Versátil, acucioso, todoterreno, Luis Felipe Gamarra es de los pocos reporteros que ha sido capaz de combinar periodismo narrativo e investigación en profundidad. Puede escribir crónicas y reportajes sobre temas de interés público como perfiles humanos y notas ligeras sobre estilos de vida. A fines de 2014 participó en el ciclo de charlas “Lecciones de un reportero”, organizado por la Especialidad de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Lo que sigue es la transcripción del elocuente e imperdible testimonio que dio a nuestros estudiantes.

Existe una escena fascinante en la película “Todos los hombres del presidente” (All the President’s Men, 1976), basada en el libro homónimo de los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward, cuya imagen regresa a mí cada vez que empiezo a escribir una historia. Es aquel momento en el que los reporteros, interpretados por los actores Robert Redford y Dustin Hoffman, están atascados en su investigación sobre el caso Watergate, y deben corroborar sus datos con cada miembro del comité de campaña del presidente Nixon. Después de obtener una lista con más de cuarenta nombres, los protagonistas del filme hacen algo que cada vez se ve menos en el periodismo moderno: tratar de obtener, puerta por puerta, las declaraciones de todos esos hombres, para respaldar los datos que habían conseguido hasta ese momento. Lo más interesante no radica en verlos tocar los timbres de sus posibles entrevistados, o cómo tratan sin éxito de persuadirlos para que declaren, sino el número de veces que les cierran la puerta en la cara y a pesar de eso no se rinden en la búsqueda de lo que ellos consideran la verdad. Hacer una prolija labor de reportería es difícil, contrastar los datos dos o tres veces con otras fuentes puede ser extenuante, pero resulta imprescindible, mucho más en esta última década, en la que creemos equivocadamente que todo está en internet. Hay que vencer la flojera, no escudarse en la falta de tiempo y reconocer que hay editores desesperados por cerrar temprano para cumplir con los anunciantes. Hemos reducido las horas de investigación a unos minutos de búsqueda en Google, y perdemos la posibilidad de acceder a información vital que podría estar detrás de una puerta. Los jóvenes, y por qué no decirlo, también los mayores, nos hemos malacostumbrado a las ventajas de vivir en la era de las tecnologías de la información, limitando el tiempo que le dedicaban los periodistas de otras épocas a lo que se conoce en las redacciones como “hacer calle”.

Luis Felipe Gamarra

 

Los periodistas casi no salimos a la calle. Satisfacemos nuestra necesidad de información con entrevistas por teléfono, notas de prensa de las agencias de relaciones públicas o a través de información de internet. Nos entusiasma la posibilidad de cruzar diferentes bases de datos para producir titulares llamativos, que, colocados de la forma correcta, provoquen impacto entre los lectores de internet o de la prensa de papel. Pero los resultados de cualquier base de datos serán solo números superficiales en tanto no estén respaldados por el testimonio de los protagonistas, el análisis de los expertos o las pruebas documentales. Por más periodismo de datos que haya, nada va a cambiar la necesidad de tocar una puerta hasta convencer a la persona indicada de que nos confirme la información. En los últimos años hemos sido testigos de cómo las unidades de investigación se han convertido en mandaderos de particulares, sus editores reciben “información” y la publican sin preguntarse qué intereses estarán detrás. Por ese motivo, cuando hablamos de ética en el periodismo, hablamos también de reportería. Si uno no es prolijo, preciso y obsesivo en la etapa de la obtención de información, más allá de los datos que arroje internet, nos quedaremos con una verdad superficial. Y lo más triste es que no solo el lector se perjudica, también nosotros, porque nuestras carreras se construyen día a día, semanalmente, quincenalmente o mensualmente, con cada artículo que firmamos. Después de pasar por varias redacciones, lo único que me he podido llevar en estos 13 años, además de una colección de carnés de prensa, es mi nombre y mi apellido, que he tratado de no embarrar por descuido o negligencia.

Pero no he estado libre de cometer errores. El peor de todos lo cometí apenas empecé a practicar en la revista Caretas. Me solicitaron investigar a un personaje que había usurpado las tierras de unos comuneros, y obtuve como respuesta graves denuncias, entre ellas una de asesinato. Cuando le pregunté a mi jefe si debía buscar a la persona denunciada, como era evidente, este me respondió que lo buscaríamos en un segundo artículo sobre el caso. Caretas publicó, con mi nombre completo, la historia de un hombre que disparó contra otro, sin contar con la versión del acusado. Como era evidente, la persona aludida no solo nos denunció ante el Tribunal de Ética del Consejo de la Prensa Peruana, sino que publicó avisos a página completa en dos diarios de circulación nacional, con una copia de su ficha de migraciones. Allí nos demostraba que él había estado fuera del país el día en que se le acusaba de haber disparado. Es más, la persona que declaró en un principio terminó retractándose, y nos mandó una carta notarial señalando que él no brindó ningún testimonio, a pesar de que lo teníamos grabado. Caretas tuvo que rectificarse, pero antes de eso llamé por teléfono a la persona para pedirle disculpas. Podría decir que se trató de un error de principiante, pero cuando jugamos con las honras de las personas no importa si eres un novato o un periodista experimentado. Queda el error grabado con tu nombre y apellido.

Días más tarde, como era de esperarse, nadie confiaba en mí. Me comisionaron para hacer un viaje a las ciudades de Arequipa, Tacna e Iquique. Debía hacer entrevistas a todas las fuentes posibles. Luego debía pasarle toda la información a un periodista experimentado. Este escribiría un artículo sobre el contrabando de cigarrillos en la frontera entre Perú y Chile. Entrevisté a policías, fiscales y funcionarios de aduanas. Obtuve testimonios de personas que traficaban con cigarrillos; los compraban más baratos en la zona franca de Arica, para más tarde pasarlos como contrabando al Perú. Seguí las indicaciones de mi jefe, pero como no sabía redactar informes para otros, escribí la historia tal como la viví, esperando que otro periodista la reescribiera si lo consideraba necesario. No tenía un límite de palabras. Escribí un texto de 9.400 caracteres. Finalmente, la historia se publicó en seis páginas tal como yo la presenté. Después de ver la publicación comprendí que si me equivocaba en una cifra, en citar a una fuente o si no tenía todos los documentos o los testimonios que respaldaran mi informe, al único que le echarían la culpa otra vez, tanto dentro de la revista como entre los lectores, sería a mí. Lección 1: reportería es lograr que tus editores confíen en ti. Lección 2: reportería es el arte de cubrirse las espaldas.

Alejandro Guerrero lo sabía cuando Vladimiro Montesinos, en la sala del SIN, le entregó en persona el expediente del narcotraficante Demetrio Chávez Peñaherrera, más conocido como Vaticano, en el año 1993. Gracias a esos documentos Guerrero pudo reconstruir en exclusiva la historia hasta ese momento desconocida de uno de los narcos más poderosos del país. Con su reportaje estaba sirviendo en realidad a los oscuros intereses de Montesinos, quien para esa fecha, según testimonio de Vaticano, elevó la tarifa por dejarlo operar en el Alto Huallaga de US$50.000 a US$100.000. El reportaje en Panorama, el programa más visto de los domingos por la noche, se convirtió entre los narcos en una advertencia: con Montesinos no se juega.

Luis Felipe Gamarra

Foto: Giovani Alarcón

 

La historia

La idea de escribir un perfil de Alejandro Guerrero nació en el año 2004. El proyecto inicial era un libro sobre los personajes secundarios que participaron en la dictadura de los años noventa, facilitando, alentando o respaldando la labor de Vladimiro Montesinos en el entorno del ex presidente Alberto Fujimori. Para el momento en que empecé a definir los temas que abarcaría la investigación, ya se habían publicado investigaciones profundas sobre Montesinos y Fujimori, como “El Expediente Fujimori” (Sally Bowen, 2000), “Vladimiro: Conversando con el doctor” (Luis Jochamowitz, 2002) y Muerte en el Pentagonito (Ricardo Uceda, 2004), entre otros. Pero ninguna publicación daba luces sobre los personajes de reparto, aquellos que trabajaron para la mafia desde roles menos protagónicos, pero sin los que habría sido imposible sostenerse tantos años en el poder. Me daba curiosidad saber quiénes eran ellos, cuáles eran sus historias, cuáles fueron sus motivaciones, qué tenían en común. Como quería aportar otro enfoque sobre ese periodo, este ángulo de la noticia, que no lo había desarrollado nadie, parecía el más indicado. Tenía, de forma aún superficial, la certeza de que no todos se involucraron con Montesinos por dinero, sino por algún tipo de oscura convicción, que quería descubrir conforme perfilara a cada una de las personalidades elegidas. Con esa hipótesis nació “Pequeños dictadores, seis personajes que (también) gobernaron un país” (Solar, 2007). Entonces un día, para tener claro qué perfiles quería trabajar, imprimí los rostros de Reniec de los personajes que más me llamaban la atención para definir el ámbito de la investigación. En una pizarra de corcho pegué las imágenes de personajes como Nicolás Hermoza Ríos, Martin Rivas, Blanca Nélida Colán, entre otros treinta, hasta advertir que tenía enfrente una enorme red de poder que abarcaba las Fuerzas Armadas, la Fiscalía, el Poder Judicial, el Congreso, los medios de comunicación, entre otras instituciones.

Cuando escucho a algunos decir ahora que Rodolfo Orellana Rengifo es el Montesinos de nuestra época, me parece absurdo. Solo me basta con recordar aquella pizarra de corcho, en la que estaban las caras de generales de división, magistrados supremos, la presidenta del Ministerio Público, el jefe de las Fuerzas Armadas, fiscales supremos, entre otros, con los que Montesinos esperaba, tal como lo confesó en una conversación en el SIN, gobernar por los próximos veinte años, para comprobar que no hay punto de comparación. Al principio, quería escribir al menos cuarenta perfiles, pero Juan Manuel Robles, periodista que entonces escribía en la revista Etiqueta Negra, me sugirió reducir la lista. Para ese entonces, pese a su juventud, Juan Manuel ya era uno de los cronistas más reconocidos del medio. Por eso le pedí trabajar juntos el libro y tratar de abarcar la mayor cantidad posible de personajes. Reducimos la lista a ocho. Y a la hora de definir quién representaría el papel de “El periodista”, surgieron algunas dudas. Mucho se comentaba sobre los nexos de algunos periodistas a lo largo de los noventa. Me refiero, entre otros, a Nicolás Lúcar, Álamo Pérez Luna, Eduardo Guzmán y Mónica Delta. Pero salvo por hechos puntuales, sumamente cuestionables, ninguno reunía una biografía tan intensa que nos entusiasmara, como para dedicarle meses de investigación. A estas alturas nos percatamos que había reportero de televisión que no estaba en la lista, sobre el que se hablaba con frecuencia, aunque no se había escrito nada sobre él: era Alejandro Guerrero.

Cuando estuve unos meses en Panorama, con él como director periodístico, de manera casual pude escuchar testimonios de gente que trabajó a su lado (asistentes de producción, camarógrafos, reporteros y productores). Me contaron detalles de sus aventuras en el Servicio de Inteligencia (SIN)  y también de su particular estilo de hacer noticias. No obstante, hasta ese momento mi opinión sobre Guerrero todavía era sesgada. Pertenezco a una generación que conoció el Perú gracias a los documentales que él dirigió, que quiso ser periodista para ser como Guerrero y que aprendió que un reportaje podía convertirse también en una pieza cinematográfica. Guerrero sabía contar historias, sabía narrarlas, sabía engancharte, sabía decirte por donde estaba la noticia, sabía poner las imágenes correctas en el segundo indicado. Era sumamente audiovisual, a tal punto que el periodismo de los años ochenta, en el que los reportajes eran imágenes pegadas una tras otra con un locutor en off de fondo, se modernizó gracias a él. Con Guerrero el periodismo televisivo se transformó en crónica televisiva, en historia dramática, en reportajes que podían hacerte llorar. Uno de ellos fue la historia del niño Petiso, quien perdió la vida electrocutado en la Plaza San Martín. Esa nota conmovió a miles de personas, muchos se movilizaron para fundar luego la Casa de los Petisos, un refugio para niños en situación de abandono que hasta ahora funciona en el centro de Lima. Estaba frente a un dilema, porque además no quería hacer “periodismo de periodistas”, sino revelar información que pudiera ser útil para comprender las redes que operó Montesinos en los medios de comunicación. Por eso empecé a buscar más información, a leer reportajes antiguos, hasta encontrar material audiovisual revelador, como las exclusivas de Guerrero desde el SIN. En un reportaje del 8 de septiembre de 1996, él omite mencionar, por ejemplo, los asesinatos del grupo Colina en Barrios Altos y La Cantuta. Para entonces la revista Caretas ya había revelado que el entonces asesor presidencial fue investigado por traición a la patria y que en su condición de abogado se había encargado de la defensa legal de narcotraficantes y contrabandistas. Omitir todos esos datos en un reportaje sobre Montesinos, teniendo en cuenta que hablamos de un reportero con experiencia, tenía una intención deliberada: ocultar información incómoda para Montesinos.

 

El objetivo de ese reportaje, como me enteré más tarde, después de conversar con el crítico de televisión Fernando Vivas y el periodista Guido Lombardi, fue tratar de obtener una entrevista exclusiva con Montesinos. Guerrero creyó que debía hacer sentir cómodo a un personaje cuestionado por diferentes delitos, solo para merecer luego una primicia. En ese momento me asaltó mi primer temor: si iba a hacer un reportaje sobre Guerrero en el año 2006 tendría que ser contundente; no bastaba con rememorar viejos reportajes televisivos para demostrar que efectivamente estuvo vinculado a Montesinos y recibía información exclusiva a cambio de tergiversar la verdad. Necesitaba información más sólida de tal forma que ni el propio Guerrero se atrevería a rebatir mis conclusiones.  Y es que no se trataba de ir detrás de un personaje procesado por corrupción, lavado de activos, narcotráfico o que había estado sentado en la salita del SIN recibiendo dinero. No. Para esa fecha Guerrero era un periodista de larga trayectoria, director general de noticias de uno de los canales de televisión más importantes del Perú. El reto era hacer un trabajo prolijo de reportería, con todas las fuentes posibles, con todos los documentos, videos o audios que pudiera obtener en el camino. La investigación iba a terminar llamando la atención en algún momento, y podría no solo ser blanco de amenazas, sino también de querellas, como la demanda que interpuso Guerrero contra Juan Manuel Robles, por un perfil que este publicó en la revista Gatopardo (Colombia) sobre Genaro Delgado Parker.

En ese texto Juan Manuel describió en tres líneas una escena en la que los guardaespaldas de Delgado Parker le propinaron una paliza a Guerrero. Para ese momento entonces yo tenía suficiente información como para reconstruir ese mismo episodio en varias páginas. Si Guerrero demandó a Juan Manuel por tres líneas, ¿cómo no me iba a demandar por un texto con más de 25.000 palabras escrito exclusivamente sobre él? Tenía 28 años y probablemente no era consciente aún que un perfil es adentrarse en la vida privada y pública de un personaje, y que develar aspectos poco conocidos o que no se quieren revelar, conlleva la enorme responsabilidad de no equivocarse, porque se está trabajando con una materia prima sumamente delicada y frágil: la intimidad. Preocupado por las repercusiones que la publicación podría traer, el primer editor del libro decidió no poner el nombre de la editorial en la portada. Quería evitar que involucraran a su empresa si llegaba una denuncia por difamación. “Tengo hijos”, recuerdo que me dijo, tratando de explicarme su decisión. Pero la querella nunca llegó. No hay nada que proteja más a un periodista que hacer una buena investigación.

Luis Felipe Gamarra

Derecha: Portada del libro de Luis Felipe Gamarra, donde da cuenta de las historias que inventó Alejandro Guerrero. Izquierda: Portada de la revista Sí de abril de 1987.

La investigación

Cuando ya tenía claro que quería escribir sobre Guerrero, empecé a hacer una relación de los posibles entrevistados. Había amigos, ex trabajadores de Panorama, de Panamericana, camarógrafos, asistentes y otros periodistas que en algún momento estuvieron vinculados a él. Una vez definida la lista, empecé a buscarlos. Muchos aceptaban con interés la propuesta, otros la rechazaban de plano. No es fácil llamar a posibles fuentes sin pertenecer a un medio de comunicación o cuando eres un desconocido. Entonces trabajaba en el diario Perú.21, pero no podía mezclar ambas cosas porque en cualquier momento un entrevistado incómodo podría haber llamado al periódico, y advertir a mis jefes que estaba utilizando tiempo del diario en un proyecto personal. Eso pasó finalmente y me botaron con justa razón. Había fuentes que estaban presas, a las que tenía que visitar los domingos en la cárcel. Les llevaba postres para compartir después del almuerzo y ganarme así su confianza. Durante casi medio año pasé mis fines de semana en los penales: los sábados en el de mujeres, los domingos en el de hombres.

En el perfil que escribí sobre Guerrero figuran veinticinco fuentes con nombre propio, pero hay otras ocho que me pidieron mantenerse en el anonimato. Si uno revisa el texto, existe una cantidad importante de notas a pie de página. Las puse porque quería que el lector me acompañe en la investigación y sepa que cada afirmación que hacía en cada línea estaba sustentada en un testimonio o una prueba documentada. Porque cuando un lector elige un libro basado en hechos reales hay una primera elección: no quiere leer una novela, espera que la lectura aporte información veraz y nueva sobre aquello que quiere saber, y espera de antemano que el autor haya sido lo suficientemente responsable para no engañarlo. De este escenario surge otra certeza: el lector, si bien espera que la narración está bien hecha, valora más, a mi modo de ver, los datos que la forma en que se la contamos. Los cronistas del periodismo literario podrán decir que los datos pasan a un segundo plano en tanto la pluma debe conquistar la atención del lector. Pero la verdad es que por más habilidad que uno tenga para escribir, si no tiene detrás una investigación prolija, no habrá pluma que pueda ocultar el hecho de que nos faltó investigar más. El primer editor del libro “Pequeños dictadores…” me sugirió que eliminara los pies de página, pero me negué a hacerlo porque el mensaje para los lectores era que como reportero podía probar cada palabra incluida en el texto.

En la investigación encontré un testimonio que sería fundamental para la historia. Juan Zacarías trabajó como camarógrafo de Guerrero durante los años en los que este se desempeñó como reportero y documentalista. Zacarías me proporcionó un audio en el que se escuchaba la voz de Guerrero, de Vladimiro Montesinos y del coronel Roberto Huamán Escurra, en el momento en que coordinaban el contenido de un reportaje en el SIN sobre el contragolpe del año 1993, liderado por el entonces general Jaime Salinas Sedó. Incluso me mostró la cinta en la cual estuvo grabada toda la conversación hasta que un editor utilizó el casete para grabar encima pistas de música. Si se hubiese conservado toda la grabación, podría haber contado una historia más larga de ese episodio, no los treinta segundos que pude documentar. Guerrero, en aquel reportaje, se concentró en calumniar a los generales, coroneles y capitanes cuyo intento de sublevación buscaba restaurar la democracia en el país. Con un fusil con mira telescópica en la mano, Guerrero aseguró que esa era el arma con la que se quería asesinar a Fujimori en su habitación. Falso. ¿A quién se le ocurriría utilizar un arma de largo alcance dentro de un cuarto? Entonces fui sumando datos sobre la dudosa reportería de este periodista; como la pelota que él compró y que luego dijo haber encontrado frente al mar de Ventanilla, mientras se buscaba los restos del equipo de Alianza Lima accidentado en diciembre de 1988; la muerte de una mula en el Colca para atraer (y filmar) el vuelo majestuosos de los cóndores, el alquiler de un cocodrilo en el Manu, el abandono de su equipo de producción en medio de la selva, entre otros casos. Tenía suficientes indicios para reconstruir escenas en las que Guerrero orquestaba reportajes falsos, como aquel en el que un ex emerretista se rendía al lado de una columna de guerrilleros, cuando en verdad todos eran soldados del Ejército disfrazados de emerretistas.

En este caso conversé con el  ex subversivo, con la persona que lo convenció de “rendirse” a cambio de dinero, con el general que admitió en off haber armado esa farsa y con el camarógrafo que filmó la supuesta claudicación. Hubo también fuentes difíciles de convencer, que me pedían que las llamara dentro de un mes o dos meses, porque estaban ocupadas. Insistí con varias durante un año hasta que por fin aceptaron algunas pero solo si no las citaba. La ventaja que tenía era que no tenía detrás un editor que me presionara por fechas o plazos. Hubo momentos en que tenía todos los datos para reconstruir una escena, pero para ser más certero la verificaba con dos o tres fuentes, solo para estar seguro de que todo coincidía. Hubo fuentes que me pasaron datos íntimos del personaje, pero que preferí no inlcuir porque su intimidad no pertenecía al foco de mi investigación. Una cantidad importante de hechos y situaciones quedaron fuera del perfil. La elección era simple: quería hacer algo serio, bien hecho, o algo que generara escándalo y terminara desacreditando todo el trabajo. Elegí lo primero.

Luis Felipe Gamarra

 

Conclusión final

Para escribir un perfil de Sadam Husein, Jon Lee Anderson contó con dos fuentes trascendentales: su dentista y un colaborador cercano. Llegó a ellos después de entrevistar a otras personas, otras fuentes. Según relató en un taller de perfiles que él dirigió en Buenos Aires, el texto sobre Husein le costó más que otras crónicas porque en esa ocasión no contó con la entrevista al personaje principal, por lo tanto la reportería debía ser lo más intensa posible. En el caso de Alejandro Guerrero, salvando las distancias, busqué más personas porque desde el principio imaginé que él no me daría la entrevista final. El perfil, con la cantidad de elementos desplegados en el texto, tomó un curso que difícilmente él podría revertir con su testimonio. Pero lo llamé, y con mucha educación me respondió que prefería no dar entrevistas. “No doy entrevistas sobre mi vida privada o mi vida profesional”, fue todo lo que obtuve. En la carrera de uno, y seguramente se los ha comentado el profesor Mario Munive, la cantidad de portazos que vamos a recibir será innumerable. ¿Qué debemos hacer? Seguir indagando. Nos costará más, sí, pero en la obsesión está la base de esta profesión.

Sobre El Autor

Luis Felipe Gamarra

Periodista peruano. Ha publicado crónicas, entrevistas, reportajes y documentales en los medios de comunicación más importantes del país. En 2009 publicó el libro de perfiles Pequeños dictadores, (Editorial Mesa Redonda). El 2012 fue co-autor del libro de entrevistas Pecados capitales, siete miradas para entender el éxito y el fracaso en el Perú (Editorial Estruendomudo), y del libro Prensa y futuro (Grupo El Comercio). El 2013 escribió Coffee Table Book Quinua (Editorial Estruendomudo), ganador del Special Award of the Jury en el Gourmand World Cookbook 2013. Actualmente, escribe artículos sobre actualidad, economía y negocios en las revistas Cosas, Cosas Hombre, América Economía, Poder, La República y El Comercio. Ha sido becario de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y alumno de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en La Habana.

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