La enseñanza se sustenta en lecciones. Muchas sin duda las dan los maestros, pero creo que las mejores las recibimos de los alumnos.

Agosto de 2014, primera clase del ciclo. Faltan pocos minutos para el final, pero la discusión entre los chicos anda en automático. Debaten cómo ellos hubieran resuelto los dilemas que afrontaron otros periodistas al abordar a sus fuentes. Primera conclusión importante: los periodistas creemos que todos nuestros entrevistados conocen los riesgos de la exposición mediática y eso no es cierto.

Los chicos han reparado en que si abandonáramos el apuro por unos segundos, podríamos diferenciar aquellos casos que nos exigen ser más didácticos con las fuentes; por ejemplo, el de una madre que acaba de perder a un hijo en una inundación o el de un padre cuya hija ha desaparecido en un accidente de avión. A ambos les afectará ver fotos y tantos otros recuerdos de su ser querido en el noticiero, pero quizá les afectaría menos si antes les diéramos ideas de qué es lo que verán mañana temprano.

Uno de los chicos acaba de terminar sus prácticas en un noticiero local y dice que debemos ser realistas: entre el apuro por captar una buena imagen y el miedo a que la competencia les gane, a él le habría resultado imposible tener alguna consideración fuera de lo rutinario con las fuentes. Otro alumno que hasta ahora ha sido solo un espectador le contesta que su visión es muy conformista. Unas voces surgen para apoyarlo, otras para contradecirlo. Alguien propone hacer algo distinto: Yo creo que hay que ser idealistas para hacer periodismo. De lo contrario: ¿cómo saber cuál es la dirección correcta? Necesitamos idealismo para seguir caminando.

Guardo este recuerdo con mucho cariño y vuelvo a él con frecuencia. No importa si al principio lo que hacemos no satisface nuestras expectativas. Necesitamos de esos intentos fallidos para seguir caminando en la dirección correcta. Esa idea quedó instalada entre nosotros cuando debimos abandonar el aula.

En la PUCP descubrí el trabajo que más disfruto: la docencia en periodismo. Gracias a esta universidad he conocido a más de 100 chicos cuya meta es ser buenos reporteros. Con ellos he notado cómo el afecto es un soporte más efectivo que la sola admiración para generar aprendizajes. “Parto de unos principios muy claros, y el primer principio es que el factor que más educa es el afecto”, dijo alguna vez el maestro colombiano Javier Darío Restrepo. Y logras dar afecto solo cuando andas en tu modo más genuino, sin personajes de por medio. Con los alumnos del aula  Z-104 (donde todos los semestres se hacen las prácticas del curso Taller de Periodismo Especializado), puedo reírme de mí misma, al tiempo que generamos una buena relación editor-reportero. Saben que entre dos podemos pensar mejor una respuesta, una solución a las dudas que los envuelven durante su reportería.

A la PUCP le debo esas valiosas relaciones con los alumnos, pero también otras igual de entrañables: aquellas con mis profesores. Fue en un salón del pabellón Z donde conocí a mi querido y recordado Marco Méndez. Nunca lo hablamos, pero miro atrás y no dudo que se guiaba del mismo principio que Restrepo. Sé que si en algún momento me dolió retrasarme en la entrega de un capítulo de la tesis fue sobre todo porque me imaginaba su cara de preocupación o, peor aún, de decepción —y es que si hay algo peor que decepcionar a un ‘profe’ que admiras, es decepcionar a uno al que además le tienes mucho cariño.

Pienso también que los buenos consejos distinguen a los mejores maestros. “Luisa, necesito que te notes más en el texto, que se note más tu voz, tu opinión”, me dijo alguna vez Santiago Pedraglio, en una de nuestras conversaciones que siempre agradezco por el cariño y el buen humor que entrañan.

La PUCP es ese lugar donde descubrí  que como periodista no quería investigar los típicos casos de corrupción política, sino aquellos que afectan directamente la vida cotidiana de las personas. Esa es, para mí, una convicción, de las que más feliz me hacen y que además debo sin duda a Hildegard Willer, quien completa mi trilogía de ‘profes’. Yo tenía 22 cuando me confió las clases prácticas del curso que tiempo atrás había llevado con ella. Entonces no lo sabía, pero ese sería el mejor regalo que un ‘profe’ me haría. Desde 2014 somos partners en una búsqueda constante: cómo generar mejores aprendizajes periodísticos. Todos los ciclos pensamos en una película diferente, una ruta distinta. Si me pidieran elegir un trabajo en equipo que quisiera repetir indefinidamente no dudaría un segundo en optar por este.

Como verán, con la PUCP tengo una compleja deuda por saldar. Ando en el intento pero, mientras, no dejaré de decir: Felices 100 años.

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