Por: Alexis Revollé

Solo este año, Alonso Cueto ha publicado una novela histórica (La Perricholi, reina de Lima) y ganado el premio de narrativa Juan Goytisolo de Alcobendas (Madrid). Logros que no resultan sorprendentes para cualquiera que conozca su obra prolífica y su extenso palmarés literario. Se trata, sin duda, de uno de los escritores más importantes de nuestro país. Poco se sabe, sin embargo, de su labor como docente. Hijo de profesores, la vocación por la enseñanza lo acompañó desde el nacimiento. Cuenta que dictó su primera clase a los diecisiete años y que, para él, hay un requisito fundamental para ser buen profesor: ser una buena persona. Este es el perfil del maestro Cueto, un profesor de literatura convencido de que pararse junto a una pizarra a impartir una clase significa entregar algo, un acto de desprendimiento que cobra sentido cuando se logra sembrar, una vez y para siempre, una semilla en el estudiante.

Este texto se presentó en un taller de perfiles periodísticos dictado en la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación durante el semestre 2014-2. Fue publicado en Rostros Peruanos (PUCP. Departamento Académico de Comunicaciones, 2016), libro editado por Abelardo Sánchez León que reunió trabajos destacados de estudiantes de los cursos de Taller de entrevistas, crónicas y perfiles.

 

Es una típica tarde en la facultad de Estudios Generales Letras de la Universidad Católica. Los alumnos van y vienen por los pasillos, suben las escaleras con premura, conversan entre risotadas y sorbos de gaseosa. Ya casi dan las seis y, como suele pasar, la zona más concurrida es el segundo piso de la facultad. Ahí, donde reina la ineludible atmósfera de la ambición juvenil, se pueden encontrar salones de todo tamaño. Los más grandes se utilizan para las tradicionales clases teóricas, mientras que los medianos y pequeños están destinados a las prácticas dirigidas y a los talleres. Precisamente, esta tarde ando en busca de un aula pequeña, con espacio para unos treinta alumnos. No demoro en encontrarla, y sin embargo, dudo mucho antes de entrar. Los alumnos salen conversando en grupos, o en solitario, abrazando sus cuadernos. Entonces me animo a entrar. Nunca entendí el porqué de mi ansiedad, pues en una ocasión anterior ya había conversado con él. Finalmente, ya lo tengo en frente. No sé si presentarme, si decirle buenas tardes, o si debería arriesgarme por un hola, Alonso. Lo que sé es que veo a un personaje perfecto para interpretar el papel de profesor en una película: mirada reflexiva, cabello canoso, gesto preocupado, un maletín marrón oscuro y un desorden literario sobre el escritorio.

—Qué tal, Alonso. Buenas tardes —le digo, nervioso, ofreciéndole la mano derecha.

—Hola —me responde, dándome la mano y pidiendo explicación con la mirada.

—Soy alumno de comunicaciones de la universidad, y estoy escribiendo un perfil sobre ti. Quería saber cuándo tendrás tiempo para hacerte una pequeña entrevista.

Me cita en su oficina para una semana más tarde. Y yo, a pesar de tanta duda, salgo del salón seguro de tres cosas: 1) no lo hice tan bien que digamos, 2) debí presentarme antes de darle cualquier explicación, y 3) definitivamente, Alonso ya había olvidado a aquel adolescente tardío que, dos años antes, le pedía, lleno de entusiasmo, que le autografiara La hora azul y El susurro de la mujer ballena, durante una memorable edición de la Feria Internacional del Libro de Lima.

 

***

 

Alonso Cueto es uno de los escritores peruanos más reconocidos de la actualidad, con una vasta obra que va desde el cuento hasta la novela, pasando por el ensayo literario. Nació en Lima, como la mayoría de sus novelas, y aunque ha vivido por grandes períodos en ciudades extranjeras (Texas, Madrid, entre otras), siempre regresa, para quedarse, hasta que por algún motivo tenga que volver a irse, pero luego regresa, y el ciclo se repite. Como él mismo ha declarado en diversas ocasiones, lo que le fascina del Perú y de su sociedad es la gran cantidad de historias que puede sacar de allí, la abundancia de situaciones conflictivas, pues constituyen la materia prima de la literatura que desarrolla en sus obras.

En una entrevista realizada por el conocido blog literario Lee por gusto, Cueto señala que “tuvo la suerte de tener una niñez muy enfermiza”, ya que eso le permitió gozar de “una enorme cantidad de tiempo para leer”. Con un padre filósofo y una madre educadora, sus prolongados períodos en cama cobraban sentido gracias a la biblioteca que tenía a su disposición. “Mi padre siempre nos habló [a él y a sus hermanos] de escritores y nos habló de libros, en relación con la vida, con las experiencias cotidianas, con las experiencias privadas”, cuenta en aquella entrevista.

Desde ahí, desde esos primeros años de ingenuas pero vibrantes ganas de comprender el mundo, Alonso iba desarrollando su afición por los libros. Sin embargo, no sería sino hasta después de la muerte de su padre, Carlos Cueto Fernandini, cuando el joven Alonso se sumergiría más profundamente en la literatura. Fue reveladora, en esa etapa de su vida, la lectura de Vallejo, pues comenzaba a darse cuenta de que, a través de la poesía, se podía lograr una conmovedora conexión entre autor y lector. “Me di cuenta que lo que yo sentía era muy parecido a lo que Vallejo había escrito, a lo que Vallejo escribía, y que esta sensación que da Vallejo de un mundo en estado de soledad, de orfandad y de postración, era algo muy similar a mi experiencia de ese momento”, narra Alonso en otra entrevista, realizada por Jaime De Althaus.

Así, guiado por su pasión, Alonso ingresó a la Universidad Católica a los diecisiete años, como estudiante de lengua y literatura. De ese modo comenzó una carrera que lo llevaría hasta España, cinco años más tarde. Lo cierto es que Alonso parece haber sido un alumno muy atento, siempre dispuesto a dejarse llevar por la sabiduría de sus profesores. En La piel de un escritor (Fondo de Cultura Económica, 2014), su último libro publicado, dedica un espacio para escribir acerca de la docencia y su relación con la literatura, en donde, como no podía ser de otro modo, recuerda sus años como estudiante: “Quisiera recordar aquí a otros muchos profesores peruanos que tuve en la Universidad Católica: a Luis Jaime Cisneros —a quien escuché recitar a Borges y a Cortázar en sus maravillosas clases de lengua—, a José Miguel Oviedo, a Enrique Carrión […]. Creo que ellos me enseñaron una actitud ante los textos como una fuente de revelación de la vida real y también de una nueva vida”. Sin duda, la figura de los maestros en la vida de Cueto ha sido fundamental, pues en ellos no solo ha encontrado una fuente de conocimientos, sino también referentes, tanto intelectuales como morales. No resulta extraño, por tanto, que ahora Alonso dedique su vida, principalmente, a la escritura y a la docencia universitaria.

 

***

 

La primera vez que lo leí fue en mi primer ciclo universitario. Tenía una práctica de matemáticas, pero mi rechazo a los números me impulsó a faltar y a pasar el rato, más bien, en ese santuario de las letras que llaman biblioteca. Rodeado de literatura peruana, encontré un libro de cuentos que me llamó la atención. Se trataba de una colección de relatos escritos por ex alumnos de la Universidad Católica. Como no buscaba algo en específico, le eché un vistazo rápido al índice, hasta que me topé con un cuento llamado La otra. No sé qué tenía ese título que me atrajo tanto, y tampoco sabía lo que estaba a punto de ocurrir. Leí el cuento con una concentración que ahora me es difícil de conseguir. Recuerdo que, incluso, anoté las frases que más me gustaron. Quedé muy satisfecho y para terminar con broche de oro la situación, solo necesitaba saber quién era el autor, de modo que volví al índice. Allí estaba: Alonso Cueto. Nunca había escuchado nada sobre él, pues mi interés por la literatura durante mis años escolares se limitaba a sacar buenas notas en dicha materia. Pero ahora había quedado intrigadísimo. ¿Quién era ese tal Cueto? El único Cueto de quien yo sabía en ese entonces, era un ex futbolista de Alianza Lima, un zurdo que, según dicen, jugaba de lo mejor.

Ciertamente, el cuento mismo me ofrecía algunas pistas. La historia iba sobre un profesor peruano de literatura residente en Chicago, que le había quitado el puesto, sin querer, a una profesora de quien se había enamorado. Estaba escrito en primera persona por el profesor, quien decía de sí mismo cosas como “Yo había cumplido veintinueve años. Me consideraba un joven educado, inteligente, no muy feliz, y trataba de demostrarlo en cuanto se presentaba la ocasión. Chicago, donde había empezado a vivir, era una ciudad deslumbrante, en la cual, todos mis deseos y tentaciones iban a encontrar un desahogo más que suficiente”. Y en otro punto del cuento, el mismo autor da un salto al presente: “He cumplido cincuenta años, y la historia que narro tiene alguna antigüedad. Mi vida se ha compuesto de una serie de semestres apacibles y trabajosos, durante los cuales un aura de prestigio no ha dejado de rodearme con mayor o menor persistencia”. A pesar de todo ello, yo seguía sin hacerme una imagen clara del tal Cueto. Debe ser algún profesor peruano que enseña en Estados Unidos, concluí. Sin embargo, tomé la decisión de comenzar a leerlo en los siguientes días. Así, no demoré en enterarme de que aquel cuento, La otra, había sido extraído de Los vestidos de una dama (Peisa, 1987), y que Cueto era autor de una decena de libros de narrativa.

En el transcurso de las siguientes semanas, leí con pasión Pálido cielo, La hora azul, Demonio del mediodía, La venganza del silencio y Amores de invierno. Cada uno de esos títulos me capturó de una manera insólita para mí, ya que jamás había logrado una conexión de tal intensidad con la obra de un escritor. Y, por supuesto, en el transcurso de las siguientes semanas también me enteré de quién era Alonso Cueto, y de que no era profesor en Estados Unidos, sino en Lima, y más específicamente, en la universidad donde yo había comenzado a estudiar. Como era de esperarse, me ilusionó la idea de que, algún día, ese señor que escribía tan bonito, sea mi profesor. Pero eso nunca pasó.

 

***

Ha llegado el día y estoy nervioso. Es la primera entrevista casi formal que hago en mi carrera universitaria, y eso me prohíbe estar muy seguro de lo que hago. De cualquier modo, ya estoy en el Departamento de Humanidades de la universidad. Pregunto por la oficina de Alonso Cueto. Una secretaria, con gesto sonriente, me indica dónde está. No había nadie en la oficina. Alonso no había llegado, así que decido esperarlo en la sala de espera del edificio. Cinco minutos después, aparece, como siempre: alto, terno bien puesto, paso aletargado y un esbozo de sonrisa. Suelta un qué tal, Alexis, y me invita a seguirlo. Entramos a la oficina y, mientras le explico por qué decidí hacer un perfil sobre él, me fijo en los estantes de un mueble marrón ubicado a mi izquierda. Casi no hay libros. Sin más, y sintiéndome bastante cómodo, decido iniciar la entrevista.

 

***

En el año 2000, Alonso Cueto recibió el premio Anna Seghers, otorgado anualmente en Alemania a un escritor de ese país y a uno latinoamericano. Según el testamento de la propia Seghers, el premio es una manera de incentivar autores jóvenes. Solo un año antes, Cueto acababa de publicar su novela más extensa hasta la fecha: Demonio del mediodía. Debido a esto, fue homenajeado por la Universidad de Ciencias Aplicadas (UPC), en donde, por esos años, también ejercía como profesor. Los testimonios que se escucharon en aquel homenaje fueron plasmados en papel, en una edición extraordinaria de la misma universidad que llevó como título Homenaje a Alonso Cueto (UPC, 2000). Allí, se ofrecen diversas visiones sobre el rol de Cueto como profesor. Por ejemplo, la profesora Úrsula Freundt afirma: “Quizá él [Alonso] nunca lo entienda a plenitud, pero su desplazamiento por los pasillos de nuestro Campus ha impregnado nuestros espacios de sentimientos muy necesarios. Uno de ellos es el de la esperanza que debemos cultivar en un país con escasa dosis de ella. (…) A los hombres se les quiere, respeta, reconoce y recuerda por infinidad de razones que la razón no necesariamente tiene por qué terminar de comprender, Alonso debe saber que nuestra universidad, más allá del merecido reconocimiento a su obra narrativa, lo reconoce, lo respeta, lo quiere y lo recuerda por su compromiso con los seres y las cosas que lo rodean”. Del mismo modo, es llamativa la forma en que lo describe Úrsula Carpio, una ex alumna suya: “Conocí a Alonso en el quinto piso de la UPC cuando entró a la clase algo agitado y decidió que yo iba a ser la delegada de su curso. Ese fue su primer ciclo en la universidad. Todos estábamos muy ansiosos por saber cómo era y yo me sentí muy halagada. Así que, algo intimidada y mirando para arriba, simplemente no pude decir que no. (…) Alonso es un profesor que no tiene ningún problema en dejar de lado por unos momentos el tema de la clase para intercambiar ideas sobre lo que pasa en nuestro país, o sobre cualquier otro tema que pudiese interesarnos (…). Con Alonso, aprendimos muchas cosas: a llamar la atención en el primer párrafo, a colocar un titular creativo, a darnos cuenta de que el periodismo cultural es igual de riguroso que las otras ramas, que no basta con que te guste leer y que vayas al teatro o al cine”.

Foto por Víctor Idrogo.

***

Sin entender muy bien por qué, me permito tutearlo.

— ¿Por qué crees que quienes te entrevistan casi nunca se interesan en tu labor como docente?

—No lo sé. El trabajo de profesor es muy importante para un escritor porque el escribir es una labor muy solitaria y la enseñanza es todo lo contrario, es un trabajo que, digamos, es un compartir. Estar con gente, estar con alumnos, siempre y cuando enseñes de una manera en la que los alumnos conversen, opinen. Y entonces en ese sentido los talleres son ideales para compensar esta soledad.

— ¿Tú desde cuándo dictas?

—Yo empecé a enseñar a los diecisiete años, en realidad, porque yo entré a la universidad en el año setenta y uno y empecé a enseñar en la academia Trener. Enseñaba literatura. Me acuerdo que la noche anterior a mi primera clase, yo estaba muy, muy nervioso. Me sentía aterrado porque sentía que los alumnos esperaban algo de mí. Y yo no sabía si estaba preparado para dar algo. Entonces preparé esa clase muchísimo, muchísimo. Era una clase de literatura. Y no dormí la noche anterior. Y [el horario] era, pues, acababa ahí y entraba a la Católica. Y luego cuando dicté la clase me entregué por entero.

—O sea, ¿enseñabas a chicos de tu edad?

—Claro, un año menores, porque era una preparación para alumnos que entraban a la universidad. Yo tenía diecisiete y ellos tenían dieciséis años. Pero sí, digamos, creo que pude dar de una manera más o menos ordenada lo que quería dar, lo que quería decir en esa clase, y hubo respuesta de los alumnos. Y recuerdo claramente la sensación de salir de ahí. Una sensación muy, muy gratificante, porque creo que lo que un profesor hace es dar y recibir. O sea, al dar, recibe; al recibir, también está entregando algo… El hecho de dar y recibir no son excluyentes ni diferenciados, sino que son simultáneos. O sea, aprendo mucho de los alumnos, aprendo mucho también preparando las clases porque me entero de cosas y refresco cosas que había olvidado. Además, la sensación de leer un texto en clase, de que los alumnos me digan que no lo conocían, de que les guste ese texto, de que ese texto, de alguna manera, les descubra un mundo nuevo, para mí es una sensación absolutamente satisfactoria.

— ¿Y cuánto tiempo dictaste en esa academia?

—En la academia Trener dicté hasta que me fui a España, o sea, desde el setenta y uno hasta el setenta y seis.

—O sea, prácticamente durante toda tu carrera universitaria estabas dictando.

—Sí, estaba enseñando.

 

***

Sin duda, las grandes pasiones de Alonso Cueto son la escritura y la enseñanza. Aunque sus novelas suelen estar protagonizadas por abogados, él se siente más profesor y escritor que cualquier otra cosa. En La piel de un escritor, Alonso escribe sobre ello, en un apartado que titula “Enseñar, sembrar. Carta a los profesores de lengua y literatura”. Así, evidencia una preocupación no solo por su actividad como profesor, sino también por la influencia que puedan tener sus ideas en futuras generaciones de docentes, ideas de las que él está totalmente convencido. “En cierto sentido, enseñar y escribir son formas profundas de la comunicación. Uno enseña contenidos ajenos, libros, autores, pasajes de textos, información histórica. Pero esta comunicación es de ambas vías, pues, además de dar, uno también espera recibir de los alumnos opiniones, preguntas, aportes”, escribe. Asimismo, Cueto no oculta su admiración por ciertos profesores que marcaron su vida académica. Plantea, incluso, una definición de la tarea del maestro: “Si puede definirse de algún modo la tarea de un maestro, me gustaría recordar la de un gran educador, Luis Jaime Cisneros. Luis Jaime decía que el maestro debía sembrar una semilla en el alumno. Esa semilla debía crecer por cuenta de cada uno, pero si el maestro había logrado colocarla, su tarea estaba cumplida. El maestro es, pues, un sembrador”. Ciertamente, las catorce páginas que dedica a este tema son muy significativas en cuanto a su visión de lo que debería ser la docencia literaria, y de cómo se construyen las condiciones para lograr aquel deber ser.

 

***

—Bueno, hay algo que me interesa saber con respecto al taller de narrativa que vienes dictando desde hace años, y es cómo se dicta un curso en donde te enseñan a escribir si, como tú has dicho hace un momento, y yo creo que es cierto, el ejercicio de la literatura es algo que se descubre en la soledad.

—Leer es un acto solitario, pero lo que de alguna manera hacemos en la clase es leer entre todos. Leer, compartir… Entonces leemos textos de otros escritores, pero también leemos textos de los talleristas, y los leemos juntos, los comentamos. Partimos de la idea de que hay una propuesta personal y subjetiva del autor, que hay que respetar y hay que ver desde ese punto qué es lo que puede mejorar. Todos los alumnos comentan los textos, y llegamos a unas propuestas provisionales que el autor puede tomar o no. No hay reglas universales para escribir.

— ¿Alguna vez te han presentado algún cuento que te haya llamado muchísimo la atención?

—Bueno, sí. Aquí [Estudios Generales Letras] no, pero en el Centro Cultural de la Católica, con Iván Thays, hemos tenido varios alumnos que después han publicado libros muy interesantes, muy buenos: Katya Adaui, Ulises Gutiérrez han sido alumnos nuestros.

— ¿Y tú eres implacable al juzgar los trabajos de tus alumnos?

—No, yo no soy implacable. Yo trato siempre de encontrar el lado positivo. En cambio, cuando teníamos las clases con Iván, él sí era más implacable. Pero, bueno, a los alumnos creo que les gustaba la combinación de, como ellos decían, el policía bueno y el policía malo.

— ¿Planeas mucho tus clases?

—Bueno, yo planeo con anticipación. Tengo ya más o menos todo estructurado, y reviso las cosas que vamos a hacer. En este taller [de narrativa], hay una parte de preparación y una parte de improvisación porque los cuentos los trae cada alumno y los vemos en ese momento. Y hay una parte en la que yo explico algunas técnicas.

— ¿Te ha pasado que algún alumno te ha increpado tu opinión sobre algún trabajo que ellos han hecho?

—Sí, siempre hay eso. Me han dicho “no entiendes nada de mi vida”, “no compartimos el mismo mundo”. Rara vez, pero sí me ha pasado. Esas son cosas normales porque cuando uno escribe, uno vuelca todo, pero a veces la forma en que lo vuelca no es lo ideal. Entonces, uno critica la forma, no critica el mundo. El mundo cada quien lo ve de cierta manera, pero uno puede criticar que la forma elegida no sea la más indicada. Y sí, sí me ha pasado. Incluso recuerdo que a un amigo que enseñaba en Australia, le pasó que una prostituta entró a su clase, como alumna. Era un taller en un instituto privado, y esta chica contaba cuentos de lo que había vivido con sus clientes, y eso acabó de una manera muy violenta. La chica era muy agresiva con el profesor. Y luego, pues, también me pasó una vez que tenía a una madre y a un hijo, los dos eran alumnos. Cuando el hijo leía sus cuentos, la madre lo criticaba muchísimo, pero no lo criticaba por razones literarias, sino por razones morales. Le decía que eran cuentos muy trasgresores, muy inmorales.

— ¿Dónde te pasó eso?

—En el Centro Cultural de la Católica. Y recuerdo que un día que la madre no fue, el chico llevó un cuento que era más trasgresor que los anteriores, aprovechando que su madre no estaba ahí. Bueno, lo interesante es que todos tienen una historia que contar, y entonces ahí en el Centro Cultural iban contadores, ingenieros, médicos… O sea, puede ser cualquier carrera, pero tienen algo que contar en su vida.

***

 

—Sé que tú has sido su alumna —le digo a la joven escritora Katya Adaui—. ¿Qué recuerdas de él, qué recuerdas de esos talleres?

—Alonso dictaba clases con Iván en la escuela de escritura creativa del Centro Cultural de la Católica —responde ella—. Los sábados nos dividían para que leyéramos nuestros textos. Yo probé quedarme con ambos. Muchas más veces me quedé con Iván. Alonso era muy amable. Siempre encontraba luces en nuestros textos. Iván era feroz y agudo. ¿Dónde está el conflicto en el texto?, decía. Yo prefería a Iván porque me retaba. Un par de veces que Iván faltó participé en la dinámica de Alonso. Y me fui dando cuenta: no era condescendiente, era generoso. Retaba a su manera. Incidiendo en lo bueno del texto te hacía mejorar desde allí. Muy culto, muy leído, muy vívido, cuenta sus propias experiencias en la lectura y en la vida para motivarte a leer los libros que a él lo asombraron o a persistir en la escritura. Siempre apoya a los nuevos escritores. Te pregunta qué estás escribiendo. Te dice que desea leerte y te lee de verdad. Él presentó mi primer libro [Un accidente llamado familia, publicado en 2007] y, aunque fue hace siete años, todavía recuerdo sus palabras. Dijo que él iba viendo una evolución, una vocación. No fue excesivo ni prudente, dijo lo que tenía que decir. Y creo que eso lo caracteriza. Yo lo respeto mucho como escritor y como persona lo quiero mucho. Tiene una ética de la nobleza que es entrañable. Qué alegría que sepa estar en la vida atestiguándola, con un alto grado de humanidad.

 

***

Son las tres y quince de la tarde. Se suponía que la clase empezaba a las tres. Aparte de mí, hay otro joven esperando afuera del salón 213 de Estudios Generales Letras, ansioso por entrar a realizar la encuesta sobre profesores que hoy, en ese salón, tendrá como víctima a Alonso Cueto. A las tres y veinte, llega él: pantalón y saco negros, maletín en mano, andar cansino. El chico de las encuestas se me adelanta, y le explica el asunto. Alonso le dice que esperará afuera, que no hay problema. Entonces aprovecho en saludarlo. Le pregunto si me recuerda, señalándole que una semana antes yo había estado en su oficina, haciéndole preguntas. Claro, me dice, ¿vas a entrar a la clase? Le contesto que sí, si él lo permitía. Claro, entra, me responde, y de pronto la puerta del salón se abre bruscamente. Era Guadalupe, una alumna del taller de Alonso.

—Guadalupe, sí, dime —dice el profesor.

—Profesor, hoy no voy a poder estar en la clase —contesta Guadalupe, que en todo momento inspiraba una ternura inevitable, por su voz aguda y sus movimientos de niña—. Es que tengo que hacer algo importante. Por favor, solo será por esta clase, le prometo.

—A ver, cuéntame qué tienes que hacer —le dice Alonso, con un tono amistoso.

—Tengo que hacer unos trámites urgentes —contesta Guadalupe, sabiendo desde ya que tenía todo el permiso del mundo para irse.

—No te preocupes —dice Alonso, ya sonriendo, y juntando las manos a la altura del pecho, en un gesto propio de alguien que está a punto de hacer la bondad más grande del mundo—. Anda a hacer lo que tengas que hacer y nos vemos en la siguiente clase.

Guadalupe agradece y entra corriendo al salón. Acto seguido, saca sus cosas y se despide por  última vez de Alonso, para luego abandonar la facultad a paso ligero. Ahí ya tienes algo para tu perfil, me dice él. Yo sonrío y le doy la razón. Entonces trato de entablar conversación mientras las encuestas siguen su curso.

— ¿Sabes sus nombres? —le pregunto.

—De casi todos. Siempre hay algunos que nunca se dejan conocer, que no participan.

—Es verdad, en toda clase es así. ¿Y qué van a ver en la clase de hoy?

—Bueno —me contesta, mientras comienza a buscar algo en su maleta—, vamos a leer La noche boca arriba, ¿conoces?

—Claro, de Cortázar —le digo.

—Sí, de Julio Cortázar —sentencia él, ahora más preocupado en su maleta.

En ese momento sucedió algo curioso. Yo trataba de decirle que aquel cuento siempre me dejó con la intriga de saber cuál era el personaje que estaba soñando, pero Alonso ignoró por completo mi comentario. Estaba sumido en la búsqueda que sus manos habían emprendido en la maleta. Yo lo miré, tratando de entender por qué ya no me hacía el menor caso. Unos segundos después, por fin, levantó la cabeza, como saliendo de su abstracción, y dijo: tengo que ir a dejar algo, me he olvidado de hacerlo, ya regreso, solo tengo que dejar algo.

Dos minutos más tarde, Alonso Cueto estaba a mi lado de nuevo, esperando que el encuestador abandone el salón. Cuando salió, Alonso tomó la maleta y cruzó la puerta, no sin antes decirme: vamos. Yo lo seguí, como años antes había seguido su literatura, y me encontré con una veintena de alumnos que me miraban extrañados. Decidí ubicarme en uno de los asientos del fondo, y, desde entonces, me dediqué a observar. Ni bien terminó de pasar la lista, casi a las tres y media de la tarde, Alonso comienza con la repartición del primer cuento. Todos reciben su fotocopia de La noche boca arriba. Inmediatamente, pide que alguien lea el cuento. Comienza la lectura y el profesor acompaña, en silencio, pasándose las manos por la cabeza y utilizando unos anteojos que no suele usar públicamente. Entre párrafos, hace interrupciones breves, para aclarar cuestiones que considera pertinentes: resalta frases, aclara significados, evoca técnicas narrativas. Al terminar la lectura, Alonso se para, deja atrás su escritorio y se acerca a los alumnos. Explica sus propias ideas finales sobre el texto, sentándose sobre una de las carpetas más cercanas a la pizarra, y parece haber conseguido la absoluta atención de todos. Algunos alumnos opinan. El profesor habla sobre los vasos comunicantes en la narrativa. Ha terminado el turno de Cortázar.

Ahora, lo que leerá la clase será un cuento escrito por una alumna. De nuevo, todos reciben su fotocopia y leen en conjunto. El profesor acompaña la lectura. Entretanto, la cartuchera de alguien cayó al piso. Para romper la tensión, Alonso bromea: es lo que pasa porque todos estamos muy emocionados con tu cuento, le dice a la autora del cuento. La clase ríe. Hay confianza, pienso, y continúo observando. Durante la lectura, la clase encuentra que el texto de la alumna tiene varios problemas. Al final, muchos opinan, casi todos negativamente, pero siempre con respeto. Alonso, por su parte, interviene para dar su opinión. Sin ser implacable, critica ciertos aspectos del cuento, y resalta todos los que puede. Luego el debate sigue, mientras las opiniones se polarizan y el profesor mira atentamente los ojos de quien quiera que participe. No solo los alumnos están absortos en lo que pueda afirmar Alonso, sino que, además, Alonso está muy concentrado en lo que propongan ellos. Dar y recibir.

 

***

—Volviendo al pasado, ya me dijiste que comenzaste a dictar a los diecisiete años, pero, ¿cómo fue tu acercamiento más temprano con la docencia?

—Bueno, mis dos padres son profesores. Mi padre fue ministro de educación, siempre le interesó la educación, él fue profesor toda la vida. Mi madre también. Yo siempre he pensado que los profesores son, digamos, los que ejercen el oficio más noble y más secreto, porque puedes publicar una reseña de una película, de una obra de teatro, pero hay clases magistrales, como las que yo tuve con Luis Jaime Cisneros en la Plaza Francia. Caramba, esas eran obras maestras de la enseñanza, las clases magistrales. Y en el extranjero he tenido algunos profesores también impresionantes. Pero eso es secreto, es decir, se quedan contigo, no sale en ningún medio, descontando algún caso excepcional. Y ese es el gran trabajo de un profesor: ser un gran formador.

— ¿Tú siempre viste a los profesores como personas que cumplían un rol social admirable?

—Sí, totalmente admirable.

—Porque hay casos de escritores que se hacen profesores porque de algo tienen que vivir. No fue tu caso para nada, ¿no?

—No, al contrario. Las dos cosas que yo he hecho en mi vida, son periodismo y enseñanza. Y prefiero muchísimo la enseñanza. Admiro a los periodistas, y creo que cumplen un gran papel, pero muchas veces un periodista tiene que envilecerse y bajar al nivel del público para poder subsistir, para que su medio subsista y tenga más ventas. Y eso puede pasar también con los profesores, que tengan que bajar el nivel, pero creo que hay una característica que hay en pocas profesiones, y es que para ser un buen profesor tienes que ser una buena persona. O sea, de repente no tienes que ser una buena persona para ser un buen contador, o un buen ingeniero. Pero es imposible ser un buen profesor siendo una mala persona. La relación con la gente es fundamental para cumplir bien con ese trabajo.

—Bueno, yo soy hijo de profesores, he crecido con profesores y mis padres no han sido parte del estereotipo que dice que el papá profesor anda siempre corrigiendo al hijo. ¿Tú has sido un maestro también con tus hijos?

—No, siempre buscando el tema de la conversación para poder llegar al fondo de las cosas. El sentir de por qué hay unas reglas, por qué hay unos valores. Siempre tratando de conversar, de explicar, nunca imponiendo, porque esa también fue la manera en que me educaron a mí.

 

***

Son las cuatro de la tarde y estoy, de nuevo, en el segundo piso de la facultad de Estudios Generales Letras. Esta vez, a diferencia de las anteriores, he venido para hablar con los  alumnos del Taller de Narrativa que dictó Alonso Cueto durante este último ciclo. Me encontré con algunos de ellos, minutos antes de la última clase del semestre, y les pedí opiniones sobre él. Todos, por supuesto, contestaron espontáneamente y con la frescura propia de su juventud, que a veces puede ser tan superficial como reveladora.

—Me encanta como profesor, es demasiado chévere —dice una alumna.

—Me gusta lo que nos hace leer. Da buenos consejos y es buena gente —dice otra.

—Además, siempre trata de buscar la parte positiva. A veces me parece que es demasiado bueno. A veces hay cosas… —dice otra alumna.

—Yo he leído cuentos muy malos [que llevan los otros alumnos], y me parece que debería destruirlos, así, sin piedad —dice un alumno.

—Incluso cuando nos pide comentarios, a veces yo no puedo comentar porque no puedo rescatar nada positivo. Y él sí lo hace, siempre —dice una de las que había opinado antes.

—Me gusta su estilo para enseñar, me gusta su estilo de escribir, y me gusta que te critique todo lo que tú le das, porque, personalmente, he cambiado mi manera de escribir desde antes de entrar a esta clase y después, o sea, me ha servido —dice un alumno.

Quizá este último testimonio resuma todo lo que Alonso Cueto ha intentado en su carrera docente. Llegar a los jóvenes; abrirles las puertas, a través de autores y grandes obras, de mundos desconocidos; lograr que cambien su manera de entender la literatura y hasta, por qué no, su manera de escribir. Sembrar una semilla. Porque, finalmente, no cabe duda de que eso fue lo que logró la literatura en el maestro Alonso Cueto, y lo que él, quién sabe por cuántos años más, seguirá intentando lograr en cada alumno que pase por sus talleres, sus clases teóricas y, en suma, por su vida.

 

 

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