En las ficciones de Adaui, el cuerpo y la casa son campos de batalla. Sus personajes habitan un espacio liminal entre la luz y la oscuridad total;  resuelven —o intentan resolver— dolores y duelos, y a veces son sorprendidos por breves fogonazos de pura vida. Cuando una amenaza fantasma termina de desdibujar las fronteras entre ficción y realidad, nos vemos obligados a repensar nuestras luchas de cada día. Desde Argentina, la autora de “Aquí hay icebergs” y “Nunca sabré lo que entiendo” reflexiona sobre cómo la literatura, los procesos creativos y las personas, a fin de cuentas, se enfrentan a la incertidumbre y el confinamiento.

Todos los días, a las cinco de la tarde, decenas de aves aterrizan sobre una antena gigante frente al departamento en el que Katya Adaui pasa la cuarentena. Descansan sobre cables de tensión, en orden. A las cinco y veinte, aproximadamente, aparecen un par de halcones. Llegan hambrientos e imponentes, a veces ya con una presa en la boca. El círculo de la vida animal parece mantenerse firme en el cielo de San Telmo, Buenos Aires, aun cuando unos metros más abajo se ha desatado una pandemia.

“Nunca había visto la lucha por la vida en esa antena”, reconoce Katya. Desde un séptimo piso, la escritora peruana observa el exterior en momentos de aletargamiento: “Ahí afuera hay una idea de la naturaleza que siempre nos envuelve, que siempre estuvo, pero ahora la vemos más”.

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— La pandemia está despertando en todos una consciencia de uno mismo y del mundo que nos rodea…

— Para mí es una situación que nos excede, que es rarísima. Ya perdimos la noción de qué día es hoy, qué mes. Es raro no poder salir, no poder tocar, no poder rozar; que se nos anule un sentido de una manera tan radical. Además de eso, sentimos miedo. Creo que cuando uno está enfermo, se preocupa mucho por sí mismo, y ahora hay una preocupación colectiva, que puedo palpar. Acá o en Perú, todos mis amigos están más preocupados por los otros que por sí mismos, y eso me pasa a mí también. Es una suerte de estrés postraumático, pero está ocurriendo ahora; hay estrés, miedo y trauma por esta incertidumbre, por este no saber.

Yo tengo suerte, uno de mis seis trabajos se mantiene, pero luego pienso: “¿Y mi amigo, al que le iba bien?”. Ayer han perdido el trabajo cerca de veinte amigos. Es un estado de aflicción por el otro permanente; todos los días moría gente, pero no lo habíamos visto así.

Quizá es porque ahora el dolor se siente más próximo.

— Pero el dolor siempre estuvo. ¿Qué cambió? Creo que es la idea de que se muera de lo mismo, y que te mate algo que no ves, cuya manifestación visible es la incapacidad de respirar. Además, creo que el horror no es solo que la gente muera, sino la forma en que uno no se puede despedir del muerto. Hay una descorporeización que creo que está ocurriendo, y eso es muy horroroso. Es un duelo abrupto, lo inimaginable entre lo inimaginable.

 

Cielo y naturaleza. Vistas del atardecer desde el departamento de Katya Adaui. FOTO: Katya Adaui.

 

— ¿Cómo llevas la cuarentena en casa?

— Todos los días tengo momentos de mucha angustia y me calmo cocinando. He perdido la soberbia en la cocina. Yo hacía todo sin receta y eso hacía que repitiera mis platos favoritos, que son los arroces: el arroz chaufa, el arroz con pollo, los lomos. Ahora por primera vez estoy usando receta, trabajo con la taza medidora. Creo que tiene que ver con que como no hay nada que pueda controlar ahora, aunque sea controlo la cantidad de harina que le echo al pan.

— Entiendo que no estás sola. Te acompañan tus mascotas e incluso algunas plantas.

— Sí. Algo que calma mucho es la jardinería. Yo tengo una jardinería de ventana. Velo por las plantas, recupero semillas de pimientos, de tomates, las siembro en macetitas pequeñas y hago pequeños injertos. Pero no hay macetas más grandes a las cuales pasar las plantas, y no puedo salir a comprarlas, sería una tontería. Entonces esto es crear una vida con la que, quizás en unos días, no voy a saber qué hacer. Es todo muy enrarecido. Están ellas y dos personas más en la casa. No hay soledad, hay compañía. Es raro, porque la gente que está sola la está pasando mal, y los que estamos acompañados también, porque todos estamos intentando calibrar por dentro cómo lidiar con la incertidumbre. Estábamos siempre en un exceso de futuro, pensando en mañana-mañana-mañana, y ahora todo es hoy-hoy-hoy. Estar en el presente cuesta, porque no se entiende qué es este hoy, pero aquí estamos.

 

Katya vive con tres mascotas. Mara, una perrita de dieciséis años, la saca del encierro constantemente para pasear. Junto a ella, dos gatitas también habitan el departamento en San Telmo; una tiene trece años y la segunda un año y medio. FOTOS: Katya Adaui.

 

— Existe la idea de que el escritor suele ser aquel que no salía a jugar fútbol a la canchita del barrio, sino que se quedaba en casa. No la comparto, pero sucede que este encierro, antes idealizado, es ahora casi una obligación frente a la pandemia…

— Pienso que hay muchos prejuicios y muchos falsos prestigios sobre la escritura. Quizá las películas nos vendieron demasiado la idea del hombre escritor, fumador y alcohólico, en su vieja máquina de escribir. Esa imagen, poco saludable, muy poco puede hacer por la escritura también. Necesitas estar bien de salud, vas a estar sentado muchísimas horas. Yo siempre hice deporte y siempre leí. Corría, nadaba; son velocidades contrarias al tiempo lento de pensar, porque toma mucho tiempo para que decante una idea, pero se complementan. Hablar por “todos los escritores” es como decir “todos los cocineros son iguales”. Cada uno lo vive como puede, creo yo.

— En Twitter sueles compartir actividades de rutina y al mismo tiempo reconoces momentos de duelo y dolor. Eres bastante abierta. No es común entre escritores admitir que no se puede leer o escribir, que a veces la angustia gana.

— Más bien, mi percepción es otra. Todos mis amigos escritores no pueden hacer nada. Esto se volvió muy pronto una competencia capitalista, de productividad. Para poder estar tranquilo, primero tienes que saber que tienes un sueldo, que tienes salud o que tus familiares, tus amigos y tus amados están bien. Esto no es una aceptación tranquila, estamos resignados. No se puede medir esto en términos de productividad. Si un día lograste sacar a tu mascota, te comunicaste con tus familiares, te reconciliaste con alguien, pudiste cocinar alguito, ya está; vivir sin esa demanda del hacer, que es tan dañina. ¿Por qué tenemos que vivir haciendo? Suficiente ahora con ser.

— ¿Cocinar y velar por las plantas y mascotas son formas de honrar la vida?

— Seguir vivo es honrar la vida. Esto lo vamos a tener que pensar mucho tiempo después. Es difícil pensar ahora, en estos términos, pero siempre fue así: siempre fue vida o muerte.

— ¿Crees que tus tuits pueden acompañar o aliviar a quienes te siguen?

— Yo abrí mi cuenta de Twitter el 2009, pero creo que recién me volví activa hace un par de años. A mí me gusta Twitter como un lugar de encuentro con el otro, es mi red social favorita. Medito cuando escribo, cuando veo una buena foto. También genero conflicto. Peleo en cosas en las que creo que hay que pelear. Sostengo algunos debates; pueden ser pérdidas de tiempo, sí, pero no mido el tiempo así. Creo que a veces hay que perder el tiempo. Pero uno nunca sabe qué se genera en el otro, si es alivio, cólera, envidia, rabia o deseo. Eso no lo puedo manejar. Yo lo único que puedo controlar es lo que quiero decir, sabiendo que lo que uno escribe, se queda. No es cualquier cosa, tengo ahí una responsabilidad conmigo misma. Para mí, los tuits son apuntes al vuelo, notas, fotos que quiero conservar, algún pensamiento. Twitter es un archivo, lo veo así.

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Entre respuestas, Katya tose. Un miedo aparece, una palabra con C.
Se disculpa y ríe: “Es alergia al polvo, por si acaso”.

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‘Escribe y quema’ es el nombre de los talleres de escritura creativa que dirige Katya Adaui. Aproximadamente veinte personas se juntan para, como ella lo define, entrenar la mirada. Katya los acompaña siempre de pie, dispuesta y atenta.

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— ¿Cómo surgieron tus talleres de escritura?

— Yo llevé una maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Tres de Febrero, Buenos Aires, y me voló la cabeza. Creo que Argentina es un lugar donde se escribe muy bien, sobre todo las mujeres. Yo vine a beber de esa fuente y cambió mi escritura, cambió mi vida. Cuando yo llevé la maestría, empecé con mucha inseguridad. “Yo no tengo nada qué decir”, me repetía. Luego me di cuenta de que la escritura es un lugar para compartir más dudas que certezas. Escribir es habilitar una recámara de dudas, y eso fue lo que hice: “Vamos a dudar juntos”. Ya debo haber tenido unos 300 participantes hasta ahora —no quisiera llamarlos alumnos en tanto yo aprendo también—. Me es rarísimo ser obedecida porque, digamos, doy algunas consignas y dinámicas pero ¿por qué acatan? ¿Por qué nos es tan fácil obedecer? ¿Qué autoridad represento yo? Ninguna.

Los textos son muy luminosos, muy preciosos. Todo el mundo se olvida del celular, se entrega. Hacemos muchos ejercicios sobre pensar, escuchar, mirar, sobre todo mirar. Hay mucho debate, mucha crítica. Moldeamos el ego y encontramos una voz narrativa: “¿Qué me urge contar? ¿Por qué esto tiene que existir?”. Así empezaron los cursos y así siguen. Ahora, los que iba a dictar a Lima los voy a dictar por Zoom. Ya empezamos pronto: comienzo a dictar toda la semana que viene, y vamos a ver cómo funciona desde este lugar, que es tan raro.

— Pero ya has dictado previamente de forma virtual…

— Sí, pero nunca me veían. Yo enviaba un material, lo leían y había un tiempo de evolución. Pero ahora yo diré “Escribamos sobre esto” y escribiremos juntos, conectados. Aun cuando está la computadora, lo haremos a mano. Para mí la compu está prohibida; hay una conexión especial entre el lápiz, el papel y el cerebro. Uno recupera una caligrafía olvidada. Además, no corriges tanto. No controlas tanto como en la compu.

— Hay una tentación por el backspace.

— Claro. Permitirnos el fracaso como idea hace mucho bien.

— Mencionas que no te gusta la relación de profesora – alumnos. ¿Cómo te posicionas en estos cursos?

— Quizás como una guía. La relación de poder entre un profesor y su alumno me pone en una posición de aquí y allá. En mi espacio ideal, estaríamos todos en círculo, como si tuviésemos un fuego en medio. La idea es volver al encuentro original: mantengámonos despiertos para que no se apague el fuego. Uno se convierte como en una médium, también, porque llegan los textos, hacen eco en tu caja de resonancia y haces una devolución exhaustiva.

— ¿Cómo encuentras balance entre lo que propones en los talleres y la limitaciones a la creatividad que reconoces en tiempos de cuarentena?

— Eso voy a tener que pensarlo, les dije a todos que íbamos a tratar de pensarlo. Yo no puedo esperar que mi taller en línea sea igual a mi taller presencial. Más allá de la forma, creo que hay que pensar este lapso. Una chica me escribió: “No me sentía capaz de poder pensar en todo esto, pero ya pasó un mes y creo que está bien”. He preparado unos ejercicios sobre observación: ver afuera y ver adentro, como dípticos de estados de alma. Afuera uno puede ver los pájaros que se van de casa y poseen las antenas. Al otro lado, hay un mundo interior que está oscurecido, que está enrarecido. Lo hice una decisión libre: los que querían se anotaron y a los que no les devolví su dinero, porque entiendo bien que a veces no se puede.

 

Frecuentemente, Katya comparte fotos de plantas surgiendo en los lugares más inesperados y las acompaña con la descripción ‘La vida insiste. La vida’.

 

— El hallazgo de pequeñas bellezas en momentos aleatorios tiene algo de especial en una situación como la que vivimos, de encierro e incertidumbre.

— Yo nunca he creído en el optimismo obligatorio, en el “Todo va a estar bien”. Creo que a veces todo va a estar mal, y que vivir es durísimo, y es un tránsito. ¿Cómo pedirle a alguien que sea sensible cuando faltan otras cosas, si no tienes qué llevarte a la boca? Pero si no nos aferramos a esas pequeñas alegrías, nos gana la muerte. Y va a ganar, la muerte nos va a arrebatar. Pero hay algo, un triunfo muy pequeño, en decir: “Ah, mira este sol espléndido, esta plantita que brotó en medio de la pared”. Cualquier persona, venga de donde venga, pueda anidar en su corazón una idea de belleza, una idea de esperanza.

— ¿Cómo surgió el lema de La vida insiste?

— Desde esta altura, que es un piso siete, veo una pequeñísima torre que, me parece, es un ducto de chimenea. Una planta sale de la mitad de la torrecita de dos metros de concreto. Ha perforado esa pared y la atraviesa. Es como un brazo extendido, saliendo de una pared hacia lo celeste. Siempre que estoy un poco aletargada, la miro. Creo que esa planta fue la que me hizo darme cuenta [de que la vida insiste], porque para darte cuenta hay que estar en un estado especial del alma: entregarse a lo contemplativo, a una espera sin expectativa. Uno diría: “Ah, es un milagro, ¿cómo esta planta llegó ahí?”. Pero hay una explicación: un ave defecó en una grieta y, entre sus heces, había semillas. Ese ciclo regenerativo que tiene la naturaleza va a ocurrir otra vez.

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En su cuaderno de jardinería, el hombre anotó estos detalles:
10 a.m. / martes
sembré el último pino bajo un sol muy fuerte.
Sentándose frente a los puntiagudos pinos esperó.
Todas las mañanas se repetían en el único verbo conjugable: esperar.

Inicio de Jardinería, cuento publicado en «Aquí hay icebergs» (2017).

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La vida insiste. Otras vistas desde el departamento de Katya. A la derecha, una planta emerge contra el cielo bonaerense. FOTO: Katya Adaui.

— Hace unos días Jerónimo Pimentel publicó una columna en El Dominical, Los libros en cuidados intensivos, en la que reflexiona sobre el impacto de la pandemia en las editoriales. La industria se ve en una situación muy compleja, pero ¿cómo crees que la escritura, el hábito creativo, puede recuperarse?

— Nunca se va a escribir más que ahora, créeme. Vamos a tener años de años de libros de encierro y pandemia. Escritura ha habido siempre; la escritura está recuperada.