Pese al agitado ritmo que le demanda dirigir TV Perú, TV Perú Noticias, TV Perú Internacional, Canal IPe, Radio Nacional y Radio La Crónica, Coya no se ha alejado de lo que le apasiona: escribir historias desde el periodismo. Está terminando una nueva novela, y esta vez de ficción. Por primera vez, asumirá el reto de escribir recreando escenas. Aunque le está costando, Hugo siempre termina encontrando tiempo para escribir.

Por Alexandra Ampuero

Termina de dar unas indicaciones a Ruth, su secretaria, y entra a la sala donde suele conceder entrevistas o encabezar reuniones. Me pide que cambie de lugar para que él pueda estar cerca a los teléfonos, por si cualquier imprevisto surge y tiene que atender una llamada urgente. Con Hugo Coya nunca se sabe, el tiempo que tiene libre puede variar según la agenda del país. Desde que tiene a su cargo la Presidencia del Instituto de Radio y Televisión del Perú (IRTP), vive a mil por hora, entre viajes, reuniones y conferencias.

En los últimos nueve años, Hugo ha publicado seis libros. Cinco de ellos tienen como base la investigación periodística. La prensa lo ha formado para ir a la yugular. “Se pueden decir cosas muy profundas con palabras muy simples”. No quiere hacer gala de su sapiencia o sorprender con su léxico. Ha renunciado a palabras con muchas sílabas que, a la larga, terminarán provocando el alejamiento del lector. “Yo quiero que la fuerza de los hechos pese sobre mi riqueza intelectual”.

En la mayoría de sus libros, los párrafos no superan las cinco líneas. Para él es raro escribir de otra forma. “Es por la formación o ‘deformación’ periodística”. Su paso por la agencia de noticias estadounidense United Press International, para la que trabajó durante seis años, es responsable de ello. “Me acostumbró a escribir de manera telegráfica, los párrafos eran independientes y cada idea se entendía por sí sola, lo conocido como ‘pirámide invertida’”.

A esa experiencia se suma su paso por casi todos los canales de televisión peruanos, ya sea como reportero o productor. Coya recuerda que, gracias a la televisión, piensa en imágenes cuando escribe. Quizá esa es la clave para que sus libros sean tan bien acogidos por el público. No hay ni uno de sus textos que no haya sido un éxito comercial.

‘Estación Final’ empezó con una pregunta que podría parecer obvia: “¿Hubo peruanos en el holocausto?”.  Estaba recorriendo el campo de concentración de Auschwitz, en Polonia. Finalizado el tour, se lo preguntó al guía. En los registros encontró que fueron 21 peruanos quienes habían muerto en ese lugar. En Lima, consultó a historiadores y no encontró referencias sobre aquellas víctimas. Saber que nadie ha escrito sobre un tema le funciona como resorte para empezar a investigar. En este caso, incluso, hasta por cinco años.

Con ese libro empieza su faceta como escritor de no ficción. Hoy en día, ese tipo de literatura es casi un boom, pero en aquel tiempo no se estilaba (tanto). Si bien Gustavo Gorriti, con ‘Sendero’, o Ricardo Uceda, con ‘Muerte en el pentagonito’, habían emprendido proyectos editoriales, Coya pensaba que los periodistas solo podían ser reporteros y escribir unas cuantas notas, unas cuantas columnas.

En un café, Coya, por ese entonces productor general de prensa de América Televisión, le comentó a Gorriti que tenía unos cuantos documentos que alguna hemeroteca o sinagoga judía podía valorar. Quería que le recomiende alguna. Gorriti, buen amigo suyo, le dijo con un tono altisonante: “Has trabajado cinco años para conseguir esta información. Yo que tú escribiría un libro”.

“Pero, ¿quién lo va a querer publicar? ¡Si a mí nadie me conoce!”. Hasta que un buen día esa idea le dejó de sonar tan descabellada y se citó con la editora de Santillana, Mercedes Gonzales. A ella le gustó la idea y se firmó un contrato “solo por quinientos ejemplares”. Luego de que su ex alumna, Rebeca Waisman, publicó un reportaje de ocho páginas en Caretas sobre el debut literario de Coya, la editorial Santillana recibiría la orden de imprimir ya no quinientos, sino mil ejemplares, algo inusual en un escritor novato. Esa primera edición se agotó en tres semanas y es considerado un long seller por el que hoy, nueve años después, sigue recibiendo regalías.

Escribir le fascina. Si la industria editorial peruana estuviera más desarrollada, pensaría en dejarlo todo y vivir de aquello con lo que se siente realizado. “Me paso días, semanas, meses y años investigando, aprendo y me divierto. Encuentro en mis libros la constatación de cuán ignorante soy”.

Foto: USI.

La práctica del periodismo lo ha llevado a vivir la historia del Perú contemporáneo en primera fila. Pero a veces la encuentra incompleta, y de ahí también nacen su energía y su curiosidad. Sin emanar arrogancia, admite que pretende escribir algunas páginas en blanco de la historia de su país.

Recuerda que siempre le gustó la historia. Fue su curso favorito en el colegio. Cursó la secundaria en colegio nacional ‘Nuestra Señora de Guadalupe’, en el Centro de Lima, cuando aún se postulaba para ingresar. La promoción de 1977, la más numerosa hasta ese entonces en la historia del plantel escolar, lo nombró su presidente en cuarto de media. Ese cargo lo mantiene hasta el día de hoy.

Desde ahí se vislumbraban las habilidades de Hugo Coya para gestionar grandes proyectos y grupos de personas. En el IRTP dirige a más de mil quinientos trabajadores. No está tan pendiente de las noticias porque, de ser así, sería incapaz de gestionar y representar a todo el instituto. Desde la administración hasta el área contable, pasando por la de recursos humanos: todos los lunes, por la mañana, se reúne con el equipo de gerentes para mantener a flote los contenidos de calidad. Un esfuerzo difícil de ignorar: la señal de TV Perú se diferencia del resto de canales. Por fin la televisión pública está a la altura del ciudadano del siglo XXI.

Se jacta de una ventaja: tiene treintaitrés años como periodista y ha trabajado en la mayoría de canales de televisión. “A mí no me cuentan un cuento. Si bien mi puesto es una designación política, es también un puesto técnico”. Con los ingenieros del canal discute sobre amplitud modulada, cobertura, señales satelitales… Y todo aquello lo conoce porque lo ha experimentado. “Cuando hablo con los técnicos, ellos saben que sé de qué estamos hablando”.

Ser parte del equipo pionero de CNN en Español, en Atlanta, lo instruyó en esos aspectos. Cuando regresó al Perú, descubrió que la televisión peruana estaba varios pasos atrás. Sin embargo, ahí estaba él, para proponer cosas que la gerencia no entendía pero que resultaban bien recibidas por el público. Formó un noticiero que tenía como intro música de los Pet Shop Boys. “Este está loco”, le decían mientras indicaba cómo debía ser el programa. Ese atrevimiento lo llevó a posicionarse como el número dos de las noticias matutinas, después de ‘Buenos días Perú’.

Hugo se ríe porque se da cuenta que sigue siendo Hugo, solo que en un puesto más alto. Aunque algunos trabajadores lo traten de “usted”, ellos saben que prima la confianza en el edificio de José Gálvez, en Santa Beatriz. Ese edificio ha sentido sus pasos como reportero, como productor, y ahora como Presidente Ejecutivo. Sus gritos y exigencias son mayores, pero lo son porque el puesto requiere hacer las cosas cada vez mejor.

“Lo bueno es que acá la gente tiene la camiseta bien puesta”. Se enorgullece de trabajar con un equipo compacto que es capaz de hacer horas extras cuando la coyuntura lo demanda. Sabe que él es la cara visible de todo ese trabajo y  siempre que puede merodea los pasillos del canal. Busca algo qué arreglar o algo qué aprender.

Aprender es su palabra clave.

Así impulsa largas jornadas de escritura, que pueden ser de tres horas o de todo un fin de semana. Cuando hay tiempo, cuando su agenda lo deja. Lamenta que esos espacios se hayan esfumado. Siempre tiene cosas por hacer, algún pendiente que resolver, alguna llamada que atender. Puede escribir por horas, de corrido; pero durante los próximos tres o cuatro días no escribir una sola palabra. Aprovecha (el tiempo libre de) sus viajes para ir a verificar algún asunto pendiente o para sumergirse en alguna biblioteca. Las historias que descubre lo embelesan.

Es su propio crítico antes de enviar un texto a la editorial. Termina de redactar y deja el texto reposar una o dos semanas. Luego lo lee en otra plataforma, usualmente desde un celular o un iPad. Ahí cuestiona la historia, su veracidad o si alguna información resulta insuficiente. Si una idea no le cuaja, puede borrar párrafos o páginas enteras.

“Dejo de ser el escritor y me pongo en el papel del lector”. La interacción virtual con sus lectores, escuchar sus comentarios, lo ayudan a mejorar la nueva edición o el siguiente libro. Para Hugo Coya lo más importante siempre será el receptor, por eso está presente en todas las redes sociales. Mantenerse en contacto con sus seguidores es indiscutible. Al fin y al cabo, “el lector es tu juez”.

Para algunos, escribir es una terapia, un consuelo, una necesidad, una afinidad o una pasión. Para Coya, además, esto último va de la mano con su deber periodístico: los peruanos en el holocausto, la espía peruana durante la Segunda Guerra Mundial, el mayor narcotraficante peruano, un magnate de la televisión peruana, los peruanos que acompañaron al Che Guevara. Su pasión es transformar en literatura el quehacer periodístico.

Aunque se dice que hoy son pocos los que leen, Hugo no teme refutarlos. Es más, da incesantes mensajes de esperanza frente a la juventud de ahora. La que sí lee, pero no de forma convencional. La que sí ve televisión, pero no de forma tradicional. Los nuevos formatos y las nuevas tecnologías han cambiado la forma de narrar.

Y sobre todo, ve una juventud más preocupada. “Veo que este país va para mejor cuando los chicos de San Marcos defienden la integridad de su universidad”. La ilusión por el futuro se le nota en los ojos.

En él conviven el periodista y el escritor. El gestor de la señal estatal de televisión también se presenta en las ferias de libros. Mientras Hugo Coya concreta reuniones para que TV Perú nos sorprenda con series históricas de primer nivel y transmisiones ininterrumpidas sobre los hechos más relevantes del país, prepara su siguiente libro. Él nunca se cansa del trajín, nunca se aburre de la rutina. Y es que hay quienes viven para hacer “algo”, mientras otros se desviven por ser “alguien”. Trabajando entre la imagen y la palabra, Hugo ha amalgamado ambas cualidades.