¡Jayallay, pachamama!: tres horas con Tambores por la Paz

Rupa, el ahora líder del movimiento. FOTO: Alexa Pinedo.

Si pasas por el parque María Reiche un domingo entre las 5 de la tarde y las 8 de la noche, verás en una esquina a un grupo de personas bailando y tocando tambores alrededor de un fuego. Ellos son los hermanos de Tambores por la Paz y cada domingo desde hace 15 años se juntan en el distrito de Miraflores para volverse uno con la madre Tierra.

Por Alexa Pinedo

-Rupa, ¿tienes una pipa? No traje la mía, ya pues…-

-Estoy ocupado ahorita, vete- responde el hombrecito. Está en cuclillas, moreno y de pelo gris amarrado en una cola, ordenando piedras en medio de un grupo de palmeras de una manera que solo podría describirse como obsesiva: las arma, desarma, arregla, intercambia de lugar, elige una, bota otra, cambia la forma. Parece nunca estar satisfecho con cómo le está saliendo la chakana, un símbolo andino que simula un cuadrado de escaleras, la representación de la unión entre el mundo físico y el espiritual. En medio de ella ha armado un montículo de piedras, con un poco de tierra en medio: es una fogata. Alrededor, la tierra parece sucia, mojada, el pasto se ha secado en esa zona del parque María Reiche, en Miraflores.

Cerca de él, hay un grupo de cuatro jóvenes apoyados a una palmera, todos muy felices, algunos con rastas, otros con el pelo cortísimo, con los ojos hinchados, bolsos de tela colgados del tronco de la palmera y tambores, una olla y una flauta regados por los pocos parches de pasto que hay. Hacen un ruido discreto con los tambores, parecen inquietos, quieren que se prenda el fuego. “Aún no baja el sol, pues”, les espeta él. En efecto, a las cinco de la tarde, el atardecer ni se asoma y Rupa, como le dicen, no tiene prisa por terminar la chakana.

Va llegando más gente. La mayoría se acerca a la fogata incompleta, deja una mandarina, o un plátano, en el montículo de piedras y saluda a Rupa con un choque de puños suave. Algunos le dicen una frase que él devuelve sonriente y con energía. Con excepción de un par de señoras, casi todos son jóvenes de no más de 30 años y guardan un parecido visual con el grupo que estaba recostado en la palmera. En pocas palabras, parecen hippies. Uno de ellos, Efraín, luego explicará que son waykis, es decir, artistas callejeros que se ganan la vida tocando música de un lugar a otro.

Las señoras desentonan un poco con la imagen general de esa escena peculiar en la esquina del parque miraflorino, y una de ellas parece genuinamente confundida. No obstante, están bien posicionadas en primera fila, frente a la fogata aún en construcción, con una pashmina rosada tendida en la tierra sucia para sentarse.

Son casi las seis, el sol sigue arriba y la chakana de piedra se llena poco a poco de fruta, ofrendas de los que se sientan a esperar a que empiece la ceremonia, mientras que a los alrededores de esa zona del parque se acerca más y más gente. Rupa no ha dejado de poner, sacar, organizar y reorganizar las piedras ni un minuto. El muchacho que le había pedido una pipa al inicio parece haber encontrado una en el grupo de chicos de la palmera y se ha puesto feliz también. Le pasa a Rupa un porro encendido para que lo ponga en el montoncito de tierra en medio de la fogata, no sin antes darle una larga pitada.

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Tambores por la Paz es un movimiento de la denominada “cultura pachamama”. Es una agrupación no institucional que reúne personas que desean honrar a la naturaleza y al medio ambiente como lo hacían los “tahuantinsuyanos” en los tiempos precolombinos. Los rituales y ceremonias que realizan cada domingo son generalmente para agradecer a la tierra, a la pachamama, por sus frutos.

La filosofía que comparten es la de realizar el mínimo impacto posible al medio ambiente, consumir lo que da la tierra y devolverle lo que se le debe devolver, para así asegurar que el ciclo natural, y espiritual, continue. Ellos afirman que el cuerpo humano es un órgano más del cuerpo que es la pachamama, se sienten uno con ella. Por eso, se sienten en la responsabilidad de educar, de “abrirle los ojos” a los que no conciben el mundo así y concientizar sobre los daños que la pachamama está sufriendo actualmente.

Existe desde hace 15 años y empezó con tres personas en el parque El Faro, también en Miraflores, a tan solo 20 minutos del parque María Reiche. Claro que, al inicio, la agrupación empezó como algo más casual, más de “juergueo” que de espiritualidad y conexión con el mundo. Rupa, quien estuvo desde los inicios, explica que tres compañeros se empezaron a juntar en el parque a “lanzar”, es decir, fumar marihuana, tocar tambores y ver el atardecer. Le pasaron la voz y él afirma que un mes después de su primera visita, Tambores ya congregaba hasta 40 personas.

Entre 2009 y 2012, Tambores pasó por una época de constantes roces con la Municipalidad de Miraflores. En febrero de 2010, salieron a marchar, bordeando todo el malecón hasta el parque Kennedy, el parque central del distrito, para protestar sobre lo que ellos consideraban como censura a una actividad cultural, actividad que tenían todo el derecho de llevar a cabo con libertad. Días antes, el domingo 21 de febrero, la policía y el serenazgo, bajo el mandato del entonces alcalde Manuel Masías Oyanguren, realizó uno de los operativos más fuertes contra esta agrupación. Según las declaraciones de Tambores en la cuenta de Facebook del grupo, “un escuadrón de más 300 serenazgos” respondieron a supuestas quejas de los vecinos desalojándolos del parque Antonio Raymondi “como a delincuentes”. Entre niños, madres, señoras, señores y jóvenes, los representantes de Tambores afirmaron en declaraciones a la prensa y en videos subidos por usuarios a Youtube que fue una experiencia traumática. Según expresaron, los empujaron, patearon y pegaron.

En una nota transmitida por América Noticias, los entonces participantes del grupo denunciaron los maltratos que sufrieron ese domingo por parte de los serenazgos a la prensa. La respuesta oficial de la municipalidad, expresada por Marie Pajuelo, de la dirección de comunicaciones en ese entonces, fue que respondían a denuncias y preocupaciones de los vecinos que estaba siendo incomodados por el ruido de los tambores. “Nosotros tenemos testimonios de funcionarios de que no ha habido ningún tipo de agresión”, contradijo Pajuelo. Les cedieron el espacio que ahora ocupan en el María Reiche y autorizaron que realicen sus actividades entre las seis y diez de la noche, siempre y cuando la música no exceda las 50 decibeles y no se beba alcohol o se venda drogas.

Rupa llegó a ser el “padre” de la organización cuando los tumultos ya se habían apaciguado y las redadas de los serenazgos ya eran algo poco común. Lo que encontró fue un grupo en desorden, sin rumbo. Él explica que tuvo la fuerza de darse cuenta de que en ese rincón del María Reiche aún no había pachamama. Y decidió cambiar las cosas.

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Hay más bulla. Se ha formado un considerable grupo humano alrededor de la fogata y Rupa ha saludado a cada uno de los que ha dejado una ofrendita. Los hermanos del movimiento “Tambores por la Paz” llegan con su propio tamborcito o flauta y un ritmo tribal se asoma cada vez más fuertemente. Hay una familiaridad tangible entre ellos. Se saludan, hola hermano, hola hermana, se abrazan, se sientan juntos, se pasan la ganja. Algunos parecen más hermanos que otros, pero Rupa afirma que desde el momento en que uno decide acercarse a la ceremonia ancestral, y se queda, ya es un hermano o hermana.

Rupa ya dejó en paz a la chakana de piedras que rodean a la fogata y se pone un poncho y un sombrero que ha sacado, junto a unas maracas, de un bolso rojo colgado en una palmera cerca a él. Ahora se dedica a romper tablas de unas cajas de esas que se usan en los mercados para cargar fruta y las posiciona en medio de la tierra de la fogata en forma de pirámide. El sol ya está rojo pero aún no toca el horizonte.

Una de las hermanas, pelo corto, crespo, ojos claros, se acerca y pone un tamborcito en el piso. Se sienta encima de él y empieza a tocar despacito, sonriente, sin dejar de mirar a Rupa. Uno de los chicos del grupo que estaba al inicio la saluda con un abrazo fuerte y le ofrece el “tronchito”. De los 15 años que lleva activo el movimiento, ella, Sarahí, de 22 años, lleva asistiendo a las reuniones dominicales de Tambores desde hace ocho. Las señoras que se habían sentado frente a la fogata habían llegado con ella. La que más fruncía el ceño en confusión era su madre y era la segunda vez que iba a esa ceremonia. La otra señora, una mujer delgada que se había aparecido con un yeso en su nariz y que tenía una apariencia inconfundible de “pituca” limeña, cuenta que ella fue quien introdujo a Sarahí a las reuniones. Sacan unos platillos diminutos de un bolso morado grande y se ponen a tocar.

Rupa extrae una caracola de su bolso y da la espalda al grupo para mirar al horizonte. Camina hacia el filo del acantilado en el que está posicionado el parque. El sol, rojo, cada vez más cerca al límite entre el cielo y el océano. Suena el pututu, o caracola, una sola nota, entre grave y aguda, larguísima. Todos prestan atención y se unen con sus instrumentos. “¡Jayalla, pachamama!”, vocifera Rupa antes de empezar a buscar un encendedor. Saca, otra vez del bolso, un pedazo rectangular de madera pálida.

-Vamos a tratar de calentar el espacio con el fuego, el abuelo fuego. El fuego del palo santo es para limpiar las impurezas. Siempre tenemos la dicha de conectarnos con el fuego a través del palo santo- su voz se hace paso por encima de los tambores, quenas, xilófonos, ollas, cajones, incluso un didyeridú. A 15 minutos para las siete de la noche y, después de una árdua batalla contra el viento que no dejaba encender el palo santo, el fuego ya estaba prendido y el sol ya se había puesto en el horizonte.

Tambores por la Paz le rinde culto a la Pachamama, honrando a la naturaleza como lo hacían los “tahuantinsuyanos” en los tiempos precolombinos. FOTO: Alexa Pinedo.

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Rupa es bajito, flaco, arrugado, con el pelo crecido hasta la nuca, piel tostadísima, uñas de las manos y de los pies rotas y sucias. Su voz es rasposa, aguda, se quiebra cuando se exalta. Se nota que lleva hablando altísimo muchos años. Lleva un polo de un verde limón desteñido, extremadamente suelto y largo, le llega hasta más abajo de la cadera. De pantalones tiene un par de jeans rectos, anchos, sueltos, raídos, usados hasta más no poder. Cuando está haciendo la fogata, tiene unas sandalias negras casi a punto de romperse, pero una vez empezada la fiesta, se le ve con los ojos cerrados tocando un tambor, sentado, cruzado de piernas, descalzo, de cara al fuego.

Juan Antonio Palomino Ledesma, conocido como Rupa, su nombre espiritual, tiene 57 años y es de Tarma. Vive en Chancay desde hace un año y medio y va a Lima cada domingo para servir a Tambores por la Paz. Él es parte del Hare Krishna, una secta mística de la religión hinduista practicada en la India. En 1994, con 29 años, el grupo Hare Krishna del que es parte en Lima le otorgó el nombre de Rupa. En 2010 le adjudican la responsabilidad de mantener la tradición de reunirse cada domingo con los hermanos de Tambores. Para él, es un servicio que hace por la pachamama, por el universo, para abrir los ojos, informar a la gente.

Es un hombre que parece molesto, muy molesto. Desde que llegó a Lima a los 15 años, se dio cuenta que la imagen de ciudad del progreso que le habían vendido sobre Lima a él y a su familia en Tarma “eran huevadas”. Se encontró con una ciudad perdida, según él. Y, hoy más que nunca, lo ve en las asociaciones LGBTIQ, que detesta tanto como a la lenta urbanización del país, porque atentan, dice, contra el orden natural de las cosas, contra la paternidad y maternidad que aprendió a atesorar en el Hare Krishna peruano. “Toman el tema de las culturas y lo hacen cualquier mierda”. No obstante, afirma llevarse bien con “los hermanos arcoiris”, que ayudaron a la formación del movimiento Tambores. De todas maneras, los culpa por los altercados que se sufrieron en 2010. Una vez que él llegó como líder de la organización, puso fin a la actitudes caóticas por las que las reuniones eran conocidas. “Tomaban el nombre [pachamama] pero era cualquier cosa, venta de cocaína, pasta, marihuana, que está bien, pero la cosa se descontrolaba”. Prohibió el consumo de bebidas alcohólicas, pero permitió la chicha de jora. Prohibió el consumo de coca y LSD, pero permitió la marihuana y la ayahuasca. Lo que viene de la tierra es sagrado; lo que es de la ciudad, dañino.

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El fuego ha alcanzado un tamaño que no volverá a pasar en lo que resta de la ceremonia nocturna de agradecimiento a la pachamama. El cielo ya no está ni naranja, ni rosado, ni morado, está profundamente oscuro. Solo se ve el fuego, y alrededor, al menos 30 hermanos están reunidos bailando, tocando sus tambores. “Tocamos por la paz, pero no porque haya, sino porque no hay”, Rupa suelta una carcajada. Ahora está descalzo y se pasea por todos lados bailando y tocando un tambor grande.

El olor a marihuana es fuerte y cada cierto tiempo un fueguito se prende en las manos de los hermanos que están alrededor. Se pasan las pipas, los porros. Nadie fuma cigarro, nadie toma alcohol, solo dos personas han revisado su celular, pero de manera muy fugaz. Todos están muy concentrados en el sonido de los tambores. Algunos se aventuran a salir al centro a mover el cuerpo como les mande el sonido; otros, como las señoras que desentonaban, se mecen de adelante a atrás en su sitio, sentados. Una chica aparece con una bicicleta muy grande, rodea el grupo, graba un poco con su celular y luego se posiciona cerca de una de las palmeras que abrazan ese rincón místico. Se saca los lentes y los guarda en algún lado. Empieza a bailar, con los ojos cerrados.

Un niño aparece desde la parte superior del parque, desde uno de los acantilados más elevado, y baja corriendo a ver el fuego. Se queda observando, boquiabierto, cómo tocan los tambores, parece no importarle el humo. Mira a Rupa tocar el tambor cruzado de piernas, en una posición casi de yoga, con la cabeza tirada hacia el cielo y los ojos cerrados. Atrás del niño aparece su madre; le sonríe y se pone a bailar. Al lado de ellos, aparecen un par de niñas con casacas enormes y se ponen a aplaudir, también fascinadas por el fuego. Ellos también desentonan un poco con el estilo general de los hermanos de Tambores, pero a nadie le importa cómo se ven, no se trata de eso. Se trata de bailar.

Sarahí está tocando su tambor cerca a la fogata y de vez en cuando se levanta a abrazar, muy fuerte, a algunos que la saludan. Está sonriente, mira a su madre, que se ve más relajada y sigue sentada al lado de la señora del yeso de la nariz. Fuma ocasionalmente, cierra los ojos, igual que Rupa, y toca el tambor. Todos los que poseen algún instrumento están ensimismados en el sonido que producen y no se molestan en coincidir con el otro; la música suena desordenada, caótica, no armoniosa. Sin embargo, si uno escucha unos minutos, extrañamente, encontrará un ritmo. Y ya a las siete y media de la noche todos los que bailan lo sienten.

A lo lejos, cerca a las escaleras que dan entrada al rincón de Tambores, unas siluetas que despiden una luz azul intermitente se acercan a paso relajado. Son serenazgos del distrito. Vienen a esperar a que sea hora de que se vayan. A las ocho y un minuto en punto, empezarán a pedir que se dispersen. Rupa empieza a hablar sobre el universo y cómo no hay que olvidar que todos somos parte de él y que cuando abramos los ojos a las mentiras de las empresas, las universidades, el sistema económico, todos marcharemos como uno. Las siluetas ya llegaron al punto de reunión, observando atentamente cómo se desenvuelve la ceremonia.

“Tenemos que estar en total control de las acciones que tomen los señores. Ya varias veces han habido trifulcas por medio del señor Rupa, que llama al caos”, explica uno de los serenazgos que baja a supervisar que a la hora acordada, los hermanos de Tambores por la Paz se retiren. Rupa afirma que desde hace años cuenta con un permiso para reunirse cada domingo, pero nunca es capaz de probarlo. El sereno está posicionado en el distrito de Miraflores desde hace siete años y afirma que siempre ha habido roces con Rupa y los hermanos; sobre todo, por la marihuana. Rupa afirma que acordó con las autoridades que, mientras no haya venta de la hierba, no habrá problema. El serenazgo explica que eso es totalmente falso, que no hay situación en la que el consumo de cannabis esté permitido y que, si esta es identificada, tienen potestad de dar por acabada la actividad. Sin embargo, y a pesar del fuertísimo olor que despide la marihuana, los serenazgos se mantienen a distancia y solo observan. Minutos después, dos motos con serenazgos llegan y todos saben que es hora definitiva de irse.

Ya a las ocho y veinte de la noche, los hermanos con instrumentos se juntan a tocar una última canción. Sarahí ya se había ido junto a su madre y la señora de la nariz operada. El niño y su madre se habían tomado de la mano y se habían retirado hacia las escaleras que suben y dan a la calle. Rupa reparte las frutas, calientes de haber estado encima de las piedras hirvientes, entre los hermanos que se despiden de él.  El próximo domingo se reunirán en el mismo lugar, traigan incienso, avisan los waykis a las personas que empiezan a irse. Los que estaban tocando tambores cerca a la fogata echan piedras que tapan las maderas encendidas para apagar el fuego; no es lo ideal, un ritual de esta naturaleza requiere que se guarden las piedras y las cenizas en un lugar determinado.

Rupa dice que no necesita el permiso de nadie, que ya avisaron a la municipalidad y no tienen la obligación de nada más que eso, que están en su derecho, que no dejarán de guerrear, que es necesario, que las autoridades no quieren que sus ciudadanos escuchen las palabras de verdad que habla Rupa, que no quieren el cambio, la resistencia. Mientras tanto, continuarán yendo cada domingo al María Reiche, o a donde los localicen, pero seguirán. Es tarea importante. Y cuando Rupa ya no esté, pues alguien tendrá que tomar ese lugar; la tradición debe continuar.

A las ocho y cuarenta, ya no hay nadie en el rinconcito escondido entre las palmeras. Algunos waykis que estuvieron en la ceremonia se trasladan a los pastos del acantilado de al costado, uno más elevado, a continuar tocando tambores y guitarras, y fumando, pero bajito, y entre compañeros que se conocen. Los serenazgos se van dispersando poco a poco. Rupa ya no está, desapareció de un momento a otro. El montículo de piedras se queda solo en medio de la tierra más sucia que antes, aún caliente. Se quedará así hasta el próximo domingo, al atardecer.