Ha trabajado en más de una decena de medios impresos y es autor de la trilogía “Memorias de una pasión”. Allí narra la historia del periodismo peruano en el siglo XX. Podría decirse que no hay nada que él ignore de ese periodo signado por tanto glamour como violencia. Su pluma prolija y versátil condensa sesenta años de experiencia y su nombre figura como piedra angular en el registro de medios como Última Hora, La Prensa, Vistazo, La Crónica y Caretas.

“Hasta el fin de mis días, el periodismo será mi pasión”

 

Se enamoró de las publicaciones impresas cuando conoció el olor de la tinta. Pocos años más tarde inició su largo idilio con el periodismo en un semanario político llamado Pregón. Aprendió lecciones imborrables junto a Enrique Zileri, Guillermo Thorndike, Raúl Villarán y César Hildebrandt. La más presente de todas: los periodistas no son testigos neutrales de la política. Él mismo no lo ha sido. “Yo lo reconozco, no temo haber sido velasquista. No soy como otros colegas que sí lo fueron y ahora se callan la boca, como Hildebrandt, que ha trabajado con el gobierno militar, y Raúl Vargas que ha trabajado en La Prensa”.

Mientras conversamos en su oficina de Pueblo Libre, Tamariz inspecciona las repisas que cobijan las publicaciones en las escribió. Una sonrisa se dibuja en su rostro cuando distingue en algunas su nombre junto al rotulo de director. El ejercicio se repite unas cuantas veces. No es difícil deducir que está orgulloso de su trabajo.

Sobre una de las repisas divisa la revista Vistazo. Quincenal, sin publicidad ni padrinos, la confeccionaba junto a los periodistas Raúl Serrano, Nelson Coronel y el recodado fotógrafo Carlos “Chino” Domínguez. Colaboraban con ella los poetas Reynaldo Naranjo, Juan Gonzalo Rose y Jorge Pimentel. Vistazo, a su juicio, es su mejor obra. Mantiene la vista fija sobre la revista y un momento después comenta que el gobierno de Juan Velasco Alvarado se la intentó comprar por 200 mil soles. “Armando Artola, el ministro del Interior, me citó a su despacho a raíz de una nota que hice sobre el comedor estudiantil de la Universidad San Marcos, donde al presidente lo pintaron en un mural como Hitler”, recuerda. Se contiene unos segundos y luego agrega: “No acepté. Esa revista era mía”.

¿Cómo se convirtió Domingo Tamariz en uno de los periodistas más prolijos del medio? ¿Cómo paso de ser un hombre de prensa a escribir la historia de la prensa? La respuesta a esta pregunta, como a muchas otras, recae en Enrique Zileri. “Estaba en Caretas y Fernando Ampuero me manda a recolectar información sobre procesos electorales pasados, y bueno, uno es como es y le presenté después de unos días 20 carillas. Me dijo que era mucho, pero se lo dio a Zileri, y me pidió que haga dos más para poner gráficos. Salió publicado. Ahí supe que tenía mucho por escribir”.

 

“Domingo reconoce haber sido velasquista, bealundista y socialista humanista. Le resulta muy difícil, casi inconciliable que un periodista pueda sobrevivir ajeno a su orientación política”.

 

Tamariz ha sido testigo de la historia de Caretas. Trabajó por más de 25 años y vio pasar por su redacción a algunos de los más importantes periodistas del país. Vivió las temidas amanecidas de cierre de edición. “Todos los cierres han sido locos, sobre todo con Zileri. Te exigía de una manera muy fuerte y tenía un olfato maravilloso. Tú podías creer que la nota estaba bien, pero él le encontraba algo, siempre había algo”, recuerda.

En 1960 dejó su puesto de jefe de redacción en Caretas ante una propuesta de los dueños de la revista Mundo. Le ofrecieron 5500 soles de sueldo mensual. Esa decisión, piensa ahora Tamariz, fue el peor error de su carrera. “Acepté porque me dieron total libertad en la revista. Cuando Zileri se enteró me pidió que no me vaya, me ofreció 7000 soles. Tuve que rechazar su oferta porque ya tenía un acuerdo. Pero me arrepentí, me traían publirreportajes y me sacaban mis textos a última hora. A los siete meses me fui y tuve la suerte de que Zileri me llame y me pague los 7000”.

Su vínculo con la revista le impide juzgar desapasionadamente la novela Contarlo todo, de Jeremías Gamboa, que incorpora algunos escenas en Caretas. Cuando oye hablar de ella no puede evitar enfadarse. No reconoce en las imágenes, los personajes y las situaciones que evoca Gamboa, la revista que tanto aprecia. “Está exagerando. Quiso hacer más interesante su novela. Tiene razón en la parte en la que dice que pagaban tarde, pero solo durante el fujimorismo. Se equivoca cuando dice que pagaban mal, sino no hubiese estado gente que cobraba bien como Fernando Ampuero y Raúl Vargas”.

 

En La Tercera con Hildebrandt

En 1974 Guillermo Thorndike lo convocó a trabajar en La Tercera, que en ese entonces tiraba 100 mil ejemplares. Con Tamariz, llegarían a duplicar esa marca. “Guillermo Thorndike me entregó La Tercera, y también la revista Mundial. César Hildebrandt estaba a cargo de Variedades”, recuerda. Ambas revistas fueron las más emblemáticas de aquella época.

La razón de aquel éxito podría estar en la incansable dedicación de Tamariz. Como si hoy mismo le tocará ir a La Tercera, recuerda su rutina de trabajo. A las once de la noche, hora en que cerraba el diario, se iba al edificio Anglo Peruano, frente a la Plaza Grau, y se quedaba toda la noche escribiendo y corrigiendo las notas que aparecerían en Mundial. A diez metros de su escritorio, en ese mismo edificio que hoy luce algo desmejorado, César Hildebrandt se ocupaba de Variedades.

“César es un extraordinario periodista. Después de Zileri, es el mejor. Como entrevistador sobre todo. Lo comparo con Alfonso Tealdo. Ellos dos son los mejores entrevistadores que ha tenido el Perú. Lo que hace bueno a Hildebrandt es que siempre ha sido valiente. Marcó una etapa en la televisión. Lo único que le falta para ser Zileri es que lo deporten”.

 

Los viajes de Tamariz

Domingo Tamariz era un periodista deseoso de aventuras. En el verano de 1952, decidió emprender un viaje por distintas ciudades de la selva junto a su amigo Pepe Velásquez. En Tingo María se enamoró de una chica y echó raíces. Durante su estadía, el dueño de una imprenta le ofreció crear un semanario. Él no lo dudo y un tiempo después nació Avance. Vendía a un sol cada ejemplar, el tiraje era de dos mil copias y lo único que debía pagar era el papel. “Fui a Tingo María fumando Nacional y terminé fumando Lucky Strike”, recuerda. Luego volvió a Lima porque extrañaba a su familia. Avance siguió vigente por varios años.

En 1958, Paco Igartua le pidió a Tamariz que vaya a Chile por cuatro días a cubrir las elecciones presidenciales. Tamariz armó sus maletas e ideó la cobertura de los comicios. El día en que dejó la redacción de Caretas, a nadie, ni siquiera a él mismo, se le hubiera ocurrido que en Chile permanecería cuatro meses. Con la excusa de que debía entrevistar a Jorge Alessandri, el presidente electo, se quedó 120 días en Santiago.

“Me fue de maravilla en Chile. Fui con 3000 soles y regresé con 4000. Fui al casino con mis colegas chilenos, y como dicen, mano virgen siempre gana y así fue, terminé invitándoles la comida por varios días”, cuenta. Con ayuda de su gran carisma, Tamariz fue ganando amigos que lo apoyaban cuando había dificultades. Se alojó con una familia chilena por tres meses. “Con una botella de pisco abres todas las puertas de Santiago”.

Domingo siempre estuvo ligado a alguna corriente política. Reconoce haber sido velasquista, belaundista y socialista humanista. Durante su viaje a Chile fue allendista. La objetividad, piensa, es un invento que los profesores emplean para ufanarse con sus diapositivas y conferencias.

Le resulta muy difícil, casi inconciliable, que un periodista pueda sobrevivir en un medio ajeno a su orientación política. Cuando lamentablemente eso ocurre sobreviene la tristeza y se debilita el rendimiento, la pasión del periodista. “Si trabajara en un medio ahora, sería en La República”, revela.

 

“Tamariz ha sido testigo de la historia de Caretas. Trabajó más de 25 años y vio pasar por su redacción a algunos de los más importantes periodistas del país. Vivió las temidas amanecidas de cierre de edición”.

 

Esa convicción no lo aleja en lo absoluto de la ética, de los principios y fundamentos del periodismo. “Con Guillermo Thorndike, tuvimos una discusión en canal 7 hace 10 años. Empecé a hablar de la ética periodística, que es muy importante. Él me dijo que me deje de tonterías, que eso no existe, se reía de lo que decía”.

Al evocar ese recuerdo, la voz de Tamariz cambia, se hace más baja y meditativa. Es evidente que ese pasaje no le es grato. Junto a Thorndike, trabajó en La Tercera y en otras publicaciones. A pesar de que conoció las manías de su amigo, le cuesta concebir que no creyese en la ética.

Se mantiene silencioso un momento, como si estuviera tratando de fijar la imagen de aquella pelea. “Tal vez fue la edad”, dice finalmente.

 

Un amante del periodismo

Domingo Tamariz

Domingo Tamariz en los tiempos en que dirigía el Club de Periodistas de Lima. Foto: La República.

“Gorriti es el mejor periodista de investigación que hay, muy minucioso. Al principio sufría tanto para parir sus notas. Yo lo he visto superarse. Su relación con Zileri era extraordinaria. Eran el uno para el otro”, comenta.

Las palabras que Tamariz le dedica a Gorriti, las que emplea al evocar a Zileri, Hildebrandt, Thorndike e Igartua, están llenas de nostalgia. Las pronuncia con un tono distinto, dotado de una modulación más cálida. Los vio crecer, fallar y luchar noches enteras por cerrar sus notas. Nuevamente, se mantiene en silencio unos segundos y luego remata: “He tenido la suerte de trabajar con los mejores periodistas del país”.

“Gorriti llegó tarde al periodismo. Se dedicaba a cultivar olivos con sus padres. Él llega a Lima y no sé cómo pero se enrola en Caretas. Su primer informe fue sobre el narcotraficante Carlos Lambert. Fue muy exitoso porque nunca antes se había hecho algo así en el periodismo. Es una persona muy valiente”, comenta.

Domingo Tamariz se reclina en el sillón, es una indicación de que la entrevista debe concluir pronto porque el trabajo lo espera. Iba a apagar la grabadora cuando, con un gesto y la mirada fija, me dice a modo de confesión una frase provista de esa misma nostalgia.

“Yo no soy tan valiente. No llego al nivel al que llegaron estos periodistas con los que trabajé. Defendía mi nota, pero nunca he sido perseguido, censurado ni sobornado. No sé cómo hubiera reaccionado si lo intentaban”.

Son palabras duras, contienen una autocrítica, un juicio severo sobre sí mismo que también revela la honestidad de Tamariz. Si tomamos en cuenta los miles de artículos que ha escrito, los testimonios sobre la historia del periodismo peruano que ha recogido en sus libros, y toda esa vitalidad reunida en su anecdotario personal, lo que nos deja este hombre de 87 años es una lección de amor incondicional por el oficio que compartimos.