Ingresó al mundo de la prostitución por necesidad y decidió quedarse por voluntad propia. La activista por los derechos de la mujer, Ángela Villón, apuesta por la búsqueda de justicia e inclusión para sus colegas de profesión ante la crisis sanitaria que atraviesa el país.

Son cerca de las diez de la noche. Recibo la llamada de Ángela, contesto de inmediato. Después de dos fallidos intentos, al fin consigo entrevistarla. ¿La razón de mis frustrados fallos por contactarla? Una bebé de nueve meses que concentra su atención día a día: Victoria, su hija. “Se llama Victoria porque es la mayor victoria de mi vida”, me cuenta orgullosa. “Siempre quise la experiencia de tener un hijo planificado. En el contexto en el que tuve a mis hijos no hubo planificación. Todos mis hijos son deseados, pero no previstos”, aclara. Lamentablemente, el amor y protección que rodean a Victoria no estuvieron presentes en la niñez de su madre.

El nacimiento de Jennifer

Ángela creció en la Urbanización Zárate, San Juan de Lurigancho, es la menor de cuatro hermanos y soñaba con ser ingeniera eléctrica. “Me gustaban los vectores y la física”, afirma. Desafortunadamente, Ángel Villón, su padre, planeaba un futuro distinto para ella. “Yo tenía que casarme y tener un hogar, criar a mis hijos, ser servil: prepararme para ser ama de casa. Por eso, cada vez que le decía mis deseos de estudiar, me reprimía”, recuerda.

La represión se ejerció con violencia y estuvo presente en su cotidianidad: su padre la golpeaba constantemente. Sus hermanos tenían más privilegios por ser hombres: gozaban de libertad para salir, les servían las mejores presas y tenían facilidades para estudiar. Leonor Bustamante, su madre, nunca reclamó por estas desigualdades, hacía caso al padre de su hija en todo lo que este le dijera. “Él pegaba un grito y mi madre se callaba”, cuenta con cierta decepción.

Cuando Ángela cumplió trece años, sus hermanos empezaron a golpearla. Sin embargo, su padre no estaba al tanto de estas agresiones porque su madre escondía los moretones. Hasta que un día él quiso darle una palmada en el trasero y Ángela se zafó de la agresión, pero su vestido se levantó y dejó ver un gran hematoma en su pierna. Su padre lanzó una mirada furibunda hacia ella y preguntó:

— ¿Quién te hizo eso?

Su madre la observó completamente asustada. No era necesario que hablara para hacerle entender el mensaje: “no le digas”. Desde que empezaron las agresiones, Leonor Bustamante aleccionó a su hija a decir que las marcas en su cuerpo eran producto de caídas. Pero ese día fue distinto para Ángela, estaba cansada de los maltratos, todos la golpeaban en su casa, incluso su madre.

— Mis hermanos.

Esas dos palabras fueron suficientes para que Ángel Villón propinara una paliza a sus dos hijos. Les advirtió que nunca más tocaran a su hermana. Desde ese día, los hermanos de Ángela dejaron de hablarle. “Lo que yo haga o deje de hacer no les importa, si alguien viene, me viola y me mata, no les importa”, relata desilusionada.

Los años transcurrieron, envueltos siempre en maltratos, Ángela cumplió 17 años y estaba cansada de la situación en la que se encontraba, así que se propuso salir de casa. Sus padres le dijeron que cuando se entregue a un hombre pasaba a ser propiedad de este, así que ella pensó: «el primer hombre al que me entregue me va a tener que llevar». Lo hizo y no pasó nada de lo que imaginó. Quedó embarazada y tuvo que escapar de casa porque su padre era capaz de hacerla abortar a golpes. Deambuló por la Plaza San Martín un par de días, conoció a unas travestis que le invitaron comida. No faltaba un jardín donde esconderse, pero sabía que la situación era insostenible, más aún con un bebé en camino.

Luego de un mes a la deriva, su madre la contactó y la llevó a un cuarto cerca de la casa donde solía vivir. Compró un colchón de paja para su hija y le llevó comida todos los días, sin que su esposo se diese cuenta. Fue en ese cuarto en el que Ángela dio a luz a Ángel Francisco, su primer hijo. La primera cuna de Paco, como lo llama su madre, fue una caja de leche.

Los hijos de Ángela no la juzgan por su trabajo. FOTO: Archivo personal.

En 1982, el fenómeno de El Niño causó que el verano se prolongue por más tiempo en nuestro país, los niños morían deshidratados en los hospitales. Paco se encontraba en esa situación, postrado en una camilla al borde la muerte. Ángela no sabía qué hacer para cubrir los gastos diarios que suponía comprar la medicina de su hijo. Le comentó su problema al médico del hospital y él le respondió: “Si no tienes la medicina para curar a tu hijo, llévatelo a morir a tu casa. Ese espacio que tu hijo está utilizando puede servir para otro niño que sí se puede salvar».

La desesperación se apoderó de Ángela, pidió un par de préstamos a Norma, una vecina que se dedicaba a bailar. La tercera vez que solicitó otro préstamo, Norma le dijo: “te voy a llevar a un lugar donde tú vas a conseguir tu propio dinero». Le confesó que no era bailarina y en qué consistía su verdadero trabajo. Fue así como Ángela llegó a «Cinco y Medio», un burdel ubicado en la Carretera Central.

Ángela observó, por el umbral de la puerta del prostíbulo, las luces de neón rojas que cubrían los cuerpos de mujeres semidesnudas que prestaban sus servicios. Se impresionó, nunca había visto nada igual. Pensó que estaba en el infierno y quiso huir, pero sabía que no podía: Paco necesitaba sus medicinas. Norma le dijo que espere a la ‘mami’ y  le cuente que quería trabajar. Ángela espero unos minutos hasta que una señora se le acercó.

— ¿Cuál será tu nombre de trabajo?

Ángela recordó el nombre de una vecina que le resultaba antipática y decidió usar su nombre.

— Jennifer—respondió.

Empezó a ejercer el trabajo sexual desde ese día. La primera experiencia con un cliente fue distinta al del resto de sus compañeras: un hombre bastante mayor solicitó sus servicios, ingresaron juntos a una habitación y el parroquiano se desvistió. Jennifer no lo hizo y empezó a llorar, asustada. Hasta ese momento no había visto desnuda a una persona porque el encuentro sexual que tuvo con el papá de su primer hijo fue a oscuras.

El  cliente, asustado, se vistió de inmediato, se sentó al costado de Jennifer, que yacía en la cama, e intentó calmarla. Escuchó la historia de la muchacha de dieciocho años toda la noche. Cada veinticinco minutos golpeaban la puerta, el servicio había terminado. Él pagaba, una y otra vez, cada vez que lo hacían. Se quedó con ella hasta que cerraron el burdel. Nunca la tocó.

Jennifer tenía dinero en sus manos: trasladó a Paco a una clínica, compró una cuna y la llenó de juguetes, cambió el colchón de paja en el que dormía y adquirió su primera cocina. Retomó sus estudios y terminó la secundaria a los diecinueve años; sin embargo, no dejó la prostitución, porque le daba una solvencia económica para pagar los gastos de ella y su bebé. El pago era inmediato: no tenía que esperar hasta quincena o fin de mes. Pero lo más importante es que se sentía cómoda ejerciendo su trabajo. “Yo me sentí deseada y apreciada. Me metí a la prostitución y quería ser la mejor prostituta”, confiesa.

De Jennifer a Ángela

Las mafias de policías solían cobrar cupos a las prostitutas que dejaban de trabajar en «Cinco y Medio». Todos los días un patrullero pasaba a recibir la ‘chancha’. Una meretriz era la encargada de recoger el dinero de cada una de sus compañeras para entregárselo al oficial asignado. Jennifer nunca pagó. «Aquí está de todas, menos de Jennifer», era la respuesta que solía escuchar el alférez. Pasaron meses y una de las chicas se acercó a la rebelde muchacha.

— ¿Por qué no pagas?

— Por qué voy a pagar, no soy una delincuente. Si pagas es tu problema.

— Si no pagas, yo tampoco voy a pagar.

Todas las extrabajadoras de «Cinco y Medio» se negaron a pagar los sobornos que les exigían día a día. Enterado de la situación, el alférez decidió dar un escarmiento a la responsable de esta rebelión. Ponerla como ejemplo para que el resto pague.

Jennifer estaba al tanto de la situación. Apenas observó al policía, corrió, no iba a dejar que la alcancen tan fácilmente. Lamentablemente la atraparon, pero no imaginó lo que le esperaba esa fría noche en la Carretera Central. El oficial, que se supone debía protegerla, la golpeó brutalmente, arrastró su cuerpo por toda la carretera y no dejó que se ponga de pie en ningún momento.

— Por favor, alférez. Ya perdí. Por favor, por favor—suplicó Ángela entre lágrimas.

Habían personas observando, horrorizadas, ese brutal ataque y quisieron detener al agresor.

— ¡Ya déjala! ¡Suéltala!—gritaban.

Él miró a esa multitud, desafiante.

— Es puta, le estoy pegando porque es puta.

La muchedumbre dejó de defender a la mujer, que se encontraba en el suelo, inerte y vulnerable.

— Ah, bueno—dijo una de las personas.

La carretera estaba infestada de vidrios, piedras y tierra. Las piernas de Jennifer quedaron destrozadas, la sangre se mezcló con la tierra y formó una masa de color marrón: no sentía sus piernas. Lo que sí sentía, desde el fondo de su corazón, era que debía denunciar, no sabía cómo hacerlo, así que partió rumbo a la comisaría. No podía caminar, le quedaba arrastrarse, ensangrentada. Tampoco podía ver, solo distinguía las luces. Cuando por fin logró llegar a la dependencia policial, no la dejaron ingresar.

— ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Lárgate, puta de mierda! ¿Cree qué va a venir a denunciar a un alférez? ¿Una puta?

Escuchó risas, venían de la comisaría. Se burlaban de ella. En ese momento, sintió que era más pequeña que un insecto, lloraba de impotencia, sentada en la acera. Alguien se acercó a ella, no pudo ver su rostro, pero era policía, reconoció su uniforme.

— Jennifer, yo no estoy de acuerdo con lo que te han hecho. No digas quién te dio esto.

Puso algo en su mano y se fue, ella pensó que era dinero. Cuando logró ver, distinguió que era un papel que tenía escrito lo siguiente: «Inspectoría de la Policía – Avenida Aramburú 550». No tenía ni una moneda en los bolsillos, pero detuvo un taxi y entregó el papel. El taxista la vio horrorizado.

— ¿Qué te han hecho? ¡Dios mío! Sube, yo te llevo. No te preocupes, no me tienes que pagar.

Después de unos largos minutos, Jennifer llegó a su destino. Cuando bajó del taxi, los policías, parados en el Complejo Policial, se horrorizaron al verla.

— Segundo piso, primera puerta. Ahí está la inspectoría.

Una policía tomó su denuncia. Jennifer debía pagar veinticinco soles para ser revisada por el médico legista. La encargada de la auditoría abrió su cartera y sacó el dinero que necesitaba. Jennifer se enteró, ese fatídico día, que el abuso de autoridad era un delito.

Ángela, en su faceta de activista, dejando un mensaje enfático a los congresistas. FOTO: Jahair Aguilar.

Al momento de realizar la denuncia tuvo que firmar con su nombre completo. Desde ese momento, se aceptó como prostituta y dejó de ser Jennifer: todo ese tiempo fue Ángela Villón Bustamante, trabajadora sexual. No hacía nada malo, todo lo que la gente decía de las prostitutas era mentira. Pensó que debía ser vulgar, tonta y fácil. “Escuchaba hablar que las prostitutas eran cochinas, no se enamoraban, no tenían sentimientos, eran drogadictas y alcohólicas. Yo no soy así. Soy buena madre, buena vecina y una buena persona”, sentencia Ángela, con la voz entrecortada.

La denuncia al alférez siguió su curso. No se le destituyó de la Policía Nacional, pero fue enviado a Puno, iba a ser ascendido ese año. El agresor de Ángela se acercó a pedirle que retire la denuncia. Le dijo que su madre tenía parálisis, un niño especial y una esposa embarazada. “No seas mala, retira la denuncia”. Confesión propia de un drama mexicano, pensó Ángela. No retiró la denuncia. Por primera vez, sintió que tenía poder sobre esos policías que la acosaban, golpeaban y extorsionaban constantemente.

Activismo en representación de sus compañeras

El mundo del meretricio es muy pequeño, todas se conocen. Las compañeras de Ángela se enteraron de lo sucedido con el alférez y la admiraban y respetaban por lo que hizo. Cada vez que iba a trabajar no había batidas ni cobros de cupos. Los policías no querían tener problemas con ella.

— Tú no subes, contigo no es.

— Acá llueve para todas o nadie se va—contestaba ella.

Las chicas se sentían protegidas. “Vamos a trabajar tranquilas, hoy no hay abuso», decían.

Empezaron a llamarla a programas de televisión para apoyar las causas de sus compañeras. Es así que, en el año 2000, funda Miluska, Vida y Dignidad, la primera organización de trabajadoras sexuales en Perú. Decide visibilizarse y habla con su familia. Sus hijos no la juzgaron en ningún momento. “Berenice, mi hija, le dijo a su novio: ‘Mi mamá es la representante de las prostitutas en el Perú, puedes seguir conmigo o te puedes ir’”, cuenta una orgullosa Ángela mientras ríe.

El Hotel San Agustín Rivera fue sede del primer Congreso Nacional de Trabajadoras Sexuales del Perú en el año 2009. En ese congreso se fundó el Movimiento Nacional de Trabajadoras Sexuales del Perú y se decidió que las meretrices debían incursionar en la política. Ángela fue nombrada presidenta. En los tres períodos en los que encabezó el movimiento, hizo viajes desde Iquitos hasta Tacna, para organizar a sus compañeras en cada departamento. Logró fundar diecinueve organizaciones en todo el país. Le parece utópico todo lo que han conseguido hasta ahora.

El movimiento se identifica como socialista y ambientalista, el único partido político que cumplía esos requisitos, en ese entonces, fue Tierra y Libertad. Ángela contactó al líder de ese partido, Marco Arana. Él le otorgó las pautas para que pudieran sumarse al partido, empezaron con un comité distrital en Lince y terminaron abarcando la mayoría de los distritos de Lima. Tierra y Libertad facilita la conformación del Frente Amplio y así Ángela Villón Bustamante se presenta a las elecciones congresales de 2016.

Ángela se presentó a las elecciones congresales en el año 2016 con el partido Frente Amplio. FOTO: Luis Gonzales.

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La voz de Ángela se escucha bastante cansada, la entrevista de más de una hora y media no es lo único que la tiene agotada. El brote de COVID-19 en nuestro país viene dejando estragos en toda la sociedad, pero hay grupos humanos en los que estas calamidades se agudizan, personas invisibilizadas por un país indiferente: las trabajadoras sexuales.

¿Cuál es la situación de las trabajadoras sexuales a raíz de esta pandemia?

— Cuando inició el brote de esta pandemia, nos quedamos sin trabajo. La mayoría vive del día a día. No trabajamos para tener ahorros, eso me pasó años. Las chicas no tienen que comer, fuimos con Leyla Portal, actual presidenta del movimiento, y terminamos haciendo gestiones para conseguir comida. El MIDIS ofreció su apoyo, pero todo fue una burla. Envíe una lista con 200 personas y Leyla otra con 170. Nos dieron 70 bolsas que incluían un pollo congelado, dos bolsas de menestras y no sé qué más. Tanta presión para nada.

¿Qué presión?

— Nos presionaron para dar las listas con teléfonos y direcciones de las compañeras en precariedad, pero no entienden que hemos firmado un compromiso de confidencialidad, por el mismo ataque que sufrimos de parte de la sociedad. Transgreden a nuestros hijos y nuestras familias.

— ¿Alguna otra autoridad se contactó con ustedes para ayudarlas?

— No hemos recibido ayuda del Estado. Yo tengo un padrón de 1800 chicas y solo 18 han recibido el bono. Me llamó la ministra de la Mujer para decir que nos iban a apoyar, pero quedó ahí. Me comuniqué con una de las encargadas de la ministra y me dijo que tenía la culpa por haber dado tantos nombres, que éramos muchas.

— ¿El movimiento tiene algún plan para evitar que sus compañeras se encuentren en esta situación de vulnerabilidad?

— Hemos estado apoyando a algunas, pero ya no dan más. No tienen casa, las han sacado porque no tienen para pagar el alquiler. Estamos congregando varias chicas en un cuarto para que vivan juntas y se protejan. Comparten una olla común. Esto va de largo (la crisis sanitaria), no va a terminar en dos o tres meses. Estamos pensando en pedir apoyo internacional. Necesitamos casas de refugio.

Hay trabajadoras sexuales que se han visto en la necesidad de aceptar apoyo de clientes que viven solos. Las han acogido en sus casas a cambio de servicio sexual gratis. Cometen abuso. Hace unos días rescatamos a una chica con su hija de nueve meses. El tipo la agredió porque ella se negó a tener relaciones sexuales con él.

— ¿Los teléfonos de ayuda no funcionan?

— El 105 no funciona, llamas para pedir ayuda por violencia y nada. Los teléfonos de ayuda son un chiste.

— Hace unos días tuvo un debate con Andrea Llosa en el programa que conduce…

— Quedé impresionada. Pensé que podía ponerse en nuestro lugar por ser mujer. Obviamente no lo hizo porque ella es privilegiada, tiene trabajo y dinero, mientras que nosotras estamos jodidas. No entiende que mis compañeras salen a trabajar porque no tienen qué comer.

— ¿Qué opina del sensacionalismo con el que los medios de comunicación tratan a sus compañeras?

— Ahora estamos enfocadas en las chicas. Se están muriendo y no solo ellas, sus hijos también. La hija de una compañera tenía leucemia, falleció hace tres semanas. Diez días después, mi compañera se suicidó. Ella trabajaba para su niña, «he acompañado a mi hija toda su vida, ahora la quiero acompañar en su muerte», fue lo último que me dijo. Otra compañera, que estaba embarazada, no fue atendida nunca, la ambulancia que tenía que trasladarla nunca llegó. Falleció con su bebé. Estamos muriendo y nadie hace nada. No tenemos cabeza para otras cosas. Las chicas estás deshechas.

Escucho a Ángela devastada, yo también lo estoy. Ningún medio de comunicación cubrió los decesos de sus compañeras ni los visibilizó a la opinión pública. Ella continúa haciendo catarsis de la situación en la que sus compañeras se encuentran. Me queda escuchar y sentir frustración, junto a ella, cada vez que cuenta los episodios tan jodidos, como suele decir, que atraviesan las trabajadoras sexuales en nuestro país.

— La gente ataca, no merecemos el apoyo por ser putas. Soy trabajadora sexual, han venido a pedirme apoyo personas mutiladas, adultos mayores, madres gestantes en estado de abandono, personas con discapacidad. Los he apoyado, ¿acaso dijeron no voy a recibir tu ayuda porque eres puta?

Con mi hijo hemos hecho una colecta para comprar arroz, azúcar, aceite, jabón y menestras para poder ayudar a la gente de mi barrio. A escondidas, ¿sabes por qué? Hay gente muy necesitada, vieron que estaba apoyando a unos cuantos y se me vinieron en mancha. Me quisieron asaltar, me han marcado la casa. Vivo en una zona jodida y peligrosa. Nadie en San Juan de Lurigancho ha recibido una mísera canasta, el alcalde está no habido. Empezaron a desaparecer gatos, la gente no tiene que comer. Putas y no putas estamos en vulnerabilidad por el coronavirus.