Josefina Licitra y las 38 mujeres que la historia oficial ocultó

FOTO: Archivo CCPUCP

La memoria es un campo de batalla. Desde una orilla se documenta y revela lo que desde la otra se niega o trata de ocultar. Las protagonistas del último libro de Josefina Licitra son 38 mujeres y la historia que comparten permanecía sumergida desde 1971, cuando escaparon por las cloacas de una cárcel en Montevideo. La autora de esta crónica estuvo en Lima a fines del año pasado, invitada por el Centro Cultural de la PUCP. Con ella conversamos entonces de esta fuga y de los motivos que la impulsaron a reconstruirla, de la herencia política (o generacional) que todo cronista carga en una mochila que lo acompañará de por vida, pero también de los dilemas del periodismo narrativo y de su fascinante incursión como guionista en la ficción audiovisual.

Pertenece a una tribu cada vez más rara en el periodismo. Josefina Licitra (La Plata, 1975) no está sometida a la inmediatez de una redacción convencional. Si el sentido común ordena informar únicamente sobre aquello que se convierte en tendencia, ella va contra la corriente y se mantiene fiel a sus intuiciones. Le toma tiempo escoger los hechos, lugares y vidas sobre los que decide escribir. Puede emplear semanas o incluso meses para escuchar a sus fuentes. Y cuando siente que por fin ha terminado ese ejercicio solitario y paciente de registro y observación, se encierra a componer un texto cuyo propósito siempre será abducir al lector y someterlo hasta la última línea.

“La verdad es que somos pocos y hasta diría que nos conocemos entre todos”. Es lo primero que dice cuando se le pregunta por otros exponentes del supuesto boom de la crónica latinoamericana. Licitra hace periodismo desde 1994. Empezó en la revista dominical de La Nación de Buenos Aires. Sus primeras colaboraciones aparecen en pantalla si uno busca en la web del diario. En esos textos, a medio camino entre la crónica de estilos de vida y el reportaje de actualidad, ya se percibe el talento narrativo que exhibirá una década después. En 2004 ganó el Premio Nuevo Periodismo CEMEX+FNPI por Pollita en fuga, la historia de Silvina, una adolescente sin padres, sin hogar y acusada de liderar una banda de secuestradores. La muchacha ha escapado de una correccional de menores, acaba de sufrir un aborto espontáneo, una infección se extiende por su útero, la policía la busca y, desde la clandestinidad, le va contando a Licitra su vida breve cargada de excesos, infortunio y soledad.

En este y en otros relatos convergen escenas potentes, raccontos precisos, diálogos capaces de trasmitir al lector hasta la entonación de las palabras y párrafos en donde se despliega el contexto del cual emergen sus personajes. Licitra se esfuerza en aclarar que no la motiva ningún ‘deber ser’, de los tantos que se le exigen al periodismo. Le basta con utilizar la crónica como vehículo para satisfacer su decisión de contar las historias que han despertado su curiosidad o asombro. Eso es palpable en los cuatro libros de no ficción que ha publicado hasta la fecha: Los imprudentes. Historias de la adolescencia gay lésbica en Argentina (2007); Los otros. Una historia del Conurbano bonaerense (2011); El agua mala. Crónica de Epecuén y las casas hundidas (2014) y 38 estrellas. La mayor fuga de una cárcel de mujeres de la historia (2018). 

La fuga fue planeada y ejecutada por los Tupamaros, el movimiento guerrillero que desató una espiral de violencia en Uruguay a mediados de los sesenta. Las  reclusas, militantes de distintas organizaciones de izquierda, escaparon por los desagües de Cabildo, un penal administrado por las monjas de la Congregación del Buen Pastor. Casi medio siglo después Licitra se propuso buscarlas. Cuando escaparon tenían entre 18 y 27 años. La mayoría estaba con vida. Algunas residían fuera del país, pero otras fueron ubicadas en Montevideo. Dieciséis de ellas hablaron para este libro. 38 estrellas rescata un episodio que apenas asoma en Wikipedia. La historia oficial de los Tupamaros lo ubica en segundo plano, en la trastienda. Llama la atención cómo un hecho cargado de tantos componentes épicos carece de una versión cinematográfica.

A fines de octubre de 2018, Licitra  pasó un fin de semana en Lima. En su agenda figuraban dos conversatorios y un taller de periodismo. Era su tercera visita, de la segunda tenía vagos recuerdos, “como ramalazos, de un almuerzo con amigos en una cevichería”. Luego escarbó un poco más en el pasado y recordó: “Cuando era joven me vine aquí por primera vez, estuve dando vueltas con la mochila…”. Indispensable empezar preguntando por 38 estrellas, un libro que derriba mitos entorno al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, el grupo insurgente al que perteneció José Mujica, quizás el último referente de honestidad y coherencia que le queda a la izquierda latinoamericana.

-Has contado que no encontraste en la prensa uruguaya un registro detallado sobre la fuga de 38 militantes de izquierda, tupamaras en su mayoría, y que en la tradición histórica del grupo guerrillero este episodio nunca fue destacado. El ocultamiento parece transversal en el plano ideológico, fue de izquierda a derecha. ¿Qué sentiste al descubrir ese ‘olvido’?

-Lo primero que sentí es que tenía un libro entre manos porque siempre el conflicto permite mover las historias. Y allí no solo había un conflicto policial, que es el de la fuga, sino un conflicto transversal, como dijiste vos, que involucraba a un movimiento muy rico para contar y con mucha épica, pero que nos permite interpelarlo como uno puede interpelar hoy, en una época en la que los movimientos feministas aparecen con otro peso, las posiciones de género. Lo que sentí ni siquiera sé si es sorpresa o decepción porque lo pude poner en contexto. Creo que en esa época era casi lógico lo que ocurría… Uno no puede pedirle a un movimiento de izquierda que tenga avances y vanguardias en todas sus dimensiones, en todos los terrenos. Además, la izquierda en el plano sexual siempre fue muy conservadora.

-En La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Aleksiévich también rescata del olvido, después de cuarenta años, los testimonios de mujeres que formaron parte del Ejército Rojo y combatieron en la Segunda Guerra Mundial y, sin embargo, no aparecían en la historia oficial. El rol que cumplieron un millón de mujeres había sido borrado de la memoria colectiva construida por el estalinismo soviético.

– Sí, fue tal como lo decís. Pero hoy contamos con herramientas para pensar la historia de una manera más crítica, y en términos de género, que es la última conquista en la que se está avanzando. Me he quedado pensando en tu pregunta: ¿qué sentí al descubrir este olvido? Es inevitable que uno pueda sentir un poco de fastidio, quizá por ser mujer. Evidentemente, no puedo pensar desde otro lugar. Cuando conoces las vidas de las fugadas, cuando conoces la vida de muchas mujeres que formaban parte de tramas profundamente épicas, trascendentales en la construcción de la historia mundial, cuando uno ve que pusieron el cuerpo igual que un hombre, corrieron los mismos riesgos y quedaron totalmente anuladas y silenciadas dentro del relato histórico, de la línea histórica, sí, una empieza a fastidiarse. Lo que sentía es fastidio.

-A propósito del perfil que le hiciste al Pepe Mujica declaraste a una radio uruguaya: “Los tupamaros fueron la expresión más pura de los ideales de la generación de mis padres, la generación que militó en los setenta”. Asumo que esta confesión es parte de esa mochila personal que, según sostienes, acompaña a todo cronista.

-Sí, por supuesto. Creo que la historia de la fuga de mujeres del penal Cabildo tiene muchas capas para mí y una de esas capas es la personal. Es una historia que me permitió volver a mi pasado, a partir de las entrevistas que tuve que hacer en Montevideo. Es una ciudad que tiene un peso familiar muy fuerte, es el lugar donde yo me encontraba con mi padre, que eran muy joven, durante los años del exilio. Por supuesto, eso está presente; quizás porque para mí es una historia con ese trasfondo tan personal.

38 estrellas es el único libro en el que yo no aparezco en ningún momento, solo soy la narradora omnisciente. Asomo en el prólogo y en el epílogo, pero en toda la historia, en los diez capítulos que dura, estoy completamente afuera como narradora. Y creo que tiene que ver con una forma interna de compensar lo profundamente personal que para mí es esta historia. Tuve que marcar distancia para no hacer macanas y eso también me permitió ver de otra manera lo que pasó.

Es que yo hice un perfil de Pepe Mujica hace varios años y ese perfil era muy romántico. La mirada era condescendiente con Pepe y con los tupamaros en general. Y lo que me pasó a lo largo de este libro (y tiene que ver con contar lo que uno ve y no lo que corresponde contar), es que más allá de que yo acompañé muchas de las búsquedas e ideales que sostenían los tupamaros, hay muchas cosas con las que no estoy de acuerdo. Y eso me empezó a pasar en la investigación. Empecé a ver, por ejemplo, que fue un movimiento armado que creció en democracia, no en dictadura. Es decir, que atentaban contra instituciones de una democracia, no de una dictadura. Cometieron hechos delictivos y es muy incómodo para mí porque es el universo político hacia el que miraban mis padres, pero si yo veo eso, cómo no lo voy a contar.

 

«Cuando conoces las vidas de las fugadas, cuando uno ve que pusieron el cuerpo igual que un hombre, corrieron los mismos riesgos y quedaron totalmente anuladas y silenciadas dentro del relato histórico, sí, una empieza a fastidiarse».

 

FOTO: Gabriel Vallenas

-¿Qué sobrevive de la figura del tupamaro como esa suerte de Robin Hood latinoamericano de los años setenta?

-Hay algo muy rescatable y es la austeridad en la que siguen viviendo. Cosa que no pasa en Argentina. En Argentina muchos de los líderes de los movimientos de izquierda son millonarios. Eso no pasó en Uruguay. Pepe Mujica tiene una vida muy austera. Lucía Topolanski, su pareja, también tiene una vida austera. Yo entrevisté mucha gente en estos años, y más allá de que puedan hacer o no una autocrítica sobre cómo se manejaron en los setenta, lo que uno ve es que ninguno se quedó con plata ajena, son muy honestos. Tienen una honestidad que no sé cuántos movimientos de izquierda puedan tener.  Yo creo que esa es una de las mayores virtudes.

-En 38 estrellas tú pones en cuestión el desborde de violencia que los tupamaros desataron en Uruguay a principios de los setenta.

– Sí, pero creo que es muy difícil mirar esa época desde el presente, esa época tuvo sus reglas propias y estaba muy alimentada por el abanico de posibilidades reales de llegar al poder de la izquierda, algo que fue estimulado por la Revolución Cubana. En el caso puntual de Uruguay, no en otros, a mí me sigue haciendo ruido hoy que el movimiento tupamaro nació en democracia, al punto que el Che Guevara les dijo cuando pasó por Uruguay: “Deténganse un poco, ustedes tienen una democracia, valoren lo que tienen, otros países no lo tienen”. Hasta el Che les recomendó parar un poco la mano. Han pasado más de cuarenta años, hoy las insurgencias son digitales. A diferencia de los setenta, ya no es necesario poner el cuerpo para protestar. Y este no es un detalle menor, en los setenta la gente salía a arriesgar el pellejo por lo que pensaba. Y eso ni siquiera sé si está bien o mal, no sé si quisiera que mi hijo haga eso, pero entonces había un grado de consecuencia entre pensamiento y acto que me parece muy serio, muy interesante.

-Algunos abrazamos los fervores políticos de nuestros padres, pero con los años asoma también cierta decepción y escepticismo. ¿Es este tu caso?

-Para mí es muy incómodo, porque, insisto, soy hija de una generación que creyó plenamente en esos discursos. Yo he acompañado muchos de esos discursos, pero también he visto el tipo de parábola que la izquierda hizo en mi país, en Argentina. Y como no es una parábola con la que yo me sienta cómoda, sí tengo sobre eso una mirada escéptica. Es un tema muy farragoso y complicado y que genera una grieta social muy grande en mi país, pero digo, los Kirchner se supone que eran militantes del peronismo, militantes de base y cómo es posible que terminaran millonarios. Ellos usaron un discurso de izquierda que llegó hasta las organizaciones de derechos humanos, y hasta las metieron en situaciones ilícitas, como pasó con Hebe de Bonafini, que estuvo acusada de hacer negocios inmobiliarios. Entonces yo, inevitablemente, tengo una mirada muy triste sobre lo que fue esa época. Yo siento cierto enojo porque creo que quedó manchada una gesta que para mí era sagrada. Así que sí, estoy un poco molesta.

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Hay una edad en la que uno no tiene muy claro qué hacer con su vida y le da por aprender de todo. Licitra recuerda que estudió “un montón de cosas”, pero las dejó todas a medio camino. Dos años en letras, tres en ciencias políticas y uno en comunicación… El periodismo lo aprendió con profesores que trabajaban en diarios y revistas de Buenos Aires: “Yo estudié tres años en el Taller Escuela Agencia, una institución que se enfoca en la formación práctica y que es muy reconocida en Argentina. Allí fue donde aprendí, de allí saqué el oficio”, admite. Ese itinerario formativo, con estancias teóricas en la universidad y entrenamientos de reportería en una escuela que reproduce el vértigo de una sala de redacción, vinculó el saber con el hacer y parece clave en el excepcional registro de la realidad que distingue su obra periodística.

– En 38 estrellas hiciste un ejercicio retrospectivo, regresar al pasado para contar una historia que estaba enterrada. Roberto Herrscher sugiere que esa es una de las rutas más fructíferas del periodismo narrativo: escarbar y encontrar aquello que no se contó, que no alcanzó la categoría de ‘noticia’.

-Creo ese es un bienvenido efecto colateral del trabajo que hacemos. No creo que la función de mi trabajo consista en desenterrar; la mía es una búsqueda muy individual, egoísta, intuitiva. Es decir, esto me interesa, me llama la atención. Ese interés permite que uno esté mucho tiempo trabajando un tema sin pensar si va a ser rentable o no. Y yo le doy mucho espacio a ese interés íntimo, a ese interés personal. Después, sí creo que como consecuencia de la historia publicada, lo que termina pasando es que la crónica cumple una función social, si se quiere de rescate. Es muy interesante lo que decís, lo que propone Roberto: el periodismo rescata episodios que quizá en su momento apenas fueron noticias; dominadas por la inmediatez, la fugacidad y la evanescencia con la que ciertas cosas aparecen en los medios. Salen un día, dos días y al tercer día ya nadie se acuerda. Entonces lo que uno trata de hacer es devolver a la línea histórica episodios que desaparecieron después de su coyuntura. Y eso me pasó claramente con El agua mala, la  crónica sobre la inundación de Epecuén; pasó también con Los otros, el libro que hice sobre el asesinato de un adolescente de un barrio pobre de Buenos Aires, que estuvo en las tapas de los diarios y a los pocos días ya nadie hablaba de él. Igual pasó con 38 Estrellas. Yo parto de la idea de lo que a mí me interesa, llama mi atención. Si veo que un hecho me sorprende, digo: ‘Uy, cómo no sabía nada de esto, cómo nunca leí nada’, y es ahí donde me pongo a trabajar.

-Se reconoce en la crónica el vínculo con la literatura a partir del uso de técnicas narrativas propias de la ficción, pero cuando la crónica se enfoca en el pasado, como tú lo has hecho en varios de tus libros, también establece un nexo con la historia.

-Es cierto que el trabajo que hacemos tiene una dimensión histórica, una buena crónica va a quedar como registro histórico. Pero si un historiador lee nuestros trabajos va a concluir que la forma en que nosotros documentamos quizás es pobre comparada con la forma de documentarse que se le exige a un investigador de la academia. Las citas bibliográficas que debe tener un ensayo abundan de una manera que nunca vas a ver en una pieza periodística. Y eso ocurre entre otras cosas porque en la crónica interviene la técnica literaria y uno no puede estar sembrando un texto narrativo de notas a pie de página y de argumentaciones cargadas de erudición. Ahora, al no tener la obligación de responder dentro de un ámbito académico, nosotros podemos reconstruir con la mayor rigurosidad épocas y episodios para divulgarlos, para difundirlos, para hacerlos populares. Eso es algo que la academia no hace, no tiene una función de divulgación. Por eso creo que el periodismo narrativo cubre esa área, es un aporte y resulta muy interesante.

-En tus textos siempre tratas de explicar por qué pasan las cosas, le das un espacio importante al contexto. Y me pregunto si detrás de la cronista hay una socióloga que también aspira a ofrecer una explicación de lo que está contando.

– Yo creo que la crónica se toca mucho con la antropología y con la sociología, pero lo que a mí me interesa cuando pongo estos contextos es que el lector entienda. Me parece algo muy básico, uno no tiene que dar por sentado que el lector sabe en qué contexto suceden las cosas o asumir que el lector tiene saberes previos. Yo siempre pienso en un lector inteligente, pero que no sabe. Y los contextos tienen que ver con eso; asumir que el lector no sabe, que ciertas cuestiones hay que explicarlas porque algunos sabrán y pasarán por allí a gran velocidad, pero los que no saben logran entender en el marco de qué circunstancias suceden ciertas cosas. Y esto lo hago también para que las anécdotas que cuento no queden dentro de esa dimensión de: qué simpático, qué curioso. Quiero que cada anécdota se entienda como una búsqueda de profundidad. ¿Por qué sucedieron? No son casuales. Y entonces, sí creo que es muy importante el contexto. Es cierto que cuando uno pone los antecedentes, el dato duro, la información histórica, el texto cae y puede tornarse rígido. Es un tramo más arduo de leer, pero hay que hacerlo. Hay que aprender a sacrificar ‘la literatura’ en función de la información.

– Claro, porque es periodismo.

-Y hay que hacerlo, hay que sacrificar. Creo que tiene que ver con un sacrificio narcisista. Cuando es necesario uno tiene que sacrificar la fluidez y la belleza del texto en función de la información. Ahora, puedes ser un poco pícaro y describir una escena que es entretenida de leer, para después pones un tramo duro y luego vuelves a otra escena entretenida de leer para que el lector sienta como que sube y baja a lo largo del texto. A mí me queda claro que no puedo suprimir un dato clave solo porque es anticlimático, pero también sé que el lector se va si no siente nada en los primeros párrafos, porque así es como consumimos periodismo.

-Sueles decir que ningún periodista llega puro a la reportería; siempre va cargado con sus prejuicios, valores, herencias e intereses específicos. Y este reconocimiento de lo profundamente subjetivo que es el periodismo se estrella contra el viejo dogma de la objetividad utilizado todavía en algunas redacciones.

-Me llama la atención que todavía se siga creyendo que es posible la objetividad en el periodismo. Uno puede buscar cierta imparcialidad al momento de plantear los hechos, pero la objetividad es propia de los objetos, no de las personas, y el periodismo está hecho por personas. Ahora, reconociendo que el periodismo es profundamente subjetivo, cabe preguntarse qué hace uno con su subjetividad, si es capaz de contar todo lo que ve. A veces pasa que uno ve cosas y nos parecen incorrectas y asumimos que contarlo es incorrecto y uno escribe otra cosa distinta de la que ve. Creo que un desafío periodístico es ser fieles a lo que vimos, es lo que corresponde contar, pero después no se me ocurriría hablar para nada de la objetividad, me parece de una candidez…

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En las entrevistas en las que explica la trama de sus libros, Licitra suele aludir a esas anclas del pasado que moldean las sensibilidades e intereses de quien elige contar una historia. La mirada del cronista,explica, está guiada por un sustrato atávico en el que se mezclan las historias personales, los valores con los que creció y los desgarros íntimos o generacionales que lo marcaron: “Uno no llega limpio a hacer crónica…, hay una mochila personal con la que cargo y no es fácil despojarse de ella… Hay una mirada de clase. Y yo no puedo librarme de mi conformación de clase porque siempre estoy mirando desde un lugar… Uno tiene que conocer los prejuicios con los que trabaja y descubrir en qué medida esos prejuicios son removibles…”. Por eso entiende su reportería como una búsqueda de verdades propias, verificables, ciertamente, pero siempre verdades personales que pueden brotar de la boca de sus fuentes, pero también de la mirada singular que ella despliega cuando empieza a reconstruir los hechos.

Licitra también es la editora de Orsai, la revista de literatura y periodismo fundada por su paisano Hernán Casciari en 2011. Cada número tiene en promedio 200 páginas y pesa más o menos un kilo. La revista se vende por suscripción y está pensada, escrita y diseñada para demostrar que la experiencia de la lectura en papel es un ritual íntimo, tangible y sobre todo coleccionable, si se repara en la calidad del contenido.  En enero Casciari lanzó la web de Orsai, un proyecto paralelo que no busca reemplazar la edición de papel, sino jugar en pared con esta para fidelizar a su comunidad de lectores desperdigada por el mundo; esa ‘inmensa’ minoría que los lee y los sigue por doquier. Así, mientras la revista impresa tiene una frecuencia trimestral, la web renueva contenido cada semana. Licitra figura en el plantel de escritores. Sus últimas crónicas, divididas en tres categorías (introspectivas, narrativas y periodísticas)  están allí. Lo mejor es que además de leerla, también podemos escucharla. Orsai incluye piezas de audio o podcast en los que sus autores nos leen los textos que acaban de escribir.     

– En los últimos años han cerrado revistas que habían sido una suerte de refugio para la crónica y el reportaje, mientras se ahondaba la crisis de los diarios de papel. Ahora solo queda internet…

-Internet es un buen lugar. Creo que no debiéramos asustarnos. Creo que en el futuro internet será uno de los espacios de la crónica. La pregunta, evidentemente, es por la rentabilidad: ¿de qué manera hacer rentable este soporte? Yo confío en que se  va a encontrar un modelo porque todo tiende hacia lo digital. En Argentina, por ejemplo, hay dos revistas digitales que son Anfibia y La agenda, (que es una revista del gobierno de la ciudad), y son medios con muy buenos contenidos que pagan a sus periodistas y colaboradores. Y medios como estos no me parecen un mal lugar para hacer periodismo, así como tampoco me parece un mal lugar el libro. Hoy hay editoriales que publican libros de crónica. Creo que la crónica va hacia esos dos espacios: el universo digital y el universo editorial que está dando mucho espacio a la no ficción.

-Se ha cuestionado la temática predominante de la crónica latinoamericana. Se critica cierta propensión a escribir sobre personajes extravagantes y situaciones insólitas, como la célebre historia de la mujer barbuda.  ¿Tiene algún ‘deber social’ el periodismo narrativo?

– Si la crónica tiene o no tiene… A mí no me gusta que me impongan dogmáticamente agendas de temas. No me gusta que me digan que me tengo que ocupar de la realidad social. Ni que me digan que no debo escribir sobre las mujeres barbudas. Ese tipo de agendas tópicas me quitan la libertad de ocuparme de lo que se me antoje siempre que me parezca que tiene interés para mí y que puede despertar el interés de los demás. Yo creo que el punto es, si uno va a elegir a la mujer barbuda es porque sirve como ventana para contar otras cosas. Ahora, es cierto que hay quienes buscan un subidón inmediato en el lector y que se relaciona con escoger temas amarillos o pornográficamente dramáticos.

-También se reclama a los cronistas pasar de la capacidad de asombro a la capacidad de indignación para dar cuenta de realidades que están marcadas por la violencia, la exclusión o la injusticia.  

-No, yo creo que, al revés, indignación hay mucha y en muchos relatos. Yo creo que lo que falta es ‘deseditorializar’ esos relatos porque cuando la indignación es fuerte lo que terminás haciendo es producir material casi catártico que no cumple una función narrativa eficaz. Insisto, creo que ahí el desafío del cronista es cómo hace para que esa indignación quede traducida en un relato eficaz. ¿Qué quiere decir eficaz? Que se indigne quien lee y para que el lector se indigne hay que trabajar con un mecanismo de relojería dentro del texto. Uno no puede escribir en caliente, uno tiene que ser fría y contar eso como si estuviera contando una fiesta de quince, o sea, de manera muy calibrada, sin indignarte cuando escribís.

-Estás hablando de la estructura del texto, de la propuesta estética…

-Sí, es que yo creo que ese es el punto, para mí lo estético es profundamente moral, profundamente ético, no es algo superficial. Si yo quiero que mi lector se horrorice, llore o quiera leer más sobre, por ejemplo, trata sexual, tengo que estar muy fría al momento de escribir y trabajar el texto con el único objetivo de producir esa sensación en el lector. Uno puede escribir una primera versión en caliente, desde la indignación, pero después debe editar con extrema frialdad.

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Escribir un libro de no ficción implica rigor informativo y creatividad literaria.  Demanda una descarga de energía y concentración que el lector difícilmente percibe. Alberto Salcedo Ramos, el cronista colombiano, ironiza este esfuerzo solitario con una frase que cito de memoria: ‘La gracia de escribir consiste justamente en trabajar mucho para que el lector nunca descubra lo mucho que trabajamos’. A fines de octubre de 2018, cuando la entrevistamos, Licitra contó que 38 estrellas la había dejado extenuada: “Me agarró una avalancha de cansancio. Solo quería dormir. Quedé física y psíquicamente agotada”. Lo que sobrevino después fue un desafío laboral que no dependía tanto de la veracidad como sí de la verosimilitud: escribir guiones para dos series de televisión. Una de ellas transforma en escenas la gesta de las 38 estrellas. “No es un trabajo periodístico y me resulta muy entretenido, lo estoy disfrutando. Para mí no es difícil hacer un guion de algo que ya estaba pensando con ojo audiovisual. Es que yo veo mucho documental y siento que es crónica en otro formato. Incluso cuando tengo dudas sobre las primeras líneas de un texto me ayuda mucho imaginar cómo lo empezaría si fuera un documental”. Licitra escribe pensando en imágenes, busca ‘sentar’ a su lector frente a los hechos que ha reconstruido. Su prosa, definitivamente, procura transferir la textura de la vivencia humana con la misma intensidad que descargan las imágenes de una película.

Editorial Seix Barral Argentina, 2018. Foto: FemiNacida