidad de Cuidados Intensivos en la clínica Maison de Santé. “Solo su hijo mayor recibía informes por teléfono y yo me enteraba de su salud a través de él”, refiere Edith. Ella preguntaba si su primo tenía toda la atención que necesitaba. “Era una gran incertidumbre, sobre todo porque ya otros compañeros de la PNP habían denunciado la mala atención que daba esa clínica”, relata. 

David Monteagudo trabajaba patrullando la avenida Alfonso Ugarte, en el centro de Lima. “Era un hombre fuerte y nadie esperaba su muerte”, manifiesta Edith. Fue enterrado en el cementerio Santa Rosa, en Chorrillos. Mediante un video que grabó el hermano de Edith, quien sí pudo asistir, ella observó cómo embalaban el féretro y luego enterraban a su primo. Edith no pudo estar presente en la ceremonia de entierro. “No hubo misa ni sacerdote. Todo fue muy rápido, es lo que me contaron. Y hasta el pésame fue por teléfono”, señala.

Las largas y amenas tertulias en los almuerzos familiares son lo que más recuerda de su primo David, un hombre alegre y muy cariñoso. “Increíble que ya no esté entre nosotros”, afirma. Meses después, en setiembre, Edith perdería a su tío, Martín Monteagudo, quien falleció en Arequipa a los 87 años. “Es muy triste comprobar que el mismo año padre e hijo murieron a causa de este virus”, añade.

Invitación a la misa virtual de Martín Monteagudo, tío de Edith. Foto: Archivo personal.

 

La ruptura del ritual funerario: otra forma de despedirnos


 

Los rituales son una excusa de la sociedad para mantenerse unida. Los rituales congregan a las personas, renuevan lazos fraternos y afectivos. Así lo explicó Emile Durkheim, el padre de la sociología. “Si bien la ritualidad es necesaria, es posible darle una pausa al ritual funerario. Estamos aprendiendo nuevas formas de despedirnos. Durante la pandemia se han hecho esfuerzos como comunidad para demostrarle virtualmente a los deudos el apoyo en el momento de la pérdida”, explica el antropólogo Alexander Huerta.

Huerta señala que somos personas que no nos desprendemos de los muertos rápidamente. Por ello realizamos velorios, cargamos fotografías en las billeteras y colgamos retratos en nuestras habitaciones. Los velorios son organizados para que la gente que se queda viva se reúna, recuerde al muerto y se sienta bien, se cuenten chistes y tomen café. Todo ello para que los deudos puedan seguir adelante con el luto.

“Internet pasa a ser una arena de posibilidades para la experimentación de rituales”, afirma Huerta. Agrega que es interesante reconocer cómo nos hemos adaptado a estos cambios. Sigue siendo muy doloroso, pero aún se pueden mantener reuniones de despedida por Zoom, estar presentes en las ceremonias a través videollamadas, enviar emails, mensajes de texto, mandar el pésame por Facebook y todo aquello que finalmente brinde apoyo al familiar. “El dolor entonces ya tiene un colchón donde amortiguar el impacto de la pérdida”, ilustra Huerta.

Hay una extraña costumbre que podría ser desterrada después de la pandemia. La de exhibir el cadáver de nuestros muertos. El coronavirus ha obligado a muchas familias a incinerar al difunto, y prescindir del velatorio, algo que rompe radicalmente con la tradición, explica Huerta. Recordemos que la Iglesia Católica promueve el entierro de los restos porque se asume que después de la muerte viene resurrección del cuerpo. “Asumo que vamos a comenzar a ver algunas modificaciones al respecto”, advierte el antropólogo.

Los rituales son una excusa de la sociedad para mantenerse unida. Congregan a las personas, renuevan lazos fraternos y afectivos. Así lo explicó Emile Durkheim, el padre de la sociología. “Si bien la ritualidad es necesaria, es posible darle una pausa al ritual funerario. Estamos aprendiendo nuevas formas de despedirnos. Durante la pandemia se han hecho esfuerzos como comunidad para demostrarle virtualmente a los deudos el apoyo en el momento de la pérdida”, explica el antropólogo Alexander Huerta.

Huerta señala que somos personas que no nos desprendemos de los muertos rápidamente. Por ello realizamos velorios, cargamos fotografías en las billeteras y colgamos retratos en nuestras habitaciones. Los velorios son organizados para que la gente que se queda viva se reúna, recuerde al muerto y se sienta bien, se cuenten chistes y tomen café. Todo ello para que los deudos puedan seguir adelante con el luto. 

“Internet pasa a ser una arena de posibilidades para la experimentación de rituales”, afirma Huerta. Agrega que es interesante reconocer cómo nos hemos adaptado a estos cambios. Sigue siendo muy doloroso, pero aún se pueden mantener reuniones de despedida por Zoom, estar presentes en las ceremonias a través videollamadas, enviar emails, mensajes de texto, mandar el pésame por Facebook y todo aquello que finalmente brinde apoyo al familiar. “El dolor entonces ya tiene un colchón donde amortiguar el impacto de la pérdida”, ilustra Huerta. 

Hay una extraña costumbre que podría ser desterrada después de la pandemia: la de exhibir el cadáver de nuestros muertos. El coronavirus ha obligado a muchas familias a incinerar al difunto, y prescindir del velatorio, algo que rompe radicalmente con la tradición, explica Huerta. Recordemos que la Iglesia Católica promueve el entierro de los restos porque se asume que después de la muerte viene resurrección del cuerpo. “Asumo que vamos a comenzar a ver algunas modificaciones al respecto”, advierte el antropólogo.

Visitas y sepelios populares


 
Las visitas a los cementerios se prohibieron durante el Estado de Emergencia. Sin embargo, Rosa Pérez, su madre y sus tres hermanas no han dejado de visitar el nicho de su padre, Honorato Pérez, quien falleció hace dos años. Desde que se levantó la cuarentena, esta es la segunda vez que ingresan al cementerio Virgen de Lourdes, en Villa María del Triunfo. “Nos hemos ingeniado para ingresar por otro lado dado que el acceso principal está cerrado”, señala. Es un día de octubre y el sol ha salido en este paraje del cono sur de la capital.
13 de octubre: Rosa y sus hermanas se ubican al lado del nicho de su papá, Honorato Pérez, después de rezar por él en el cementerio Virgen de Lourdes. Aún estaban prohibidas las visitas familiares. Foto: Richard Sanabria.

Aquí también encontramos a Alejandro (60), quien desde hace siete años se desempeña como el orador de la iglesia Santa Catalina, de Villa María del Triunfo. Él reza por las almas de los difuntos enterrados en el cementerio Virgen de Lourdes. Durante la cuarentena, cuenta, hubo hasta treinta entierros por día. Hoy tiene tres entierros programados y se dirige cuesta arriba al primero de su jornada. 

Nunca como en este año aciago que está por terminar la muerte se convirtió en una amenaza tan próxima, tan real para los que continuamos aferrados a la vida. Recordar a los que se fueron podrá ser doloroso, pero con el tiempo, cuando las heridas cierren, se transformará en un saludable y justo ejercicio de memoria.  

El orador Alejandro de la iglesia Santa Catalina de Villa María se dirige al entierro de un niño. Su trabajo es voluntario, solo algunas familias le dan propinas por los rezos. Foto: Richard Sanabria.