La capital es la gran escenografía de su pintura desde hace cuarenta años. Carlos Enrique Polanco es un expresionista urbano considerado por la crítica como un maestro del color. Esta es la historia de su vida y trayectoria como artista.

La primera vez que Enrique Polanco mezcló colores fue durante la primaria en el colegio José Olaya de Miraflores. Sus notas sobresalientes en clase de pintura daban señales de un futuro prometedor. A los doce años, con sus propinas, compró el fascículo de Goya de la colección Pinacoteca de los genios. Entonces no tenía idea de lo que significaba el arte ni se imaginaba como pintor. A esa edad lo ilusionaba ser marino mercante y viajar por el mundo. Incluso faltaba al colegio para ir a deambular por el Callao y contemplar los barcos que anclaban en el puerto.

Vivió su infancia en Miraflores, un distrito apacible y arbolado en los sesenta. “Era el Edén”, recuerda. De pronto la economía familiar se vino abajo y debieron mudarse al edificio Marsano. En esa mole singular y entrañable transcurrió la etapa final de su niñez y toda su adolescencia.

A Polanco le gustaba juntarse con gente adulta de su barrio. Una vez lo llevaron a los bares del Callao. Recuerda las calles colmadas de marinos, mujeres, trabajadores y vendedores. Años más tarde volvió al puerto a trabajar como vigilante en las descargas de trigo. Concluida su jornada caía a los bares a pasar el rato y a echarse unos tragos. Ya como pintor regresó a fotografiar las fachadas para unos cuadros y las encontró despobladas y sombrías.

A mediados de los setenta ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes. Polanco empezaría a alternar el entorno tranquilo de Miraflores y Barranco con el ambiente precipitado y vertiginoso de los Barrios Altos. Llegar a Bellas Artes significó la oportunidad para relacionarse con un de los principales temas de su pintura: el centro de Lima. Aunque también perfiló el comienzo de una etapa de acuarela callejera y bohemia excesiva.

Dibujar estatuas y bodegones le parecía aburrido y monótono. En lugar de ir a clases, él y sus amigos preferían salir a pintar en las calles y sumergirse en los callejones del corazón de los Barrios Altos. En ocasiones recalaban en las orillas del río Rímac para tomar ron con coca cola debajo del puente Balta. Bebían junto a los borrachos que dormían allí y a veces terminaban abrazados con ellos. “Eran nuestros compañeros de oficio”, apunta entre risas. Polanco era de esas personas que entonces podía beber hasta tres días seguidos. Esa época, rememora el pintor, “fue como un río tormentoso”.

Por esos años conoció a Herman Schwarz, quien también estudiaba en Bellas Artes y luego tendría una fructífera carrera en fotografía. La amistad entre ambos tardaría en germinar pero luego se hizo sólida e imperecedera. Los unieron ciertas predilecciones, como la obra y amistad con Víctor Humareda.

Juntos iban a ver sus cuadros al hotel Lima, cerca de La Parada, donde Humareda vivió por más de veinte años. Los domingos se reunían para almorzar y mientras conversaban sobre arte, música clásica y trivialidades, Schwarz los fotografiaba. Polanco admiraba y apreciaba la personalidad extravagante y pintoresca de Humareda, quien a su vez era un admirador del color que define la obra de Polanco.

Egresa de Bellas Artes en 1981. Dos años después, hizo su primera exposición individual. El pintor Leslie Lee le dijo a David Herskovitz, uno de los expresionistas más destacados de los sesenta, que vaya a mirar los cuadros de Polanco y a este le encantaron. Después Lee habló con Matucha Fuentes, la dueña de la galería Trapecio, y organizaron la muestra. “¡Imagínate tener el aval de David Herkovitz!”, recuerda Polanco con entusiasmo.

Polanco-Pintando

Polanco inicia su carrera en la pintura en 1975 cuando ingresa a Bellas Artes. Foto: Caretas.

La violencia de los ochenta y noventa lo impulsa a acercarse con osadía a temas políticos y sociales. A través de su pintura satiriza y critica a la sociedad peruana. Polanco expresa, desde su mirada, el estado de ánimo del país. En medio de esa atmósfera convulsionada se unió a E.P.S Huayco, un colectivo que propuso vincular el arte con la militancia socialista. Luego, a principios de los ochenta, participó en Kloaka, una banda de poetas sanmarquinos entre los que destacaban Roger Santiváñez y Domingo de Ramos. Con ellos anduvo un año. “Ellos hacían poesía urbana y yo pintura urbana”, recuerda. De pronto asomaron las divergencias por pronunciamientos que él nunca había suscrito y finalmente se alejó.

En 1984 Polanco obtiene una beca en el Instituto Central de Artes de Pekín y se va a China. Al poco tiempo, en 1986, Humareda muere en el hospital de Neoplásicas de Lima a causa de un cáncer a la laringe. Schwarz le envió una carta a Pekín para comunicarle su muerte. Polanco no pudo despedirse, pero siempre lo recuerda con aprecio. “Humareda introdujo en mí el delirio de la pintura”.

Lorenzo Osores, quién más tarde se involucraría en las revistas de humor Monos y Monadas, El idiota y El salvaje ilustrado, conoció a Polanco en China. La primera vez que lo vio estaba solo en una mesa de la terraza del Hotel de la Amistad de Pekín con un vaso de cerveza en la mano. Le habían advertido que Polanco era un tipo intratable y agresivo. Sin embargo cuando conversó con él le pareció sensible y agradable. Polanco y Osores ocupaban sus días libres en visitar museos y viajar. Y a veces junto a sus amigos latinoamericanos salían a recorrer el centro de Pekín en bicicleta. La amistad entre ambos se fortaleció cuando regresaron a Lima a fines de los ochenta. Se sumaron a ellos ‘Toño’ Cisneros, Ítalo Núñez y el caricaturista Carlos Tovar ‘Carlín’ con quienes formó un entrañable grupo de amigos.

Los amigos de Polanco dicen que él se ha caracterizado por tener un carácter frontal y contestatario. Y eso también se ha reflejado en su obra. Antes de viajar a China era un expresionista furioso. “Un rabioso que ladraba”, se describe a sí mismo Polanco. Sin embargo con el paso del tiempo ha ido sosegando su pintura y su personalidad rebelde. Al volver de China en 1987 se notaba que su color era más puro, más limpio y no tan caótico. Sus cuadros habían adoptado el silencio de la pintura clásica china.

A pesar de ello, muchas veces la franqueza de sus ideas le ha ocasionado conflictos. Schwarz recuerda que en setiembre de 1995 Polanco presentó un cuadro llamado Trilogía para una exposición en la Catedral de Lima. En este se ve la imagen de Sarita Colonia en medio de Santa Rosa de Lima y San Martin de Porres. Un día antes de la inauguración, el monseñor Vargas Alzamora vio el cuadro y exigió que lo descolgaran. Cuando Schwarz y Polanco llegaron a ver la muestra, no estaba. “Nos contaron que se le pararon los pelos al monseñor”, narra Herman. Para la iglesia católica ubicar a Santa Rosa y a San Martín en el mismo lugar que un personaje tan marginal como Sarita Colonia, la santa del pueblo, fue un atrevimiento intolerable de Polanco.

Y es que a Polanco le interesa pintar la marginalidad de la ciudad, los personajes olvidados por la élite. “Esa es la Lima en la cual yo me muevo”, expresa. Sus cuadros son destellos de cómo siente y mira a la ciudad. Y ha intentado retratar el alma de una época. Hoy hablar de Lima, ya no es solo referirse al centro. Se habla de los conos habitados por la segunda y tercera generación de migrantes que llegaron a la capital y construyeron sus viviendas en los cerros.

Lima es la gran escenografía donde transcurren sus pinturas. Es el telón de fondo donde ubica a sus personajes y construye escenas. Polanco ha pintado sus calles, sus edificios, sus cines, sus bares, sus cerros y sus barrios. El color de Polanco le ha insuflado vida a escenarios tristes, grises e inertes de la ciudad. La vitalidad en la pintura de Polanco contrasta con la opacidad y la grisura de los lugares que lo inspiraron. Eso se puede ver, por ejemplo, en un cuadro donde Polanco colocó a Martín Adán en el ingreso del hospital Larco Herrera basado en el recuerdo de cuando lo vio por única vez. Era 1979. Por esos días, Polanco solía dibujar entre los enormes pabellones de ese manicomio en decadencia. El ingreso estaba prohibido. No recuerda bien cómo entraba. Un día vio una limosina en la puerta. Había mucha tierra. Fue caminando hacia el carro y vio a Martín Adán conversando vestido con una pijama a rayas en el asiento trasero con el librero Juan Mejía Baca.

El recuerdo siguió latiendo en su memoria cuando empezó a trabajar una serie de ilustraciones de La casa de cartón por los 80 años de su publicación. Era 2008 y también se celebraba el centenario del nacimiento de Martín Adán. A Polanco le pidieron ilustrar el libro. Volvió a leerlo y de todas las postales, relatos inconexos, escenas y paisajes, seleccionó diez momentos e incluyó además el cuadro de Adán en el Larco Herrera. Presentó las imágenes en el Centro Cultural de la Universidad Inca Garcilaso, que era dirigido por su amigo Toño Cisneros. Aquella fue una de sus últimas exposiciones.

 

Para vender sus cuadros, Polanco no necesita el amparo de una galería. Su nombre lleva un halo de prestigio y asombro que cautiva a sus admiradores. Desde que desaparecieron las galerías Trapecio y Cecilia Gonzáles, donde hizo varias exposiciones individuales, vende sus cuadros personalmente. Polanco ha preferido mantenerse al margen del circuito comercial de arte. La gente que en verdad aprecia su pintura va a buscarlo hasta su taller en Barranco.

En ese mismo taller se ha pasado varios meses trabajando en su más reciente proyecto: Las iluminaciones. Homenaje a Martin Chambi. Polanco interviene algunas fotos originales de Chambi para darles color. Ese color con el que realza y magnifica la mirada del fotógrafo cusqueño. El mismo color con el que ha sometido a la ciudad.

Para entender su pintura y su mirada sobre Lima, no se necesita ser un académico. En La palabra pintada, un conjunto de ensayos sobre arte contemporáneo, Tom Wolfe sostiene que en el “arte ver es creer”. Un cuadro debe imponerse por sí mismo ante quien lo contemple, ya sea por su síntesis de colores y formas en el lienzo. Basta con observar un instante un cuadro de Polanco para creer su verdad sobre Lima.

¿Cuál es el encanto del color?, le pregunto y tarda en responder. Polanco no es un académico del arte. No tiene una definición teórica. Para él es el alma que ofrece un cuadro. El color es bien simple. El color es ser colorista. Y ser colorista es utilizar todos los colores existentes. No es una paleta neutra. Es tener una paleta vigorosa y vital. Por eso para Polanco el expresionismo no es una moda. Es un lenguaje, es un modo de sentir la vida.

Sobre El Autor

Miguel Ángel Ala

Estudiante de Derecho de la PUCP y miembro de la Asociación IUS ET VERITAS.

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