Imagina bajar las escaleras o tomar el carro a la universidad con los ojos cerrados. Ahora imagina hacer estas actividades llevando a tu hija en brazos. Miguel es ciego y esta es su historia.

Por Claudia Sofia Zerpa Herrera

Miguel cargando a Lucy una mañana soleada. FOTO: Facebook de Miguel.

Miguel, 21 años, corpulento, cabello rizado, piel trigueña, siempre sonriente, aventurero y valiente, se prepara para salir con Lucy. La lleva en su canguro, también lleva la pañalera en el hombro izquierdo, y su bastón guía en la mano derecha, tiene una reunión en la universidad y quiere que su hija conozca el lugar donde él estudia. Siempre organiza sus horarios para estar a tiempo, sabe que si va sólo le tomará más tiempo llegar hasta la universidad pero esta vez lo acompaña Jeniffer, así que llega a tiempo a la reunión. Sus compañeros se acercan para saludar a Lucy, muchos no sabían que tiene una hija. Miguel disfruta pasar tiempo con “su Lucy”, como le dice de cariño, quiere enseñarle a leer, a conocer las cosas, quiere que su hija crezca con el amor de padre que él no tuvo.

José y Rocío son los padres de Miguel. Se conocieron por el año 96, luego de un tiempo de salir juntos se enteraron que esperaban un hijo, aunque pensaron en no tenerlo, Janet decidió educar a su segundo hijo con o sin la ayuda del padre, pero no se esperaba descubrir una gran mentira. José tenía otra familia y también esperaba un hijo. Janet pilló el engaño y mientras discutían, el saco amniótico de Janet se rompió y perdió bastante del fluido. La salud de su bebé estaba en riesgo. Fue llevada de emergencia al Hospital Nacional Ramiro Prialé Prialé de Essalud, en El Tambo-Huancayo, tenían miedo de que no pueda completar su desarrollo.

Miguel nació unas semanas después, el 20 de junio de 1997. Tenía veintiún semanas de gestación, pesaba un kilo y doscientos gramos, su cuerpo estaba cubierto de sangre, tenía vellos por toda su piel, no tenía uñas, su cabeza era más grande que su cuerpo, muchos de sus órganos no estaban desarrollados, aún era un feto, pero estaba vivo, incluso dio un pequeño grito al sentir el aire ingresar a sus pequeños pulmones. Fue llevado a una cunita de vidrio, con sondas y conectado a monitores. Al día siguiente llegó su papá con la partida de nacimiento, había elegido llamarlo Miguel Ángel.

Durante tres meses su madre se quedó en el hospital para cuidarlo y acompañarlo día y noche. Hablaba con Miguel como si le respondiera con sus sonidos de bebé, le cantaba y expresaba su amor con palabras porque no podía tocarlo. Varias veces coincidía en la visita a la sala de incubadoras con José. Los vestían como astronautas para que no contaminasen a los recién nacidos. Cuando Miguel salió del hospital pasó casi todos los exámenes con normalidad, pero el último examen de oftalmología tenía una noticia, sus pequeños ojitos de neonato prematuro no soportaron la intensidad de las luces y como no estaban protegidos resultó con daños irreversibles en la retina; es decir, Miguel estaba ciego.

Rocío se negaba en aceptar que su hijo estaba irremediablemente ciego. Buscó varios médicos en Lima pero el diagnóstico era el mismo, incluso encontró un tratamiento experimental con una cirugía al cerebro, pero el riesgo era muy alto y no estaba dispuesta a arriesgar la vida de su hijo. Volvió a Huancayo, estaba decaída, lloraba, salía a la calle muy pocas veces. Hasta que un día se encontró con una vecina invidente, ella los acompañó a su primer centro de estudio, el Polivalente de El Tambo. Miguel recibió aprestamiento humano, se instruyó para reconocer objetos, aprendió a hablar, a construir su propia realidad.

Marta fue guía y maestra para Miguel. Utilizaba diversas técnicas y métodos para estimular los sentidos y el desarrollo adecuado de Miguel, para que aprenda a hablar ponía los dedos de la mano de Miguel sobre sus labios y pronunciaba las palabras lentamente, luego Miguel las repetía tratando de imitar el movimiento que sentía. Marta hacia que Miguel camine con un ula-ula alrededor de él para que sepa cuando se encontraba con un objeto en su camino. Un día, durante la clase hicieron el tema “los cinco sentidos”, Miguel tenía cinco o seis años, se percató de que algo le faltaba, el sentido de la vista. Al llegar a su casa, empezó a llorar porque no quería lavar los platos, quiso aprovechar su ceguera para que su mamá no le asigne actividades como a su hermana, pero su mamá sabía que él podía hacer esas tareas sin problema porque antes ya lo había hecho. Miguel recibió igual trato que su hermana, y que todos los niños que se atendían en el polivalente, no tenía limitaciones sino lo motivaban para que realice todas las actividades posibles y poco a poco comprendió que ser invidente es solo una pequeña diferencia, más no una limitación.

El 2006 las normas educativas cambiaron, indicaban la “educación inclusiva” y obligaron a Miguel a estudiar en una escuela de educación básica regular. Su madre dudaba si los profesores estaban preparados para atenderlo, si los niños serían capaces de aceptarlo y si podría valerse por sí mismo. Llegó a la escuela y un grupo de niños le “jugaban bromas” todos los recreos, lo golpeaban y le preguntaban si adivinaba quien lo hacía, escondían sus cosas, escondían su bastón, no lo dejaban ir al baño, muchas veces se mojó los pantalones. Cansado de ese maltrato y del silencio de no contárselo a su madre, pudo atrapar a uno de los niños agresores y logró golpearlo, pero solo se tranquilizó cuando un profesor se acercó a separarlos. Miguel fue llevado a dirección junto al otro niño y llamaron a sus madres, aunque su madre quiso molestarlo por haber golpeado a un niño y por no contarle lo que pasaba en la escuela, sintió tranquilidad de que su hijo pudo defenderse solo.

Durante esos años, su familia tuvo varios problemas económicos, aun así Miguel se volvió más estudioso, leyó todos los libros que había en la biblioteca del polivalente, todos los escritos en el sistema Braille. Ese sistema de escritura que permite a las personas invidentes leer a través del tacto. Incluso ganó muchos concursos, empezó a tocar la guitarra, también obtuvo una beca desde el quinto grado de primaria hasta el quinto grado de secundaria en el Colegio Unión, donde conoció a personas que lo respetaban e incluso lo mimaban mucho por su diferencia. Encontró buenos amigos y la economía de su familia mejoró. Aun así, sentía una parte de él vacía, faltaba su padre.

Aunque sus sueños eran estudiar en el Conservatorio de Música, Miguel ingresó a la Facultad de Ciencias de la Comunicación, conquistó a muchos con su voz, incluso lo invitaron, varias veces, a conducir programas en la Radio Universitaria. Casi en todas las reuniones, sus amigos le piden que acaricie a “la caderona”, su guitarra, para interpretar canciones de rock y él casi siempre acepta. Cuando empezaron las clases hizo nuevos amigos, empezó a salir a otros lugares y experimentar cosas nuevas. Todo marchaba bien, pero empezó a tener un secreto. Al salir de clases ya no iba a su casa, se dirigía a la casa de Jeniffer, se envolvían en las redes del placer y disfrutaban tardes intensas de pasión.

Al llegar a casa tenía que mentir. Miguel ensayaba una excusa tras otra, que estaba con sus amigos, que había ido a tocar o cantar, pero jamás mencionó que mantenía una relación con Jeniffer, tenía que repetir y ensayar mentalmente las excusas hasta creérselo. Su madre inspeccionaba sus ojos, lo miraba de cerca, porque los ojos son las ventanas del alma, aunque seas ciego, y casi nunca notó el secreto que guardaban. Así pasaron algunos meses, hasta que Miguel tuvo que enfrentar la llegada de un hijo: Jeniffer estaba embarazada.

Durante unos meses asumió su paternidad responsablemente, se presentó con los papás de Jeniffer, pero aún no aceptaba la idea de tener un hijo, se cuestionaba si podría ser un buen padre, si no abandonaría a su bebé como lo hizo su padre con él. Entre gritos y lágrimas reveló la verdad a su madre, solo faltando dos días para que su hija nazca. Miguel no pudo llegar a la hora del parto, ese día llovía, estaba acompañado de su madre, de la pareja de su madre, su hermana y su cuñado, pero no tenía dinero para la movilidad, empapados totalmente llegaron al hospital. Al día siguiente la registraron Lucy María Yanet, Lucy como la canción de The Beatles, “Lucy in the sky with diamonds, Lucy in the sky with diamonds, Lucy in the sky with diamonds, ah, ah…”.

Miguel celebrando el día del primer cumpleaños de Lucy, su hija. FOTO: Ronald Boza.

Enfrentándose a sus miedos y temores, Miguel asumió su rol de padre, determinado a ser bueno, a no repetir la historia, a acompañar a Lucy en sus travesuras, a ser su amigo y escucharla cuando lo necesite, a disfrutar el mayor tiempo posible con ella. Cuando Lucy tenía dos meses, Miguel se mudó con ella. Ahora aprovecha todos su tiempo libre para cuidarla, y mientras Lucy duerme le escribe cartas que guarda en su laptop, algunos fragmentos de esas cartas como este: “Mi hija en mis brazos, se duerme después de haber tomado cuatro onzas de leche de su mamila (preparada por mi hermanita), tiene el cuerpecito más caliente y su respiración es más sosegada; duerme, duerme como solo ella lo sabe hacer, como quizás toda la noche no lo pudo hacer…”, “…y te quiero tanto, Lucy, bebé Lucy, dientecito de ajo, te amo tanto, nariz de azúcar, arbolito, muñequita de juguete… Te amo tanto y siempre estaré a tu lado”.