Siempre hubo malentendidos respecto a nuestra profesión. Prejuicios que nos volvían gente sospechosa y mal vista, sujetos disfuncionales adictos la cafeína y al cigarro que destrozábamos nuestro cuerpo en largas horas mal pagadas, con vidas consumidas entre la sala de redacción, la taberna y la resaca.

Pero antes esos prejuicios incluían también una mitología poderosa y respetable: los periodistas eran hombres que vivían mil aventuras, que viajaban de súbito a ciudades desconocidas, que metían las narices donde nos los llamaban, agentes secretos sin entrenamiento ni armas. Espías que logran meter la cámara oculta y la grabadora de bolsillo. Circulaba además la idea de que el periodista —sujeto en los bordes de la sensatez— experimentaba una especie de posesión demoníaca. Y de ese trance salía algo bueno, porque ese hombre enloquecido hacía lo que hacía en pos de la información, información importante, para dársela a todos.

Ese hombre fue una construcción cultural poderosa en el siglo XX. Y como no podía ser de otra forma, las ficciones pop lo retrataron y caracterizaron, asentando su leyenda. Se suele pensar, por ejemplo, en el Hombre Araña y en Superman, dos casos obvios; pero yo no hablaría de Klark Kent ni de Peter Parker, sino de los roles secundarios que encarnan con delicia ese estereotipo nuestro en toda su expresión: J.J. Jameson, el jefe del Hombre Araña, y Lois Lane, la compañera de Kent en el Daily Planet. Lane es intrépida, aguerrida, una mujer de armas tomar que se mete en sitios poco recomendables y está siempre al borde de esa gran historia que le dará un Pulitzer. Jameson es ese sujeto de pocas pulgas lleno de pasión, atrapado por la noticia. Es sensacionalista porque no le queda otra —es su idioma—, pero se rectifica al día siguiente si es necesario, con el mismo vigor, y ayuda a crear imaginarios en la ciudad semiletrada (es él quien bautiza al arácnido con un nombre pegajoso que nadie olvidará). Se trata de un hombre duro que tiene un montón de defectos y vicios pero que nunca se permitiría la desidia.

Son caricaturas, sí, pero dicen algo sobre una forma de entender la profesión que va desapareciendo. El periodista apasionado, el amo enloquecido de esos santuarios de prensa que eran las salas de redacción, hoy cede el paso a un burócrata de la noticia, un mecanógrafo mesurado que gestiona la publicación de lo predecible. Alguien mucho menos atractivo. Para mí, la confirmación de esta transformación fue ver la nueva saga de Spiderman y notar que ya no había tabloide ni editor neurótico. Simplemente, los habían eliminado. En vez de eso, las noticias de los monstruos —el sorprendente Hombre Araña y el Lagarto— circulaban por videos anónimos colgados en YouTube: así se enteraba la gente. No me parece un tema menor. Algo pasa cuando los productores consideran que el periodista, de pronto, es prescindible en una ficción donde antes era pieza vital. Quizás sea un síntoma.

Hoy los periodistas se parecen más a Peter Parker y a Clark Kent, pero vestidos de civiles. Como sabe quien se haya detenido a observarlo, Parker y Kent son reporteros bastante mediocres —digamos que, como periodistas, son muy malos superhéroes—. Parker, de hecho, hace trampa. Se toma su oficio como una forma de ganar dinero a destajo por cada fotografía del Hombre Araña que él mismo prepara con toda la comodidad del mundo. Es su propia fuente, y eso no le da problemas de conciencia. Y a Kent lo definió mejor que nadie el señor Bill, en la película de Quentin Tarantino, que nos dice que Kent es la personificación de lo que Superman, el hombre de Krypton, piensa de los humanos: alguien torpe, miope, incapaz de hacer nada bien (y aun así, conserva su trabajo de reportero sin problemas). Lo feo es que los periodistas hoy se parecen a esa identidad gris que adoptaban aquellos héroes con poderes: un alias elegido para pasar desapercibidos, sin ambición ni compromiso, sin que les importe mucho.

No sé si ese hombre de prensa aventurero y apasionado —y apasionante, aunque seguramente nadie quisiera tenerlo cerca— va desapareciendo de la mente colectiva, de las historias que escuchamos de niños. Pero da la impresión de que la leyenda ya no es tan poderosa. Allí donde antes decíamos “periodista” y la gente pensaba en mucha acción y riesgo —y una intervención directa en los imaginarios colectivos—, hoy tal vez empieza a pensarse en un operador técnico, sin brillo, sin autonomía, sin posibilidad de ser elevado a la categoría de asombroso personaje de ficción.