Estudió derecho en San Marcos y se licenció en educación en la PUCP. Más de veinte años después no ejerce ninguna de las dos carreras. Hoy trabaja haciendo lo mismo que recuerda haber hecho desde que tenía cinco años: escribir. Sentado frente a la pantalla de su computadora escribe doce horas al día y dice poder concentrarse en medio de un bombardeo; o en la cafetería de la librería El Virrey en Miraflores, donde suele ir a trabajar cuando se siente saturado en casa. Allí lo encuentro, enfrascado en el solitario y fascinante oficio de escribir.

Recuerda que su infancia estuvo signada por tres hábitos: leer mucho, ir al cine y sobre todo escribir. Historias, cuentos, guiones. Imposible determinar en qué momento decidió que era eso era lo que quería hacer en la vida. Escribir era lo natural y podía hacerlo durante horas. Llenaba pequeños cuadernos que nunca ha enseñado, pero que conserva para reírse de vez en cuando y recordar las inquietudes y vivencias de su yo infantil.

A los 23 años, Adrianzén ya dirigía un equipo de guionistas. Saber hacer algo que en ese momento nadie más sabía hacer, le dio la ventaja en una industria que difícilmente admite novatos. Los de Arriba y los de Abajo quizá sea la más memorable de sus primeras producciones. En parte por el rating que alcanzó y en parte por la temática: la fusión o el choque entre los inmigrantes y los capitalinos.

La historia de Ulises y Gloria, la pareja protagonista, era una representación de la Lima de inicios de los noventa, una época recordada por el resurgimiento del género de la telenovela, que ya se encontraba ve nido a menos. En ese proceso, Adrianzén es considerado un precursor, si consideramos que el tema social continúa siendo centro de producciones actuales, como es el caso de Al fondo hay sitio.

Pero no se trató sólo de una nueva temática. Adrianzén también es un pionero de un formato que hoy mantiene su vigencia: las teleseries. Él ha sido gravitante en la producción de historias originales con personajes que, reales o ficticios, reflejaban la situación actual del Perú.

-En una ocasión usted dijo que desde la ficción se podían contar más verdades que desde un reality…

-Totalmente. El reality es mentiroso, tiene de realidad lo que yo tengo de sueco. Al final lo único honesto en este momento es la ficción porque no miente, dice lo que es. La reina de las carretillas y Mi amor el wachiman son cuentos pero no te dicen “esto es verdad”. Y claro, la ficción es un lugar maravilloso para hablar de un montón de cosas disfrazaditas o parodiar. Se habla de mucho más de lo que se cree.

-¿En qué ficción trabaja actualmente?

-En una serie para canal 7. Es una historia que transcurre entre 1978 y el año 2000. Recoge la historia más reciente del Perú en esos 22 años. Toda la ficción que he trabajado con TV Perú ha sido buenísima en el sentido de poder hablar de cosas con más realismo y libertad que la televisión comercial curiosamente.

-Se refiere al programa Conversando con la Luna.

-Sí, ahí yo no podía tener licencias porque tenía que vender historias que fueran verosímiles. Me gustan esas cosas. También lo que hago ahora: nadie hace una historia sobre los años ochenta en el Perú, con Sendero y la hiperinflación; les da pavor, les da pánico. Tiene una intención también pedagógica, la gente paga impuestos al canal 7 y tiene derecho a ver un producto que tiene algo más que entretenimiento simple.

-¿Qué responsabilidad tiene el guionista con la sociedad?

-Lo que él hace será visto por millones de personas y esa es una responsabilidad enorme. Ah claro, eso les importa un pepino en esta época, pero yo soy de una época que cree que es un privilegio tener acceso a los medios y hay que ser muy responsable con eso. Hoy hay mucha gente a la que no le interesa y solo quiere hacer plata. Bacán, que la hagan pues pero luego no esperen que nadie tenga piedad de ellos.

 

“La autorregulación es un cuentazo, una fábula. La única regla de la televisión comercial es: si me da dinero, bacán”

 

Eduardo Adrianzén ciertamente no la tiene. El ser “un pesado contestón”, como él se llama, es fruto de su paso por San Marcos, donde conoció lo que considera el Perú real. El entorno cultural de esta universidad le dio una dosis de ubicaína que es la que le permite ejercer su oficio de la forma en que lo hace.

Quizá lo más importante fue el conocimiento que obtuvo en la calle. Los libros le hablaban sobre la migración andina, pero él conoció más sobre la vida de los migrantes cuando visitó a amigos que eran hijos de migrantes. Ellos vivían en sitios que reunían a grupos de la primera generación de personas que llegaron a Lima en busca de nuevas oportunidades. San Marcos sólo había potenciado una postura que él ya había conocido en casa, con una familia politizada a la que describe como “unos caviares horribles”. Ciertamente, uno es producto de su época, cuándo nació, en dónde vivía y qué comía, dice Adrianzén. Y da gracias por haber tenido la suerte de nacer en una casa donde la guía telefónica no era el único libro. Hoy puede leer diez cosas a la vez, ya sean libros de sociología o historia, un estudio sobre Salazar Bondy o el último libro de Juan Manuel Robles.

En los años setenta veía películas para mayores escondido debajo del asiento del auto en el autocine. Su papá lo llevaba al cine y al teatro. Así es como fue criado, con un trato similar al que se da a un adulto. Y ello lo convirtió en un tipo particularmente crítico con la industria en la que trabaja hace más de 30 años.

-En los últimos meses ha habido una fuerte crítica hacia la denominada “televisión basura”…

-No me gusta ese término, yo le llamo mala televisión. Tengo un problema con todo lo que son radicalismos y me preocupa porque me parece que tienen una agenda represora que va más allá. Hay mala televisión que es racista o misógina, pero no me gusta cuando ponen en un saco a todos.

-Entonces ¿no está de acuerdo con quienes piden que se retire esos programas del aire?

-Yo estaba de acuerdo con que retiren La Paisana Jacinta porque es una representación falsa y con mala leche de un sector grande de la población; pero cuando entramos al terreno de “no me gusta porque me parece feo” ya estamos en otro tema. A mí no me molestan tanto los chicos de Esto es Guerra. No creo que porque veas unas chicas ahí que se chapan a su enamorado a las 5 de la tarde debas escandalizarte. Hay mala televisión pero de ahí a que la prohíbas…esa palabra siempre me da miedo.

-¿Cree que es válido el reclamo por una regulación?

-A mí lo que me preocupa es quién regula a los reguladores. Si va a regular el Opus, nunca. Le tengo mucho miedo a la ofensiva religiosa conservadora en este país y lo digo con todas sus letras. También es algo que puede utilizarse para beneficio de un partido político. Depende de las personas. Si hay un consejo de comunicadores que sea gente que trabaja en educación y en medios…habría que ver. Tiene que haber regulación porque si tú los dejas, ponen asesinatos de niños a las once de la mañana.

-¿Y la autorregulación?

-Ese es un cuentazo, una fábula. La única regla de la televisión comercial es “si me da dinero, bacán”. Entonces la regulación se la hacen los auspiciadores que ven su marca asociada a contenidos por los que la gente protesta. Ahí sí la regulan porque les quitan la plata. Es así. O hay un código claro o en todo caso esperamos la buena voluntad de los auspiciadores, a quienes puede también importarles un pito.

Adrianzén

Los de arriba y los de abajo. Foto: El Comercio

Adrianzén

La Perricholi, otra serie suya. Foto: La República

-¿Qué consejos les daría a los guionistas que quieren empezar a trabajar en la televisión?

-Primero, que tienen que capacitarse muchísimo porque la competencia es feroz. Segundo, que sepan producción. Tercero, ver productos de manera analítica. Un comunicador no puede decir “ay, qué tontería esto”. Su opinión tiene que ser no de televidente sino de analista del producto. El cuarto, enfocarse en lo que quiere hacer. Si quiere o pretende conseguir un trabajo escribiendo ficción, que vea muchas telenovelas y muchas series, que vea mucho de lo que quiere hacer. A mí me parece absurdo que alguien quiera escribir telenovelas y no ha visto ninguna. El quinto sería mucha paciencia porque escribir para televisión es el último escalafón, yo creo. No creo que ninguna persona que empieza debe empezar escribiendo televisión. Bueno, y uno más, ser organizadísimo. Cero juergas, cero vagancia, cero irresponsabilidad. Guionista irresponsable que no tiene el trabajo a la hora que se necesita desaparece en tres minutos.

-Sobre el tercer consejo, ¿qué quiere decir “ver productos de manera analítica”?

-Entre otras cosas, preguntarse por ejemplo: cuál es el concepto del producto, qué cosa busca, cuál es el estilo del producto, a quiénes va dirigido, por qué se hace de esta manera. Un buen producto es algo que está bien pensado. Las novelas de Televisa no son una porquería porque no te gusten; son buenas porque están dirigidas a un público al que le interesa o le gusta ese tipo de actuación, de temas y funciona. La prueba es que se venden en todo el mundo. Los productos exitosos no están hechos al azar o por chiripa. Nunca un buen concepto va a tener un mal producto. Aunque tenga bajo rating, entonces puede ser un buen producto con un bajo rating pero va a ser un producto sólido, eso es lo que importa.

-¿Esa es una de sus motivaciones al momento de escribir?

-Yo escribo como si estuviera escribiendo para la Globo de Brasil. Pienso que escribo para gente a la que le gusta cierto grado de verosimilitud. A veces eso lleva más tiempo. Escribir Eva del Edén, por ejemplo, recuerdo que me tomó más tiempo que escribir otra cosa liviana. Pero bueno, eso me gusta. Otras personas pueden pensar diferente y les puede ir mejor que a mí. No importa tanto la cantidad de esfuerzo que pongas, con el mínimo esfuerzo te puede ir muy bien en la televisión. Ya es una cuestión de amor propio que lo hagas de otra manera.

-Si el esfuerzo no es lo más importante, ¿qué garantiza la entrada al mundo de la televisión?

-El olfato comercial. Si juntas olfato comercial con ganas de hacer buena televisión…, allí tienes a la Globo que son genios para vender y para hacer sus productos. Pero puedes tener sólo olfato comercial y te puede ir muy bien. Finalmente, es un negocio para mercachifles. Pero no es malo ser mercachifle, es malo ser mercachifle vendiendo algo malo.