Este 25 de julio se celebrará el primer Día de la Mujer Afroperuana, pero es tan solo un paso adelante en un largo camino hacia la igualdad. A nivel mundial, la discriminación racial sistemática ha estallado en debates y protestas que recuerdan al movimiento por los Derechos Civiles en los sesenta. En tiempos así, las artes escénicas se reivindican como forma de representación, de decir “Yo estoy aquí”. Ilustre exponente de este activismo artístico, Victoria Santa Cruz dejó su huella en la historia de la cultura afroperuana, pero su legado no acaba con ella. Roberto Gallego Santa Cruz, su sobrino nieto, es un joven cantante que lleva la tradición musical en sus venas, explorando los géneros del funk, el jazz y el tango.

Un martes 2 de junio, los usuarios de Instagram cambiaron las fotos de coloridos paisajes y esculpidos cuerpos por un cuadrado negro. Eso y nada más que un hashtag. Digan lo que digan acerca de la fatuidad del activismo digital, la realidad es que, en ese día, más de 24 millones de cuadrados negros fueron publicados en apoyo al movimiento social Black Lives Matter, por el derecho a la vida de la comunidad afroamericana en Estados Unidos.

Numerosas celebridades también prestaron sus redes sociales en solidaridad con esta causa, amplificando así la voz de líderes sociales y dando a conocer exponentes de la cultura afro. Madonna, ícono de la música y una de las figuras de la cultura pop por antonomasia, difundió un pequeño video el 16 de junio en el que muestra a decenas de artistas y lideresas negras de diferentes orígenes y generaciones: Nina Simone, Rosa Park, Angela Davis, Maya Angelou, Marsha P. Johnson. Todas mujeres que se impusieron ante una sociedad que les decía que su color de piel o tipo de cabello no eran los correctos. A manera de cierre del video, se escucha una voz fácilmente reconocible por todo peruano. Aquella voz, clara y potente, decía: “Me gritaron negra”.

Decir que en el Perú de hoy ya no existe el racismo y que la mujer afroperuana, en particular, ya no es víctima de injusticias, no sería más que una falacia. Lo que sí se puede decir, sin embargo, es que el contexto nacional ha cambiado desde que Victoria Santa Cruz Gamarra declamó su insigne poema. Desde el 2014, el mes de junio está dedicado a la cultura afroperuana. No solo eso, sino que desde este 22 de junio, todos los 25 de julio se celebrará el Día de la Mujer Afroperuana, festividad aprobada por la Comisión de Mujer y Familia del Congreso y el apoyo del Centro de Desarrollo de la Mujer Negra y Raíces Afroperuanas. Todavía hay un largo camino que seguir hacia el reconocimiento en igualdad de todos los peruanos, pero «a cocachos» se va aprendiendo.

A Victoria la hicieron sentir negra (como ellos querían) y la hicieron  retroceder y retroceder hasta que iba a caer, pero ella se les enfrentó, dejó de lacear su pelo y empolvar su cara, y se convirtió en una de las precursoras de la cultura afroperuana aquí y en el mundo. Diseñadora de vestuario, directora de teatro y coreografías, compositora y líder en una Lima (pero en París y Pittsburgh también) en la que ser negro era equivalente a ser un paria. En aquella sociedad que valoraba por sobre todo los ideales eurocéntricos, Victoria encontró “las ventajas de las aparentes desventajas” de ser negra, como diría alguna vez a Marco Aurelio Denegri.

Victoria nació en el año 1922, nativa del distrito que lleva su mismo nombre: La Victoria. En una casa de la calle Sebastián Barranca 435, creció escuchando a Wagner y Mozart por influencia de su padre, Nicomedes Santa Cruz Aparicio, pero también marineras cantadas por su madre, Victoria Gamarra. Hasta un incidente en su niñez temprana, Victoria no sabía que era negra, o al menos lo que aquello significaba. Como dice en “Me gritaron negra”, tenía apenas cinco o siete años cuando una niña muy blanca se mudó al barrio donde ella vivía. “Si esta negrita juega, yo me voy”, fueron las primeras palabras que le dirigió a una pequeña Victoria. Para su sorpresa, sus amigas accedieron ante el pedido. “Vete, Victoria”, le dijeron. Un primer golpe que, a futuro, se convertiría en gatillo de su célebre obra artística.

En 1958, ella y su hermano, el igualmente reconocido decimista Nicomedes Santa Cruz, idearon el conjunto teatral Cumanana. Fue allí que inició su carrera como artista y precursora de la cultura afroperuana: tres años luego se mudó a París a estudiar teatro y coreografías; y a su regreso, estrenó en 1967 la obra “Teatro y Danzas Negras”. Su debut en el Teatro Segura revolucionó la escena artística limeña. El periodista Winston Orrillo la describió para la revista “Oiga” como “producto del estudio, del amor, del sacrificio, del culto a las formas expresivas más depuradas de una raza que conforman nuestra nacionalidad”. Pero su éxito llegó incluso a escenarios internacionales, como las olimpiadas de 1968 en México

Ya a una edad más avanzada, sin embargo, el ímpetu de Victoria no mermó. Tanto en entrevistas como presentaciones en vivo hablaba con aquella misma fuerza con la que recitó “Me gritaron negra” por primera vez frente a cámaras. Cuando se le escucha, toda sus palabras eran pronunciadas con una majestuosa musicalización, que lleva a uno a preguntarse si está dialogando o repitiendo un verso.

Es recordada por sus pregones teatralizados, su obra “Malató” o su labor como directora del Conjunto Nacional de Folklore, pero también por su función como educadora. Luego de sus estudios en París, regresó al Perú a formar en la danza y el teatro a los jóvenes afroperuanos con inclinaciones artísticas. Más tarde en su vida fue profesora en la universidad Carnegie Mellon, en Pittsburgh, Filadelfia, donde fundó un departamento de Drama. Y es que Victoria amaba a la juventud. Hoy, Roberto Gallego Santa Cruz, su sobrino nieto, puede confirmarlo: “Nos dio mucho de este afecto que seguramente hubiera querido dar a hijos propios. Nos sacaba a jugar a todos lados, tanto así que le decíamos ‘la tía que juega’”, cuenta acerca de las visitas de su tía Victoria a él y sus primos y hermanos. Pero no solo es ese recuerdo de amor lo que le ha quedado de Victoria: el legado artístico de los Santa Cruz continúa a través de Roberto.

Roberto junto a su tía Victoria. FOTO: Archivo personal.

Roberto, a quien amigos y conocidos llaman “Jazz”, lleva la música en la sangre. La razón de su peculiar apodo es bastante obvia: le gusta el jazz. Pero no solo le gusta, sino que lo ama tanto como para subirse a pequeños escenarios en bares de Barranco y Miraflores, o librerías y restaurantes de San Isidro, y cantarlo a viva voz. Es acompañado por una batería y un bajo, pero su voz, tan potente como la de Victoria, brilla por sí sola. La pasión por la música de Sinatra, Nat King Cole y Ella Fitzgerald nació durante sus años de adolescente viviendo en Nueva Jersey. ¿Y cómo no enamorarse? Estando tan cerca a la gran manzana, cuna del jazz, aquel joven con predilección para la música no tenía otra opción.

Ya de regreso en el Perú, por el año 2008, tuvo su primera presentación oficial en nada menos que el Jazz Zone de Miraflores. Fue sobre ese escenario, con los reflectores y miradas de la audiencia sobre él, que se dio cuenta que lo suyo no era ser solo un músico, sino un performer. Alguien que existe para el público y se luce sobre un estrado. Pero en el Perú, la industria del arte es ingrata con sus miembros, por lo que se mantuvo alejado de los escenarios por un tiempo. Sin embargo, nunca se alejó de la música, y volvería a cantar ante oídos ajenos.

Jazz, pese a que su apodo pueda inducir a pensar lo contrario, no discrimina entre géneros musicales. Cuenta que de niño empezó cantando baladas y canciones de Salserín, una orquesta infantil venezolana de principios de los noventa. Hace unos años incursionó en la música funk, como vocalista de una banda de ritmos bohemios y onda barranquina. Con Mr. Gravity lanzó el video musical para “Chicotié” en el 2017, donde interpreta un papel casi autobiográfico: un cantante absorto en su propio arte mientras en el bar donde canta se desata una batalla campal. El video está protagonizado por los actores Fernando Luque y Stefano Tosso, quienes inician una pelea motivados por el alcohol y bellas mujeres. Pero entre todo el caos, Jazz sigue cantando, inmutado como un animal salvaje en su hábitat natural, con la confianza propia de un músico innato. Fiel retrato de la realidad, demostraba aquel mismo ímpetu durante sus presentaciones en vivo en bares de Barranco y festivales alrededor de Lima (sin las brutales peleas, claro está).

Y hace poco, meses antes de que un mal invisible trunque sus planes y los del mundo entero también, Jazz tuvo su debut oficial en el tango, ritmo que hereda de su padre argentino. Era una calurosa noche de diciembre en el restaurante Rossano, una pequeña pizzería italiana en el corazón de Miraflores. El ambiente era predilecto para aquella música apasionada: una luz cálida, fragancias a orégano y vino, y sin el ruido del exterior. Sin siquiera saberlo, uno podría haber visto la audiencia y adivinado qué tipo de ritmos iban a sonar aquella velada: un grupo de amigos septagenarios, parejas acurrucadas tan cerca como si supieran que en un tiempo ya no podrían hacerlo, y uno que otro solitario. De pronto, en el pequeño estrado al fondo del restaurante, aparecieron tres figuras: un guitarrista, un tecladista, y una silueta en el medio con una voz que retumbaba entre las paredes. El repertorio contó con piezas de Carlos Gardel y Julio Sosa, interpretadas por Jazz y aquellos que se sabían las letras de memoria en la audiencia. La noche fue un éxito.

Jazz cuenta que la pasión por el tango era algo que compartía con su padre, originario de la tierra de Maradona, el vino y el Papa Francisco. Pero Osvaldo, su papá, era tímido para la vida artística y ya tenía una profesión. Su relación con Argentina es cercana. No solo porque es su otra patria, sino que tiene más familia allá que en el Perú, e incluso la considera una segunda opción para poder desarrollarse musicalmente. Además, con solo ver sus redes sociales por unos minutos es posible encontrar otra de sus pasiones argentinas: el River Plate, uno de los equipos de fútbol bonaerenses con mayor tradición y afición.

Pero por el momento, no sabe cuándo regresará a los escenarios. Extraña la música, extraña al público. Comenta que ese arte es algo que necesita en su vida. No solo porque le genera algunos ingresos, sino porque le hace bien. Tiene amigos músicos que ya han dado más de un concierto online, a través de  plataformas como Facebook o Instagram, pero la idea de cantar frente a un celular no lo termina de convencer. Hay algo en el hecho de que falte un público presente que no le parece propio. Quizás más adelante.

En un futuro también le gustaría incursionar en otros géneros musicales, como la samba o la bossa nova de Brasil (otro país en su lista de destinos musicales). Siguiendo el rastro de su tía Victoria, también quisiera hacer un arte con propósito, un arte activista. Para Jazz, aún existen muchas minorías, además de la afroperuana, cuyas historias han sido relegadas, y el arte es un canal para contarlas. Victoria creía en el potencial de la raza humana como una sola, con las singularidades de cada una de las etnias comprometidas en la evolución del hombre como especie. Y a través de lo que ella llamaba el ritmo interior es que uno podía iniciar aquella evolución. Jazz piensa igual: “el arte es muy importante para que la gente despierte, para que se dé cuenta de la humanidad y poder vernos la cara y reflejarnos el uno en el otro”, dice. Le gustaría en algún momento hacer un proyecto de carácter social, “con un sello muy peruano”.

Sobre su tía Victoria, reconocida ahora como exponente de la cultura negra a nivel mundial, dice que es algo que lo sorprende de manera grata, y sabe que a ella también la hubiera alegrado. “Estoy seguro que se habría sentido muy contenta de saber que su arte está siendo apreciado, arte por el que puso tanta pasión, tanta entrega y amor. Eso es lo que quiero recalcar: le ponía mucho amor a todo”, comenta. Con solo ver una presentación de Jazz (cantando jazz), ya sea en vivo o en video, es posible reconocer esa característica común a todos los Santa Cruz: la pasión por el arte.