No sabe si definirse a sí mismo como dibujante, ilustrador, diseñador o comunicador, pero lo cierto es que el caso de Fito Espinosa es excepcional. Si bien se desarrolló profesionalmente en el ámbito del arte limeño más tradicional, a lo largo de su carrera ha diseñado cafeteras para Nescafé y zapatillas para Reebok, ha pintado automóviles en motorshows y ha improvisado en vivo durante obras de teatro para niños. Deambulando entre el mundillo de las galerías y el arte de ambiciones abiertamente comerciales, a Fito se le puede describir como un hombre dividido, título que, no por coincidencia, le da nombre a una de sus obras.

El pelo cano de Fito Espinosa es inversamente proporcional a su personalidad jovial y risueña. Su manera de expresarse suele incurrir en jerga informal y no tiene problema en soltar de vez en cuando alguna lisura. Es flaco, alto, de porte esbelto y elegante. Hasta cierto punto, lo rodea un aura femenina, similar a la sensibilidad que quiere plasmar en sus obras. De hecho, el espacio de su galería en Miraflores donde recibe al entrevistador está lleno de cuadros suyos que representan solo a mujeres. Su estudio llama la atención por lo sorprendentemente ordenado que se encuentra para un artista.

Fito Espinosa, 49 años y tres hijos, tiene una trayectoria que generaría envidia en más de uno. Se graduó de la Facultad de Arte de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) en 1994 con el primer puesto de su promoción, y desde entonces ha sido merecedor de numerosos premios y reconocimientos. En el 2010 publicó la primera edición de su libro ‘El mundo invisible’, una serie de ilustraciones que representan el máximo exponente de su estilo: imágenes oníricas y fantasiosas, de colores pasteles, y sus famosos personajes de ojos grandes y adorables que provocan un ‘awwww’ como expresión de ternura entre el público.

‘El Camino’. El Mundo Invisible, 2010.

Pero Fito no siempre tuvo tan claro que la ilustración era lo suyo. Durante su infancia, pasaba sus ratos de ocio desarmando y armando juguetes de Lego. No fue hasta la pubertad que su vida cambió. A su profesor de dibujo técnico se le ocurrió hacer que la clase comprase estilógrafos y tinta china.

-Me pareció maravilloso. Dije ‘¡¿qué es esto?!’. Creo que es la única clase del colegio que puedo recordar- rememora entre una mezcla de nostalgia y risas.

Aquella experiencia significó un punto de inflexión para el entonces joven estudiante. Su interés en el dibujo se disparó a la velocidad del cohete y a los 15 años ya copiaba todo lo que sus ojos veían: ilustraciones de revistas, publicidad o portadas de discos. Con la ingenuidad propia de un adolescente, asumió que de eso se trataba el diseño gráfico, y al siguiente año un precoz Fito pisaba las aulas de la Facultad de Arte de la PUCP.

La especialidad lo decepcionó. Fito quería crear sus dibujos desde la creatividad de su subconsciente y no por encargo. Con todo, aguantó con apremio los dos primeros años, hasta que en la recta final no pudo más y decidió cambiarse de diseño gráfico a pintura.

-Obviamente vino un drama porque mi viejo no quería pagarme la universidad. Él ni entendía qué diablos era pintura.

Fito se crió en Bellavista, Callao, en lo que describe como “una familia de clase media baja”. Su padre estaba receloso de que estudiase una carrera aún considerada por muchos como privilegio de ricos. Al final, el artista consiguió un préstamo del Banco Continental y así logró conseguir el título.

Ya en sus primeros pasos, Fito destacaba como un joven prodigio en la escena local artística. Su serie ‘Una coraza para el desierto’, compuesta por varias pinturas de óleo que a través de claroscuros retrataban a personajes tortuosos, se expuso en una prestigiosa galería limeña, y en 1997 obtuvo una beca para ir a París. Pero el estilo del artista en ese entonces era muy diferente al que hoy lo caracteriza.

‘Recostado sobre la noche’. Una coraza para el desierto, 1995.

Francia significó para Fito una suerte de crisis vocacional. Derrumbó todo lo que él daba por hecho en el arte, todos los cánones que había aprendido en su formación. En el país galo, la pintura tradicional era algo del pasado. La moda era el videoarte e innovaciones similares. A su retorno al Perú, el joven artista se encontró ante una disyuntiva.

-O negaba todo lo que había estudiado y me ponía a hacer videoarte, o me ponía a hacer lo que realmente se me daba la gana.

Él optó por la segunda opción. Y es que el estilo increíblemente distintivo y personal de Fito ya asomaba tímidamente desde que estudiaba Pintura en la PUCP, pero sus mentores lo habían reprimido. Le habían dicho cosas como “eso no es pintura” o “eso es cualquier huevada”. Es en ese contexto de indecisión que nace ‘El hombre dividido’ (2000), una serie que encarna a una persona fragmentada en dos.

-No sabía qué pintar. Estaba entre pintar como lo hacía antes o pintar como lo hago ahora. No sabía cómo resolverlo y al final pinté lo que me estaba sucediendo, todas esas ideas contradictorias- explica el artista sobre la obra.

‘El hombre dividido’. El hombre dividido, 2000.

Fito tenía miedo. Miedo de qué si variaba radicalmente de estilo ya no iba a poder sobrevivir de su arte. Si iba a cambiar, tenía que ser un cambio espectacular, que provocase el asombro para bien del público. “Yo sentía que el nuevo lenguaje era más juvenil. Me preguntaba ‘¿y ahora quién me va a comprar, si los jóvenes no tienen plata?’, cuenta Fito entre risas. Poco a poco se fue atreviendo.

En 2004, el artista estrenó ‘Mecanix’, un conjunto de ilustraciones en donde ya se reconoce la estética que ahora lo distingue. En ellas Fito, ironiza sobre el pesimismo con que la sociedad del siglo XXI mira a las máquinas, representando a sofisticados aparatos que logran hazañas imposibles.

-“A partir de los noventa y el siglo XXI, creo que todas las películas han girado en torno a la idea de que ‘las maquinas nos van a destruir’”-dice Fito, quien afirma que siempre mira las cosas malas para reírse de ellas. Su objetivo con ‘Mecanix’ era “recordar la época en que las máquinas eran vistas como algo bueno”.

Y así fue como el artista fue forjando su sello personal. Un sello que es ahora anhelado por empresas, galerías y ciudadanos comunes y corrientes.

-“Han venido a buscarme para decirme ‘Fito, estoy a punto de divorciarme, tienes que salvarme’. Una vez vino a verme una señora que estaba con cáncer terminal y me dijo ‘solo quiero tener ocho grabados ahí en mi pared y mirarlos hasta morirme’.”

Para él, lo más gratificante es cuando alguien le dice que se ha sentido identificado o se ha visto retratado en una de sus obras. Un día, Salvador del Solar, conocido actor y hasta hace unos meses Primer Ministro, fue a su galería y se quedó absorto con la obra “El hombre incompleto”. Luego le diría al artista “Fito, ese soy yo”. Como del Solar hay muchos.

Pero hubo un tiempo en el que el éxito de su nueva estética no fue suficiente. Es bien sabido que ser artista es un oficio voluble, y la hija de Fito acababa de nacer. Necesitaba un trabajo estable y así es como surgió la docencia: durante los años 2003 a 2008, fue profesor en la Facultad de Diseño Gráfico en la Universidad San Ignacio de Loyola (USIL).

Aunque ya ha pasado más de una década desde que dejó de dictar clases en esa universidad, la huella de Fito permanece allí hasta hoy. Junto a un colega, idearon el curso de Ilustración Avanzada, un espacio para que los estudiantes aprendiesen que el soporte digital puede –y debe- trabajar en conjunto con el soporte físico.

– “Como era una facultad nueva, ellos estaban abiertos a lo que yo les propusiera”-dice el ilustrador. Su ventaja fue ser el único artista en un entramado de diseñadores.

‘Artefacto elevador del ánimo’. Mecanix, 2004.

Fito baja la voz -como si estuviese contando un secreto- cuando explica por qué jamás dictó en la PUCP, su alma máter. No quería volver a un lugar en el que se iba a sentir como un estudiante eterno, con profesores tratándolo aún como a un alumno. Dice que en la Católica no hubiese tenido la libertad que tuvo en la USIL: se hubiese quedado preso de ataduras dogmáticas.

Algo que ha marcado la vida de Fito es el hecho de haber estado rodeado siempre por mujeres. Quizá, el haber crecido al lado de cuatro hermanas explica su predilección por retratar personajes femeninos en su obra. Para él, lo femenino es aquello que no se deja ver, que se oculta. El mundo invisible. Y es también por eso que prefiere pintar a gatos antes que a perros.

-El gato es femenino. Más bien al perro yo lo siento muy masculino. Muy como pa’ fuera. Siempre haciéndose notar.

Un día de 2007, allá por la fiebre de los blogs, una agencia de publicidad contactó a Fito por las fotos de unos cuadros que había posteado. Fue así que conoció a su actual esposa, María Paz, una publicista. Es a ella a quien le atribuye, en parte, el porqué de su éxito comercial. Mientras él se encarga del lado artístico, María Paz ve todo lo relacionado al marketing. A su manera, ambos son creativos.

-Nos complementamos. Ella me dice ‘hay que hacer cuadernos para Navidad, nunca lo hemos hecho’ e inmediatamente ya está averiguando quién lo puede hacer, dónde hacen eso, el tema de los papeles.

La posición que tiene Fito como artista es única: no se le puede etiquetar de artista urbano o callejero, pero lleva tiempo alejado de trabajar exclusivamente con galeristas. Su sueño es masificar el arte. Es por eso que no le hace ascos a las propuestas comerciales, no importa si se trata de diseñar cafeteras para Nescafé o zapatillas para Reebok.  Con ello lo que busca es ‘abrir la cancha’.

En 2013, el artista ilustró unas Reebok clásicas para un concurso lanzado por la compañía.

-“Todo el mundo puede comprar una cafetera en Saga Falabella. Entonces, ahí es que la gente se pregunta ‘qué es esto, esto es arte, de quién es, ah, es Fito, quién es Fito, es un artista’, y comienzan a interesarse en arte- comenta. De presentarse la oportunidad, Fito tendría un programa de televisión.

Su nueva aventura ha sido diseñar para los vagones del lujoso tren Hiram Bingham, el mismo que transporta miles de turistas gringos a Machu Picchu. En el futuro, le gustaría hacer animación, quizá un filme de dibujos. Lo bacán de hacer una película, dice, es que puede ser a la vez masivo y tener un mensaje. Si eso no se da, haría algo “más artístico”. Es esa dicotomía la que caracteriza a Fito, un artista que a lo largo de su carrera ha navegado entre lo comercial y lo underground. Él es el hombre dividido.

Sobre El Autor

Daniel Contreras

Le gusta del periodismo su capacidad para informar y entretener al mismo tiempo. Ama mucho a Pikachu y por eso es su llavero y su fondo de pantalla. Sus placeres culposos son el K-pop y Twitter.

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