Adquirió notoriedad y merecido reconocimiento hace poco más de una década, cuando hizo del análisis de coyuntura un género periodístico de lectura cotidiana. La documentación que exhibían sus informes puso en valor una práctica olvidada en algunas redacciones. “Desde el tercer piso”, José Alejandro Godoy capturó la atención de la audiencia política local. Él acaba de publicar “El Comercio y la política peruana del siglo XXI. Pugna entre liberales y conservadores detrás de las portadas”, un libro que revela disputas de poder y coaliciones al interior del medio escrito más antiguo e importante del país.

Fotos Jacqueline Palacios

Las veredas de Tontódromo que atraviesa la PUCP no le son extrañas. Hace veinte años José Alejandro Godoy Mejía inició aquí su formación universitaria. A medida que estudiaba derecho, Godoy empezó a vincularse con el periodismo. Luego, para fortalecer esta segunda vocación, siguió el Diplomado en Periodismo Político y Análisis Cultural de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y la Maestría en Ciencia Política y Gobierno en nuestra casa de estudios. Ese rigor académico que demostró en las aulas se evidenciaba en los contenidos del blog “Desde el tercer piso”. Allí, además de hacer análisis sobre temas de actualidad, también publicaba revelaciones de impacto político. Godoy tenía la cabeza amoblada de libros. En la época de oro de estas webs personales, él fue uno de los más influyentes, junto con Marco Sifuentes y Roberto Bustamante.

Estamos con él en el segundo piso de Tinkuy para hablar de El Comercio que se retrata en su libro. No son pocas las revelaciones que incluye: vetos internos, pugnas intestinas, choques de interés, ausencia de principios y el desafío (a ratos dramático) de adaptar su modelo de negocio editorial a los tiempos de internet.

¿Cómo funciona un diario que tiene 248 accionistas? ¿Cómo se toman las decisiones con tantos intereses en juego? ¿Qué tensiones, dilemas y dramas lo han atravesado en las últimas dos décadas? Para encontrar respuestas a estas y a otras preguntas, Godoy realizó 23 entrevistas a periodistas y directivos que tienen o tuvieron un vínculo laboral estrecho con el diario, entre ellos, tres de sus últimos directores. Este es un libro que si bien se centra en el siglo XXI, no deja atrás el pasado. Godoy tiene claro que para hablar de la historia del Perú es imprescindible referirse a El Comercio, el diario que el próximo 7 de mayo cumplirá 180 años de fundación.

La investigación reconstruye la gestión de Alejandro Miró Quesada Cisneros (1999-2008), quien manejaba el diario con una agenda a favor de causas liberales y en defensa de la democracia. Tras su convulsionada renuncia, Francisco Miró Quesada Rada (2008-2013) terminó sentado en el sillón del director de forma inesperada. Quizás eso explique porqué estableció una relación distante con la redacción. Este alejamiento dejó un vacío de poder y propició el giro editorial conservador digitado por Hugo Guerra y Martha Meier Miró Quesada. Esta etapa fue considerada una de las más politizadas y confrontacionales al interior del conglomerado familiar de propietarios. La tensión aumentó con la llegada de Fritz Du Bois (2013-2014), quien reorganizó la redacción, ordenó el despido de periodistas importantes y supervisó un programa de reducción de costos que finalmente afectó la calidad de los contenidos. Tras su  muerte repentina, Fernando Berckemeyer (2014 – 2016) tomó el relevo y retomó una línea liberal que lo llevó, por ejemplo, a apartar del diario a personajes ultraconservadores de las páginas de opinión. Entre los vaivenes de las cinco generaciones y seis ramas de Miró Quesadas, el autor afirma que en la redacción, frente a editores y redactores, los directores siempre han tenido la última palabra en las decisiones editoriales.

-Con todos los cambios que ha experimentado la línea editorial de El Comercio, crees que todavía es el medio de comunicación más influyente del país?

-Sin duda alguna, incluso en tiempos de redes sociales, El Comercio sigue marcando la pauta con portadas y editoriales potentes. No solo estamos hablando de un diario, sino de una corporación mediática que tiene un fuerte peso en la vida política, económica, social y cultural del país.

-El Comercio ha sido un actor político determinante en las pugnas por el poder en distintas coyunturas. Más de una vez tomó partido por una causa partidaria. ¿No crees que eso debilitó su credibilidad?  

El Comercio perdió credibilidad cuando se tomó de forma muy personal el conflicto con el APRA y declaró, prácticamente, la “muerte civil” de este partido; no se publicaba nada que tuviese que ver con Haya de La Torre. Lo mismo pasó en la cobertura electoral de 2011, cuando hizo campaña contra de Ollanta Humala. Ahora El Comercio tiene un tono más contemporizador. No solo da la imagen de una familia propietaria, sino que esa familia quiere mantener una ola de institucionalidad y una aureola de imparcialidad. Entonces, justamente en los momentos en los que se salen de esa imparcialidad es cuando han tenido grandes problemas de credibilidad.

-Y también hay temas sobre los que prefieren no pronunciarse como grupo editorial.

-En el libro se cuenta que Alejandro Miró Quesada Cisneros no se pronunciaba sobre los derechos de la comunidad LGTBI y tampoco en los temas de género. Y él explicaba su silencio con esta frase: “Yo soy hijo de mi tiempo”. Alejo Miró Quesada trataba de modular un poco lo que podía hacer en el diario. Igual, ahora tienes temas en los que El Comercio tampoco se pronuncia, como el aborto. La conclusión central del libro es que el director, o quien ocupe ese cargo en la dirección, es el que termina tomando partido, sacando una posición intermedia. O, como hacía Paco Miró Quesada, no pronunciarse sobre un tema y dejando que una facción de los editores se impusiera sobre la otra.

-Una de las conclusiones del libro es que el director del diario siempre ha tenido la última palabra en las decisiones editoriales, ¿Esa situación podría considerarse como un espacio para la censura a los periodistas de planta?

No sabría si específicamente es un tema de censura, pero los directores sí deciden cuándo tocar un tema y cuándo no. Sí hay cierto poder de veto, esa sería una palabra más precisa que censura. Y es mucho mayor por parte del director y se da en relación a una entrevista o sobre todo en los reportajes de la unidad de investigación.

-¿Hay en el diario una disposición a dar tribuna a posiciones opuestas a las del directorio?

Creo que ahora más que antes. Quizás una de las cosas que puede mostrar mejor el libro es que los medios no son entes monolíticos, como en la Unión Soviética, Yugoslavia o Cuba, sino que hay tensiones muy fuertes y que elaborar la edición de un diario implica toda clase de disputas, intereses, y una conjunción de subjetividades puestas dentro del marco de la prensa peruana.

-¿Qué tanto ha influido en la crisis económica del diario el escándalo Lava Jato, teniendo en cuenta que ha involucrado a accionistas importantes de El Comercio?

-Es público y notorio que José Graña Miró Quesada es el mayor accionista involucrado en el caso Lava Jato y en el caso del Club de la Construcción. En ese momento El Comercio sí fue muy claro en decir que Graña tenía que ser procesado, al igual que los demás involucrados. Respecto a Lava Jato, han sabido responder: “Por si acaso, nosotros tenemos nuestros intereses claros y si debe ser investigado o llevado a la cárcel, entonces tendrá que ser llevado a la cárcel”. El Comercio se ha cuidado mucho más de que el caso no lo complique, algo que veinte o treinta años atrás hubiera sido impensable.

-Si Alejandro Miró Quesada no hubiera  renunciado a la dirección del diario poco antes del escándalo de los Petroaudios, ¿qué tan diferente pudo haber sido la cobertura del caso?
-Probablemente hubieran salido publicaciones adicionales. Las posibles licitaciones de Rómulo León y Garrido Lecca con las empresas mexicanas eran el germen de los problemas y, finalmente, quedaron fuera de la discusión. Yo sí creo que Alejo Miró Quesada hubiera esgrimido los Principios Rectores de El Comercio para que los audios se publicaran, cosa que nunca se hizo en la gestión de Paco Miró Quesada y, claro, no sabemos qué más hubiera podido salir, pero probablemente hubiéramos podido tener mayor información. Al final se publicó una serie de informes, pero la investigación fue abandonada. Con Alejo se hubiera profundizado en el tema y se hubiese defendido la necesidad de contar esa historia dentro del diario. Pero no fue así, El Comercio entró en contradicción con su propios Principios Rectores. Todo lo que esgrimió Augusto Álvarez para publicar el conjunto de los Petroaudios en Perú 21 le costó una disputa permanente con Hugo Guerra y Paco Miró Quesada. Yo creo que era un deber publicarlo. Era material suficientemente rico como para publicarse. Yo creo que se cumplía con los Principios Rectores de El Comercio.

-¿Crees que cerrar la unidad de investigación de El Comercio durante la gestión de Fritz Du Bois afectó la credibilidad del diario?

-Fue un golpe para El Comercio, más que para el periodismo de investigación, pues esa decisión permitió la formación de Ojo Público. Y hoy Ojo Público no solo es un medio referente del periodismo peruano, sino también latinoamericano. El Comercio terminó perjudicándose a sí mismo. Fue un error craso desactivar la unidad de investigación.

-¿Cómo logró Berckemeyer apartar a un personaje que tenía tanto peso en el diario como Martha Meier Miro Quesada?

-Cuando Berckemeyer era editor de opinión hubo dos textos escritos por Martha Meier con los que él no estuvo de acuerdo: uno se vinculaba a una empresa minera y otro fue sobre el indulto. Cuando Berckemeyer pasó a ser director, las diferencias con Martha Meier se agudizaron, llegó un momento en el que Berckemeyer y Enrique Pasquel  decidieron no publicarle más columnas porque sentían que había faltas clamorosas a la verdad. Ya se gestaba en ese momento un proceso de renovación de toda la plana de editores. Y en cualquier momento le podía tocar a Martha Meier. Con ella no solamente no hubo un divorcio amistoso, sino que ella ha quedado confinada dentro del directorio al que pertenece. Solamente escribe en Expreso. Juan José Garrido, el actual director, ha continuado con la política de no dejar que la señora publique en El Comercio.

-¿Se puede decir entonces que El Comercio aprende de sus errores?

-Hasta cierto punto creo que El Comercio aprende de sus errores, pero creo que no lo han aprendido, por ejemplo, en el tema de la reducción de personal. En ese rubro, creo que El Comercio debería apostar e invertir mucho más dinero en su plantel periodístico para que ese negocio tenga la rentabilidad deseada. Es la fórmula que más está funcionando en el mundo. No digo que sea una garantía, pero por lo menos en The New York Times y en medios europeos está funcionando.

-El diario por dentro tiene corrientes. Hay periodistas que tienen sus sesgos hacia una tendencia u otra. Has mencionado a los fujimoristas y conservadores, pero no a los que están en la orilla.

-Es cierto que en otros puestos claves de la redacción de El Comercio tenemos a personas que tienen una mirada que no es contemporizadora con el fujimorismo, como Jaime Bedoya o Pedro Ortiz Bisso. Hay cierto contrapeso. La caída en desgracia del fujimorismo, las audiencias en su contra y su propio comportamiento como bancada han hecho que la separación que ya existía en la era Berckemeyer —separación o, incluso, hasta guerra entre El Comercio y el fujimorismo— se mantenga hasta hoy. Yo creo que sí hay una separación muy clara entre El Comercio y el fujimorismo y es probable que se mantenga en los próximos años.

-¿Y cómo será en adelante su relación con los grupos de izquierda?

-El reto para El Comercio, es ver cómo lidia con las izquierdas. Es muy claro que la campaña de 2011 fue muy mala, pero en la campaña de 2016 también hubo editoriales de El Comercio contra Verónika Mendoza, aunque también los hubo a su favor. Es cierto que El Comercio es un diario que defiende una cierta manera de entender la economía y su relación con el Estado, que es mucho más abstencionista de lo que podría ser Verónika Mendoza y, allí, evidentemente, chocan. Pregunta abierta: ¿Qué pasaría si Verónika Mendoza pasa a una segunda vuelta en 2021? ¿Cuál sería la posición de El Comercio? Probablemente, apoyaría al otro candidato. El Comercio jamás va a salir a defender una posición de izquierda, eso jamás. Es un diario de derecha.

-¿Será por qué tiene que proteger a sus accionistas?

-No necesariamente. Es un diario que cree que la propiedad privada y que la política de mercado son lo mejor. Y eso es absolutamente legítimo. Tanto en la gestión de Berckemeyer como en la gestión de Garrido se ha mantenido la visión de que mientras el Estado esté menos presente, mejor. Evidentemente, van a chocar con una candidata como Verónika Mendoza. Pero sí siento que hoy El Comercio está un poco más cerca de la izquierda en temas de valores y derechos. En temas vinculados a género, matrimonio igualitario, por ejemplo.  Obviamente, un tema que lo separa de la izquierda es Venezuela. Allí Berckemeyer y Garrido han tenido una posición mucho más clara. El Comercio siempre ha tenido una postura contra el gobierno de Chávez. Siempre ha visto al chavismo como un peligro para América Latina.

-¿Se podría decir que todo este rechazo a Venezuela proviene de los traumas de Velasco y la expropiación de medios?

-Sí y no. Sí porque en El Comercio hubo una inquietud, un temor respecto a la posibilidad de que, en algún momento, se armen leyes de medios, como ocurrió en Venezuela. Pero también es cierto que hay una convicción clara de que ese tipo de gobiernos no son los ideales. El Comercio tiene una visión del mundo. No solamente hay una defensa de intereses particulares, también hay una defensa de una forma de entender el mundo. Los diarios de referencia, como El Comercio, tienden a defender una visión del mundo. Por eso El Comercio no es solo un cúmulo de intereses; sus accionistas tienen dos visiones del mundo contrapuestas y, por eso, a veces el diario es conservador y, a veces, es más liberal. El Comercio, en sus 180 años de historia, es eso: una pugna entre liberales y conservadores dentro de la familia Miró Quesada y también entre sus editores, entre sus accionistas, entre sus directores. Esa pugna marca la historia de El Comercio.

-¿Y esta pugna solamente se observa en el diario o también repercute en otros medios, como Canal N?

-Estas tensiones las cuenta Rosa María Palacios en el libro. Hoy América y Canal N tienen una directora periodística que defiende su independencia. Hay una separación muy clara entre los directores de cada medio. Creo que desde que comenzó la época de Alejo, se ha respetado la posición de los directores de cada medio. Además, está muy claro que la campaña del 2011 marcó un antes y un después en el grupo y que esa experiencia no la quieren volver a repetir.

-Esa campaña mediática, básicamente, fue propaganda política disfrazada de periodismo.

-Exacto. No fue periodismo, fue propaganda.

¿Qué lecciones deja El Comercio a los otros grupos de medios administrados por grupos familiares?

Varias. La primera y, fundamental, es que no se puede sobreponer la renta a la necesidad de un mejor periodismo. Lo que está pasando con El Comercio ahorita es que hay un grupo de accionistas que quiere invertir menos y quiere sacar igual renta y hay un grupo de accionistas que dicen que no, que quieren invertir más y, entonces, hay esa disputa dentro.

Dos, creo que una lección importante está en el manejo de las elecciones, donde hay tres puntos. En principio, si vas a meterte a una campaña electoral a favor de un candidato, primero, hazlo explícito. El Comercio no lo hizo explícito en 2011. Segundo, no confundas información con opinión. Y, tercero, sigue dándole pluralidad y cabida a todos. Lo que ocurrió en el Grupo El Comercio en general, no solamente en el diario, fue penoso.

Una tercera lección es saber que si algún medio quiere permanecer en el tiempo, tiene que saber diferenciar la opinión y los intereses de la información. Declarar la muerte civil de un partido, hoy sería impensable. Otra cuestión es que El Comercio requiere de directores independientes. Gente que tenga una mirada mucho más allá de lo que piensa la familia. Ya tienen dos, yo creo que deberían de tener más. Yo creo que deberían tener una mirada mucho más abierta de lo que son los medios en el mundo y de cómo se está comportando lo digital, de cómo se están comportando medios de referencia en otras partes del mundo.