Cuando se habla de fútbol femenino en el Perú, una de las primeras imágenes que vienen a la mente es la celebración de Cindy Novoa tras marcar un gol en el arco de Alianza Lima durante la final del torneo femenino Zona Lima 2019. Fue un clásico en el Estadio Nacional con ambas hinchadas en las tribunas, un sueño. Novoa se ha convertido en el máximo exponente del fútbol practicado por mujeres en el país. Y no solo por su juego, sino también por su lucha constante por conseguir condiciones dignas para las futbolistas. Sin embargo, como dice la frase, “el fútbol es ingrato”, y, para una mujer, más.  

Por Mariafe Serra 

Se sentía la presencia de la hinchada, el aliento en las tribunas de oriente y occidente. Era la primera vez que una final del torneo femenino se jugaba en el Estadio Nacional; la primera vez que se televisaba; y la primera vez en mucho tiempo que un clásico contaba con la presencia de ambas hinchadas. Por los desmanes de violencia, hace años que se disputaba solo con hinchada local. Las cuatro esquinas de la cancha estaban llenas de fotógrafos. Universitario se coronó campeón y, cuando terminó el partido, todos los reporteros saltaron al césped a tratar de entrevistar a una persona: Cindy Novoa, la que te distribuye el balón en el campo, la que crea las jugadas, la que ordena, la del gol. Fue esa jugadora que en jerga futbolística se conoce como ´la aduana´ porque todo pasa por ella. Luego de ese partido no pararon de llegarle contratos, ofertas laborales y patrocinios. Este apogeo duraría poco debido a la llegada del COVID-19 que no solo paralizó el fútbol nacional, sino que evidenció otra plaga que invade nuestra sociedad: la desigualdad. 

Un 10 de agosto de 1995, Desho Novoa, el ´Messi´ del pueblo de Achamal, en Amazonas, se convertía en padre. Su primera hija sería llamada Cindy Magaly Novoa Díaz. Cindy no recuerda algún momento de su vida en el que no le haya gustado el fútbol, tal vez por admiración a su padre. Su niñez en Amazonas estuvo muy marcada por el deseo de jugar en cualquier descampado que encontrara o en el patio del colegio. Una vez realizaron un minicampeonato entre colegios. Cindy se inscribió, pero solo la dejaron jugar un partido. ¿Cómo la niña iba a querer jugar? La podían golpear. Así pasó buena parte de su niñez: tratando de que la dejen participar como si necesitara la aprobación masculina para patear una pelota. No tenía otra opción que quedarse al lado de la cancha intentando dominar el balón. Poco a poco fue adquiriendo mayor destreza. En esos momentos su vida era como la de Fabiola Herrera, quien debía fingir ser hombre para jugar fútbol en su barrio, en el Callao, o como la de Maryory Sánchez, a quien metieron a clases de vóley para sacarle de la mente la descabellada idea de jugar fútbol, o como la de Anita Carmona, aquella malagueña que en los años veinte del siglo pasado se atrevió a disfrazarse de hombre para poder ser futbolista, corriendo el riesgo de ir presa. Para contar la vida de Cindy es importante entender lo que históricamente ha significado que una mujer quiera saltar a la cancha. Incluso a su padre, quien era su referente, no le emocionaba ver a su hija jugar. Tal vez si Cindy fuera un hombre, a Desho le hubieran brillado los ojitos y hubiera soñado con ver a su hijo convertirse en un Ñol o un Pizarro, pero no. Era Cindy y su papá no conocía un referente en el fútbol femenino en quien soñarla convertida.

A los trece años Cindy se mudó a Lima. Ya no era común para ella encontrar descampados donde patear una pelota, pero encontró algo mejor: calles ruidosas y concurridas, semáforos y esquinas. En ellas halló una forma de ganar dinero con el balón: hacer ´freestyle´ en los semáforos en rojo. De algo podría servirle ahora todo lo que practicó cuando no la dejaban jugar. Podría ser que para una Lima aún conservadora fuera llamativo ver a una chica dominando una pelota en las esquinas, pero lo cierto es que le dio resultado. Con los fines de semana saliendo a las calles para esta actividad lograba sacar algo de dinero. A veces los choferes le regalaban un par de aplausos antes de darle una moneda. Esa adolescente, que recibía las monedas y agradecía los aplausos humildemente, no imaginaba que en unos años la aplaudiría un estadio entero. 

A los 15 años la matricularon en una academia de Alianza Lima para hombres. Nunca encajó por completo, pues a todos se les hacía raro que una chica juegue. Ella era la única. Seguro hubiera preferido una academia de mujeres, pero no la encontró. Al final lo importante era jugar. Entrenó con ellos todo un verano. Un día jugaron un amistoso contra un equipo llamado Real Maracaná. Para la sorpresa de Cindy, era un equipo femenino. Tras años de ser siempre la única, la rara entre los hombres, por fin encontró más mujeres como ella, pegadas a un balón. Así que, luego de ese partido, dejó Alianza y se unió a Maracaná.

Cindy terminó el colegio y empezó a acudir a diario a trabajar a las esquinas para hacer dominadas. Ya no era solo algo de fin de semana. Iba ahora con su amiga Geraldine Cisneros. Entre los entrenamientos, los partidos y el ‘freestyle’ en las calles, el fútbol se convertía en su estilo de vida. Durante este tiempo dejó ver su calidad, pues fue convocada a la selección femenina categoría sub-20. Tras tres años en el Real Maracaná el equipo se desarmó. 

Cindy y Geraldine haciendo ‘freestyle’ frente a Estación Matellini del Metropolitano. FOTO: Archivo personal.

Cindy tuvo que buscar un nuevo equipo y es así que llegó a Universitario de Deportes. Entrenó con el cuadro crema poco más de un año y luego migró al Sport Boys. En ese momento no había amor a la camiseta. Las mujeres debían ir al equipo donde pudieran jugar. Las condiciones en todos los clubes eran similares: infraestructura decadente, no les pagaban y no eran prioridad. A veces las chicas sentían que los clubes les hacían un favor al tener una sección femenina. Nuevamente, luego de un poco más de un año, Cindy cambió de equipo. Esta vez para ir al Colombia Perú. Jugó cerca de un año ahí hasta que regresó a Universitario. 

Su carrera empezó a cambiar en el año 2019. La CONMEBOL había decidido que todo equipo que jugara la primera división debía contar con un plantel femenino. Además, había destinado un monto para cada una de las federaciones de fútbol que la integran con el propósito de que organicen un torneo femenino. En paralelo, Cindy era convocada a los microciclos de entrenamiento de la selección peruana de fútbol; se preparaban para participar en los Juegos Panamericanos Lima 2019. 

Aquello requería mucho temple y compromiso, implicaba exponerse a goleadas internacionales e insultos. Cindy recuerda que antes llamaban a las jugadoras con un mes de anticipación para las competiciones, pero solo a modo de notificación, no las convocaban para entrenar. De frente tenían que ir a jugar. Con esa escasa preparación los resultados solían ser adversos. Luego las insultaban desde las tribunas y se reforzaba la idea de que las mujeres no eran para el fútbol. A pesar de todo, cada vez que la llamaban, ella acudía a defender la blanquirroja. No se podría acusar a la jugadora de masoquista si no se acusa de lo mismo a la gran mayoría de jugadoras de fútbol. ¿Para qué correr detrás de un balón si te van a discriminar, insultar y menospreciar? Cindy Novoa escribió años atrás en su Facebook: “Yo no corro tras el balón, corro tras un sueño”.

Gracias a los Juegos Panamericanos Lima 2019 la situación en la selección comenzó a cambiar. Se convocó a las chicas con ocho meses de anticipación, se realizaron doce microciclos de entrenamiento y se jugaron dos partidos amistosos contra Colombia. Uno de esos fue televisado. Cindy reacciona tímidamente cuando se le menciona ese partido. “No estamos acostumbradas a que se nos preste tanta atención”, dijo a los pocos días de ese amistoso, sin imaginar que meses después se convertiría en un imán de cámaras. El partido lo perdieron por un marcador de tres a cero. Fue doloroso, sobre todo porque les causaba temor tener resultados adversos ahora que se estaba apostando por ellas. En una de sus crónicas, Juan Villoro contaba que cuando Pep Guardiola era jugador, vomitaba antes de salir al campo de juego por el estrés de tener que llenar expectativas enormes. No podía lidiar con la presión que implica ser un jugador del Barcelona. Cindy y las jugadoras peruanas no tenían que llenar expectativas enormes. Al contrario. De un jugador del Barcelona se espera todo. De una jugadora peruana no se esperaba nada. Las jugadoras tenían el peso de demostrar que sí se puede esperar cosas de ellas, que valen la pena. 

Cindy Novoa tratando de frenar a Natalia Gaitán, capitana de Colombia, durante partido amistoso en Videna. FOTO: Mariafe Serra.

El torneo femenino de fútbol 2019 empezó en junio. Como el presupuesto no alcanzaba para realizar viajes, se jugó por regiones. En Lima participaba Universitario, Alianza, Deportivo Municipal, Sport Boys, Cantolao, Vallejo, Cristal y San Martín. La U empezó ganando todos sus partidos. 

Cindy llegaba todos los días a las seis de la mañana al Estadio Lolo Fernández para entrenar con su equipo. Luego iba a estudiar. Más tarde volvía a casa a comer para inmediatamente partir con rumbo a la Videna a entrenar con la selección. La mayoría de las chicas tenía una rutina similar entre el trabajo, el estudio y el fútbol. Además, tanto Cindy como muchas otras debían jugar futsal en sus universidades para recibir una beca. Esto les significaba un desgaste físico adicional. Las chicas realizaban sus agotadoras rutinas toda la semana y, cuando llegaba el fin de semana, salían a una cancha en pésimo estado a disputar la fecha del torneo sin nadie que aplauda sus goles, ya que se jugaba a puertas cerradas.

Cindy Novoa y Xioczana Canales celebrando un gol anotado a Deportivo Municipal. FOTO: Mariafe Serra.

El torneo se interrumpió para Cindy momentáneamente por los Panamericanos. Las jugadoras peruanas debutaron en un partido contra Argentina. En este encuentro se logró algo que parecía impensable en nuestro país: un estadio casi lleno para presenciar un partido de fútbol femenino. Cindy logró un partido impecable. Distribuyó bien el campo y participó de casi todas las jugadas de peligro. Estos juegos eran televisados y convocaban gran número de periodistas. Conforme avanzaban las fechas se los oía exclamar: “Esa juega bien”, “Novoa, la movilidad del equipo peruano”, “Cindy Novoa, de lo mejor de Perú”. Sin embargo, con el transcurrir de los partidos, acudían cada vez menos espectadores. Las chicas se despidieron de los juegos sin conocer la victoria. De igual manera, para muchas era la primera vez que jugaban con público. Cuando se retomó el campeonato, algunas jugadoras habían salido del anonimato. Al menos las seleccionadas ahora eran conocidas por sus nombres. 

Pero para Cindy eso no bastaba. Pese al tiempo que llevaban esforzándose, una vez terminados los Panamericanos, volverían a la realidad de las gradas vacías y los campos en mal estado. Seguro poco a poco las personas irían olvidando sus nombres y todo lo avanzado quedaría como un chispazo de luz en la oscuridad de la historia del fútbol femenino peruano. No debía ser así. No se debía perder el progreso que ya habían logrado. Las futbolistas merecían jugar en condiciones más dignas y a puertas abiertas. Es por eso que, junto a sus compañeras de la U, Cindy empezó el movimiento ´Queremos ser vistas´ y se convirtió en una de las principales voceras. Ella y sus compañeras organizaron una marcha conocida como ´Banderazo por la igualdad´ que logró la cobertura de distintos canales de televisión. Era un movimiento similar al equal pay de las jugadoras estadounidenses que reclaman ganar igual que los hombres, pues ellas generan más ingresos y son cuatro veces campeonas mundiales. Sin embargo, las peruanas no pedían ganar igual, pues saben que no generan grandes ingresos. Lo que pedían es lo mínimo: condiciones dignas. Las chicas imitaron un gesto realizado por la futbolista brasileña Marta Vieira da Silva: colocan un brazo sobre otro de forma horizontal tratando de simular el símbolo ´igualdad´. Este gesto se viralizó. Las futbolistas aprovecharon la buena respuesta en redes sociales para realizar campañas tratando de sumar a todas las mujeres que juegan fútbol en el país. Incluso, Novoa viajó a diversas provincias para liderar marchas por la igualdad. Con su activismo y su juego impecable logró captar la atención de buena parte del país. Se hablaba mucho de las chicas de Universitario que seguían invictas, que goleaban y que no paraban de ponerse el fútbol femenino al hombro. 

Banderazo por la igualdad realizado alrededor del Estadio Nacional.  FOTO: Alex Melgarejo.

Gracias a estas chicas que reclamaron justicia, se logró algo increíble: la final del fútbol femenino se jugaría en el Estadio Nacional y, no solo eso, DirecTV transmitiría el partido. Universitario se abrió camino a la final manteniéndose invicto. Si este equipo empezó dominando el torneo, ahora se había convertido en una naranja mecánica imbatible. En todo este proceso y con la respuesta de su hinchada y de su equipo, Cindy se enamoró de Universitario. Fue un amor recíproco, Universitario también se enamoró de ella. Amar y admirar a un futbolista está inscrito en una dicotomía (que puede tener matices al medio, no todo es negro y blanco). En un extremo está amarlo por lo que hace en los 90 minutos de partido. En el otro lado, por lo que hace al entender su deporte y su rol social mucho más allá de las canchas. El argentino Ezequiel Fernández, periodista de La Nación de Buenos Aires, contaba cómo Michael Jordan, basquetbolista de la NBA, se negó en más de una oportunidad a participar de causas sociales con la población afroamericana. “Él solo quería ganar partidos y plata”, cuenta Fernández. Ese es el extremo en el que admiramos al deportista por lo que hace en los minutos que dura el partido. No hay más. Tal vez al otro extremo de la dicotomía encaja Megan Rapinoe, quien no solo es campeona mundial y balón de oro de Francia 2019, sino que también es activista de la causa LGTB y de la igualdad para los deportistas hombres y mujeres.  En este extremo también encaja Cindy. Su relación con el fútbol no se limita a encajar el balón en una red. Tal vez su niñez, dominando siempre el balón, pero censurada por su vocación deportiva, es un indicio de que ante la adversidad ella siempre llevará el fútbol más allá de la cancha. 

Cindy Novoa luego del Banderazo por la igualdad. FOTO: Alex Melgarejo.

El otro equipo que se abrió paso a la final fue su clásico rival, Alianza Lima. Esto fue, posiblemente, lo mejor que pudo pasarle al fútbol femenino: un clásico en el Estadio Nacional. Ambas hinchadas respondían y no paraban de comprar entradas. Querían ver a sus chicas levantar la copa. No solo se ilusionaron los hinchas de esos dos cuadros, también las mujeres que aman el fútbol. 

Llegó el día. Cindy calentaba en el campo con sus compañeras. Se le veía segura y decidida. Mientras terminaba el calentamiento observaba las gradas del estadio llenarse, las cámaras de televisión acomodarse y a los fotógrafos llegar por montones. La cantidad de niñas en la tribuna era impresionante. Por fin las niñas podían soñar con ser futbolistas, tenían referentes. ¿Qué hubiera sentido la pequeña Cindy, que se quedaba sola al lado de la cancha mientras los niños jugaban, si la hubieran llevado a un estadio a ver un partido? 

Las gemelas Xioczana y Xiomara Canales posando previo a la final del torneo femenino zona Lima en el Estadio Nacional.  FOTO: Mariafe Serra.

    La capitana de la U era Kote Cáceres, pero todos coincidían en que Cindy Novoa era la capitana sin banda. El partido inició. A los pocos minutos Alianza encajó el primero de la tarde. Era la primera vez en todo el torneo que Universitario empezaba con el marcador en contra. Sin embargo, la gloria le duró poco a sus rivales. Minutos después, Xioczana Canales, la 9 de la U, entró por el centro del área a intentar llegar al arco rival. Su gemela, Xiomara Canales, quien juega en Alianza, no iba a dejar a su hermana anotar, así que corrió hacia ella y, junto a Alison Reyes, logró cortarle la jugada, pero con una clara falta en área. La árbitra Elizabeth Tintaya cobró penal. La encargada de patearlo fue Cindy. El estadio se detuvo por un instante. Todos los fotógrafos apuntaban sus enormes lentes hacia ella y mantenían el dedo en el disparador. Novoa tomó impulso, encaró con jerarquía y anotó. Corrió hacia el córner de occidente con los brazos extendidos y saltó con el puño arriba. Se elevó cerca de un metro, pero para ella la sensación fue de haberse elevado al cielo. Los fotógrafos de esa esquina inmortalizaron el momento y, al día siguiente, apareció en varios medios. Solo en ´El Comercio´, que no es un diario deportivo, apareció en la portada. Los demás prefirieron poner a Paolo Guerrero, quien anotó un gol en su partido con el Inter de Porto Alegre.

Tras su notable desempeño en el partido contra Alianza Lima, Cindy atrajo la atención de la prensa. FOTO: Mariafe Serra.

Universitario ganó ese partido, que era la final Zona Lima, y siguió invicto hasta convertirse en campeón nacional logrando así su clasificación a la Copa Libertadores Femenina. A fin de año, un grupo de periodistas liderados por Milagros Loayza realizaron un evento de premiación para las futbolistas. Al evento se invitó a la ministra de la Mujer Gloria Montenegro Figueroa. Su presencia fue muy significativa para las jugadoras. Cindy fue elegida la mejor jugadora del año y la consideraron en el 11 ideal como volante central. 

Cindy recibiendo el premio a ‘Mejor jugadora 2020’. FOTO: Facebook Mujeres Fútbol Club.

 Sin embargo, la alegría de Novoa duró poco. El COVID-19 llegó a Sudamérica con una potencia suficiente para convertirse en enemigo del fútbol. Una por una, se fueron suspendiendo las ligas a lo largo del continente. Más allá del espectáculo de cada partido, la cuarentena ponía en aprietos a muchos clubes con una economía precaria. La Federación Peruana de Fútbol estaba organizando el torneo femenino de este año y los partidos debían iniciar a fines de abril. Se contaba con nuevas bases para la competencia y se prometía un torneo más organizado que el del año pasado. Sin embargo, todo ha quedado paralizado hasta nuevo aviso. 

Universitario de Deportes, club que mantiene un interminable conflicto legal con Gremco, la empresa que construyó el Estadio Monumental, arrastra serios problemas internos. Dos administraciones se disputaban el manejo del club. En medio de la crisis, sin ingresos de taquilla ni derechos televisivos, y con la obligación de pagar sueldos al plantel profesional, se decidió desvincular a las integrantes del equipo femenino, a las campeonas nacionales. La planilla mensual de todo el plantel equivale a solo dos sueldos de los jugadores del plantel masculino. Sin embargo, la decisión fue tomada y, de manera arbitraria, Universitario dejó sin empleo a sus jugadoras, entre ellas, a Cindy Novoa. 

Aquí podemos retomar la frase del principio de que el fútbol es ingrato y para una mujer más. La periodista argentina Ángela Lerena escribe en el prólogo del libro ´Qué Jugadora´, de Ayelén Pujol: “El fútbol era el centro de nuestras vidas, pero nosotras, para el fútbol, no éramos nadie”. No importó por cuantas provincias marchó Cindy, ni cuántos goles anotó en el torneo, ni haber sido la jugadora del año, ni tampoco el golazo en la final. No importa que sea campeona nacional, que haya clasificado a Libertadores ni que esté dispuesta a llevar un estilo de vida agotador y desgastante con tal de poder saltar a la cancha los fines de semana. Hoy, Cindy Novoa ya no es parte de Universitario de Deportes.