A Fernando Vivas no le cae bien el discurso pesimista sobre la televisión peruana. Su postura va contra la corriente que demoniza la programación local. Mira la tele con ojos de crítico y exhibe argumentos para sostener sus ideas. Es autor de En vivo y en directo, texto imprescindible para estudiar un medio que hegemoniza discursos e influye sobre las audiencias. Aquí su defensa de una oferta televisiva tan criticada por estos días.

El prestigio de esta pluma, dotada de rigor académico y del registro preciso y mordaz, que demanda el buen periodismo, elevó la figura del crítico de televisión. Pasó de ser el chismoso comentarista de cotilleos al observador e intérprete certero de fenómenos mediáticos y culturales. Esta cualidad le ha otorgado a Fernando Vivas Sabroso el respaldo necesario para hacerse escuchar en medio del debate sobre la calidad de los contenidos de la televisión peruana. Ha conversado sobre el tema con una gama de personajes que van desde los organizadores de las protestas contra la llamada TV basura hasta el hipercrítico cultural Marco Aurelio Denegri. Ante todos ha dejado en claro una postura polémica: hay muchas, muchísimas cosas que destacar en la televisión que se hace en este país.

-¿Qué programas nacionales podemos rescatar hoy en día de la televisión?

-Bueno, creo que son varios. Tenemos una tradición dominical de programas que llaman políticos porque tienen una mayor incidencia en temas políticos que los noticieros. Estos exploran temas de fondo y desarrollan las noticias buscando a los protagonistas con discursos más interesantes. Muestran cómo se construye el discurso sobre la nación a través de primicias y revelaciones que debemos rescatar. También se podría rescatar la fusión de tradiciones narrativas que hay en Al fondo hay sitio. Esta serie es una mixtura de sitcom con telenovela. Hay, en general, muchas cosas que se pueden rescatar de la televisión peruana.

-En su libro En vivo y en directo uno puede leer sobre los programas de los inicios de la televisión peruana, sobre personajes como Pepe Ludmir o Pablo de Madalengoitia, y a partir de esa narración uno observa fórmulas que sabían combinar bien el entretenimiento puro y fresco con aportes culturalistas, que lograban atrapar muy bien la atención del público y de los que nadie se quejaba.

-Sí, pero ojo, yo resalto que en ningún momento digo, porque me parecería muy prejuicioso, que la televisión de antaño era mejor que la de ahora: ese es un discurso que a mí me apena y aterra, y que he encontrado en mis conversaciones con los líderes de las marchas contra la televisión basura, porque es un pensamiento acomplejante y académicamente pobre. Hoy en día, el entretenimiento y la cultura se siguen combinando en la televisión, y nadie me puede decir que un programa como los de Pablo de Madalengoitia, de preguntas y respuestas, sea esencialmente distinto a los concursos de preguntas y respuestas que hay ahora en la televisión peruana. Se trata de juegos que se combinan con otros juegos, y los hay en El último pasajero, como los hay en los realities de la tarde, como los que tuvo Raúl Romero. ¿Podríamos decir que los programas de Pablo de Madalengoitia eran más cultos que los de ahora? La máquina del millón (programa conducido por Beto Ortiz), cuya temporada ya terminó, que preguntaba sobre distintos ámbitos de la cultura, y estimulaba el razonamiento y la comprensión lectora con preguntas cerradas sobre los temas que uno escogía, tipo balotario, demuestra que ha habido una evolución. Yo jamás sostendré que todo tiempo pasado de la televisión fue mejor.

 

“No hay una opinión crítica contra Al fondo hay sitio como sí la hay contra Esto es guerra. Tampoco ha habido multas o pronunciamientos contra la serie”.

 

-La principal denuncia de las protestas contra la televisión basura apuntaba a un empobrecimiento general de la televisión.

-Yo no podría conversar seriamente con alguien que sostenga que hay un empobrecimiento de la televisión. Ni siquiera con Marco Aurelio Denegri, el gurú de muchos de los jóvenes que protestan, eso que he intentado discutir con él en una entrevista que me hace y circula en las redes. ¿Por qué la protesta sostiene que hay un empobrecimiento de la tele? No es porque lo sientan necesariamente. No es un asunto de crítica a la televisión. Es un asunto de reclamar a la televisión que haga el servicio de ser más provechosa para los intereses propios de los jóvenes, porque hay un poder que ellos no comparten, un poder que no interactúa con los jóvenes… Se trata más de pedir una televisión que les presente rostros más cercanos, de una meditación alrededor de “quiero medir mi poder con otro poder”. Es un asunto de política, de identidad, de empoderamiento, algo que nos han dado las redes y la tecnología, y que se quiere expresar de una forma contra el sistema que está encajado en la pantalla, antes que una crítica específica a este tipo de programas. Por eso, a la hora de buscar una agenda, se pusieron de acuerdo en una vaga y muy débil: que la televisión cumpla la ley. Una exigencia muy soft, increíblemente soft. Si haces una marcha con esa exigencia, entonces no sabes lo que estás pidiendo. Era obvio que no sabían qué estaban pidiendo. ¿Qué la televisión cumpla la ley? Nadie marcha para que la televisión cumpla la ley.

-¿Dice que el problema con la protesta era que no había una propuesta concreta?

-Se trataba más de una cuestión de empoderamiento, de ánimos de reclamar. ¿Quién encarna el sistema ante el descrédito de los políticos? La televisión. Hay que analizar el contexto de estas marchas luego del éxito de protestas anteriores como las movilizaciones contra la Ley Pulpín. Entonces los jóvenes dijeron: queremos marchar y no tenemos agenda, pues busquemos un tema. En este caso la protesta se dio primero que el tema. Quiero marchar ¿Contra qué marcho? ¡Contra la televisión basura! Ya está.

-Si comparamos la televisión local con la que se hace en países vecinos, ¿no hay razones para decir que la peruana ofrece una menor calidad?

-No, para nada. Sí es más pobre que la de Brasil, que tiene un mercado muy grande; que la de Colombia, que ha tenido un despegue de creatividad tremendo; que la de Chile y Argentina; pero de ninguna manera refleja también un poco el nivel de desarrollo de cada uno de los países. Pero midámonos con Colombia. ¿Por qué la televisión colombiana es mejor que la nuestra? Porque esta sí se ha convertido en productora de ideas, éxitos continentales y mundiales que son comprados por otros, que van desde telenovelas como Betty, la fea hasta géneros como la “narconovela”, definida prácticamente por Colombia, y que se basa en una realidad que nosotros también vivimos, inclusive de manera más intensa, y a partir de la cual no hemos sido capaces de generar una ficción con rasgos de estilo distintivos. Ellos en la ficción han llegado más lejos que nosotros. Y eso, como un interesado en la ficción, me acompleja un poco, porque la ficción es de lo más creativo que hay en la televisión; entonces ahí sí hay un signo de pobreza. Si además de Colombia nos comparamos con Chile, nosotros hemos pasado por un trance histórico que no han pasado ellos y que ha sido terrible. La televisión peruana se vino abajo a fines de los noventa e inicios del 2000 y terminó en una insolvencia económica y moral, ha tenido que ser reestructurada y de ese trance no acaba de salir, eso genera mucha desconfianza en el público. La televisión todavía está arrastrando varios problemas de su historia reciente, sin los cuales estaría en un mejor nivel.

-¿Qué hace falta para convertirse en productores de ideas y exportar modelos?

-Falta, sobre todo, hacer más ficción. Falta más autorregulación en la prensa televisiva, que está muy salvaje. Falta que pase la fiebre de los formatos comprados para empezar a producir formatos propios. Pero sobre todo, repito, yo apostaría por la ficción, de la cual hay poquísima; su espacio está siendo llenado por otras cosas: Latina ya no produce ficción por el éxito de las novelas turcas; América solo produce dos ficciones: una de ellas, Pulseras rojas, es la copia de una serie catalana.

 

“Nadie me puede decir que un programa como el de Pablo de Madalengoitia era distinto a los concursos de preguntas y respuestas que hay ahora en la televisión”.

 

-Hablando de las series, cuando se estrenó Mil oficios, se habló en el momento del surgimiento de un nuevo tipo de televisión blanca, libre de excesos. A Al fondo hay sitio, sin embargo, se le acusa de perpetuar estereotipos.

-Sí, pero no tanto. De hecho, las protestas contra la televisión basura no hablan de Al fondo hay sitio, tampoco ha habido multas ni pronunciamientos políticos contra la serie. No hay una corriente de opinión crítica contra Al fondo hay sitio como sí la hay contra Esto es Guerra. Ahora mismo el debate popular sobre la televisión se concentra en los realities y en los programas de espectáculos. Cuando conversé con los dirigentes de la marcha y del Colegio de Periodistas me dijeron que no había problemas con Al fondo hay sitio, y es que además la protesta es muy conservadora, no surge de una vanguardia: en las redes hay un empoderamiento muy heterogéneo, y a veces quienes más se manifiestan son los más conservadores. Yo conversé con Omar Suriel Chacón (uno de los organizadores de la marcha contra la televisión) y le pedí que por favor quitara del muro del evento que convocó a la marcha en Facebook una serie de publicaciones homofóbicas que hacían los participantes; él me decía que no podía hacer eso porque las personas se iban a molestar, entonces yo les decía que por lo menos se pronuncien tomando distancia de tales comentarios, porque son manifestaciones horrorosas de un conservadurismo tremendo.

-¿Por qué los realities están en el centro de los reclamos?

-Se trata, sobre todo, de la entronización de la apariencia física como motivo de éxito. Ese es un mensaje terrible en un país como el nuestro. En gran parte de las protestas contra la televisión, en la marchas, uno podía observar la división entre los nerds fofos contra los regios y bonitos. ¿No te provoca romper la pantalla cuando ves a Porcella como un modelo que la televisión pone para ti? Si uno siente eso, puede entender mejor por qué esos programas joden.

-Dijo que la prensa televisiva está muy salvaje. Si hay tantos temas importantes que tratar, ¿por qué poner tanto contenido policial en los noticieros matutinos?

-Porque son los dramas más intensos los que más convocan a la población. Y porque algunos de esos dramas son de gente dispuesta a brindar su testimonio. Y porque hay una válvula de escape de la sociedad ahí que considero valiosa. Siempre estoy a la espera de que un sociólogo recoja esa idea y la trabaje. ¿No se dan cuenta de que el noticiero peruano tiene un gran papel democratizador? Incluso hay un estudio cuyas conclusiones estadísticas arrojan que, más allá del sensacionalismo de los noticieros, gran porcentaje de las notas están protagonizadas por gente de extracción popular, niveles socioeconómicos bajos. Ellos están frente a la pantalla, y tienen a cientos de miles viendo, escuchando sus dramas; tenemos al frente a la gente desplazada del crecimiento, del desarrollo económico, expresando sus necesidades, reclamando, y eso es importante.

 

Fernando Vivas

Foto: Verónica Salem

-¿Los noticieros le dan voz a los que normalmente no la tienen?

-Sí, por supuesto. Y son gente que ha desarrollado una narrativa, que en medio de su drama se dirige al presidente, a la primera dama. En unas páginas de Zapping, el paisaje de la tele latina, un libro que presenta un análisis de la televisión a nivel regional, Omar Rincón, el mejor teórico sobre la televisión en el continente, plantea algunas claves para entender las narrativas de la televisión actual. En la actualidad, son las personas que aparecen en los noticieros, no las que los hacen, quienes exponen su manera de hacer las cosas. El noticiero peruano tiene un gran papel en el desarrollo de las narrativas populares, entonces, desaparecer esas notas implica contribuir a que la televisión sea más excluyente.

-Pero más allá de mostrar situaciones o dramas, ¿Poner imágenes, si bien no explícitas, de piernas de cadáveres o sangre no es jugar con el morbo?

-Tú no ves televisión…

-He visto los matutinos…

-Hay cada vez más esfuerzos por no mostrar esas cosas, se están autorregulando. En el 2 y el 4, que llevan la voz cantante, cada vez se ve menos sangre, están cambiando; se pixelea o en muchos casos no se pasa. Antes veías más imágenes sin editar y ahora muy poco. En la mañana vi una nota sobre un carro que se pasó la luz roja y atropelló a una señora que iba con su carretilla, la cual le quedó encima; tú veías a la señora de lejos, pero no veías sangre ni nada. Entonces, sí hay esfuerzos, la situación está cambiando. Ahora estamos entrando en una etapa electoral y el aumento de las notas políticas va a llevar necesariamente a una reducción de las notas “rojas”, pero al margen de eso hay una preocupación, tardía e insatisfactoria, por moderar los noticieros. En todo caso, en estos momentos, como te decía, el debate sobre la televisión pasa en tercer lugar por los noticieros: las principales quejas son los realities y los programas de espectáculos, que también son prensa, y ahí yo veo más salvajismo.

 

“Hay que analizar el contexto de esta marcha. Los jóvenes dijeron: queremos marchar y no tenemos agenda. Busquemos un tema: ¡la televisión basura!”.

 

-¿Es válida la excusa de darle al público lo que quiere ver?

-Eso es algo que existe; sin embargo, es cierto que si uno tiene la sartén por el mango puede trabajar más creativamente y ensayar otras cosas con el público sin perderlo. Hay muchas cosas que uno no le da al público y con las cuales probablemente este se encariñaría más y se volvería más fiel. A veces se dice “esto no funciona” sin antes haberlo probado, porque no hay voluntad de probar algo nuevo. Esas son cosas que diferencian a un profesional de alguien que no lo es. Un reclamo mío es que deberían hacer realities con gente normal y obesa, en los que los juegos no se centren solo en la destreza sino en otro tipo de competencias. Creo que algo como eso significaría un quiebre y no perderías rating. La vez pasada conversé sobre eso con Marisol Crousillat, productora de Combate, que ahora está de capa caída pero fue precursora de ese tipo de realities, y me decía que su combatiente de mayor recordación era Zumba, y que Zumba no era guapo, o en todo caso no el más guapo.

-Bueno, no será el más atractivo pero sí es muy carismático…

-Entonces la pregunta que se deben hacer es de dónde proviene su carisma si no es de su atractivo. Esa es lo que se debe explorar y explotar, traer a gente que es más carismática quizás porque se parece más a la gente de la calle. Había otras discusiones en torno a Zumba, por ejemplo si servía para incidir en el estereotipo del afroperuano que baila como mono, pero lo que no se puede negar es que posee otro tipo de carisma que el que pueda tener Nicola Porcella, y, repito, eso es algo que los productores deben explotar. Hay una especie de discriminación de los realities: siendo estos tan populares, imagínate el giro que significaría poner personas con otros rasgos físicos. Eso es lo que yo le reclamo a la televisión: no le des a la gente solo lo que está acostumbrada a ver, dale algo más, y probablemente vas a tener igual o más espectadores.

-Quizás ven menos probable que el televidente se enganche viendo a una persona obesa correr y sudar que a una atractiva haciendo lo mismo. ¿Hay falta de atrevimiento para el cambio?

-Un hombre de televisión sabe que un obeso corriendo puede ser un gran espectáculo, lo ha sido. En una temporada del reality de Gisela la pareja de más jale estaba conformada por un gordo sudando, y que además estaba moribundo: Micky Rospigliosi, justamente el hijo de Pocho Rospigliosi, quien patentó la frase “hay que darle a la gente lo que le gusta”. Los productores saben que mostrar personas con otro tipo de patrones físicos puede ser un espectáculo rentable, pero su respuesta en estos días es: “lo que estoy haciendo funciona bien”. Cuando les refuto que lo que les propongo también les puede resultar, responden que (el cambio) representa un costo que no están en condicionar de afrontar. Ahora que Combate ha perdido tanta audiencia, quizá es momento de probar otras cosas. Es algo parecido a lo que le reclamo a Gisela: “quiero que baile una pareja gay en El gran show; si tú quieres polémica, ahí tienes un gran motivo”. Ninguna persona de televisión negaría que eso le traería rating. Gisela sabe que nadie ve su programa porque la gente baile bien, sino porque la gente sea simpática, haya comidilla, hay eco, lo que llaman rebote intertextual; eso te daría una pareja gay, por ejemplo, pero ella es conservadora, no quiere arriesgar. Entonces, he aquí un ejemplo de que la televisión le da a la gente lo que le gusta, pero con otros instrumentos podría arriesgar y ser creativa sin perder su público.

-¿El tipo de televisión que se hace hoy en el Perú va a dejar escuela de alguna manera?

-Bueno, hay una tradición, claro que sí. Al fondo hay sitio es una serie modélica, está en horario estelar no solo en Perú sino en Bolivia, Ecuador y algún lugar más, es un producto de exportación. Esto es guerra también, está en Bolivia y ha llevado los elementos de los realities juveniles de competencia a niveles de eficacia que han superado a los programas que plagió. Entonces sí, claro que hay una escuela, y lo digo sin hablar de productos del pasado que están en el top de lo mejor que se ha hecho en la televisión en el continente, como Pataclaun, que es magistral. Tú ves Pataclaun de hace diez años o quince años y lo siguen pasando porque es un producto vigente.

Sobre El Autor

Miguel Loayza
Colaborador

Estudiante de octavo ciclo. Le interesan el periodismo narrativo y el de investigación. Lleva al extremo la manía de escribir a contrarreloj y sus editores lo sufren. No menos de un par de veces intentó escapar del periodismo y fracasó miserablemente.

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