En los últimos años, las redes sociales han adquirido especial relevancia como espacio para hacer activismo y debatir sobre los derechos de las poblaciones vulnerables. Uno de los movimientos que ha surgido en el escenario virtual es el veganismo y, desde hace seis años, Claudia Matienzo es activista y blogger de lo que considera una filosofía de vida. En Facebook, YouTube e Instagram, ella difunde información sobre el veganismo, además de recetas que no contienen ningún producto de origen animal.

Claudia es joven, tiene una mirada vivaz y una voz firme aunque delicada. Su elocuencia es propia de una persona letrada, y sus movimientos denotan, ante cualquier buen observador, una singular armonía. Hace algunos años, en 2014, tomó la que considera “la mejor decisión de su vida”: se hizo vegana y desde entonces se ha mantenido en sus trece. Al comienzo de esta nueva etapa tuvo algunos problemas, cometió ciertos errores, pero supo aprender de ellos.

Desde que era pequeña, Claudia rechazaba toda forma de maltrato animal. Recuerda, con voz acongojada, que a los 12 años su padre la llevó a una corrida de toros en la Plaza de Acho: aquella macabra arena, testigo de la muerte de miles de animales, en donde la sangre derramada es sinónimo de cultura para los taurinos, y que, quizás por justicia divina, hoy se ha convertido en refugio de indigentes descalzos y olvidados en medio de una calamidad llamada COVID-19. 

Claudia tenía miedo, no quería ser testigo de cómo el animal es herido por las estocadas y las banderillas clavadas en su lomo. Como era de esperarse, ella no quiso ver. Sintió animadversión contra el matador y desagrado frente al espectáculo que miles festejaban. Pero ese día, el toro corrió de un lado al otro y se salvó de la muerte: era solo una exhibición de la destreza del lidiador con el manejo del capote y la muleta. 

Sin embargo, horas después presenció una pelea de gallos y en esos duelos siempre muere uno de los contrincantes con el pico clavado en la tierra y las espuelas maculadas con la sangre del vencedor. A Claudia también le pareció desagradable esta lucha a muerte entre dos animales. Por aquel tiempo ella no tenía la menor idea de lo que era el veganismo. Pasarían algunos años antes que lo descubriera.

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El veganismo es un movimiento social y es una filosofía de vida que se ha expandido por el mundo en los últimos años, de la mano de activistas e influencers. La motivación de los activistas es el rechazo a todo tipo de explotación y violencia contra los animales. Esto implica evitar el consumo o uso de cualquier producto de origen animal —sea alimento, prendas o calzado—, además de condenar los espectáculos en donde se utilicen a los animales como objetos de entretenimiento. 

Pero con el auge de las redes sociales surgieron los influencers. Ellos tienden a mostrar al movimiento solo como un régimen alimenticio y promocionan todo tipo de batidos, suplementos y dietas ‘veganas’. “El veganismo no tiene nada que ver con una dieta”, aclara Claudia. Es estricta con su estilo de vida, pues piensa para ella no existe aquello de los ‘flexiveganos’ (aquellos que, de vez en cuando, consumen lácteos o carne).

Los artículos sobre el movimiento vegano abundan en internet. Son informes que, o bien concluyen que un régimen así puede ser beneficioso para la salud, o argumentan que en realidad son perjudiciales. Algunos, incluso más tendenciosos, relacionan a esta comunidad con los colectivos antivacunas. Para Claudia, lo que se publica en estos medios en realidad no hace más que dañar la imagen del veganismo y de sus activistas. Prueba de ello es su caso. Lleva seis años de vida vegana. «Si ser vegano fuera peligroso, yo ya estaría muerta», afirma. 

‘Clau’ también admite que al principio tuvo problemas. Fue una desconocida quien la introdujo al mundo del veganismo, un misterioso personaje del cual no ha vuelto a saber ni puede dar mayor detalle. Irónicamente, estaban en una hamburguesería. Ella solo pidió un jugo y no quiso comer nada porque la joven comenzó a hablar de su filosofía de vida. 

“Soy un poco radical”, señala Claudia y ríe. Un día después de aquel encuentro decidió, de buenas a primeras, dejar de consumir carne para siempre. Ella creía, por ejemplo, que si seguía comiendo animales no tenía derecho a manifestarse en contra de las corridas de toros. 

Leyó muchos libros para terminar de entender qué significa ser vegano y vio documentales al respecto. Uno de ellos fue Terrícolas (Earthlings, del 2005), presentado por el consagrado actor y activista vegano Joaquin Phoenix. En este film se pone en evidencia lo que sucede dentro de los mataderos y los daños al ambiente que ocasiona la explotación animal.

Su padre fue tolerante con su decisión. Su madre, quien era la que cocinaba en casa, se mostró renuente al cambio. “¿Cómo vas a dejar de comer carne?”, le decía. Por eso Claudia tuvo que aprender a cocinar. Al principio eran solo panqueques, después comenzó a preparar comidas más complejas.

Pero dejar de consumir carne de un día para otro tuvo consecuencias adversas. “Al principio cometí errores. Debió ser un cambio más gradual”, reconoce. A fines de 2015, dos años después de comenzar su nuevo estilo de vida, a Claudia le diagnosticaron anemia. Tenía un bajo nivel de hemoglobina, algo que generalmente es causado por el déficit de hierro en la sangre. Así, ella aprendió a combinar los alimentos que consumía. Aprendió que la vitamina C propicia la absorción del mineral presente en la espinaca y en las menestras, por ejemplo. “Es cuestión de informarse y hacer las cosas bien”, puntualiza. Ahora Claudia tiene sus niveles de hemoglobina dentro del rango normal.

No consumir absolutamente nada de origen animal es a veces complicado, admite. No implica solo suspender carnes, sino leer cada ingrediente de cada producto —incluso productos de limpieza y maquillaje— e identificar los materiales de las prendas de vestir que compra. Pero al final, aquellas pequeñas complicaciones, según Claudia, no minan su compromiso con los animales y su bienestar. Ahora hay más información. “Eso es muy bueno”, dice con tono alentador.

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A inicios de 2019, una influencer vegana generó polémica al filtrarse un video en el que se le ve consumiendo carne de pescado. Su nombre: Yovana Mendoza. Su canal en YouTube: Rawvana, tenía más de 2 millones de seguidores. Claudia era una de ellas. Yovana, después del incidente, publicó un video en el cual se disculpaba por lo sucedido y argumentó que, si bien promocionaba en redes un estilo de vida vegano, la verdad es que ella consumía carne animal desde hacía meses debido a problemas de salud (desequilibrios hormonales y un crecimiento bacteriano en el intestino delgado). 

Para Claudia esta noticia fue “decepcionante y vergonzosa”. Una de las contradicciones de ser vegano, según varios medios, son los problemas de salud que conlleva. Pero la activista está segura de que este es un caso aislado. “Hay mucha gente vegana. Rawvana es solo alguien que cobró cierta notoriedad por la forma de comunicarse. Pero que ella haya enfermado no significa que todos los veganos vayamos a pasar por lo mismo si estamos bien informados”, argumenta. 

El trabajo y otras obligaciones familiares no le dejan tiempo a Claudia para participar en las manifestaciones que los veganos organizan en plazas y calles. Su activismo es más limitado a redes sociales. Estas han demostrado ser un importante espacio para la organización civil y la protesta. Un claro ejemplo fue la manifestación ‘Ni una menos’, que nació en Facebook.

Claudia ha creado una comunidad virtual para difundir su estilo de vida. FOTO: Archivo personal.

En 2017 Claudia decidió fundar su página de Facebook ‘Vegan Clau’ y un canal de YouTube con el mismo nombre. Desde allí ella empezó a compartir videos sobre los maltratos que sufren los animales en el matadero, también expone razones para volverse vegano, comparte información sobre alimentación, salud, y tips y recetas de comidas, como ella remarca, libres de crueldad contra los animales. 

Su madre aún cree que ella debería comer carne. Claudia no piensa hacerlo jamás. “Simplemente no podría”, asegura. Además, sostiene que respeta la decisión de cada persona y tiene una buena relación con amigos que no son veganos. Ella cree que está en el lado correcto y lo evidencia con la sonrisa de quien tiene la seguridad de algo y no se esfuerza por ocultarlo. En realidad, es una sonrisa que casi nunca desaparece de su rostro. Quizá un atisbo de su empatía y amabilidad. Ella es una de las voces que hablan por quienes no tienen voz, solo gemidos antes de ser sacrificados en los mataderos.

Claudia es reservada con su edad y frente a la cámara se muestra muy sencilla. Ha sumado una cantidad importante de seguidores, pero no se considera una influencer a cabalidad. No le interesa generar ganancias o tener más suscriptores, solo desea enviar su mensaje. Al final, “el que tenga oídos para oír, que oiga”.