Cuando era pequeño, dedicarse al teatro nunca estuvo dentro de las respuestas al “¿Qué quieres ser de grande?”. Aparte de no llamarle la atención, siempre pensó que era algo para gente sana, no para alguien que había padecido de poliomielitis desde la infancia. Mucho menos después de su primer acercamiento al teatro, pues la experiencia no fue agradable. Hoy se pregunta si debe agradecer aquel impasse. Hay una paradoja en su vida, dice… ¿Tenía que pasar por esa mala experiencia para estar aquí?

Había llegado el Día de la Bandera, un 7 de junio, recuerda. Su salón debía presentar una pieza de teatro en conmemoración a la Batalla de Arica. Él tenía 11 años, estudiaba en la Escuela San Francisco de Asís de Huancayo. El profesor le pidió interpretar junto a otro compañero a dos personajes en batalla. A César le tocó el papel del soldado herido. Esto para él fue difícil, muy doloroso, puesto que había padecido de poliomielitis desde niño y asumir este papel para él era exaltar algo que no le agradaba, su condición física.

“Verme en un escenario en el patio, con más de mil estudiantes, al aire libre y yo haciendo uso de este mal para representar al soldado, me hizo mal. Yo dejé de mirar el teatro como algo interesante desde ese día”.

El fundador de Vichama prefería otros cursos como las artes plásticas o la música. Podían pedirle de todo, menos subir a un escenario. Aquella escena que marcó su vida fue borrada de su memoria. No volvió a acercarse al teatro hasta que inició los estudios superiores. Él estudió economía y administración. Uno de sus amigos y vecinos en ese momento fue Víctor Hugo, un profesor de teatro que enseñaba en el mismo centro de estudios. Si se les hacía tarde, regresaban juntos en colectivo porque los locales quedaban fuera de la ciudad. En el transcurso de su carrera notó algo: Jamás se acercaba a la sala de teatro.

Confrontando al fantasma

A los 17 años, un día cualquiera, al recorrer los pasillos de la ‘Escuela Superior de Estudios Profesionales Santiago Antúnez de Mayolo’, reparó en el principal motivo por el que prefería evitar todo asunto relacionado al teatro, pues incluso cuando asistía a ver obras teatrales con sus amigos, prefería ubicarse en la antepenúltima fila de los asientos de un auditorio para más de 800 personas. Estos comportamientos fueron inconscientes, hasta que a través de una especie de flashback recordó parte de ese pasado y se percató de la presencia de una herida que no había cerrado. En ese momento fue a buscar a Víctor Hugo y decidió atravesar esa puerta que no pensó volver a tocar.

Una vez dentro de la sala de teatro, sentado en las bancas pegadas a la pared, empezó a observar lo que ocurría, no sólo en el ensayo de los actores, notó algo más. César comenzó a sudar, a temblar, sentía cada pálpito de su corazón. No solo se había reencontrado con el teatro, se había reencontrado con un fantasma del pasado, aquella desagradable anécdota que ahora cuenta con tranquilidad.

“Fue como una regresión, reviví aquel instante de mi niñez. Recién ahí tomé conciencia de lo que había pasado”

Después de esa sesión, regresó a las siguientes y poco a poco se fue quedando. Tiene muchas anécdotas para contar, pero la más jocosa es la primera, la del apunte. Sus compañeros lo llamaron y le pidieron que los ayude con el apunte. En ese instante, el director de teatro me escenifica aquel momento. Se inclina hacia un lado y hace como si fuera a sacar algo. Ríe. Recuerda que cuando escuchó ‘apunte’, inmediatamente recurrió a su maletín para sacar papel y lápiz. Los veinte actores guardaron silencio, lo miraron y empezaron a reír a carcajadas. Él se preguntó qué hizo mal, pero al enterarse que el apuntador es aquella persona encargada de recordar la línea que le toca decir al artista en escena, empezó a reír también.

Fue así como la lucha con aquélla sombra quedó atrás. Ahora se pregunta, con una gran sonrisa, si debería agradecerle al profesor por el mal momento, pues fue en la oportunidad de confrontarse con algo que se le presentó de mala forma y que lo excluía de la vida que descubrió aquello que lo apasiona.

Pero ese capítulo de su niñez, no fue lo único que marcó su vida en ese aspecto. En alguna oportunidad se presentó a una escuela de teatro para estudiar actuación. En la escuela le negaron el ingreso, le dijeron que no podría hacerlo. Pero hoy está aquí, dirigiendo un teatro. Eso se debe mucho a lo que siempre se ha repetido, aquella frase que su amigo que lo visitó anoche le repitió: “Se te cerraron todas las puertas y te inventaste una”.

Para él en toda crisis hay una oportunidad y es algo que tiene muy claro.

Si se necesitan dos palabras para describir a este hombre de mirada noble y al que el tiempo ya le ha pintado varias canas serían la perseverancia y la confianza. Durante todo este tiempo se las ha ingeniado para lograr lo que quiere a pesar de las adversidades. Los pretextos o las excusas jamás han sido una salida para César Escuza.

¿Y por qué la confianza? Porque es como un libro abierto, no tiene secretos o eso es lo que te hace sentir. Puedes conocerlo años o tan solo un par de horas, su trato no varía. Inspira confianza y te la da. Los jóvenes que practican en zancos y monociclos por los corredores de Vichama, coinciden con esto.

 

“El teatro es mi vida. Para muchos es una forma de educar, es una cuestión de vocación, de buscar transformación, pero sobre todo es un estilo de vida”.

 

De una pasantía cultural a la residencia

El director huancaíno ya había visitado Lima en varias ocasiones. A los 24 años llegó a Villa El Salvador. Radicar en la capital no era su intención, llegó por el deseo de conocer y vivir dinámicas culturales. El crecer en un lugar en el que las principales actividades eran la agricultura campesina y la minería lo motivó a querer conocer otros rincones.

Eran finales de los años 70, él como mucha gente joven salía de un periodo de 12 años de una situación muy dura por la dictadura militar. Tras la convocatoria a las elecciones democráticas en 1980, se empieza a hablar sobre las grandes movilizaciones barriales de migrantes y cómo se expresaban a través de manifestaciones culturales.

“La que se realizó en Villa fue una de las más grandes”, recuerda.

La decisión de quedarse tuvo que ver con el nacimiento de su hijo que hoy tiene más de 30 años, pues junto a la madre del niño decidieron establecerse en ese distrito. Fue entonces que decidió enfocarse en el de Centro de Comunicación Popular, un piloto de la UNESCO con talleres de comunicaciones fundado en 1974. Se realizaba teatro, cine, fotografía, incluso radio. Esto hizo que él se fuera adentrando más aún en el mundo del teatro.

El sentido del teatro

“El teatro es mi vida. Para muchos es una forma de educar, es una cuestión de vocación, de buscar transformación, pero sobre todo es un estilo de vida. Para mí se convirtió en eso: en una manera de vivir, en una manera de ser”.

Y sí que es cierto. Cuando le preguntas por su mayor debilidad, su respuesta es lo efímero del teatro, esa es su debilidad. No tiene la certeza de que sea eterno, no sabe qué pasará después de que deje de existir ¿Vichama seguirá existiendo? Nadie sabe y eso lo preocupa.

Para este hombre lo maravilloso del teatro es el acercamiento a varias dimensiones de la vida que tienen que ver con la identidad, la memoria, los cambios sociales. Él usa la boca para hablar mientras refleja el amor en su mirada y acaricia cada palabra con sus manos, así actúa César Escuza cuando habla del arte de las tablas. El teatro, al igual que la vida, pone la necesidad de la existencia del otro, el espectador. Alguien que mira y otro que muestra algo.

-Si todos en la vida diéramos importancia al otro, nos pusiéramos en el lugar del otro ¿Habrían menos guerras no?, se pregunta.

Se dice que el teatro cambia al mundo, pero él no sabe si es lo correcto. Si de algo está seguro es que el teatro cambia a las personas que cambiarán el mundo y si esto no sucede, hará teatro para que el mundo no lo cambie, pues no está conforme con muchas cosas que ve en la realidad.

-El teatro no se puede quedar en lo superficial, afirma.

Hay algo que siempre le dice a sus artistas: “En la vida hay que ser primero buena persona, luego artista y si te da tiempo, actor”. Para él lo más importante es recuperar lo que el hombre está perdiendo mediante esta forma de comunicación.

El teatro es el lenguaje con el que se comunica y el tema que lo mueve es el desarrollo exacerbado consumismo. “Hoy para la sociedad el tener es el ser ¿Y cuándo se genera el ser?”, se pregunta. Dice que esa es la primera razón de la inconformidad y que es un problema a nivel global. Lo que lo preocupa es que las consecuencias de tal consumismo recaen en nuestro planeta, un planeta finito. El tema del medio ambiente es otro de los puntos a tocar mediante su trabajo. Hay algo que lo mortifica: “El país, siendo tan rico en muchos aspectos, solo es una despensa de materia prima y de mano de obra barata. Dependemos de los demás”.

En varias ocasiones, había observado repetir a César que el teatro es un laboratorio de vida…

-¿Por qué?

-Porque la gente que hace teatro empieza por confrontarse a sí mismo. Pues si se quiere hacer un cambio, debemos empezar por uno mismo, aquí está presente una vez más la necesidad de renacer…

César Escuza

César en una presentación en Villa El Salvador. Foto: RPP.

Política desde el teatro

Él es un ciudadano bastante activo en cuanto a temas sociales y políticos, se ha dedicado siempre a la gestión cultural de su distrito. Ha recibido reconocimientos a su labor por el Ministerio de Cultura e incluso el Premio Nacional de Valores Grau a la Honestidad.

Él está seguro que para hablar de un cambio se tiene que empezar por cambiar una idea: “El teatro no es solo entretenimiento, es un lenguaje, una forma de llegar a los ciudadanos”.

Cuando se le pregunta si tiene planes de participar activamente en la política, el afirma que ya lo hace mediante el teatro. Él no piensa quedarse sentado a esperar que la situación cambie de un momento a otro, no tiene ninguna limitación para comunicar lo que desea. Sueña con que su distrito se vuelva la ciudad del teatro.

Más allá del teatro, César no descarta la posibilidad de asumir un cargo público. Él no desestimaría ocupar un lugar en el parlamento en las próximas elecciones si se trata de trabajar para su comunidad. Me comenta que está apoyando la campaña de la precandidata Verónica Mendoza. También habló sobre su orientación política, él dice que es de izquierda…

“Si la izquierda es apoyar a los que están más abajo, claro”, acotó.

 

Él no piensa quedarse sentado a esperar que la situación cambie de un momento a otro, sueña con que su distrito se vuelva la ciudad del teatro.

 

Vichama Teatro

Para llegar a Vichama Teatro debes bajar en la última estación de la Línea 1 del metro. Al salir de la estación Villa El Salvador hay vendedores ambulantes y una fila de mototaxistas que mencionan a gritos destinos y costos. Dicen que debes subirte a aquellos en los que los choferes llevan chalecos verdes. Al frente del coliseo, por favor. Cinco minutos y estás ya en Vichama. El día está nublado, olor a tierra húmeda y barro por las lluvias. Una gran fachada con murales de curiosos personajes, coloridas flores e información sobre algunos talleres te recibirán.

Luego de integrarse al Centro de Comunicación Popular, ahora CECOPRODE, y al taller de teatro, descubre una cantidad inimaginable de jóvenes aficionados a las tablas. Ya se hacía teatro entre los años 71 y 75, cuando el distrito no contaba con luz. Bastaban cuatro tablones sobre cilindros y dos lámparas de kerosene para realizar las veladas entre todos los migrantes que habían llegado a este lugar.

“Ya lo decía Arguedas: ‘Villa del Salvador se convierte en un laboratorio de encuentro cultural”, cita.

Vichama no solo es un teatro, es su casa. Desde que adquirió ese espacio, tuvo que mudarse y dejar el lugar donde vivía, pues debía dedicarse a invertir en ese local. Él conoce a la perfección cada rincón de Vichama: “El techo del pasillo que tiene dos metros de ancho está hecho de fierros entrelazados con cemento, no con ladrillos. Hay una ruta de evacuación establecida para cada espectáculo, el auditorio tiene dos salidas y una estructura que garantiza seguridad”, calcula.

Hoy le abre las puertas a toda la comunidad, recibe al que puede pagar y al que no, también. César sueña con concientizar a las personas con el teatro que realiza. Recuerda, bastante emocionado, como se celebraron los 30 años de su centro, en el 2013. El teatro recibió aproximadamente 15 mil personas, amigos de diversos países. Dice que esto fue una muestra de amor y que este espacio no podría existir sin su comunidad.

Él se pone de pie y me pregunta si es que he visto la sala de teatro, ese auditorio que lo hace soñar. Le respondo que no y enseguida me pide que lo siga. Paso a paso, el esfuerzo de cada pisada lo motivaba a seguir adelante. Al final del pasillo, a la izquierda. Se apoya en la pared, mira hacia ese salón cubierto de telas negras y con varias escalinatas en las que, dice, han llegado a estar 180 espectadores. Suspira… “Y este es nuestro escenario”

-Y ahora ¿Sabe exactamente qué es lo que lo motiva a seguir adelante?

– Conversando contigo he descubierto que lo más gratificante de todo esto, para mí, es la conexión a las otras raíces, beber de otra sabia. Los hombres crecemos hacia abajo, nos alimentamos de otras experiencias y por momentos salimos a flote”.

Para César Escuza no hay motivación más grande para salir a flote que superar todo obstáculo, el compartir con los demás, el amor hacia su prójimo y la vida en comunidad.