De él se puede decir de todo, pero nunca que es uno más, uno del montón. Desde hace tres años figura en la Encuesta del Poder como el periodista televisivo más influyente del país. Es el mismo número de años que dedicó a hacer sesudas entrevistas políticas por las mañanas y a ser partero de intimidades faranduleras durante las noches de fin de semana. ¿Qué tiene que decir de la televisión el periodista que compara su experiencia frente a cámaras con una erección?

En una esquina del despacho ubicado en el segundo piso del búnker de Latina hay un perchero del que cuelga la máscara negra y cornuda de una oveja. A su costado, el escudo de Alianza Lima. En la pared opuesta, una pizarra garabateada con lo más variopinto de la política peruana, desde Alan y Keiko, hasta Urresti y Malzón Urbina. Y a un extremo de esa pizarra, las iniciales de su nuevo programa: LNR, La Noticia Rebelde. Beto Ortiz, el hombre cuya gigantesca imagen cuelga en la puerta del canal, entra a la oficina con el gesto de desdén de quien quiere acabar rápido con un trámite. Y además, espera dejarlo en claro. “Te escucho”, dice sin mirarme. Nos quedan más de noventa minutos de conversación por delante.

-¿Cómo combates el media training que reciben los políticos antes de que los entrevistes?

-No siento que ninguno haya recibido eso. Todos caen redonditos.

-Entonces, ¿no existe el media training?

-Sí existe, pero no creo que sirva mucho. Me parecen muy respetables los colegas que se ganan los frejoles haciéndole creer a los políticos que los pueden preparar para una entrevista, pero creo que salir airoso de una depende más de tu personalidad, de tu inteligencia y de tu preparación que de los truquitos que un periodista te pueda dar. Un periodista te va a decir “si te hacen una pregunta difícil, responde con una pregunta”. Una clásica de Alan García es que le haces una pregunta dura y te dice “¿quiere que le diga la verdad?”.

-¿Realmente te parecen respetables los periodistas que se dedican a hacer media training o comunicación corporativa?

-Es que no todos tenemos la vocación, pues. Yo prefiero que cada uno haga lo que su vocación le dicta. Si tu vocación es hacer billete y eres periodista, pero te dedicas a gerente de imagen del BCP, chévere, porque lo que quieres es hacer billete y el lugar perfecto para hacerlo es un banco. No me parece mal. Me parecería mal que alguien hiciera lobby o dobleteara haciendo creer que es periodista cuando en realidad es el representante de un candidato o de un banco. Eso sí me parece despreciable. Pero tengo amigos que son grandes periodistas y que luego decidieron trabajar en una ONG, en UNICEF, en el Ministerio de Vivienda y bueno, si les gusta, si les pagan bien, si están felices…

-¿Tú no tienes vocación de hacer billete?

-A mí no me obsesiona la plata de la misma manera que a muchos de mis colegas televisivos. Últimamente veo a amigos conductores que tienen esta compulsión de diversificarse y de sacarle el jugo a su éxito, y empiezan a hacer stand up comedy, teatro, cine, circo, panetón, línea de polos, spa, peluquería, clínica. Yo no tengo tanta angurria. Soy una persona sola, tengo pocas necesidades. Abres mi refrigeradora y hay huevos, queso, Inca Kola light: no hay nada. Me gusta ganar bien como a todo el mundo y me doy buenos gustos a veces. Normalmente a fin de año hago un viaje chévere muy lejos, a Turquía, a Marruecos, y ese es mi lujo. Pero no estoy pensando en cambiar mi carro, que ya tiene tres años. Mis amigos con trabajos mucho menos pagados que el mío en este canal tienen carros del año. Yo estoy contento con el tamaño de mi pene, no necesito tener carros bonitos.

 

“Los reporteros tienen la manía de decir ‘hay quienes dicen que usted tendría un hijo fuera del matrimonio’. ¿Hay quienes dicen? ¿Dónde hay? ¿Quiénes dicen? Digo yo, yo creo, yo opino, soy yo”.

 

-Cuando hiciste El Valor de la Verdad, ¿no te aprovechaste de las situaciones jodidas que vive la gente? Ruth Thalía, por ejemplo, era prostituta. No tengo ningún dilema moral con la prostitución, pero no creo que haya sido el sueño de su vida.

-Digamos que tú eres prostituta. Yo te hago una pre entrevista, me lo cuentas, y te digo que vas a pasar por un polígrafo que va a decir si es verdad o no, y que voy a hacerte preguntas respecto a tu actividad prostibularia. ¿Estás de acuerdo? Sí. ¿Puedes firmar un documento? Sí. Lo firmas, haces el programa y vuelvo a preguntarte lo mismo. ¿Dónde está el aprovechamiento? Sería distinto que te dijera que si me cuentas que tiraste con el congresista tal, te pago más. Eso es otra cosa, que también existe. Lo que pasó con Ruth Thalía fue que acabó el programa y semanas después la asesinaron. Si yo salgo de acá, cruzo la pista y me pasa una Orión por encima, ¿cuánta responsabilidad tienes tú? De repente salí ofuscado por las preguntas horribles que me hiciste, estaba ensimismado en mis pensamientos y no vi la cúster. ¿Tú tienes parte de la culpa? No jodas, pues.

-¿Realmente no te sientes responsable?

-En absoluto. No seguiría haciendo televisión. Si yo en mi actividad periodística indujera a una persona a su propia muerte, dejo de hacer lo que estoy haciendo. Y ha habido casos. Sin ir muy lejos, el mejor amigo de Marco Antonio era productor de Amor, Amor. Él fue a La Cachina y compró el teléfono ensangrentado de Marco Antonio para mostrarlo en televisión, y leyó los mensajes.

-Pero perdón, ¿en ese caso revelar una intimidad sí es condenable y en el caso de El Valor de la Verdad no?

-Yo no estoy hablando de revelar la intimidad, sino del delito de comprar un objeto robado de un cadáver que, da la casualidad, es de tu amigo. Alguien, tu productor, tu enamorada, te tiene que decir “fíjate lo que vas a hacer, aterriza”. En mi caso es Martín (Suyón), mi productor. Y si una entrevista es mala, la producción también me lo dice. Cuando le he hecho malas entrevistas a Alan García, me han preguntado por qué no le hice tal pregunta. Y la respuesta es que Carla (García) me estaba mirando. Ella viene a las entrevistas porque sabe que ejerce una presión psicológica. Solución: cuando entrevistes a Alan, que no venga Carla.

-¿Alguna vez has traicionado a una fuente?

-Laura Bozzo, en su época más hardcore, me contó delante de una cámara que la plata que supuestamente le pagó Montesinos a Lucrecia Orozco, por haber aparecido en plena campaña electoral hablando de Zaraí, fue enviada en una caja de zapatos que mandó Crousillat a Laura. Ella luego se arrepintió y me llamó a rogarme que no saliera, porque iba a tener repercusiones en su proceso. Es la figura del entrevistado que te da una primicia y luego se arrepiente es bastante frecuente. El programa terminó y, mucho tiempo después, Laura y yo nos enfrascamos en una guerra mediática pública de lo más torpe y autodestructiva. Dentro de ese intercambio de misiles yo presenté el video.

 

“A mí no me obsesiona la plata de la misma manera que a muchos de mis colegas televisivos”. 

 

Beto a saber, tu programa en Canal A fue el único de señal abierta que retransmitió el primer vladivideo. ¿Qué significó para ti hacer periodismo en los últimos años de Fujimori? ¿Era una coyuntura mucho más interesante que la actual?

-Sí, es la más interesante que me ha tocado, porque el país se jugaba la vida. La responsabilidad de tener un programa pequeñito en señal abierta empezó a crecer porque la gente demandaba una información que no existía. Beto a Saber adquirió una importancia inusitada, que no estaba ni siquiera en mis fantasías más salvajes cuando comenzamos a hacerlo. Era un programa ligero, de conversación, jodón pero que no pretendía convertirse en el estandarte de la resistencia o algo por el estilo. Y terminó siendo algo así, porque el cable no estaba tan difundido entonces como ahora.

-Leí que una de las entrevistas que le hiciste a Vargas Llosa la preparaste “como tu examen de admisión a la universidad”.

-Es que era una responsabilidad enorme, es un personaje enorme. Y si te vas a enfrentar con una persona que tiene más talento que tú, que sabe más que tú, hay que tener la precaución de prepararse para estar a la altura y no quedar como un imbécil.

-¿Alguna vez quedaste como un imbécil?

-Seguramente, pero no seré yo quien diga cuándo.

-¿Cuán difícil era preparar tus entrevistas para un programa matinal (Abre los Ojos)?

-Muy sacrificado, muchas veces me iba a dormir sin saber quién venía al día siguiente. Yo me entrené para dormir como escolar: ocho y media de la noche. Y a veces a esa hora no teníamos invitado; los políticos son gente muy escurridiza. Entonces, muchas veces tenía que levantarme a las tres en punto, entrar a la computadora, enterarme quiénes eran mis invitados, y ponerme a investigar y leer a esa hora absolutamente indecente para llegar al set con algo en la cabeza.

Cuando recién empezaba en la televisión, a fines de los noventa, Beto Ortiz fue acusado de pedofilia. El caso es bastante conocido e involucraba a varios menores de un albergue de San Bartolo. “Es un tema al que ya no le tengo miedo. El tiempo hace que puedas enfrentar este tipo de leyendas negras y fantasmas”, me dice. “Tú vienes aquí, veintitantos años después, a preguntarme la misma pregunta que me hacen todos los estudiantes, coleguitas, entrevistadores y periodistas de aquí a la eternidad. Entonces, ¿tú crees que me voy a poner de mal humor o voy a decir “otra vez preguntando la misma mierda?” No, porque es inevitable, la duda ya está sembrada”.

Desde hace un tiempo, Beto dicta talleres de escritura creativa en el penal de Piedras Gordas. La idea, dice, es que los presos aprendan a contar sus vidas para liberarse de la culpa y el rencor. “¿Qué buscas al hacerlo”, le pregunto. “Hacer algo útil, que me llene”, responde. “¿Lo que haces acá (en Latina) no te parece útil, no te llena?” “La televisión es entretenida, pero tiene sus límites”.

-¿Cuándo un periodista deja de ser periodista y se transforma en un simple presentador de noticias lector de teleprompter?

-Las cadenas norteamericanas hacen que los periodistas escriban sus propios prompters, porque los tienen que decir con naturalidad. Hay periodistas como Anderson Cooper, que es uno de mis role models, que pueden leer noticias, viajar y hacer reportajes, y sentarse delante de Vladimir Putin. Lo que pasa es que, claro, hay gente que llega tres minutos antes, se sienta y lee whatever cosa le pongan en el prompter como robot. Eso es un extremo de mediocridad. También hay reporteros que llegan a la redacción, escriben un gorrito, una conclusión, van, locutan, dejan el texto y se largan. No saben si en su casete hay un asesinato en vivo, una violación, o si su camarógrafo consiguió captar algo que no vieron. Llegas, paporreteas qué, quién, dónde, cuándo, cómo, y sale cualquier huevada al aire con tu firma. Eso me parece mediocre, pero es la manera como trabaja el 98% de noticieros de este país. Si no te das la chamba de visionar tu propio material y de pensar qué nuevo recurso visual vas a emplear para que tu reportaje no sea la misma huevada que hacen todos, entonces mejor haz otra cosa. Es lo que he dicho muchas veces cuando he botado gente porque no tiene pasión por lo que hace. Este es un trabajo básicamente de pasión. Si no eres un reportero obseso, si no te mueves por la primicia, si no estás con el cuchillo en la boca, no trabajes conmigo, porque me voy a poner de mal humor.

Beto Ortiz

Foto: Giovani Alarcón

-¿Y 90 mediodía, o 90 central no ejemplifican la mediocridad del periodismo que acabas de mencionar?

-Bueno, yo tengo públicas discrepancias con la onda de este y todos los canales de llenar el noticiero con videitos de Youtube, bloopers de pingüinos que se resbalan por el hielo y cojudeces por el estilo. Me vuelve loco, pero da rating. ¿No? Esa es la excusa que se escucha en los comités: “funcionó, nos fue súper”. Claro, huevón, porque vas después de la novela turca. Si yo me pongo a bailar huayno después de la novela turca, también hago rating.

-Hablas del bloque de espectáculos que es parte de la oferta informativa de Latina.

-Claro, ¿pero hora y media? ¡Hello! Es televisión nacional. Me parece bien que lo cubras, pero tiene que haber un director o un productor que diga “aguanta choche”. ¿Hora y media? Y tienes al pobre ‘Tomate’ (Barraza), que más allá de sus esteroides no puede, que le dice “es que ese señor insultó la comida peruana”. Amigo, acaba de decir que tuvo un aborto, ¿por qué le estás hablando de la chanfainita?

-Bueno, 90 mediodía no tiene el colchón de la novela turca.

-La mediocridad consiste en creer que la televisión es una extensión de internet. Porque algo funciona en internet, ¿lo tengo que poner en el noticiero? Es una lógica realmente idiota. Y lo peor es que desvirtúa por completo la razón de ser del periodismo. El periodismo puede ser frívolo, farandulero, a veces bobo, pero no puede convertirse en un apéndice de otro medio. ¿Cómo puede ser que gente que supuestamente ha ido a la universidad termine rebotando a todos los pajeros que cuelgan huevadas en YouTube? La gente que llega, desgraciadamente, es la equivocada. Quienes están haciendo los noticieros ahora son la huevona con buenas tetas, la hembrita que se quiere tirar al conductor del programa. Mostro, pero no podemos vivir dependiendo de eso. O sea, luego de los muertos en Tía María regresamos porque parece que Alexandra Horler terminó con Antonio Pavón. ¿Y a mí qué mierda? Ahora Mónica Cabrejos hablando durante hora y media en televisión nacional de que Iván Thays se la tiró en Huancayo. ¿Y a mí que me importa?

Cuando habla, Beto lo hace con tono irónico y maneras burlonas. Antes de entrar a nuestra entrevista, estaba en una reunión con el equipo de su nuevo programa. Allí enfatizó cada uno de los errores ortográficos del spot que le habían hecho para promocionarlo. Sin embargo, cuando algo parece no agradarle, neutraliza la expresión de sus ojos y deja que su nariz aguileña caiga aún más sobre el candado que forma su barba entrecana. Es la expresión que precede a un comentario afilado, a una pregunta punzante.

Beto Ortiz es homosexual y ha invertido su dinero en promocionar el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero no se quiere casar. “¿Para qué voy a someter a una persona a mi compañía obligatoria? ¿Por qué las personas deberíamos ser entendidas como posesiones, como objetos? Tú eres mío, yo soy tu dueño, pichula, yo no soy de nadie”, dice. Hace cuatro años que terminó su última relación exclusiva y entendió que no formaba parte de una especie monógama. “El caballito de mar tiene su pareja y se muere de viejito con ella. Ya, qué lindo. Pero yo no soy un caballito de mar, ¿por qué me voy a obligar a ser algo que no soy?”, ironiza.

-¿Por qué Beto casi siempre escribe crónicas o relatos en primera persona?

-Porque es lo más honesto. Es la manera más directa de decir lo que quiero decir: lo afirmo yo, con mi nombre. Me parece que eso es un requisito de honestidad elemental. Los reporteros tienen la manía de decir ‘hay quienes dicen que usted tendría un hijo fuera del matrimonio’. ¿Hay quienes dicen? ¿Dónde hay? ¿Quiénes dicen? Digo yo, yo creo, yo opino, soy yo. Ahí está mi nombre y mi cara en la página. Por eso es que desprecio tanto a los pendejitos de Twitter y a los palomillas de Facebook, porque me parecen unos cobarde de pacotilla. ¿O sea, tú te pones de nombre Acuario37 y le sacas la mierda a todo el mundo? Eso no tiene ningún valor.

 

“Cuando le hecho malas entrevistas a Alan García, me han preguntado por qué no le hice tal pregunta. Y la respuesta es que Carla (García) me estaba mirando.

 

-En el primer capítulo de Maldita Ternura, el personaje principal, que incluso se llama como tú, describe a la televisión como una experiencia orgásmica. Después de tantos años, ¿te sigue pareciendo así o ya no te excita tanto?

-Bueno, tampoco dice orgasmo, solamente una erección. Sí me excita, claro. En el momento en que dejé de excitarme, dejaré de hacerlo. De verdad que la vida es tan corta que yo trato de hacer solamente las cosas que me representan un desafío y un vacilón. Y esa es la razón por la que he abandonado programas que la gente hubiera preferido que sigan.

-¿Por ejemplo?

-Hasta ahora me preguntan en la calle cuándo vuelve El Valor de la Verdad. Nunca. La gente lo extraña, yo no. O sea, amiga, yo no me quiero seguir levantando tres años más a las tres de la mañana para que tú puedas desayunar viéndome. Ya hice mi servicio militar obligatorio.

-Te vi en una marcha por la Unión Civil. ¿Es la única causa política que apoyas activamente?

-No, lo que pasa en el caso de la Unión Civil es que es una cuestión de ser minoría dentro de la minoría. Dentro de la minoría gay, yo formo parte de los cuatro gatos que están fuera del clóset, que tenemos que salir a pelear por todos los que están debajo de la cama. Y si no pasa eso, salen tres travestis que quieren un poco de espacio en el Trome. Además, tengo la ventaja de ser una figura pública y aparecer de vez en cuando en la Encuesta del Poder. Toda esa mezcla hace que yo sienta que es obligatorio hacer activismo, no solamente dedicándole tiempo, sino también gastando un poco de plata en campañas como Parejas Imaginarias.

-Hay muchos personajes públicos homosexuales que están fuera del clóset en su círculo íntimo, pero que decidieron no ventilar esos temas en medios. ¿Te parece criticable o respetable?

-A estas alturas me parece cada vez menos respetable, porque la gente que quiere estar escondida tiene cada vez menos pretextos. O sea, si vivieras en Irán o en Uganda, lo entiendo; pero nadie te va a apedrear, nadie te va a escupir por la calle, nadie te va a botar del trabajo porque sería mucho roche. ¿Cuál es tu excusa? Si estás viendo que el grupo de gente al que perteneces está hecho mierda y no haces nada porque te da vergüenza que tu abuelita se entere: fuck you. De verdad, vete a la mierda.

-¿Cuál es la diferencia entre medirse y censurarse?

-Es una enorme diferencia. Medirse es una cuestión de estrategia. El hecho de que tengas libertad de expresión no quiere decir que tengas que salir a vomitar todo lo que te pasa por la cabeza.

-La última: ¿quién es imprescindible en tu vida?

-¿Quién es imprescindible en mi vida? Mira, la gente imprescindible en mi vida se ha ido muriendo, o sea que puedo llegar a la conclusión de que yo soy el que es imprescindible en mi vida. Algunas de las personas que más he querido han muerto. Uno dice “si se muere mi mamá, me muero; si se muere mi enamorada, me muero; si se muere mi mejor amigo, me muero”. Y no te mueres, sigues. Si me hubieras hecho esta pregunta hace cinco años, te hubiera dicho que mi madre. Y mi madre ya murió. Y estoy acá. Entonces, creo que nadie. Yo.

Sobre El Autor

Paolo Benza
Colaborador

Es analista en Semana Económica y fue coordinador general de la revista Carta Abierta. Espera algún día encontrar la fórmula para hacer periodismo económico y narrativo con éxito. Le gusta ver sus textos impresos, pero sólo le tiene fe al formato online.

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