Es profesor en la Facultad de Artes Escénicas e investigador del Instituto de Etnomusicología de la PUCP. Es un brasileño, suizo y peruano que estudia, canta y se jaranea con los valses nacionales de antaño. ¿Cómo y por qué llegó este académico a fascinarse con la música criolla?

Por Sebastián Velásquez Desposorio
Fotos de Jacqueline Palacios y Renato Morales

Fred Rohner, cuyo apellido es de origen suizo, es un investigador que disfruta de la música popular. La estudia, la canta y se jaranea con ella. Posee un gusto particular por los valses criollos de la Lima de fines del siglo XIX y principios del XX, periodo conocido como la Guardia Vieja. También se deleita cuando escucha música andina.

Nació en Itajubá, ciudad brasileña ubicada en Minas Gerais, al sudeste del país. “Pero fue por una casualidad del destino”, puntualiza Fred. Entonces, a fines de los setenta, su padre Walter Rohner era gerente en una curtiembre de zapatos y fue enviado a Brasil por un año. Al terminar esta estancia, cuando Fred ya había nacido, su familia se mudó a Bolivia, también por cuestiones laborales.

La familia de Fred se estableció en un pueblito de Cochabamba, una suerte de colonia donde residían empresarios y empleados de la fábrica de zapatos. En este lugar, Fred empezó su contacto con la música, gracias a su padre, quien cada vez que lo llevaba a pasear en el carro, sintonizaba música clásica y melodías del folklore argentino, chileno, boliviano y peruano.

Cuando Fred tenía cuatro años, su familia regresó a Perú. La costumbre de escuchar canciones en el auto continuó en los viajes de la capital a la sierra o a las cercanías de Ica. “Mi padre fue determinante en ese gusto por la música, y por diversos géneros. Si hay algo impresionante en él, es que un día puede estar escuchando Shostakovich y al otro una orquesta china de pop o rock”, cuenta Fred. “El carro fue como un laboratorio musical”, afirma. En el auto de su padre surgió su apetito por la música. “Y no solo el mío, el de mi hermano también. Él es músico realmente. Yo, como no soy bueno, me dediqué a investigarla”, dice riendo.

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En la familia de Fred, la música criolla estuvo muy presente. Su abuelo materno solía escucharla al mediodía, y tenía tíos que la tocaban. “Pero encontrarme con los valses criollos fue un descubrimiento más personal. Fue un gusto adquirido, que no era solo por la música, sino por Lima. Junto con un amigo, que vivía en el centro, al igual que la familia de mi padre, fui agarrando cierto gusto a caminar por sus calles”, relata Fred. Así descubrió el corazón de la capital: su arquitectura, su cultura y su arte.
Comenzó a escuchar música criolla con más detenimiento en radio San Borja, ya no solo como fondo en el almuerzo. “El otro día encontré casetes donde había grabado música criolla de la radio. Hacía lo mismo con el metal porque también me gustaba. Eran pedazos o valses completos que me llamaron la atención”.

Fred no recuerda los primeros temas que escuchó, pero “deben haber sido los clásicos de Óscar Avilés con el Zambo Cavero. Eran canciones que pasaban en la radio que, por cierto, no han variado mucho en años”.

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Desde que ingresó a la universidad a Lingüística y Literatura, en el año 1995, Fred Rohner estuvo interesado en estudiar la música popular. Sin embargo, el ambiente de la academia no era propicio. “La literatura o como se enseñaba en la PUCP no entendía que la música podía ser un fenómeno literario”. Además, cuenta Fred, había profesores que miraban por encima del hombro los fenómenos musicales.  

A fines de su etapa universitaria, y debido a su interés, Fred empezó a recopilar artículos sobre música, aunque eran pocos. Por esos años, también había ingresado a jaranear en La Capilla, una peña casera del señor Oswaldo Andrade, ubicada en una casona miraflorina cerca al zanjón de la Vía Expresa.

Cuando culminó la universidad, viajó a Europa para proseguir con sus estudios. A su regreso todo cambió. Muchas personas mayores que conoció en su etapa jaranera universitaria habían fallecido, y con ellas las letras que entonaban. Se dio cuenta de que podía investigar la música desde la literatura y, de esta manera, preservar canciones antiguas. Fue así que en 2006 se atrevió a publicar por primera vez un artículo académico sobre música en la revista de Lingüística y Literatura del Departamento de Humanidades de la PUCP.

El lingüista y escritor Luis Jaime Cisneros, con quien Fred trabajó desde fines de 1995, fue uno de los primeros en leer el artículo. “Le pareció súper interesante que estuviese viendo esos temas. Fue como un espaldarazo de mi maestro para seguir en el camino”.

Tiempo después, debido a su gusto por la historia y la jarana, se concentró en estudiar la música criolla de antaño. “Me gusta la música antigua, especialmente la del periodo que va desde fines del siglo XIX hasta la década de 1930. En general, me gusta la música popular de esa época, sobre todo del cono sur: Chile, Argentina, Bolivia y Perú. Tengo colecciones de música de estos países”.

La tesis que presentó para terminar sus estudios de doctorado en la Universidad de Rennes 2 de Francia fue precisamente sobre la Guardia Vieja. Esa investigación se ha convertido en un libro que publicó este año con el título La Guardia Vieja: el vals criollo y la formación de la ciudadanía en las clases populares (1885-1930).

INVESTIGADOR. Rohner es un asiduo visitante de la biblioteca del Instituto de Etnomusicología de la PUCP.

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Durante la semana, Rohner enseña en la Facultad de Artes Escénicas y en Estudios Generales Letras, e investiga en el Instituto de Etnomusicología. Los viernes a las cuatro de la tarde se va de jarana a la casa del maestro guitarrista Wendor Salgado, en Breña, conocida como La Catedral del Criollismo. Allí se reúnen los que añoran los valses criollos para cantarlos, acompañados de acordes de guitarra y, en ocasiones, de tragos y cigarrillos. Amelia, Un suspiro y Elisa son valses de la Guardia Vieja que Fred ha entonado en La Catedral. Sus domingos los dedica a escuchar música andina.

-¿Cómo llegó a La Catedral del Criollismo?

-Dos años después de que Wendor Salgado abrió el espacio, un amigo en común me dijo para ir. Ya conocía a Wendor de otros centros musicales, así que fui y me quedé por tres cosas: la idea de que los propios artistas graben una música que se estaba perdiendo me pareció súper interesante; había también una cuestión personal y de amistad; y por el horario de matiné de los viernes: de cuatro de la tarde a ocho de la noche. Jaranear de once de la noche a cuatro de la mañana me hubiese dejado matado para estar el sábado con mi hijo.

LA CATEDRAL. La casa del guitarrista Wendor Salgado es el punto de la reunión de los amantes de los valses criollos. FOTO: Andina

-Lo he visto en YouTube cantando en La Catedral…

-Ahora cualquiera con una cámara en el teléfono lo arruina a uno.

-Era una canción que se llama Petronila.

-Sí, he cantado esa canción. Puede ser porque un amigo me estuvo obligando. En la jarana tengo varios amigos, algunos de la universidad, como él, muy buen guitarrista, discípulo de Óscar Avilés. Se llama Sergio Salas. Le gusta cómo canto ese vals. –

LIBROS PUBLICADOS POR FRED ROHNER

1. La Guardia vieja. El vals criollo y la formación de la ciudadanía en las clases populares (1885-1930)

Investigación que explica el aporte de las clases populares en la consolidación del vals popular limeño de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX.

2. Las tradiciones musicales de Abajo del Puente. Una aproximación al universo musical del distrito del Rímac (1850-1950)

El autor analiza la escena musical tradicional del Rímac, distrito reconocido por ser uno de los bastiones de la música criolla

3. Historia secreta del Perú

Este libro desmorona mitos que se han presentado en la historia del Perú como si fueran verdades incuestionables.

Debe tener algunos temas que le guste cantar.

-En el fondo, me gusta cantar por joder, por poner algo antiguo. Hay canciones que me gustan mucho. Me gusta cantar algo que la gente no tiene en el radar. Yo aprendí versiones o canciones completas de discos antiguos y de gente mayor que ya se fue. A veces, cuando alguien está cantando una canción de una manera, yo le digo: “así no, esto es así realmente”, y la canto. Eso me gusta. Es por joder.

-En la primera edición de su libro Historia secreta del Perú, escribe que la estrofa de la canción Y se llama Perú, que dice “con P de patria, la E del esfuerzo, la R del rifle, la U de la unión”, es una cosa terrible. Puede sonar contradictorio que a un especialista en música criolla no le guste una de las canciones más populares y representativas del Perú.

-Es horrorosa. Polo Campos tiene composiciones muy hermosas y esos desaciertos. La letra me parece fea. Hay partes del discurso nacionalista de los militares de la época en este tipo de canciones. No son mis favoritas, pero puedo entenderlas. Cuando dice: “Me uniré en la tierra contigo, Perú”, yo también vibro, y eso que soy brasilero, suizo y peruano. Esa parte es muy fuerte a pesar del discurso nacionalista, que en el fondo me molesta mucho. Pero lo de “R de rifle” no lo escucho.

-La canción de Polo Campos, Contigo Perú, ha sonado en el Mundial. La cantaron en los estadios donde jugó la selección.

-Fue muy emocionante. Había gente llorando. Como dice mi amigo Carlos León en el prólogo de Historia Secreta del Perú 2, Contigo Perú se convirtió en nuestro himno. La gente no se acordaba de “en su cima los Andes sostengan”. Yo todavía canto “largo tiempo el peruano oprimido”. No me vengan a molestar con la cima de nadie, ni con el Dios de Jacob.

¿No le parece ese cambio al himno que hizo Alan García?

-Nada de lo que haga me parece. El proceso para cambiar el himno tuvo tantas cosas en el camino que no me gustan. La estrofa de largo tiempo puede ser apócrifa, pero la población la ha salvado varias veces. El peruano por algún motivo decide volver a cantarla y lo ha hecho así durante años. Debe haber sido una estrofa que cantaron nuestros héroes en la guerra con Chile. Es un cambio innecesario y tonto porque le quita a la gente lo que ha querido durante mucho tiempo.

-Volviendo a la música criolla, hoy no se habla mucho de la Guardia Vieja.

-La gente habla de lo que conoce y lo que pasan en la radio son canciones de Óscar Avilés, El Zambo Cavero, los valses de Polo Campos, por ahí Jesús Vásquez, Los Dávalos, Los hermanos Zañartu o Carmencita Lara. Sí pasan canciones de la Guardia Vieja, solo que no sabemos que pertenecen a ese periodo; por ejemplo, se escuchan a veces versiones de La pasionaria, El capulí y La alondra. El vals Rebeca que cantan Avilés y Cavero, es recontra viejo. Pero la gente no sabe y no tiene por qué saberlo.

-En el mundo académico, el estudio de la música no está bien valorado.

-A la música siempre la pensamos asociada al placer, a la diversión, a lo anecdótico, nunca se ha pensado realmente en sus posibles significados y valores. Las ciencias sociales la han estudiado, pero, en general, la han colocado en segundo nivel. Y en las humanidades, olvídate. En la PUCP era una herejía. Cuando comencé a publicar artículos sobre música, Luis Jaime Cisneros me apoyó, pero después todo el mundo me miraba con una cara de “qué cosas raras estás haciendo”.

-Las canciones criollas tienen una letra machista. Hoy grupos activistas y feministas saldrían a criticarlas…

-La música criolla, como todas las músicas populares surgidas a fines del siglo XIX y consolidadas entre 1920 y 1930, es machista: el bolero, la zamba, el huayno. Si vamos a mirar el pasado desde ideas contemporáneas, perfectamente válidas, justas e importantes, tenemos que mirar con el cuidado de quién ve algo del pasado. No digo que las letras estén bien, pero en su época tenían una mirada válida. Hoy espero que la gente no componga diciéndole a alguien: “Víbora, ese nombre te han puesto”. Pero, ¿prohibir que se cante o toque la canción? No soy amigo de eso.

-¿Está agonizando la música criolla?

-Claramente tiene menos gente que en los cincuenta, pero no creo que esté agonizando. Hoy le reclamamos mucho a la música criolla porque durante años representó a la nación. Esperamos que tenga esa misma actividad y poder, pero ya pasó su momento. Es una música que hasta hoy se compone, pero tiene presencia en espacios reducidos.

 

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