El coronavirus ha suspendido indefinidamente el sistema del tacto. No podemos tocarnos, no podemos estar cerca. A las urgencias del cuerpo, sin embargo, no les importa pandemia alguna. Los gatos siguen saliendo de madrugada a chillar en los techos de la ciudad de Lima, mientras que sus dueños se refugian en sus habitaciones, jugando con el teléfono bajo una frazada. Encuentran un alivio en las pantallas: otro nombre, otra foto. Alguien que los lea y observe. Los chats se encienden como nunca en cuarentena, ya sea en las conversaciones de pareja o en las apps de citas como Tinder o Grindr, y hablar de esto es necesario. Esta crónica es una exploración de ese espacio intangible, de deseo y desfogue, que sirve como refugio para muchos cuerpos confinados.

Más de diez años atrás, cuando de noche no había toque de queda, pandemia o cuarentena, sino perreo hasta el amanecer, el joven DJ Flower inmortalizó una de las estrofas más sucias y bellacas que cualquier joven peruano escucharía hasta el día de hoy:

Dame contacto
dame contacto,
dame contacto,
dame contacto
(dame dame)
(dame dame)

Al intervenir “Contacto”, una canción del célebre puertorriqueño Yaviah, DJ Flower haría pública, con la misma habilidad y gracia que un psicólogo, una de las necesidades primarias del ser humano: el contacto físico, el roce atolondrado y obsceno de dos cuerpos en la oscuridad.

¿Dónde encuentran los jóvenes peruanos este contacto si las calles, discotecas y hoteles están cerrados? El coronavirus los ha empujado a remitirse a otro tipo de conexiones que valen la pena explicar con una nueva historia musical. En los años noventa, los puertorriqueños Maicol y Manuel soltaron una de las frases más icónicas de la historia del reggaeton:

Y solo ten mi número telefónico,
para cuando te sientas sola,
y me llamas a mí, recuerda que
yo estaré para ti a todas horas.

El reggaeton, como cualquier género musical, está lleno de inspiraciones y versos prestados sin permiso. Años después, en el 2006, esta letra sería tomada por Héctor “El Father” e inscrita en el salón de la fama del perreo. Entre bips de celular y las voces de Wisin y Yandel, “El teléfono” terminaría, por fin, de revelar nuevas y diversas formas en las que el amor y, sobre todo el deseo, sobrevive a la distancia. Una llamadita de teléfono rompe la soledad, una llamadita de teléfono mata el aburrimiento, al parecer.

La distancia entre cuerpos, ya corta gracias a los celulares, sería reducida a cero, aparentemente, algunos años después. El crecimiento implacable de la virtualidad y la aparición de redes como Tinder, la app de citas por excelencia, o Grindr, su contraparte para la comunidad gay, permitieron que miles de desconocidos se encuentren por internet. Algunos buscan amistad o pareja, y otros una noche sin compromiso. Son pocos los que pretenden una aventura estrictamente digital, pero esta es la única alternativa restante en días en los que salir de casa es imposible. Gracias a internet, el verso “Hagamos el amor por el teléfono” nunca ha sido tan real como lo es hoy.

***

Olivia tenía siete años cuando Héctor “El Father” lanzó “El teléfono”, y dieciséis la primera vez que envió fotografías de sí misma desnuda. Nadie le había hablado del sexting, ni en el colegio ni en la casa. La primera vez que lo hizo fue con su primer enamorado, cuando llevaban tres o cuatro meses juntos; cree que con él fue “el primer sexting consciente”. Le pregunto a qué se refiere con eso, aunque sé la respuesta: “O sea, sabía lo que estaba haciendo”, me explica.

Sabía en lo que se metía, pero quizá no lo había pensado tanto como hoy que, con veintiún años, conversa conmigo por chat. Olivia no es su nombre real, sino un apodo que ha elegido para contarme su historia anónimamente; es lo que también decidieron otros personajes de esta historia.

Descargó Tinder hace un mes, el mismo día en el que terminó una relación. Ya había comenzado la cuarentena en Lima y se sentía sola. “Muy sola, más de lo normal. Necesitaba atención urgente”, me dice. Me explica que fue una mezcla del aburrimiento y la soledad la que la trajo a Tinder. A veces abre la aplicación “por una razón o por la otra”, me aclara, “o por estar aburrida de estar sola, pero, al fin y al cabo, eso es soledad”.

No demoró en conocer chicos, jóvenes de su edad. Cuando obtiene sus perfiles de Instagram, lo que hace es revisar sus fotos. Comienza a imaginarlos, se hace una idea mental de cómo será el otro en persona. Los pinta de cuerpo entero, contando cada detalle que le gusta.

—“Ahí me pongo en el mood” —me explica— “lista por si pasa el sexting”.

Entonces, entre conversaciones banales, le toca esperar a que una chispa se encienda. “Si se demoran mucho en decir algo sexoso”, ella tiene la iniciativa, aun cuando “a veces da roche admitirlo”. Comienza a soltar indirectas, nunca habla de frente, y boom, allí ellos captan la idea. Les hace una pregunta extraña, una propuesta indecente: ¿Sabes qué imaginé hace un rato? ¿Alguna vez te ha pasado que…? ¿Alguna vez has querido…?

Los hace explotar su imaginación. Le preguntan a Olivia qué piensa hacerles, o le cuentan lo que imaginan hacerle a ella. Consideran hasta el último detalle, hasta el número de dedos que intervienen en el asunto.

“Y apenas él manda una foto o pide una”, Olivia va al baño. Se saca la prenda que sea necesaria, usualmente el polo, y toma varias fotos de sus senos. Hace que se noten más grandes, intenta también que se noten sus “huesitos”. Prueba con una mano sexy y misteriosa por ahí, tapando algo interesante.

Escoge la foto en la que se ve “menos fea o más atractiva”. ¿Atractiva para quién?, le pregunto. Primero que nada, atractiva para ella: “Si me gusta a mí, siento que le gustará al otro”, me contesta.

Luego de enviarla, Olivia espera en el frío limeño una respuesta, mientras prueba otros ángulos, otras poses.

“Mándame una foto, bebé”, “Mándame una foto, guapa”, le dicen, “Me tienes muy duro, quisiera ver tus senos”, “Quiero ver tu culito, por favor”. Siempre parece una orden: Mándame. Nunca es un “Me podrías mandar…”, reconoce. Aun así, Olivia siente que los chicos tratan de no ser muy vulgares ni agresivos. “Al menos nunca me han dicho ‘tetas’ o algo así”, me cuenta. Le pregunto si esta azucarada forma de hablar la distrae o molesta, y no es así: “No, eso me gusta. Es más, me sacaría de onda que dijeran ‘tetas’, ‘culo’ o ‘trasero’”. Las palabras que Olivia acepta son ‘senos’ y ‘culito’.

—“O culote, claro”, se ríe.

Tiene tres reglas al mandar nudes —fotos íntimas, en inglés—. No puedo explicarlas mejor que ella:

  1. El fondo nunca debe ser algo extravagante. Lo más simple posible.
  2. Nunca muestres marcas ni joyas, peor aún tatuajes o piercings.
  3. Siempre en blanco y negro.

Siempre está atenta a que la luz sea adecuada, de acuerdo a qué quiere que se vea. “Si quiero mostrarme más misteriosa”, entonces usa el flash de su teléfono y un ambiente más oscuro. La mayoría de sus fotos son selfies. A veces, cuando practica, se toma algunas y las guarda para cuando sean necesarias. “Si me siento más bonita de lo usual”, me explica, “me grabo y de ahí tomo screenshots”.

Con la dedicación que le pone a sus nudes, siente que no hay mucha creatividad del otro lado de la pantalla. Quisiera ver brazos venosos, traseros bonitos, o abdómenes y un poco de pelvis, “pero siempre me da vergüenza pedir”. Le pregunto por qué: “Porque siento que me considerarían rara, siento que sería incómodo”, reconoce.

Los momentos de sexting de Olivia oscilan entre los mensajes y las fotos. Solo una vez inició una videollamada. No fue una experiencia tan placentera: “Ni siquiera pude mostrarme, solo se vieron mis piernas”, me cuenta. Aceptó la llamada porque “el pata estaba masturbándose y me mostró”. Luego de pensar bien la situación, aceptó. Tuvo que tener cuidado, porque no quería que su rostro o algo específico de su cuerpo, alguna marca distintiva, saliera en pantalla, pero todo terminó rápidamente.

Nunca sextea por WhatsApp. A veces lo hace por Instagram, a veces por Snapchat, una aplicación famosa por, entre muchas cosas, el sexting: las fotos enviadas por allí se eliminan unos segundos luego de ser vistas, de forma automática e irreversible. A pesar de ello, la app no es infalible: aun cuando te notifica si alguien toma una captura de pantalla a tus fotos, no hay manera de recuperarlas o evitarlo.

Me explica que otro problema de Snapchat es que anuncia si una foto enviada ha sido tomada en ese instante, lo esperado, o ha sido sacada de la galería del teléfono. Cuando sextea por medio de esta aplicación, tiene que estar en el momento, dedicarse. Allí le sirve la práctica previa, “para tener un ángulo seguro y no demorar tanto en enviar”. Le pregunto qué pasa si demora, ¿se pasa el tren?

Sí, se pierde el feeling. La rapidez no es algo que tome mucho en cuenta si está aburrida, aclara, pero si está medio caliente, se toma “al toque, para que él mande fotos también”.

La mayoría de sus nudes son en el baño. “La luz es mejor”, me explica, “hay más privacidad”. Olivia comparte cuarto con su mamá y su gata. Con la llegada del virus, su privacidad se ha limitado notablemente. No puede ‘sextear’ con ella al lado, no puede decirle Mamá, ya pues, sal, que me voy a masturbar.

Aun cuando, para Olivia, el sexting no siempre termina en masturbación, reconoce su poder: “Libera estrés. Qué impro, qué gimnasio; masturbarse es la voz”.

Años atrás, con su primer flaco, Olivia mandaba nudes de cuerpo entero. La confianza influía mucho en el asunto; se sentía segura con él. Ahora ya no hace eso. Las fotos son cerradas, de una sección específica y limitada de su cuerpo.

—¿Crees que hay algo en el sexting que varíe con la cuarentena?, le pregunto.

—Creo que la inseguridad, porque en cuarentena, al menos, no estoy haciendo tanto ejercicio y no cuido mucho de mí, por estar preocupada en otras cosas.

A veces confunde sus objetivos en el sexting; “algunas veces lo hago para mí, otras para otros”. Siente que sus nudes ya no son igual que antes. Ahora siente que se ve “menos parecida al modelo occidental de cuerpo femenino ideal”. Cuando tiene estas ideas, se sorprende a sí misma. Olivia sabe que pensar de esa forma está mal pero, aun así, a veces lo hace, “porque crecí con esa mentalidad”.

Esta cuarentena no fue la primera vez que Olivia descargó Tinder. Ya lo había hecho antes, “cuando me sentía baja de autoestima”. Al ver la aprobación de otros “varones estúpidos”, se decía a sí misma que aún tenía el poder: Aún era deseada, no había por qué estar triste. Lo mismo le sucede con sus nudes. Siente que a veces se le suben los humos momentáneamente, y siente que debe sentirse bien consigo misma para poder “enviarlos apropiadamente”.

Olivia me explica que, de todas maneras, “poco a poco se va avanzando con la autoestima”. Reconoce que los desnudos son una forma de ver los defectos propios, de observarse. Sin embargo, sabe bien que eso importa poco a la hora de mandarlos; así no es como funciona el sexting. Allí no hay realidad, uno no quiere verse tal y como se ve en el espejo.

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He descargado Tinder y Grindr. El cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos explica que, para contar una crónica, tienes que conocer de lo que hablas: “Si vas a escribir sobre Fito Páez y no has ha visto un concierto de Fito Páez, no puedes contarlo”, explica.

Bien, esto no es un concierto de Fito. No lo creo. Tinder es una pasarela, casi un portafolio sentimental. No son pocas las chicas que anotan en sus perfiles, entre canciones de The Weeknd, Ariana Grande o Paulo Londra, que están aquí por la cuarentena, que se han creado un perfil por aburrimiento. Naturalmente, no todas han descargado la aplicación buscando sexting; a mucha gente solo le gusta hablar. Conozco a S. en Badoo, otra app de citas. Le explico que estoy escribiendo una crónica sobre sexting y le pregunto si tiene alguna experiencia que contar sobre estas semanas de aislamiento. Tiene una:

“Tengo un amix con el que pasó algo entre nosotros hace uff. De la nada, en cuarentena, salió el tema: Oe, sexting, diceeeeeeees. Obviamente, el aburrimiento pudo más; entonces le dije:

—Está bien, en plan amix, ok?

—Ok.

En pleno chongueo, entre mensajes, me llamó y me dijo que ya no aguantaba más.

K pedo, en serio te estás tocando?, le dije.

Qué? Tú no?

En ese momento, escuché cómo su madre entró a su habitación y lo encontró en media paja. F por su amiguito, no llegó a venirse”.

No tengo manera alguna de comprobar si ese fue, efectivamente, el triste destino del amigo de S. Lo que puedo hacer, sin embargo, es constatar —con su permiso— que esta es la historia que ella decidió contarme a mí, un absoluto extraño que conoció ese mismo día. Yo le creo, pero su historia es importante por, precisamente, la imposibilidad de saber si es verdadera. Al fin y al cabo, ¿qué son nuestros perfiles de Tinder, Grindr, Badoo y demás redes si no pequeñas ficciones de nosotros mismos?

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La historia de S, sin edición. Glosario: F es una forma virtual de mostrar respetos ante un evento serio o trágico, similar a QEPD o RIP. FOTO: Archivo personal.

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Valentín tiene veintidós años y el año pasado conoció a P. en Valetodo Downtown. Desde ese día, mantuvo contacto con él por WhatsApp, y se vieron un par de veces a fines del 2019. Tuvo que ocurrir una pandemia para que comenzaran a hablar mucho más; “por el aburrimiento, supongo”, me explica.

Hace un par de semanas, Valentín publicó un estado calentón en WhatsApp, configurado para que “solo sus amigos con derecho pudieran verlo”. P. le respondió y comenzaron a hablar.

Ya a la 1:00 a.m., P. le dice que está tocándose. Valentín le responde tranquilo, con evasivas: “Uhm, ah, qué bien, jajaja”. Trata de ignorarlo, no está en el estado de ánimo correcto para seguirle la conversación, pero P. comienza a hacerle preguntas: hace cuánto no tenía sexo, hace cuánto no hacía tal cosa, tal otra.

Cuando P. le envió una foto desnudo, Valentín se puso “demasiado caliente”, me explica, y fue allí cuando comenzaron a mandarse nudes. La historia termina con una videollamada y fluidos misteriosos sobre el teléfono de P.

Valentín, un chico sensible y extrovertido, me cuenta sin tapujos su experiencia; su apertura y libertad para hablar son parte de su naturaleza. Influye mucho, además, que él verdaderamente se divirtió esa noche: “Fue de lo mejor”, se ríe. P. y él han quedado en tener sexo en su casa cuando todo esto termine.

Durante la cuarentena, conversa con otros jóvenes en Grindr. También frecuenta páginas de webcam en las que chicos y chicas, peruanos o de cualquier parte del mundo, “enseñan cómo vinieron al mundo”. Allí Valentín se gana con todos, en el pequeño placer voyeurista de entrar a una habitación digital ajena. Pero de estas páginas no hablaremos más.

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Grindr es un universo distinto, un antro oscuro y nocturno, habitado, más que nada, por perfiles furtivos. Algunos no tienen nombre, algunos no tienen fotografía. Me creo una cuenta y soy uno entre ellos. Me escondo detrás de una inicial aleatoria y no coloco una foto en mi perfil.

En una rejilla de imágenes parecida a las ventanas de un edificio infinito, emergen torsos desnudos, algunos brazos y algunas piernas. También aparecen rostros, una sonrisa, un guiño, pero no son mayoría. Algunos hombres le hablan a mi perfil vacío, cuidadosos como aquellos que le hablan a Olivia. Otros envían fotos desnudos. La pura expectativa de que alguien, al otro lado, te mire, reconozca que existes, parece ser emocionante.

En Grindr no hay un filtro, no existen matches; cualquiera puede hablarte. Luego de responder saludos, y de conversar un par de minutos, decepciono a los que están al otro lado: les explico que no les enviaré ninguna foto mía, menos aun desnudo. No todos pueden permitirse las idas y vueltas de su cuerpo pixelado.

Algunos solo se van, en silencio, y otros me dicen que no entiendo cómo funciona la aplicación. Le pregunto a unos pocos, insatisfechos pero insistentes, si todas sus conversaciones son con fotografías de antemano. Claro, es así. “No hablo con fantasmas”, me dice uno de ellos.

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Hace cuatro años, Andrea sexteó por primera vez con un chico de su universidad. Él le había hablado por Instagram, sin conocerla en persona.

Fue el peor error de su vida, dice ella. El chico mostró sus conversaciones a sus amigos, y muchos comenzaron a hablarle de golpe, de forma muy sugerente. No tuvo fuerzas para “hacer escándalo”, tuvo vergüenza de hacer pública la situación, así que solo le dijo que no le volviera a hablar más.

Desde ese momento, les dice a sus amigas que tengan mucho cuidado cuando le cuentan que tienen sexting con chicos desconocidos. El miedo a ser expuestas es algo constante entre las mujeres que sextean; un miedo que también comparte Olivia. Es una de las razones por las que tiene mucho cuidado al tomarse fotos. Me explica que, a diferencia de los hombres, es más probable que reconozcan un rostro por una foto de senos, “porque sale un poco más de tu busto o tu cuello”.

Luego de esa primera “experiencia de mierda”, a Andrea le costó retomar la confianza para sextear. Su enamorado sabe lo que ocurrió. Llevan tres años juntos y entendía su temor. Quizá por eso se sorprendió cuando, habiendo pasado un mes de cuarentena, ella le envió este mensaje:

— E L  M O M E N T O  H A  L L E G A D O

Fue así, con esas palabras y ese espaciado. Ya era hora. Él, claro, no entendió de qué hablaba. “Le expliqué y se quedó cojudo. Me preguntó mil veces si estaba segura” de tener sexting, y luego le repitió mil veces más que si estaba incómoda, tenían que parar.

Pero todo fue divertido. Llegar a perderle miedo al sexting, “fue reconfortante”, me explica. Ahora puede explorar más este espacio, cuando antes no había tenido la confianza para seguir haciéndolo. Cree que continuará sexteando con su flaco aun cuando la cuarentena acabe.

Andrea, de veintiún años, siempre ha sido bastante segura de su cuerpo; no cree tener problemas al mostrarse al otro. Me reitera que el temor, para ella, radica en que la privacidad de esos momentos, de esos mensajes y fotos, se quiebre. De todas maneras, reconoce que es importante sentirse cómoda con el cuerpo propio para poder tomarte y mandar fotos. Siente que, entre su grupo de amigas, “todas hemos tenido un subidón de autoestima”, y han comenzado a tomarse nudes hermosos para sí mismas.

Así como Olivia me explicó, Andrea rescata que se siente bien que otra persona también reafirme este sentimiento. Es reconfortante saber que “no solo yo me veo bien y sexy, sino que hay alguien más confirmándolo”. En su caso, obviamente, esto ocurre porque sextea con su pareja; “definitivamente deseo hay”.

Sextean de noche. “No tengo idea de por qué”, me dice, porque normalmente, antes del virus, no tenían un horario específico para tener sexo. Menos mal no tiene que ir a su baño en busca de privacidad, ni tiene que sentir miedo de demorarse allí dentro y que alguien la apure. Solo cierra la puerta de su habitación con llave y todos tranquilos.

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Le pregunto a Andrea si pondría a los nudes que se toma en la misma categoría que la pornografía. Ella, que está totalmente en contra del porno, los separaría: No pretende “lucrar con sus nudes, ni ser un objeto, sino satisfacer un deseo que nace en el momento”. Es su decisión compartirlos, “es algo que yo misma elijo”, aclara.

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Mandamientos de oro. FOTO: Archivo personal.

Además de las reglas que Olivia se puso a sí misma, hay varios consejos que deberías considerar si sueles tener sexting, estás considerando hacerlo mientras lees este texto, o eres un padre de familia o educador. Por favor, revisa estos enlaces con información divertida y muy importante:

Guía básica para los dick-pics (Spoiler: No los envíes sin permiso)

¿Has decidido hacer sexting? – Decálogo para sextear con menos riesgos

SEND NUDES con consentimiento, privacidad y seguridad

Muchas personas, muchos jóvenes, comienzan a explorar cada vez más las posibilidades que brinda internet, motivados por su curiosidad y confinadas pasiones.

El sexting es real. Sucede. La gente busca sexo por internet, también los jóvenes, y no vale la pena espantarnos u ocultarlo. No es tan importante preguntarnos por qué ocurre, porque la respuesta no es muy difícil: el sexting es una manifestación del deseo humano, una búsqueda incesante de comunicación y contacto. Los humanos queremos ser escuchados, vistos, sentidos.

En medio de una pandemia, desnudarse frente a una cámara también se convierte en un pequeño acto de rebeldía; es uno de los pocos riesgos que se pueden cometer desde casa. No debería sorprender que la cantidad de personas que practican sexting crezca conforme se extiende la cuarentena. Tener sexting es una respuesta entendible frente la sensación constante de soledad, ansiedad e incertidumbre que atraviesa a todos.

En un artículo para el New York Times, la educadora y escritora Shafia Zaloom explica que las preguntas que debemos hacernos ante el sexting, más allá del por qué, son qué ocurre y cómo ocurre. ¿Qué clase de relaciones establecen las personas, adultas y jóvenes, en internet? ¿Qué inseguridades y riesgos existen? ¿Cómo afrontan sus temores e intrigas?

Es importante hablar de sexting: enseñar que, si ocurre, debe ser consensuado, consciente y legal. Definitivamente, es clave educar a los jóvenes sobre los riesgos del sexting, sobre las posibles implicancias que puede tener. Sin embargo, aun más importante es enseñar a no presionar, a no insistir; enseñar, principalmente a los hombres, a respetar los derechos y las libertades de sus parejas para decidir si tener sexting o no, para mantener la privacidad, para hacerlo en tranquilidad y seguridad.

Converso con Valeria Vicente, representante de Sin Tabúes, una organización de la PUCP orientada a promover la educación sexual integral en colegios. Me explica que es particularmente valioso hablar de sexualidad en tiempos de COVID-19, cuando problemas como el ciberbullying, el acoso virtual y la difusión de imágenes íntimas son problemas cada vez más frecuentes.

Me comenta que educar sobre sexualidad implica entender temas como la importancia del consentimiento o el respeto a la diversidad: “El contexto actual nos plantea nuevos desafíos: la amistad, las relaciones de pareja, la educación, la vida en general se ha virtualizado. Estamos en proceso de adaptarnos a esta realidad”, aclara Valeria, “y los límites que existen en la vida real también deben ser aplicados en la vida virtual”.

Es necesario conversar sobre sexualidad, es importante escribir y leer sobre ella. Sigamos.

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Para M. y Z., la distancia no es un problema; es más, siempre ha sido parte de su relación. Comenzaron a hablar cuando él, M., se encontraba en Estados Unidos bajo el programa de Work & Travel. Se habían visto antes, tenían amigos en común, pero no se habían dirigido la palabra.

Llevan un año y tres meses juntos desde entonces. Converso por teléfono con ambos al mismo tiempo. Se turnan para hablar: “¿Quién contesta? ¿Tú primero? ¿Yo?”. Les pregunto si, dada la naturaleza de su relación, han sabido acostumbrarse a estar lejos ahora.

Me responden que la separación era habitual. Algunas temporadas, por vacaciones, uno solía encontrarse lejos, de viaje en el interior del país. A pesar de esto, M. me explica que el corte abrupto que la pandemia provocó en su relación se notó.

M., de veintidós años, cree que toda esta situación ha sido más fácil para él que para Z., de veintitrés. Luego se lo dice directamente a ella: “Creo que yo lo puedo gestionar mejor que tú”. Z. no lo niega. Le dolió que la cuarentena comenzara pocos días antes de su aniversario. No pudieron pasar el día juntos. Esperaban, también, verse más a menudo cuando las clases universitarias comenzaran.

Extrañan el tiempo compartido y, naturalmente, también el sexo. Al conocerse, se dieron cuenta de que ambos eran personas “muy sexuales”. Un mes después de sus primeros mensajes, en el verano del año pasado, surgieron las “conversaciones calentonas” a distancia, me explica M. Sucedió de forma natural, así como suele ser hoy: con ambos confinados en sus casas. Nunca hubo horarios ni días específicos, pueden pasar varias noches sin que tengan “ese tipo de contacto”.

En buena medida, su limitado contacto ocurre porque, así como Olivia, Z. no cuenta con una habitación propia. Para sextear tiene que buscar un espacio y momento en el que su hermana menor no esté presente; misión que es incluso más difícil en cuarentena.

Otras veces, reconoce M., los momentos de sexting pueden ocurrir de forma más consciente. “Siento que a veces puedo provocarlo un poquito”, me explica. Luego de escucharlo en silencio un rato, Z. suelta una risita. A M. le parece que es complicado pedir sexting, o pedir algo específico; una zona, una pose. Por momentos se siente raro o tosco.

Cuando el momento llega, ambos pueden fluir o pueden sobrepensarlo todo. Depende de sus estados de ánimos o del tiempo con el que cuentan. Aun así, cualquier tensión previa se disipa un poco, al menos para él: “Yo a veces tengo poca vergüenza”, me dice M. Quizá es más difícil para Z, que me explica que “antes de que estuviéramos juntos, yo era un poco más atrevida”. Ahora, a veces, se siente tímida. Le causa problemas tomarse fotos de cuerpo entero; no encuentra el ángulo correcto y no puede pedirle a nadie que le tome la foto.

“No puedo tomártela yo”, le dice M., riendo.

En la distancia, M. y Z. no pueden saber si al otro le gusta o no los mensajes enviados. La intuición entra en el juego. Asumen gustos a partir de las respuestas, del entusiasmo en ellas. Leen los mensajes del otro y su voz suena en sus cabezas. La confianza que se tienen los tranquiliza.

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En el sexting, además de los textos, las fotos y los eventuales videos, a M. y Z. les funciona enviarse GIFs. Les gusta, es divertido e inusual. También probaron con stickers de WhatsApp, pero eso sí han dejado atrás.

Sin embargo, aun cuando todo puede parecer divertido, algunas dudas inconscientes asoman cada cierto tiempo. ¿Cuándo se vuelven insuficientes los textos y las fotos? ¿Cuándo el cuerpo necesita más? Son preguntas que el reggaeton ya se ha hecho. Plan B, entre muchos otros ejemplos, se planteó el tema en “Fanática sensual”, un tema del año 2014:

Y eso que solo [tiene] una foto mía…
¿Qué pasará cuando nos encontremos?

“Veremos lo que pasa cuando me tenga de frente”, dicen los cantantes de Plan B, pero hoy esa idea no es posible; el coronavirus ha cancelado todas las visitas, ha suspendido indefinidamente el sistema del tacto. Vale aclarar que la dificultad del amor a la distancia no es una cuestión que solo el reggaeton ha atendido. Incluso el más despistado salsero reconocerá rápidamente esta estrofa:

Por teléfono no,
no, no, no.
No, qué va,
ven, pa acá.

“Lo que yo quiero contigo, por teléfono no puede ser”, canta la Orquesta Dan Den de Cuba más tarde en la canción “Por teléfono, no”. Definen bien la sensación que atraviesan M. y Z. en cuarentena, y que también comparte Andrea. Cuando les pregunto a todos si el sexting puede ser un reemplazo del sexo, son claros al decirme que no. Aun cuando M. y Z. reconocen que el sexting ayuda a veces, Andrea contesta en mayúsculas: NO es lo mismo. Lo hace dos veces: NO.

¿Qué falta? El contacto físico con el otro, claro, pero también todo lo que gira en torno a ello. Z. extraña pasar el tiempo junto a M. después de… De eso.

Olivia es más frontal para explicarme esto: se extraña “todo lo pre y el post. En lo pre está la emoción de saber que vas a kchar, el jugueteo, el foreplay”. Luego extraña “estar acostados un rato, bañarnos, reírnos. Un besito aquí, un besito allá”. Descansar un rato junto a la otra persona y luego ir a comer.

Todo eso se ha perdido. “Yo quiero el paquete completo”, me dice.

“Una cosa es que te digan algo piknte por mensaje”, me explica Andrea, “y otra es que te lo digan a la cara”. Es una sensación distinta, hace falta un nivel de verdad, también de intensidad. Es por esto que prefiere tener videollamadas con su enamorado, puede verlo frente a ella. “No hay filtro que mejore una videollamada, similar al sexo. No hay filtro que te quite las imperfecciones cuando estás ahí, calata frente a alguien”, asegura.

No tiene videollamadas seguido, sin embargo, porque su departamento es pequeño, y si habla fuerte se escucha. Entonces se conforma con escribir y mandar fotos, a veces videos, que toma con la cámara de su celular roto.

Se toma solo una foto, y esa es la que manda. Para ella es tan fácil como “pararse frente del espejo y tomar una foto, o poner temporizador y ya”. Reconoce que esto le funciona porque tiene flaco. No se matan del esfuerzo por mostrar su lado más sensual, ni intentan ocultar sus inseguridades. Ya conocen “básicamente todo lo que hay que conocer” sobre el cuerpo del otro.

—¿Para qué quiero yo que me mande una foto en la que su pene se ve gigantisísisisimo, descomunal, si ya se lo he visto un millón de veces? ¿Por qué le enviaría yo una foto en la que presione hasta los rollitos de la espalda para que parezca que tengo tetas, cuando en la vida real no es así?

***

Olivia ya dejó el sexting. Chateó con varias personas durante las semanas que tuvo Tinder descargado y ya no habla con ninguno. Esas conversaciones, muy intensas por momentos, no duraban más de un día; luego ambos dejaban de hablar, o los ignoraba. Tinder fue una solución personal para momentos de soledad; “algo es algo”, dice.

Nunca sintió que el sexting pudiera parecerse al sexo, “porque nunca me terminaba de llenar, de satisfacer”. Se cansó de repetir siempre la misma dinámica, “siempre lo mismo”: un saludo, una insinuación, un calateo. Poco a poco, pierde sentido.

Pero quién sabe, quizás “en uno o dos meses” su cuerpo le pida un necesario retorno a las andadas.

***

Durante los días que escribo este texto, leo noticias desoladoras; injusticias, dolores y despedidas abruptas. Por momentos, pierdo esperanza de que haya algo importante que decir sobre el amor por el teléfono hoy, cuando el mundo está de cabeza. Buscando algo de lo que aferrarme, acudo a mis entrevistados con una misma pregunta:

¿No te parece extraño sentirte sexy o caliente cuando todos los días hay tanta pena en el mundo?

Demoran en responder; escucho el silencio al otro lado de la llamada. Luego de un momento, los cinco me contestan de manera similar.

Andrea me dice que no se había puesto a pensar en eso. No le parece raro; ella y su pareja llevan juntos tres años y, antes de que comience la pandemia, estaban acostumbrados a tener relaciones seguido. Sería incómodo, claro, hablar de sexting si un pariente o conocido estuviese en estado grave, pero felizmente no es así. Al no haberse visto por “taaaanto tiempo”, cree que es natural sentir deseo. Valentín también piensa así; le parece “lo más normal del mundo”, aun cuando reconoce que tiene la suerte de estar bien.

Como forma de autodefensa, Olivia trata de no pensar mucho en la situación de afuera, porque le trae más cólera que tristeza. “Sí, estoy consciente de que la gente sufre”, me explica, “pero lamentablemente no puedo ayudar a los demás, aunque quiera. Entonces trato de concentrarme en mí y en mi familia. Puede sonar un poco egoísta, pero, en estas épocas, trato de mejorar yo primero para poder más adelante ayudar a los demás”.

M. tampoco lo había pensado antes, pero Z. sí. Me explica que se siente egoísta cuando quiere salir a verlo, porque sabe que no puede, pero hablando con él, tratando de estar con él, se siente tranquila. Piensa en el dolor, pero reconoce también que “todos estamos extrañando a alguien, todos estamos queriendo a alguien. Pasa todo al mismo tiempo, y no creo que alguien se molestaría con nosotros por extrañarnos”.

Sus palabras me dan aliento para terminar de escribir esta crónica. Me ayudan a ver, de nuevo, que hay belleza en la obscenidad de sus mensajes de texto, en la vulnerabilidad de sus desnudos y gemidos confinados. En sus infinitas búsquedas de contacto siempre hubo vida.

***

Es una de las últimas tardes de mayo. Mientras corrijo el texto, recibo una notificación de Grindr. Un chico limeño comienza a hablarle a mi perfil vacío, tiene una foto de su torso desnudo en el suyo. Rápidamente, hace una declaración de intenciones: busca sexo. Sexo sexo. Le aclaro que yo no, y le pregunto si no le importa la cuarentena; me responde que el toque de queda recién comienza a las nueve de la noche. Le digo que no creo que alguien se arriesgue a contagiarse de coronavirus por sexo pero, por si acaso, le pregunto si alguien ya ha ido a verlo estos días. No, nadie ha ido. De todas maneras, no puede hacer nada. El chico ha sido operado de emergencia hace unos días, así que no puede haber acción.

Me río y le digo que una pandemia es el peor momento para enfermarse. Me cuenta que está mejor ahora, que menos mal la cuarentena lo deja descansar. Le pregunto si no lo puso ansioso ir a un hospital en estos días extraños y me dice que no, que primero es la salud.

Entonces le pregunto si no le da miedo el virus. “No”, me responde, “tampoco la muerte”.

El chico sin rostro, el chico que busca sexo en medio de una pandemia, cantaría al ritmo de DJ Flower: Dame contacto, dame contacto. Me dice que miedo hay que tenerle a otras cosas. Le pregunto a cuáles, pero ya no quiere contestar. Como los demás, también se ha aburrido de escribirle a un perfil anónimo, así que me despido.

Lo entiendo. A nadie le gusta hablar con un fantasma.

Una conversación franca y sincera con un anónimo. FOTO: Archivo personal.