En la resaca del Año Nuevo de 1972, Lima fue sacudida por uno de los crímenes más sangrientos de su historia. Luis Banchero Rossi, el dueño de las empresas más prósperas del Perú, fue asesinado en su casa de campo de Chaclacayo. Este hecho, que tomó por sorpresa a todo el país, fue intuido por el millonario hasta tres veces antes de que el hijo de su jardinero termine con su vida.

Por Jessie Alvarado

 

Dos tazas de café calientes y un plato de huevos revueltos recién servidos esperaban sobre la mesa de la cafetería del Hotel Crillón. Como en los últimos cinco años, el francés Bernard Borthay, gerente del tradicional alojamiento, aguardaba la primera mañana del año para desayunar junto a quien se voceaba sería el próximo Presidente del Perú. Luego de celebrar Año Nuevo en casa de su mejor amigo, Andrés Castro Mendívil, vestido con un pantalón azul marino, una camisa desabrochada y en la mano derecha un maletín de cuero, un apresurado Luis Banchero Rossi ingresó manejando al estacionamiento horas después.

El gerente, al percatarse de su llegada, fue en su pronta búsqueda. Luego de intercambiar algunas palabras y sin dar explicaciones del porqué de su tardanza, el hombre abrió la maletera, guardó el maletín que ahora contenía documentos que fue a recoger de su departamento 7H, ubicado en el último piso, encendió su Pontiac verde y aceleró a toda velocidad. Esa fue la última vez que Borthay vería partir a Banchero y perderse por la avenida La Colmena con rumbo al sur.

A sus 42 años, recién cumplidos el 11 de octubre, ya había construido el imperio más grande del Perú que le permitió convertirse en el empresario más exitoso de la época. Una de sus más recientes adquisiciones le costó 7 millones de soles (hoy valorizada en 2 millones de dólares, de acuerdo con un reportaje publicado en Cuarto Poder en junio del 2014): la casa de campo de Chaclacayo de 15 mil metros cuadrados, con piscina temperada, sauna, un parque iluminado, discoteca propia, extintores en los pasillos -por si ocurriera alguna emergencia-, una sala de juegos y una serie de ornamentos carísimos que la volvían aún más pomposa.

Chaclacayo. Policías en los exteriores de la mansión, después del asesinato. / Fuente: Rincón Anacrónico

Parecía no tenerle miedo a nada ni a nadie, pues aunque era propietario de 160 barcos que descargaban más de 30 mil toneladas de pesca en sus ocho factorías costeras, seis diarios en todo el Perú, empresas pesqueras con un ingreso anual de 60 millones de dólares, además de una refinería de aceite y conserveras, Luis Banchero Rossi solía andar solo por las calles de Lima. Su único y esporádico guardaespaldas era Walter, su chofer, quien apenas lo movilizaba cuando de trabajo se trataba.

Ni siquiera aparentaba importarle cuando, en vísperas de Nochebuena, su antiguo guardaespaldas, “El Chino”, lo esperó afuera del Hotel Crillón, donde vivía hace siete años, para revelarle que en el Callao se murmuraba que una mafia colombiana lo secuestraria en enero y pediría un millón de dólares por su rescate. Seguro de que su imponente metro ochenta, sus 95 kilos y su increíble estado físico lo salvaría de cualquier amenaza, andaba por las calles con parte de su fortuna repartida entre los bolsillos de su saco. “Llevaba los billetes en bolsillos diferentes, según el color. A la derecha, los de cincuenta y cien. A la izquierda, los de quinientos. En la chaqueta, los de mil”, según cuenta el periodista Guillermo Thorndike en su libro “El Caso Banchero”.

La mañana del viernes 24 de diciembre, la gran casa que esperaba la visita de Banchero, también presenciaría los primeros cambios del “Hombre”, sobrenombre impuesto por la sociedad debido a su poder. Esta vez fue con Silvia Iladoy, su amante. Solo Leonidas, el mayordomo; Eugenia González, la cocinera; y la familia Vilca, que se encargaba del jardín, eran los únicos privilegiados con acceso a la residencia. Siete horas después de la advertencia de ‘El Chino’, el Pontiac que manejaba Banchero cruzó el puente “Los Ángeles” en la Carretera Central para arribar a la mansión del fundo “Chacrasana”. Silvia y Luis disfrutaron de la piscina, de un banquete y cayeron rendidos por cuatro horas. Tras una pesadilla en la que era asesinado, el magnate despertó con lágrimas corriendo por sus mejillas. Presintió que algo estaba por ocurrir. Desde aquel día, nada volvería a ser igual.

Luego de abandonar el clima caluroso, dejó en una casa cerca a la avenida Brasil a la mujer que lo acompañó y partió. El lujoso y largo automóvil se estacionó ahora en una calle oscura de San Isidro. Cruzó un jardín a pie y tocó la puerta de Juan Sagarvarría, agente de Aduanas y amigo íntimo del “Hombre”. Aunque lo visitaba fielmente una vez al mes para saber de él, la visita del domingo 26 de diciembre tenía otro motivo: pedirle prestado su revólver, uno liviano, de cartuchera especial y calibre 38. Quizás el que llevó en mano horas antes, con el gatillo montado, mientras comprobaba que no hubiese nadie merodeando en los exteriores de la casa de campo, no le pareció suficiente. “Sagarvarría lo vio detenerse al filo del jardín, mirar a todas partes, luego apurado hasta el auto, arrancar con prisa y desaparecer en la noche”, menciona Thorndike.

Agosto 1970. Banchero Rossi pronunciando su discurso en el Puerto del Callao. / Fuente: El Peruano

A 48 horas para el día final, la paranoia de Luis Banchero comenzó a crecer cada vez más. El jueves 30 de diciembre llovió por la madrugada y Banchero detuvo el Pontiac en la esquina de una calle desierta. Había pasado muchas veces por ahí y, sin embargo, parecía no recordar el camino. Cuando el “Hombre” por fin reconoció la casa, frenó. Horas antes se había mostrado sonriente en la inauguración del Terminal Pesquero del Callao y en la fiesta del Country Club de su empresa OYSSA -compañía que manejaba todos sus intereses en el Perú- por Año Nuevo. Pero ese día lucía terrible: sudaba tanto que su camisa traslucía su pecho, sentía náuseas y mucho frío. Bajó del auto y con los nudillos de su mano tocó la ventana de Roberto Ramírez del Villar, fundador del “Partido Popular Cristiano”. El empresario entró, bebió a sorbos un Whisky por 45 minutos, pronunció: “Estoy enmierdado”, se levantó, abrió la puerta, se aseguró de que nadie lo estuviera esperando afuera y se fue sin contar lo que ocurría.

A medida que pasaban las horas, el espíritu de aquel hombre que no se amilanaba, se había casi esfumado. Luis Banchero Rossi sospechaba que sería víctima de un atentado y cualquier lugar al que iba le resultaba inquietante. En las reuniones se notaba ido, no prestaba atención y sus respuestas eran mecánicas; sudaba más de lo normal, parecía enfermo y cada vez que intentaba dormir, abría los ojos con un sobresalto. Incluso, tomó por costumbre revisar su maletera, por lo menos, tres veces al día.

Había pasado exactamente una semana de su visita y el poderoso hombre volvió a uno de los pocos lugares en el que sentía protegido: su propiedad de Chaclacayo. La residencia, ubicada en el kilómetro 28 de la Carretera Central, contaba con dos sistemas de alarma: uno para la parte exterior y otra para los interiores, así como con vidrieras especiales en la puerta trasera. A Banchero le pareció perfecta para recibir el nuevo año; esta vez, junto a Susana Cabieses, su novia de hace nueve años. El reloj marcó las doce. El día había llegado. Banchero no festejó, tampoco bebió ni tomó. Para reanimarlo, Susana le pidió ir a una fiesta en casa de Andrés Castro Mendívil, amigo íntimo y gerente general de OYSSA, situada a seis cuadras del Hotel Crillón.

Aquel primero de enero, después de intercambiar sus últimas palabras con Borthay, gerente del Hotel Crillón, vistiendo ahora una camisa “un poco celeste”, un pantalón, medias y zapatos negros, el empresario retornó a Chaclacayo. Lo acompañaba su secretaria María Eugenia Sessarego, una mujer bella de 29 años, de ojos grandes y mirada desafiante, pero con genio fuerte y dominante.  Mientras el Pontiac verde realizaba su último recorrido y doblaba a la izquierda en la Carretera Central, la mansión del fundo “Chacrasana”, aquella considerada por Banchero como un lugar tranquilo, relajante e inatacable, se preparaba para atestiguar uno de los asesinatos más sangrientos y retorcidos que conmocionó por meses a todo el país, y a manos de la persona menos esperada.

Chaclacayo. Fachada actual de la casa de campo. / Fuente: Pasó en Lima

Aunque los diarios de la época mencionan que nunca se supieron las razones del crimen, Juan Vilca Carranza, con tan solo 27 años, 48 kilos y metro cincuenta de estatura, más conocido por ser el hijo de su jardinero, se declaró el único responsable de la golpiza en el ojo izquierdo, en la nuca, en las mejillas y los ocho puñetes en su boca; del botellazo en la frente, de la ruptura de la nariz y las tres puñaladas con el cuchillo de la cocina que aterrizaron en sus pulmones, y que mataron al hombre más adinerado del Perú. Tras un juicio que se prolongó más de un año y una sentencia que duró 15 horas, el joven y Maria Eugenia Sessarego, quien fue señalada como cómplice de Vilca por estar en el momento del crimen y no llamar a la policía, fueron enviados a prisión. Sessarego fue condenada a 12 años; Vilca, a 20. Sin embargo, cinco años más tarde, en 1977, ambos salieron indultados el 21 de diciembre.

Después de la muerte del magnate, todo cambió. Como si el mar presintiera lo ocurrido, hubo escasez de peces y algunas empresas pesqueras quebraron; el Presidente de ese entonces, Juan Velasco Alvarado, expropió sus bienes y cada industria y casa que había tomado tiempo construir desde que formó su imperio a los 24 años, se derrumbó. Ahora, la casa se encuentra rodeada de clubes campestres, como “La Portada del Sol” ubicada al frente. Los vecinos más antiguos de Chacrasana relatan que aún ven a Juan Vilca Carranza (73 años) montar bicicleta por el parque central de Chaclacayo, mientras lo que se sabe de Eugenia Sessarego (75 años) es que vive en Miraflores, pertenece al Comité de Vigilancia del Presupuesto Participativo de su distrito y no ha querido tocar más el tema. 

Los pobladores también saben perfectamente que allí vivió y fue asesinado Banchero Rossi, cuyo cuerpo se encuentra hace 46 años en el cementerio “El Ángel” de El Agustino. Sin embargo, con las paredes pintadas con propaganda política, la puerta oxidada que contempla un grafiti y arbustos que sobresalen del gigante muro, hoy la mansión luce abandonada debido a una disputa legal que afronta su nuevo propietario desde el 2014, el empresario pesquero Ramón Miranda Eyzaguirre, y pasa totalmente desapercibida entre los autos que transitan a diario por la puerta de la mansión, en plena Carretera Central.

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Referencias:

  • Para esta crónica, fue usada como fuente principal el libro ‘El caso Banchero’ de Guillermo Thorndike (1980).

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