En los años ochenta, las calles de Lima se vieron aterrorizadas por la presencia de un asesino en serie. Tras la captura del sospechoso, el psicólogo asignado realizó su evaluación y, al ser insuficientes las pruebas en su contra, decidió hacer justicia con sus propias manos.

Por Sthefanny Carrión

 9 de febrero de 1986, Oficina de Homicidios de la policía de la avenida España en el Centro de Lima. Mario Poggi sale de la sala de interrogatorios con total tranquilidad cinturón en mano. “Lo he matado. Era un peligro para la sociedad”, anuncia a la policía.

Conocido en un principio como “El vampiro de Breña”, Ángel Antonio Díaz Balbín estuvo en prisión durante nueve años por el asesinato de su tía y dos menores en 1976. En el año 1985, salió del penal de Lurigancho en condición de semilibertad por buena conducta. La semilibertad o “libertad vigilada” permite a un interno sentenciado salir del centro penitenciario por trabajo o educación y, de este modo, cumplir parte de su condena en libertad.

Sin embargo, al poco tiempo, nuevas víctimas fueron encontradas por la policía. Entre diciembre de 1985 y enero de 1986 se encontraron veinte cadáveres desmembrados envueltos en bolsas negras y tirados en áreas descampadas en los distritos de Chorrillos, Miraflores, San Borja y diversos basurales de Lima. Según el diario El Comercio, la policía tuvo conocimiento de un sujeto sospechoso que dejó una bolsa extraña en una calle de Surco.

El 5 de diciembre de 1985 ocurrió el primer crimen perpetrado por este asesino en serie. Una prostituta que trabajaba en la avenida Arequipa fue vista por última vez rumbo al Olivar de San Isidro acompañada de un joven alto, fornido y con rasgos morenos. A los días, su cuerpo descuartizado fue encontrado dentro de una bolsa negra en un área descampada.

Mario Poggi preguntando a Díaz Balbín sobre la las articulaciones indicadas para cortar un cuerpo "apropiadamente". Foto: Archivo Caretas

Los miembros de la Policía de Investigaciones del Perú (PIP) consideraron tres profesiones para el perfil del asesino debido a los cortes limpios que presentaban los cuerpos: carnicero, carpintero o estudiante de medicina.

Sin embargo, con el pasar de los días, una pista principal llegaría a manos del coronel de la PIP encargado de esta investigación. Alfonso Díaz Vela, psicólogo del Instituto Nacional Penitenciario (INPE), informó que tenía en su lista un recluso con libertad vigilada cuyas salidas coincidían con la aparición de restos humanos en los descampados. La policía capturó como sospechoso a Díaz Balbín, a quien la prensa nombraría como “el descuartizador de Lima”.

Los análisis clínicos de Balbín

Cinco psicólogos criminalísticos examinaron al sospechoso y lo perfilaron como psicópata solitario con falta de afecto. Sus dibujos de personas carecían de brazos y piernas; además, se rehusaba a usar el color rojo. Su manejo de la sierra debido al tiempo en el que había trabajado en una carpintería solo reforzaba las sospechas de que él era el descuartizador.

En los interrogatorios, Balbín se mostraba impenetrable. Era dócil. Cumplía y cooperaba con todas las indicaciones propiciadas, pero no hablaban y vieron imposible que confesara. La policía decidió contactar con el especialista Mario Poggi, quien había cursado estudios de psicología criminal en la Policía Nacional del Perú y ejercía como catedrático en la Escuela de Oficiales de la PIP. Poggi tenía estudios tanto en el Perú como en el extranjero; no obstante, no concluyó ninguno después de la universidad y permaneció con el grado de bachiller  toda su carrera.

Según el portal de noticias Notimérica, “El doctor empleó diversas técnicas para ahondar en el pensamiento del asesino. Le incitó a la violencia arrebatándole la comida o provocándole con imágenes de los cuerpos descuartizados. Sin embargo, Díaz Balbín se mantenía callado, contestaba asertivamente y no reaccionaba ante las provocaciones de Poggi”.

Angel Diaz Balbín realizando una persona de arcilla como parte del examen psicológico. Fuente: Archivo Caretas

El doctor estaba convencido de que su paciente era el descuartizador; no obstante, a falta de pruebas, era necesaria su confesión y pronto, pues se acababan los días en los que podía estar detenido por prisión preventiva.

Como cuenta Víctor Chacón Vargas, fotógrafo de Caretas, Mario Poggi se presentó en el local de la revista en el jirón Camaná luego de haber visitado otros diarios, donde no le hicieron caso. “Nos contó que tenía un asesino, que él sabía que era el descuartizador pero que la policía no le quería creer” comenta.

 Vargas acudió a una de sus sesiones de interrogatorio para fotografiar a Díaz Balbín. “Le puso una correa, le indicó que tenía que cortarle los brazos a un muñeco, hablaban de formas de cortar cuerpos… Poggi amenazó a Balbín de muerte pero nadie le tomó en serio porque creyeron que era parte del estudio” recuerda Chacón.  

El médico que mató a su paciente

9 de febrero de 1986, cinco días después de que fuera capturado y durante una de sus sesiones, el psicólogo pidió al oficial de guardia que abandonara la habitación para poder continuar con el tratamiento. “¡Así, no te muevas, no te muevas! ¡No te muevas, asesino! ¡Asesino…Asesino! ¡Ya no matarás a nadie asesino… ¡Malditoooo!” fueron las palabras que le dirigió Poggi a Balbín durante su homicidio mientras grababa en audio, el cual fue difundido por el periodista Jorge Salazar en su libro: Poggi: la verdad del caso. Treinta minutos después salió de la sala y admitió ante los oficiales presentes haberlo asesinado.

“Poggi tomó su cinturón y lo ahorcó tirándolo al suelo y colocando su pie en la cabeza del imputado. Salió del salón de interrogatorios gritando 'Salvé a la humanidad, acabé con el monstruo'”,relata el portal web. Balbín no confesó sus crímenes oficialmente; sin embargo, Poggi aseguró en varias ocasiones que, antes de morir, había admitido sus delitos. “Él confiesa porque yo le digo ‘sabes que te voy a matar’” contó Poggi en una entrevista a Panamericana.

Fachada de la actual Dirección de Investigación Criminal (DIRINCRI) ubicada en la avenida España en el Centro de Lima. Foto: Pasó en Lima

Poggi fue sentenciado a siete años de prisión por homicidio simple, pero salió dos años antes por buena conducta. Sin embargo, con Balbín muerto y Poggi en prisión, los descuartizamientos siguieron ocurriendo en la capital, pese a que Poggi lo negara. “Esa es mi única defensa, fue un crimen justiciero y la psicología en ese momento sirvió para que no hayan más descuartizamientos y la gente esté feliz. Por eso pido al presidente de la República que me dé indulto”, comenta Poggi a los medios de comunicación tras recibir su sentencia en la corte.

Una vez cumplida su condena y sin poder ejercer su profesión, Poggi se convirtió en vendedor ambulante. Escribió tres libros: “Mi primer pajazo”, “Yo sé que soy un imbécil” y “El decálogo de la correa vengadora”. En el primero, habla de sus vicios y reflexiona sobre la vida misma. Su segunda obra fue una autobiografía con las letras de color verde, al igual del color que eligió para pintarse el cabello cuando salió de prisión. Finalmente, el decálogo de la correa vengadora es una alusión al crimen que cometió y al artefacto utilizado para asesinar a Balbín.

Melissa Poggi, su sobrina, cuenta que se ubicó en una banca en Miraflores cerca al anfiteatro del parque Kennedy. “Era su silla favorita, me gustaba venir a hablar con él. Siempre era muy misterioso y tuvo dos versiones de esa historia. Una, cuando estaba bien, me dijo que él no lo había hecho, sino que había sido culpado por la policía. Tiempo después, me dijo sí lo había asesinado”.

Poggi vendía sus libros desde la banca. Leía las cartas, hacía análisis psicológicos y se pasaba las tardes jugando póquer con quien quisiera hacerle compañía. En el año 2006, dijo ante los medios que era un candidato a la presidencia del Perú. Falleció a los 73 años el viernes 26 de febrero del 2016 tras sufrir dos paros cardíacos.