En medio de un escenario de violencia desplegado por Sendero Luminoso hacia los barrios más pobres de Lima, las dirigentes populares Juana López, Emma Hilario, María Elena Moyano y Pascuala Rosado se enfrentaron abiertamente al grupo terrorista. En respuesta, Sendero inició una persecución contra ellas que trajo violencia y muerte en varios distritos de la capital.

Por Mireya Fabián

 

Era diciembre de 1991 cuando Rosa Landaverry, Emma Hilario y Elvira Torres, coordinadoras del Comité Nacional de Comedores Populares Autogestionarios (CNC), arribaron a Arequipa para un congreso de mujeres. Allí descubrieron que eran vigiladas por un extraño sujeto. Frente al edificio en el que se hospedaron, un hombre, parado en la acera, parecía aguardar por la llegada de alguien que en los días que ellas estuvieron, nunca apareció. Con la mirada curiosa y atenta, a diario, las observaba y en ocasiones, recuerda Landaverry, las seguía sigilosamente por las calles cercanas al hospedaje. Un día Landaverry decidió encararlo: “Estoy esperando a alguien”, le contestó.

A la mañana siguiente de su regreso a Lima, tres miembros de Sendero Luminoso ingresaron a la vivienda de Emma Hilario, coordinadora de los comedores populares del Cono Sur, para acabar con su vida. El error de uno de ellos al disparar la dejó herida pero viva. Para Emma y las demás dirigentes de organizaciones populares en Lima, algo era ya seguro: estaban en peligro.

Para finales de la década de los ochenta, el grupo terrorista Sendero Luminoso decidió emprender una movilización estratégica dirigida hacia los distritos y barrios más pobres de Lima, bajo el liderazgo del “Comité Metropolitano”. “Lima y los pueblos jóvenes son el escenario en el cual la batalla final de la guerra popular será definida”, sentenció en aquellos años, el líder del movimiento terrorista, Abimael Guzmán Reynoso, en un diario clandestino en 1992.

En las necesidades y carencias de alimentación, agua potable y electricidad, Sendero Luminoso creyó ver una oportunidad para captar nuevos miembros. Sin embargo, el escenario al que se enfrentó se presentó inicialmente esquivo para sus objetivos. Y es que en distritos pobres – y claves- como San Juan de Miraflores, Villa El Salvador, Comas, entre otros, mujeres y madres habían decidido, por cuenta propia, crear sus organizaciones y movimientos populares para emprender una  lucha contra el hambre y la pobreza que azotaba en aquel entonces al país.

Los Comedores Populares; Comités de Vasos de Leche; la Asociación Femenina de Promoción de la mujer (AFEDEPROM) de Comas, Collique y Villa El Salvador y la Federación Popular de Mujeres de Villa El Salvador (FEPOMUVES) fueron solo algunas de las organizaciones populares femeninas con las que se topó Sendero, las cuales, con su activismo, empezaron a marcar una nueva visión de la mujer limeña relegada a no ver vida más allá de su hogar.

Para los subversivos, los Comedores Populares distribuidos para aquel entonces en poco más de 600 locales en Lima fueron una vía para acercar su ideología a los jóvenes y adultos que asistían a diario a recoger los desayunos y almuerzos que grupos de mujeres preparaban por menos de un sol. Se acercaron de forma agresiva y les exigían que les entregaran raciones de comida, lo que  motivó a que se genere un rechazo hacia ellos entre los vecinos.

Emma Hilario, Elvira Torres y Rosa Landaverry, coordinadoras del Cono Sur, Este y Norte del CNC hicieron público este rechazo, el cual contó con respaldo en cada reunión masiva a la que asistían, recuerda Landaverry. Ellas no veían en la ideología y lucha armada senderista un camino para el  progreso del país, lo que aumentó el repudio de los vecinos de los barrios más marginales de Lima. Esto último fue su sentencia.

Juana López y su resistencia en el Callao

El Asentamiento Humano Juan Pablo II, ubicado en el Callao, fue el escenario en el que la cúpula senderista decidió iniciar la masacre selectiva dirigida contra las mujeres dirigentes en la capital. Allí ubicaron a Juana López León, coordinadora del Programa de Vaso de Leche, quien venía trabajando, desde hace seis años, con madres y vecinas de los barrios cercanos a la avenida Néstor Gambetta en capacitaciones y entregas de alimentos.

Constantemente discutía con gente de su barrio que pertenecía al movimiento terrorista. Ellos le exigían donaciones de comida como sacos de arroz para su organización pero López siempre se negó. “Ellos no van a entrar a mi pueblo, con mi gente”, recuerda su hija Marlene Zarate López que decía la dirigente asesinada. Fue por ello que a mediados de 1990, López denunció ante la Base Naval del Callao, a varios miembros senderistas. Este hecho marcó su destino meses después.

Juana López junto a niños de un comedor popular. Fuente: Revista Sí

Quienes conocieron a Juana López la describen como una mujer con convicción y firmeza en su activismo para alcanzar las mejores condiciones de vida para su gente, quienes vivían, al igual que ella, en un barrio donde no había agua, desagüe ni mucho menos luz. Para ayudar a sus vecinos, ella gestionó la creación de un centro de educación básica gratuita no estatal y una posta de salud, en la cual laboró hasta el día de su muerte.

El 31 de Agosto de 1991, como cada mañana, una larga fila de vecinos formaba para recibir alimentos preparados por las mujeres del comedor popular en el parque  B del cruce de la avenida Victor Andrés Belaunde y la calle Micaela Bastidas. Juana se encontraba dentro del local ayudando a sus compañeras, cuando los disparos iniciaron. Tres desconocidos ingresaron intempestivamente y preguntaron por ella, recuerda hasta la fecha su hija.

Asustada por lo que pensó era un robo, Juana empezó a correr pero recibió tres balazos: uno en la pierna, otro en la cintura y un tercero y letal, en la frente, el cual acabó instantáneamente con su vida. “Así mueren los soplones”, se leyó en los volantes senderistas que arrojaron al suelo los sujetos que le dispararon, antes de huir. Este sería solo el principio de una serie de ataques en distintos puntos de la capital.

Emma Hilario y un refugio para sobrevivir

El segundo ataque de Sendero se dirigió hacia la coordinadora del Cono Sur del Comité Nacional de Comedores Populares Autogestionarios, Emma Hilario, después del viaje realizado a Arequipa. En venganza a su enérgica postura en contra de los terroristas en las reuniones de emergencia con mujeres y vecinos de los conos, Sendero focalizó su persecución hacia un nuevo distrito: San Juan de Miraflores.

Para 1990, Emma había empezado a identificar en sus reuniones a los miembros senderistas infiltrados en su barrio. Eran jóvenes que ella vio crecer desde pequeños. Sin embargo, nunca temió, sino todo lo contrario: “Con Emma y Elvira siempre motivamos a no dejarnos vencer o intimidar, porque decíamos que las armas no eran el camino, que se tenía que dialogar. En todas las reuniones, este discurso era el punto clave. Y las señoras nos entendían”, recuerda Landaverry.

Emma era una mujer cauta y sencilla pero muy firme en sus ideales. Su participación dentro de programas y actividades de mujeres en los barrios de Pamplona Alta, en San Juan de Miraflores, contribuyó a que sea vista como una líder importante entre los vecinos de la zona. Por ello fue designada como coordinadora de los Comedores Populares junto con Rosa y Elvira, a las que llamaba, recuerda la primera, “sus compañeras”. Emma Hilario vio en los comedores un espacio para resolver algo más que el hambre entre las familias. Para ella, estos eran lugares de referencia afectiva que impulsaban a pensar en los problemas nacionales, según ella misma declaró en una entrevista que dio en aquellos años.

Emma Hilario dirigiendo una reunión de comedores populares en Lima. Fuente: Enrique Medina Silva

El diario La República relató que a tempranas horas del 20 de diciembre de 1991 cinco senderistas intentaron acabar con la vida de Emma Hilario dentro de su domicilio, ubicado en el Asentamiento Humano Ollantay, en Pamplona Alta. Emma, quien se encontraba descansando en la cama de su habitación después de su regreso de Arequipa, fue embestida por miembros de SL.El error de uno de ellos, recuerda su compañera Rosa, al confundir su antebrazo derecho con su cabeza lograría dejarla con vida pero gravemente herida. Este hecho marcó el fin de su trabajo en los comedores.

Horas después del ataque, en una habitación del hospital Maria Auxiliadora, Rosa, Elvira y Emma volvieron a reunirse. Abrazadas y con lágrimas en los ojos decidieron que, por su seguridad y la de su familia, era tiempo de dar un paso al costado. Así fue que en febrero de 1992, estas tres mujeres, con la ayuda de una Iglesia Adventista, viajaron a Costa Rica donde encontraron un refugio seguro. Elvira y Rosa regresaron meses después pero Emma y su familia nunca lo hicieron. Aunque ella no perdió la vida, en el Cono Sur, Sendero había ganado esta batalla.

La lucha inagotable de María Elena Moyano en VES

Un día antes de su viaje a Centroamérica, Rosa Landaverry , Emma Hilario y Elvira Torres le pidieron a Maria Elena Moyano, teniente alcalde de Villa El Salvador (VES), que viajara con ellas por su seguridad. Desamparadas por el Estado y apoyadas apenas con seguridad provista por ONGs de algunas iglesias de Lima, la oportunidad de sobrevivencia para estas mujeres eran nulas. Y ellas lo sabían. “Oye negra, vámonos juntas, no te quedes” le insistió Rosa a “Malena”. Ella les pidió que se adelanten y que luego las alcanzaría. Días después, en la habitación de una casa refugio en Costa Rica, estas tres lideresas recibieron la noticia a través de una radio: “En Perú, mataron a Maria Elena Moyano. La hicieron volar en pedazos”.

Villa El Salvador fue entonces el tercer distrito escogido por Sendero para continuar su ataque. Desde la Presidencia de la  Federación Popular de Mujeres de Villa el Salvador (FEPOMUVES) en 1984 hasta el cargo que le tocó asumir en 1990 como Teniente Alcalde de su distrito por Izquierda Unida, Moyano demostró ser una mujer y madre con un coraje inquebrantable en su lucha por alcanzar mejores condiciones de vida para los barrios de los sectores más pobres.

Maria Elena Moyano junto a Rosa Landaverry y Emma Hilario, coordinadoras del CNC, en una manifestación pública. Fuente: IEP

Nunca se amilanó ante la presencia de Sendero Luminoso en su distrito y encabezó marchas pacíficas en contra de la violencia terrorista como la “Marcha Contra el Hambre y el terror”, en la que, junto a madres y vecinas de VES, cargó un cartel en el que se leía “No matarás con hambre ni con balas”.Sendero Luminoso vio a Moyano como una importante amenaza para sus planes, y empezaron a amedrentar a los comedores populares que ella lideraba. El temor de su familia por las constantes amenazas a su vida la obligó a refugiarse en el extranjero; sin embargo, a los diez días, por voluntad propia, regresó.

Como Teniente Alcalde de VES convocó a una “Marcha por la Paz” para el 14 de febrero de 1992 para hacer frente a la convocatoria del Paro Armado dispuesto por Sendero para ese mismo día. Esa mañana también asistió al Parque Industrial para manifestar nuevamente su rechazo contra la violencia indiscriminada desplegada por el grupo terrorista. Al día siguiente, su imagen saldría en gran parte de los diarios de Lima.  Horas bastaron para su muerte.

En el local comunal del Grupo 23 del Primer Sector de Villa El Salvador, ubicado a la espalda de la cuadra 4 de la avenida Micaela Bastidas, madres y vecinos de Villa celebraron una pollada profondos para adquirir nuevos implementos de cocina para el comedor popular. Culminaba la tarde del 15 de febrero cuando Maria Elena llegó para apoyar junto a sus dos hijos y sobrinos. Ella ya no vivía en ese barrio por seguridad.

Según narró el diario La República, una mujer y un hombre ingresaron de forma intempestiva  al lugar dispuestos a acabar con su vida. Moyano pareció haber vislumbrado lo que se avecinaba: “tápense la cara porque mami va a escaparse” les dijo a sus hijos, quienes rápidamente obedecieron. Con un disparo en la cabeza y otro en el pecho, estos sujetos acabaron con la vida de esta madre líder. No satisfechos con ello, arrastraron su cuerpo hacia la puerta del lugar para destrozar su cuerpo en pedazos con una explosión de dinamita.

El coraje de Pascuala en Huaycán

El mismo año del asesinato de Maria Elena, en las laderas del a comunidad de Huaycán, en Ate-Vitarte, la recientemente designada Secretaria General de la zona, Pascuala Rosado Cornejo, emprendió la creación de unas rondas vecinales de autodefensa. Al día siguiente, el gobierno del entonces presidente Alberto Fujimori celebró esta iniciativa ante la prensa refiriendo que esta era la primera iniciativa creada por vecinos para capturar terrroristas infiltrados en los barrios. Pascuala, indignada, desmintió esta afirmación, asegurando que el único objetivo de las rondas era frenar la delincuencia, como registra un informe especial de La República. De nada le sirvió negar este hecho, pues ya era el siguiente objetivo del grupo terrorista.

La entrega y esfuerzo de Rosado en los comedores populares y comités de vecinos, desde su llegada a Huaycán en 1984, junto a su esposo y sus primeros cuatro hijos, condujo a que alcanzara una notoriedad y respeto público entre los vecinos. En este escenario, Sendero Luminoso empezó su desplazamiento hacia esta zona periférica de Lima, pues era habitada por muchos migrantes.

Emma Hilario junto a un representante de Ate. Fuente: CVR

El grupo terrorista vio en la pobreza y desinterés del gobierno de turno una oportunidad para capturar más miembros para su organización. Sin embargo, para Pascuala esta situación de marginalidad de la zona era un objetivo que se debía enfrentar con iniciativas y responsabilidad. Fue así que como Secretaria General trabajó en proyectos para realizar obras de agua y desagüe, e instalaciones de luz eléctrica, así como la construcción del Instituto Superior Tecnológico y el Hospital Materno Infantil.

La primera vez que Sendero Luminoso atentó contra ella y su hija fue en su domicilio, ubicada a espaldas de la avenida donde tiempo después perdería la vida. Unos sujetos dispararon hacia el frontis de su casa. El esposo de Rosado, quién se encontraba en casa, salió en su defensa. A los segundos, éstos huyeron. En febrero de 1993, Pascuala partió al extranjero para buscar un refugio seguro. Un año y medio después regresó para continuar con su lucha en Huaycán. Motivada por una empresa comunal que quería desarrollar en la zona, empezó a trabajar en una fábrica textil para enseñarle a las vecinas de su barrio a coser prendas que luego podrían vender a precios módicos.

Ante la ausencia de amenazas y ataques de Sendero, Rosado y su familia se creyeron a salvo. El ataque, sin pensarlo, vino solo algunos meses después. En la mañana del 6 de octubre de 1996, Pascuala caminó por la cuadra tres de la Avenida 15 de Julio en dirección al paradero de autobuses para desplazarse, como todos los días, hacía su trabajo. Cerca al Mercado de Huaycán, próximo a esta avenida, tres hombres encapuchados la esperaban. Al instante la acorralaron y con un disparo en la frente acabaron con su vida. De la misma forma que con Moyano, le colocaron una dinamita en el lado derecho del cuerpo y la hicieron explotar.

Han transcurrido más de veinte años desde los asesinatos registrados hacia estas lideresas, tiempo en el que ninguno de sus familiares han encontrado respuesta y justicia por la violencia ejercida por el grupo terrorista Sendero Luminoso.

El informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación menciona que gran parte del 39% de los asesinatos y desapariciones de las lideresas femeninas identificadas en el periodo de violencia pertenecían a organizaciones asistenciales. Juana López, Emma Hilario, María Elena Moyano y Pascuala Rosado fueron solo algunas de las mujeres que por lealtad y amor a sus principios, y a su gente, nunca desistieron. Y por eso vale la pena recordarlas.

Si te gustó esta nota, te invitamos a compartir este video con tus amigos y amigas.