Estos tres profesores llevan largo tiempo cumpliendo con su vocación como personajes anónimos, siempre presentes en la escuela; una de ellos por más de treinta años. Este 2020, a inicios de marzo, volvieron a las aulas sin saber que pocos días después se cerrarían todos los centros educativos y, con ellos, el mundo entero. Con el virus del otro lado de la puerta, entre la incertidumbre y el dolor, estos profesores, de colegios privados y estatales limeños, dedican sus días y noches a perseguir un objetivo casi imposible: la educación debe persistir.

Por Rodrigo Baquerizo

Despiertan todos los días a la misma hora. Toman desayuno y se visten, pero en lugar de subir al bus para llegar a los colegios en los que cada uno trabaja, Germán Ramos, Marco Antonio Berrocal y Luisa T. se quedan en casa. Afuera, en las calles de Lima, hay temor y enfermedad. Dentro de casa, frente a cada computadora, hay un profesor y una clase por dictar.

La preparación para el inicio de clases a distancia fue precipitada; la pandemia los sorprendió y, en pocas semanas, los profesores tuvieron que aprender a utilizar distintas plataformas y dispositivos. Los nervios que sintieron fueron tan grandes como aquellos que los angustiaron años atrás, cuando eran más jóvenes e inexpertos, antes de dictar su primera clase presencial. 

Descubriendo todo de nuevo

Durante mucho tiempo lo llamaron profesor Marco Antonio, pero cuando ingresó al colegio sanisidrino en el que enseña ahora, Marco se acostumbró a un nuevo nombre: Herr Berrocal, señor Berrocal en alemán. Se siente un pez en el agua en el curso de literatura. Junto a sus alumnos, repasa nuevas formas de leer y analizar textos de ficción para después ‘destrozarlos’, criticándolos con detalle y profundidad.

Marco Antonio conoció al profesor Germán Ramos en un colegio sanborjino hace ocho años, y trabajaron juntos hasta que cada uno partió a una institución distinta. Germán se ha desempeñado varios años como profesor de historia y ahora se dedica también a la coordinación de este curso en el colegio en donde enseña. Sus padres, su hermana, sus sobrinas y él estaban en pleno proceso de mudanza cuando la cuarentena comenzó. Ahora, siete personas comparten el departamento desde el que dicta sus clases virtuales.

Ganas no le faltan de salir a pasear, agarrar la bicicleta y escapar a la ciudad vacía; un momento de distensión soñado. Pero no lo hace. Se conforma con moverse por el departamento, a veces sube y baja por las escaleras de su edificio. Le encantaría dictar las clases a distancia desde el balcón, pero no todo va como él quiere. La señal no lo ayuda: su conexión a internet es débil a menos que se quede en su cuarto.

Una de las primeras clases que Germán dictó de forma virtual ni siquiera correspondía a su horario habitual; le pidieron reemplazar a un compañero. Armó la clase, diseñó lo mejor que pudo las diapositivas e incluso puso música de fondo. Comenzó la videollamada y se trabó como un robot. “¿Profe, qué pasó? Profe, se corta”. Su mala conexión no le dejó otra opción que terminar la clase, grabarse explicando el tema y enviarles el video a los alumnos. Dictó frente a una pantalla vacía, como si le hablara a una pared.

Prom 2020. Así se suelen ver las clases virtuales en el confinamiento. Abajo a la izquierda, el profesor Germán. FOTO: Germán Ramos.

La adaptación a una nueva forma de enseñar, a través de videollamadas, está marcada por la confusión y el miedo. Todo puede salir mal. La señal se puede perder, los alumnos se pueden desconcentrar. Si en el aula puedes evitar que alguien se distraiga con el teléfono o saque un táper y comience a desayunar en clases, desde una computadora es muy poco lo que se puede controlar. Por si fuera poco, en cualquier momento un alumno puede tomar una foto, o una captura de pantalla, y convertir al profesor en un meme. Durante su primer día de clases, Marco Antonio se había sentido en una vitrina, expuesto y vulnerable. Estaba seguro de que, antes de que terminara su lección, su rostro ya habría sido convertido en un sticker de Whatsapp. Cuando salió de su cuarto y su esposa le preguntó qué tal le había ido, respondió con un simple “bien”. La palabra salió con un tono leve, muy débil, como el de un niño que vuelve del colegio sabiendo que lo han reprobado. La situación le recordaba a la conversación final de un cuento de Julio Ramón Ribeyro, “El profesor suplente”:

— ¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?

— ¡Magnífico! ¡Todo ha sido magnífico! —balbuceó — ¡me aplaudieron!

Pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desconsoladamente a llorar.

Enseñar en cuarentena merece un constante estado de alerta. “El profesor se ha convertido en un DJ”, dice Marco. Reproduce un video, luego otro. Presenta una diapositiva, y antes de saltar a otra, un alumno quiere participar. Entonces todo el hilo de pensamientos se quiebra, y el profesor comienza a manejar los permisos de micrófono: activa a un alumno, silencia a los demás. Un ruido se cuela en la clase y no sabe de dónde viene. Un par de clicks y nada se arregla, otro par de clicks y todo vuelve al silencio. Pueden continuar.

Ningún profesor reparaba en ese tipo de detalles en un salón de clase: este ya era un espacio dominado. Las computadoras y proyectores se daban por sentado; había siempre una pizarra que controlar, sobre la que podían apoyarse. “Hemos sido arrojados de manera estrepitosa a la pantalla”, reconoce Marco, “hemos sido empujados al mar y tenemos que aprender a nadar, y con estilo”. Él y Germán pertenecen a una generación más acostumbrada a la tecnología, que tiene mayor facilidad para adaptarse, pero ello no elimina toda complicación. Entre profesores, encontraron formas de ayudarse, de explorar Zoom y otras plataformas virtuales: “Mira, así se configura la cuenta, así se pone la pantalla compartida. Mira, así se puede agregar un fondo virtual”. “Nunca terminas de aprender”, remarca.

Voces en el chat. Probablemente aún en pijama, los alumnos saludan a sus profesores en un nuevo día de clases. FOTO: Germán Ramos.

Si hay alguna buena noticia en esta época de cambios, es que tanto en casa de Marco como en la de Germán, la familia respeta los horarios de clase. Germán ha aprendido a negociar con sus sobrinas el uso de sus tablets y celulares para poder garantizar, al menos durante las sesiones que debe dictar, una buena conexión.

Pero no todos los problemas son a causa del internet o las computadoras. Los profesores pueden tener la mejor conexión y ello no quita que, al fin y al cabo, la misión diaria sea dictar una buena clase. En la despedida del aula, del espacio seguro y común, hay una interacción perdida. Extrañan la libertad para moverse en el salón, entre carpetas. Había un contacto más cercano con sus alumnos, más humano. Podían acercarse a los chicos, disfrutar al ver cómo todos trabajaban, reírse con ellos y ayudarlos. Había un contacto face-to-face que se ha desvanecido.

Ahora tienen que encontrar nuevas formas de manejar la clase. Germán pasa lista cuando comienza el día, a veces también lo hace a  la mitad de la sesión, y hace preguntas. La mayoría de los alumnos participa, pero otros se mantienen en silencio. No responden. La clase termina y esos ‘alumnos fantasma’ permanecen allí, varios minutos después de que todos se han despedido. ¿No quieren irse? Pareciera que no quieren dejar de aprender. O pareciera que no se han percatado de que la clase ha terminado, como si no se hubiesen dado cuenta siquiera de cuándo empezó.

Es una lucha contracorriente en la que, reconocen, importa mucho la capacidad de autogestión de los alumnos. Trabajan con chicos de los últimos años de secundaria y apelan a su autonomía, pero de todas maneras hay una responsabilidad que tienen interiorizada como profesores. “Muchas veces no acabo satisfecho con las clases que doy, porque me siento limitado”, acepta Marco, “muchas veces caigo en algo que no quiero ser: el profesor que monologa”, aquel que habla y habla sin parar. Busca nuevas formas de dinamizar la clase, de hacerla divertida. Ha encontrado webs para realizar cuestionarios, ha separado lecturas en PDF para que cada alumno trabaje un capítulo distinto. Si solían leer juntos en clase y debatir después, Marco procura que esa conversación constante no se pierda.

Otros tiempos, otros ámbitos. Marco Antonio, amigo de todos, salvo de la quinua, después de una intensa clase de literatura hace unos años. FOTO: Archivo personal.

Cuando los profesores le dijeron adiós a las aulas, la enseñanza irrumpió en los demás espacios de sus vidas. “El gobierno ha limitado tu libertad para protegerte de la pandemia, pero el trabajo ha invadido tu libertad en casa”, explica Marco. Se organizan reuniones de profesores a las seis de la tarde o a las siete de la noche, y contestan dudas de sus alumnos por correo, que llegan a las nueve o diez. Con tanto tiempo frente a la pantalla, “acabo con los ojos peor que un vampiro”, cuenta Marco.

Si hay dificultades, estas se acentúan con la pérdida de la sala de profesores. Este espacio era, para Marco, “material de consulta, un libro abierto”. “Un profesor es como el vino: mientras más añejo, mejor”, explica, recordando la cantidad de lecciones que aprendió de colegas más experimentados entre clase y clase. “En la sala de profesores, encuentras una palabra de aliento, una respuesta. Pareciera que los demás profesores fueran tus psicólogos particulares”, reconoce. Germán también extraña este espacio: “Yo soy bastante amiguero. Siempre me ha gustado estar en lugares donde puedo compartir bastante. Conversamos, nos reímos, bromeamos y discutimos, porque somos personas”. Ese contacto falta.

Dentro de todo, algo de esas relaciones puede subsistir a distancia. El profe Marco bromea con Andrés, amigo suyo, excolega y profesor de Educación Física: “Se ha cumplido tu sueño. Ahora puedes sentarte tranquilo a comer una hamburguesa en casa mientras los chicos hacen sus ejercicios”.

La hora del recreo. La amistad entre profesores ha sido desplazada a infrecuentes llamadas telefónicas o grupos de Whatsapp. (Germán, foto 1 izquierda; Marco Antonio, foto 2 derecha) FOTOS: Archivos personales.

Es extraño hablar en clase de historias ficticias como “Ensayo sobre la ceguera” cuando la pandemia ya no está en un libro, sino en las calles de nuestra ciudad. Verdaderamente, “la realidad superó a la ficción”, reconoce Marco. “Antes uno cerraba un libro y se sentía protegido”, pero el refugio se ha perdido. Aun así, ni Marco ni Germán pierden ilusión en sus clases. Germán cree que, de todas maneras, la historia puede emocionar a sus alumnos. Al inicio intentó trabajar con el COVID-19, pero pronto se dio cuenta de que el tema estaba en todos lados: en las noticias, en la televisión, en las cenas con la familia. “Cansa, estresa, aburre”, explica Germán, “hablar de otras cosas desenfoca de esta preocupación. En clase uno se puede olvidar de todo por un instante”.

A los chicos puede no gustarles el tema, el curso puede parecerles aburrido, pero cree que todo depende de cómo se construya la clase. No está mal, de vez en cuando, ceder a un debate sobre teorías conspirativas post Segunda Guerra Mundial, seguir el rastro imaginario de un Hitler sobreviviente. Incluso, a veces, cuando un alumno tose en plena participación, surge la oportunidad para bromear: “Ahh, tiene COVID, aléjense. No me hables, no me hables, apaga la cámara”. Germán cree que el objetivo es crear un espacio de confianza, darle seguridad a sus alumnos, sin dejar de trabajar juntos. 

Es también una oportunidad para cambiar el chip entre profesores. Para Germán es clave enganchar con sus alumnos, conectar con ellos; abrirle espacio al juego y a las dinámicas. “En esta época, creo que un profesor que no se interese por estas habilidades es un profesor que no va a tener futuro, porque su clase va a ser siempre monótona y tediosa. Tiene que tener carisma; si no la tiene, ya fue”, se sincera Germán.

Me despido de ellos. Mañana tienen clases por dictar y aún quedan tareas por corregir. La educación no se detiene. En sus ojos cansados queda esperanza.

 

Reconstruyendo el salón de clases

Todos le dicen Donny, es el nombre que heredó de su madre, Donna. Pero cuando comenzó a enseñar, más de treinta años atrás, decidió que la llamen profesora Luisa, o Miss Luisa. Era un nombre más serio; “los chicos eran bravos” y era mejor no arriesgarse a ningún chiste.

Durante años, Miss Luisa ha enseñado todas las mañanas en un colegio privado en Barrios Altos, y en un colegio del Estado en el turno de la tarde. Saltaba entre uno y otro, cada día por varios años. En el primero enseñaba Historia e Inglés, hasta que se retiró de la educación privada y se mantuvo como profesora de Ciencias Sociales en el colegio estatal.

Entonces el virus llegó.

Si desarrollar las clases a distancia es difícil en un colegio privado sanisidrino, en el que la mayoría de los alumnos sino todos cuentan con conexión a internet y una computadora con la que estudiar, en un colegio estatal del Cercado de Lima la situación es mucho más complicada. Cuando dejaron las aulas y comenzaron la cuarentena en casa, los profesores del colegio en el que trabaja Miss Luisa no contaban con una base de datos desde la que contactar a los alumnos. Todo se había quedado en las oficinas del colegio.

Miss Luisa y sus colegas no estaban seguros de cómo proceder. Mientras se intentaba recuperar el contacto con las familias, los profesores comenzaron a ser capacitados para llevar las clases con portales educativos virtuales, como Zoom o Google Classroom, pero el futuro inmediato era incierto. ¿Cómo aprender a dictar de forma virtual, o para qué hacerlo, si no había alumnos? Entre colegas se pronunciaron:

“Mire, director, mil disculpas por lo que le voy a decir, pero va a tener que ir al colegio y sacar la base de datos. Lleve su USB, saque el libro de matriculados, tómele foto. No es posible que estemos trabajando así, sin los alumnos”.

Pero toda la información estaba guardada en los cajones de la secretaría, y nadie estaba inclinado a romper la cuarentena, infiltrarse en el colegio y hacer añicos alguna ventana para conseguir la base de datos. Miss Luisa, por suerte, tenía archivado un chat grupal en Whatsapp con las madres de familia. Había sido tutora de sus hijos hace dos años, cuando estaban en tercero de secundaria, y pudo entonces comenzar a reunir a un grupo de estudiantes, que ahora cursan el quinto año. Mientras sus colegas habían contactado a ocho, diez o veinte familias, Miss Luisa había contactado a cerca de sesenta y, aún así, ese número era bajo.

Todo tiene un orden. Miss Luisa organiza con precisión su espacio, sus documentos y su lista de alumnos. FOTO: Archivo personal.

Luego de unas semanas, la secretaria consiguió entrar al colegio y obtener la base de datos, sin ninguna puerta o ventana rota, o ninguna escena sacada de una película de espías. Miss Luisa continuó llamando a todos los alumnos que le corresponden este año, pertenecientes a los últimos grados de secundaria. Llamó casa por casa a los números que habían quedado registrados al momento de la matrícula y, aun cuando había teléfonos que no existían, o que no estaban en línea, pudo completar poco a poco el salón.

Algunos padres de familia contestaban y le compartían el número telefónico de sus hijos para que trabajen directamente, sin ellos como intermediarios, pero en aquellos hogares en los que los chicos no cuentan con celular propio, no hay otra opción que usar el de los padres para seguir las clases.

En el colegio se dieron cuenta rápidamente de que la preparación para clases a través de plataformas virtuales no había sido la idea más acertada. La mayoría de familias matriculadas en el colegio no cuentan con una computadora, o no tienen internet en casa que les permita seguir clases sincrónicas, así que optaron por seguir la programación de Aprendo en Casa, el proyecto educativo del Estado ante la cuarentena, y elaborar tareas en base a lo emitido.

La forma de comunicarse no sería Google Classroom, sino Whatsapp, pues es un servicio más universal y fácil de usar. En casa, las hijas de Miss Luisa la ayudaron a sacarle provecho a la aplicación de Whatsapp para la computadora. Agrupó a las secciones en diferentes grupos de chat y se presentó con un mensaje:

“Buenas tardes alumnos, bienvenidos al grupo. Soy la profesora Luisa T., tengo a mi cargo el área de Ciencias Sociales. Emplearé este medio para enviar y recepcionar las actividades. Espero la colaboración de todos”.

Marcó algunas normas. No, normas no, acuerdos de convivencia: Los stickers están prohibidos, los memes y videos, también. Las conversaciones en el chat deben ceñirse a temas de clase. Uno debe comunicarse formalmente y demostrar respeto, puntualidad y responsabilidad.

Líneas guía. Miss Luisa tiene siempre en cuenta las competencias establecidas por el Estado para el área de Ciencias Sociales. FOTO: Archivo personal.

Miss Luisa sigue con atención, casi religiosamente, la programación televisiva del Estado. En casa han tenido que acomodar horarios de almuerzo para que ella pueda concentrarse en el televisor. A través de los chats que creó, lo que hace es enviar tareas que diseña desde casa. No, tareas no; actividades. Ella, devota de los organizadores visuales y todo gráfico posible, pide a sus estudiantes diseñar mapas conceptuales o cuadros comparativos sobre una variedad de temas:

“Buenas noches, alumnos del VII ciclo del área de Ciencias Sociales. Mi nombre es Luisa T. Como vimos el día de ayer en el canal 7 a las dos de la tarde, el tema fue cómo extraer información de textos orales. El texto oral que vamos a trabajar el día de hoy es la Revolución Industrial. Su atención, por favor”.

En este audio de Whatsapp, uno de los muchos que envía constantemente a sus secciones, Miss Luisa explica pausadamente claves y detalles del proceso histórico durante casi cuatro minutos. Al terminar, pide que se realice un cuadro comparativo a partir de lo escuchado. Por ahora trabaja con audios, aún no se ha filmado dictando clases. Cuando le envían las actividades resueltas, los resultados son diversos. Algunos alumnos se esmeran mucho y hay otros a los que Miss Luisa debe hacer seguimiento. Les pide una segunda versión para comprobar que están aprendiendo.

Uno de los chicos envió una tarea al chat grupal e, inevitablemente, la gran mayoría de entregas que llegaron después habían sido fuertemente inspiradas por la original. Para Miss Luisa, es difícil conseguir que la educación a distancia mantenga la eficacia; “no estoy llegando como yo quisiera a todos”, admite. Aun así, se mantiene firme. Las tareas “hechas por hacer” no las lee, manda a rehacerlas. “Está bien que estemos en esta coyuntura complicada, pero eso no significa que ellos no van a aprender; ellos tienen que aprender algo”, explica.

Se exige a sí misma tanta responsabilidad como la que demanda a sus estudiantes. Es necesario que todas las actividades que presente tengan un sentido: que sigan una de las competencias educativas propuestas por el Estado, como la gestión responsable del espacio y el ambiente, y cumplan un propósito específico, como explicar causas y consecuencias de problemas medioambientales y proponer soluciones. Para alcanzar el mejor resultado que puede dar, Miss Luisa entrega sus días y noches al diseño de estas actividades y cronogramas. “Para mí, la educación virtual es no tener vida”, reconoce entre explicaciones. Siente que trabaja mucho más que en clases presenciales. Poco antes de las tres de la mañana, cuando siente que ya ha corregido suficientes tareas, se va a dormir.

Pasan las semanas y los alumnos siguen contactándose con el colegio, sumándose a los grupos de Whatsapp. Miss Luisa, entonces, les reenvía todas las actividades y acuerdos trabajados hasta el momento. Con tanto tiempo que dedica a estar frente a la pantalla, una de las primeras habilidades que quiere reforzar en sus alumnos es la capacidad de síntesis. Le sirve a ellos y la ayuda a ella: “Piensa en tu profesora, que tiene que leer tanto”, les dice.

Fan de los esquemas. Algunas tareas que Miss Luisa recibe durante la semana. FOTO: Archivo personal.

A medida que se acostumbra a la educación a distancia, Miss Luisa organiza algunas actividades distintas a los organizadores visuales. Pide, por ejemplo, que los alumnos investiguen sobre las implicancias económicas que tiene el COVID-19 en nuestro país, dentro de sus máximas posibilidades; viendo la TV o, si se puede, visitando alguna web. Solicita que envíen una nota de voz explicando los resultados de su investigación. Escuchando a sus alumnos, sus ojos descansan.

“Buenas tardes, profesora Luisa. Mi nombre es Paola, soy de quinto de secundaria y… Este… En esta oportunidad, yo le vengo a hablar acerca de la… de algunos factores que han sido afectados en su economía por el COVID-19 y… Comencemos por el surgimiento de un nuevo brote, que es un virus que ha sido declarado como pandemia…”.

Luego de cuatro minutos y medio, Paola se despide: “Gracias, profesora, esta es toda mi exposición por hoy”.

Hace unos días, Jorge, su amigo, cuñado y padrino de bodas, falleció; era profesor universitario, y también era mi tío. Él, muy querido y recordado por sus alumnos, sabría tan bien como Miss Luisa que la educación no se detiene. Ocurrió un jueves y al día siguiente había clases por dictar. De madrugada, entre la tristeza y las tareas que aún no había corregido, Miss Luisa no pudo dormir.

“¿Qué tanto trabajas con tus chicos?”, le preguntan otras profesoras. La dedicación a las secciones que dirige la lleva a contestar el teléfono hasta en la madrugada. Padres de familia o alumnos la contactan con dudas, en buena medida porque la ven en línea a altas horas de la noche. En días feriados, cuando está reunida con su esposo e hijas en la sala familiar, un mensaje interrumpe la película que están viendo. “Mami, no respondas, es feriado”, le dicen, pero Miss Luisa pide que pongan pausa a la película un momento para poder contestar.

Puedo confirmar de primera mano que Miss Luisa dedica casi la noche entera a sus alumnos. Mientras escribo este texto de madrugada, revisando archivos que me ha enviado, la veo conectada. En la oscuridad, mi teléfono suena: es ella. Me envía la tarea que Paola ha realizado sobre economía y coronavirus. Es lunes 11 de mayo, hace unas horas ha sido el Día de la Madre. Le agradezco, le envío un fuerte abrazo y me voy a descansar, mientras ella sigue trabajando.

Extraña las aulas y todo lo que allí acontecía. Ver el rostro de sus alumnos le confirmaba que había elegido la profesión correcta. Miss Luisa hace lo que más le gusta y, encima, le pagan. La semana pasada el colegio hubiese dedicado casi todo momento libre a preparar la actuación por el Día de la Madre. El recuerdo de este homenaje mueve a Miss Luisa, madre de dos hijas. La mayor comparte el nombre con ella: Donny. También comparte la vocación, es profesora de inglés en uno de los más importantes centros de idiomas del país. Ahí tampoco le dicen Miss Donny, sino Teacher, solamente Miss o solamente Donny. La cuarentena también ha limitado su trabajo; muchos alumnos han dejado sus clases e, incluso en una sección, se ha quedado trabajando solo con un estudiante.

Cuando Miss Luisa aún trabajaba en el colegio privado como profesora de inglés, su hija mayor se acercó a ella. Había comenzado a dictar clases hacía poco y necesitaba ayuda para plantear una lección sobre tiempos verbales. Había uno en particular, difícil de explicar, que le causaba problemas: el present perfect, porque a veces es difícil explicar el presente perfecto, el pasado que continúa, pero siempre hay formas para hacerlo:

Miss Luisa has taught at the same school since 1988.

(Miss Luisa ha enseñado en el mismo colegio
desde 1988)

Miss Luisa has been feeling quite low-spirited for
the past few days.

(Miss Luisa se ha sentido abatida los últimos días)

Miss Luisa’s work hasn’t always been greatly appreciated.

(El trabajo de Miss Luisa no siempre
ha sido muy apreciado)

Miss Luisa has been trying her best to overcome
this tough situation.

(Miss Luisa ha estado intentando sobreponerse
a la situación lo máximo posible)

Miss Luisa, loved by her students, has always been
an exemplary teacher.

(Miss Luisa, querida por sus estudiantes, siempre
ha sido una profesora ejemplar)

***

No es fácil encontrar perfección en la vida diaria o en la educación peruana, menos aún cuando una pandemia nos compromete en todo momento y espacio. Sin embargo, algo permanece: más de medio millón de peruanos dedicados a la enseñanza comparten una misión subrepticia, que sobrevive al miedo y el dolor. “Como seres humanos tenemos que aferrarnos a algo, a sueños, a esperanzas. Yo, por ejemplo, me aferro a ideales”, reconoce el profesor Germán, “intento enfocarme en lo que es más importante en el día a día”. Enfocarse en la familia, cuidarla y velar por su salud. Enfocarse en sus alumnos, que con o sin ganas se conectan todos los días a clases.

El profesor Marco Antonio está seguro de que “todo esto va a quedar escrito en los libros de historia universal”. Todos los que están en primera línea estarán allí: doctores, enfermeros, policías. Cree que la historia también tiene un par de líneas reservadas para los profesores. “Sería muy fácil para el mundo decir ‘Nos retiramos un año, nadie estudia, la educación para’ y se acabó, pero no es así”. “Uno puede tener un montón de críticas a las clases virtuales”, acepta Marco, “pero lo que no le puedes quitar a un profesor es las ganas de sacar adelante la educación. Tenemos que estar a la altura de la misma, poniendo el pecho por delante”.