En febrero de 1997 los restos de Mariella Barreto, agente de inteligencia del Ejército, fueron encontrados a lo largo de la carretera que lleva de Lima a Canta. Luego se supo que fue secuestrada, torturada y descuartizada por sus propios compañeros, tras descubrirse que había filtrado información confidencial a la prensa independiente. Eran los tiempos más oscuros y autoritarios del régimen de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos.  Casi veinte años después de su trágico final, Karolina, su hija menor, acepta conversar sobre una impronta que la acompañará de por vida.

Karolina tenía poco más de dos meses de nacida cuando su madre murió y su padre desapareció dejándole el apellido y la sonrisa. Pronto se cumplirán veinte años de una ausencia que no puede olvidarse. Metro setenta de estatura, figura desgarbada y shorts que muestran unas piernas perfectamente depiladas; Karolina es eso que los defensores de los derechos humanos llaman una ‘víctima del conflicto armado interno’. Está a mi lado y mientras se acomoda en la banca, me pregunta si ya leí En el reino del espanto, un libro de Álvaro Vargas Llosa en cuyas páginas se relata cómo los agentes del grupo Colina ­- integrantes de una  banda paramilitar para la que su madre trabajaba- la descuartizaron porque sabía demasiado y ponía en riesgo la estabilidad del régimen político que sometió al país en los noventa.

Mariella Barreto era una agente operativa de inteligencia del Ejército a la que un mal día invitaron a integrarse al equipo de operaciones especiales que dependía de Vladimiro Montesinos. Este grupo se llamaba ‘Colina’ y era dirigido por el mayor EP Santiago Martin Rivas. Reunía a cuarenta militares, entre hombres y mujeres. Unos se encargaban de la organización de seguimientos y otros de la ejecución de planes siniestros, que incluían el secuestro y asesinato de enemigos del régimen. Los ‘Colina’ fueron responsables de las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta, entre otras violaciones de los derechos humanos. Algunos de los agentes de inteligencia involucrados en estos hechos no estaban de acuerdo con las órdenes que recibían. El miedo a ser blanco de represalias, sin embargo, los obligaba a callar.

No es de eso de lo que Karolina me está hablando ahora. Ella me cuenta cómo estuvo su día y lo que hizo el fin de semana. Hace frío, ella abraza sus piernas depiladas, intenta abrigarlas. Dicen que su mamá tenía el cabello lacio, Karolina lo tiene ondeado y lo sujeta con una cola. El polo plomo casi le cubre los shorts, pero la camisa celeste que lleva encima parece que la abriga poco. Es un domingo frío, pronto será primavera, estamos frente a la esquina de Faucett con Venezuela, conversando en un parque con cañones que apuntan al cielo o a los transeúntes. Son poco más de las cinco de la tarde. A diferencia de las muchas veces que nos hemos reunido para conversar, esta vez ella sabe que le preguntaré por su madre. Hablaremos de Mariella Barreto.

Mariella Barreto con su hija Nataly Milagros fotografiadas en 1994. Ya entonces se sucedían los conflictos con el padre, Mayor EP Santiago Martín Rivas. FOTO: La Mula

Fue Mariella quien, a mediados de los noventa, filtró información a la prensa sobre el Plan Bermuda. Gracias a ella todo el país se enteró de los planes del grupo ‘Colina’. Contó con la colaboración de la agente Leonor La Rosa, quien luego sería detenida y torturada. Los ‘Colina’ planeaban asesinar a varios periodistas independientes, entre ellos, César Hildebrandt.  Abortado el operativo, las represalias no tardaron en llegar. Siguiendo las indicaciones del llamado Plan Tigre 96, concebido por Vladimiro Montesinos, agentes de inteligencia secuestraron a Barreto y la torturaron hasta matarla. Luego la descuartizaron y arrojaron sus restos en la carretera que conduce a Canta. Nunca se encontró su cabeza, pero cuando se reconoció cicatrices y otras marcas en las extremidades y el tronco, familiares y peritos concluyeron que era Mariella.

En la casa donde viven sus abuelos, en Villa María del Triunfo, hay un cuadro colgado que no se puede ignorar. Una mujer delgada y de nariz aguileña mira al vacío desde la pared. Karolina no sabe desde cuándo reconoce a su madre en ese retrato. Es Mariella Barreto Riofano. Ni sus abuelos ni su tía Blanca (a la que ahora llama “mamá”, y con la que vive junto a sus hermanas, que en realidad son sus primas), le han narrado la historia de la mujer que le dio la vida. Nadie le explicó por qué si Nataly era lo más cercano a una hermana no vivía entonces con ella. Ahora que me lo va contando, Karolina cree recordar que cuando era pequeña su abuelo la cargaba en brazos y señalándole el cuadro le decía: “Ella es tu madre”. Pero quizás no es cierto y se lo acaba de inventar. A lo mejor es una mezcla de recuerdos y fantasías.

– No sé hasta qué punto empiezo a inventar recuerdos. Los veo borrosos, como en las escenas del pasado en Harry Potter.

Mariella Barreto decidió rebelarse y hacer que todo el país supiera de las mañas que escondía el SIN de Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori y por eso fue descuartizada. FOTO: El Comercio.

En agosto de este año el Poder Judicial reabrió el caso de Mariella Barreto. Los procesados son Vladimiro Montesinos, Nicolás Hermoza Ríos y ocho agentes que operaban en el grupo ‘Colina’, entre ellos el mayor Santiago Martin Rivas. Mariella se enamoró de Martin Rivas en las salas del SIE y fruto de esa relación nació Nataly. Pero Karolina no es hija de Martin Rivas, el jefe operativo del grupo ‘Colina’, sino del entonces suboficial Elmer Valdiviezo, a quien por cierto nunca ha visto y del que no quiere saber nada. Nataly y Karolina, que quede claro, son las dos hijas de Mariella Barreto.

– Una vez mi abuela me preguntó qué haría si mi padre regresaba…

– ¿Y qué le respondiste?

– Nada.

-¿Y ella qué te dijo?

-Que yo lo botara como a un perro.

De pronto Karolina me dice que quiere ir al baño y que no se aguanta, pero igual sigue contando. Habla de la pensión que el Ejército le tiene asignada en su condición de víctima del conflicto armado, y que ella tiene reparos en cobrar. Su abuela y su tía Blanca le contaron que cuando Nataly, su hermana mayor, cumplió 18 años una asistenta social del Ejército vino a buscarla y le entregó una suma que era solo para ella. Antes de despedirse, le advirtió que no se las gaste rápido. Mientras Karolina reniega consigo misma por su falta de decisión ya se ha olvidado de que quiere ir al baño. Me cuenta que hace poco Nataly la llamó para preguntarle si ya había recibido el dinero que el Ejército debe entregarle.

– Le dije que no y en verdad, no. Son unos trámites bien pesados, yo no los entiendo.

De pronto se detiene, mira al cielo, mira sus piernas, me mira haciendo una mueca y exclama:

– Creo que me ha cagado una paloma.

Entonces recuerda que quiere ir al baño y yo le digo que puede ir al de Metro pero que debe pagar. Se sorprende y me dice que los baños de los supermercados no cobran. Le digo que al menos en el de Faucett sí pagas o debes mostrar tu boleta de compras para pasar gratis. Karolina no llora, no pregunta. Dice que está bien así, que no quiere salir de su zona de confort. Y se ríe. Le divierte el término “zona de confort”. En su risa hay un tono de vergüenza que me hace pensar que en realidad le incomoda hablar de Mariella y de su familia, que no sabe cómo no quebrarse cada vez que recuerda que nunca tuvo oportunidad de llorar la muerte de su madre, que cada vez que habla de lo mismo no quiere que tengan pena por ella. La imagen de una Karolina de mirada seria y conversación parca que sabe bien que quiere estudiar Comunicación para el desarrollo de pronto desaparece y se transforma en la imagen de una niña que tiene frío a mi lado y se desespera cuando me confiesa que todas las mañanas de su vida despierta con la intención de saber más de su madre pero algo pasa…

Ella culpa a su pereza de la escasa información que tiene de mamá. Admite que tiene poco interés en hablar con las personas que la conocieron y que podrían darle información detallada sobre ella. No siempre fue así. Cuando estaba en quinto de primaria decidió googlear la historia de su madre y ya en la secundaria buscó a su padre en Facebook.

A Nataly nadie le ocultó desde un principio lo que pasó con su madre. Con Karolina fue distinto:

– Todos los años teníamos que ir a la comisaría para consignar que seguíamos viviendo en Villa María del Triunfo, en casa de nuestros abuelos. Era un requisito indispensable para seguir recibiendo la pensión. Yo tenía seis años y Nataly, diez. A ella se la llevaron a un cuarto y dice que le contaron todo.

– ¿Y a ti?

– Mi abuelo me dijo que cuando fuera grande me iban a explicar.

– ¿Y te explicaron?

– No. Nunca.

Siempre esperó el día en que le contaran el pasado, pero eso nunca ocurrió. Cuando ella se cansó de esperar, digitó en google el nombre de su madre y casi toda la verdad se reveló antes sus ojos. Así empezó a entender varias cosas oscuras de su infancia y adolescencia.  Saber quién era su padre y cuál era su pasado y su presente fue igual de complicado. Karolina se enteró que él ya tenía un hijo antes de estar con Mariella, su mamá. Quiso conocer a ese hermano y lo encontró. Después de un escueto intercambio de palabras, no hubo más que  saludos de cumpleaños y mensajes navideños.

– Me olvidaba. Hace un año me escribió preguntándome si alguna vez podríamos vernos. Le dije que sí pero no volvió a escribirme más.

– ¿Tú no le escribiste?

– No.

Foto: Jimena Rodríguez

Mientras nos dirigimos al paradero le pregunto por qué no intenta contactarse con Leonor La Rosa, visitar a Martin Rivas en la cárcel o finalmente reunirse con su hermano. Ella asiente y me dice con voz muy bajita que muchas veces ha imaginado cómo serían esos encuentros. Que quisiera pero que le gana el miedo a que sientan pena por ella y se pongan a llorar. Ya en el paradero unos hombres nos silban, le silban, posiblemente porque va en shorts.

– Mira todo lo que tengo que pasar por ti – me reclama.

Creo que Karolina es una mujer que intenta valerse por sí misma, aunque no haya terminado de armar ese rompecabezas que es la historia de su madre. Pienso que quizás no necesita de ningún hermano o hermana para seguir con su vida y ser feliz. Pero también pienso que una historia como la de Mariella Barreto, Leonor La Rosa o la de muchos agentes de inteligencia que decidieron rebelarse y hacer que todo el país supiera de las mañas que escondía el SIN de Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori, no puede quedar impune. De pronto Karolina se pone nostálgica y me dice que en realidad su padre sí amaba mucho a su madre, que se iban a casar y que por eso enterraron sus restos con un vestido de novia.

– Perdona, pensé que la habían descuartizado.

– Ah, es cierto. Entonces no fue así.

Tomo el micro de regreso a casa y en el camino recibo un mensaje de Karolina en el WhatsApp:

– Oye, el baño de Metro sí cobraba.

Sobre El Autor

Valery Vergaray

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